¿Padres helicóptero o padres faro? El arte de acompañar sin anular
Nadie dijo que educar a los hijos fuera tarea fácil pero, debido a lo rápido que va el mundo, las prisas del día a día, las rutinas llenas de actividades o la falta de tiempo, en ocasiones, nos vemos sumergidos en una crianza que queda muy lejos del sistema de valores que queremos inculcar y transmitir a nuestros hijos.
Es por esto que hay que parar, observar y reflexionar a dónde queremos ir, qué padres queremos ser y cómo nos sentimos educando del modo en que lo hacemos para poder ser quienes habíamos planteado ser y acompañar a nuestros hijos del modo en que merecen (y merecemos).
¿Padres helicóptero o padres faro? El arte de acompañar sin anular
Criar a los hijos en la actualidad se ha convertido en una labor muy compleja y, aunque siempre lo ha sido, existen diferencias muy evidentes entre la crianza y la educación de hace unas décadas a la actual. Las redes sociales, la presión social constante por querer ser unos padres perfectos, unido a las exigencias profesionales y a las personales (una buena alimentación, realización de ejercicio físico, el cuidado de la salud emocional, el descanso…), se hace imposible llevar a cabo todas las obligaciones que un buen padre debe cumplir.
Es aquí donde surgen dos modelos de crianza contrapuestos que definen cómo preparamos a nuestros hijos para el futuro: los padres helicóptero y los padres faro. ¿Desde dónde estamos educando?
Los padres helicóptero: La trampa de la sobreprotección
Los padres helicóptero son aquellos que, con la mejor intención, sobrevuelan constantemente la vida de sus hijos, estando encima de ellos para absolutamente todo. Lejos de ser un acompañamiento respetuoso, se convierte en un modelo que genera dependencia tanto a los niños como a los adultos, convirtiéndoles en seres sujetos a los adultos que necesitan su aprobación para cualquier acción que llevan a cabo.
Esta tendencia a la sobreprotección genera en los niños baja autonomía personal, ya que necesitan de los adultos para resolver sus conflictos; inseguridad en sus decisiones, ya que no son capaces de elegir por sí mismos ni de construir su propia opinión y, además, se sienten frágiles, con baja autoestima y dependientes de los otros para poder hacer cosas por sí mismos, ya que necesitan la validación constante del adulto para poder sentir, pensar o hacer.
El origen de esta educación de sobreprotección es, en muchos casos, la culpa, es decir, los progenitores se sienten culpables o responsables por la falta de tiempo que pasan con los hijos, ya sea por el ritmo frenético del día a día, el exceso de trabajo o los horarios de hoy en día.
Para compensar esa ausencia, muchos padres intentan estar presentes asumiendo roles que no les corresponden y tratando de controlar todo lo que sucede alrededor del niño para evitar que sufra, se exponga o se encuentre desamparado.
Es común ver a progenitores realizando las tareas escolares, preparando los trabajos de clase o estudiando los exámenes por sus hijos. Existe la falsa creencia de que recordarles cada tarea y resolverles cada problema es "acompañar su crecimiento". Sin embargo, la realidad es otra: eso es vivir sus vidas, impidiéndoles experimentar por sí mismos las consecuencias naturales de la vida.
Para poder enfocarse en un cambio consciente de una educación sobreprotectora a un acompañamiento respetuoso es necesario comprender lo que significa “acompañar”.
Acompañar es confiar en las posibilidades de nuestro hijo, creer en sus capacidades, alentarle a creer en sí mismo, apoyarle en sus decisiones, sostener sus errores y darle seguridad para que siga confiando.
Los padres faro: Guiar con confianza, no con control
En el extremo opuesto de los padres helicóptero encontramos a los padres faro. Su función no es pilotar la vida de sus hijos, sino iluminar o alumbrar su camino. Son figuras que acompañan desde el respeto, ofreciendo un ejemplo positivo y enseñando sin juzgar.
Para poder acompañar a los hijos desde esta mirada hay que respetar su individualidad, aceptando quiénes son y cómo son, dejando de lado nuestras propias expectativas. Es necesario alentarles a decidir por sí mismos, aunque esto suponga equivocarse. Todo tiene solución y ellos deben encontrarse con los problemas para aprender a resolverlos.
Todas las emociones son necesarias y válidas, es decir, los hijos necesitan sentirse validados ante la expresión de sus emociones, no juzgados.
Si nuestros hijos sienten que siempre estamos junto a ellos, a pesar de los errores, entenderán que somos un puerto seguro al que acudir siempre que lo necesiten, de manera incondicional.
En definitiva, criar y educar no es salvar a nuestros hijos de todo aquello que les pueda herir o desagradar, sino ofrecerles herramientas para ser capaces de enfrentarse a cada situación, con estrategias para gestionar cada una de ellas desde la seguridad, el esfuerzo, la confianza y la resiliencia.
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