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Crianza coherente: la importancia de no prometer lo que no podemos cumplir
Para un niño, una promesa de sus padres se convierte en algo sagrado. Cuando incumplimos nuestra palabra, rompemos la confianza y la seguridad emocional que se establece entre ambos. Analizamos por qué la honestidad y la gestión de expectativas son las mejores herramientas para fortalecer el afecto y ser un verdadero modelo de referencia para nuestros pequeños.
¿Debemos cumplir siempre las promesas que hacemos a nuestros hijos?
Cada una de las palabras que empleamos al acompañar la crianza de nuestros hijos tiene una relevancia emocional importante. A menudo, con la mejor intención posible, prometemos cosas o situaciones que quizás no valoramos mucho antes de garantizar, pensando que los niños van a olvidarlo o no tiene un gran peso para ellos. Pero, para un niño, una promesa de su figura de referencia tiene un valor incalculable, porque no solo se trata de una palabra sino de un hecho de confianza y compromiso.
Prometer es comprometerse a algo. No es simplemente decir palabras al azar para salir del paso sino que es dar nuestra palabra, ya que ante este acto se activa un mecanismo invisible pero poderoso en el niño: la espera y la ilusión, haciendo que el niño confíe en la palabra del adulto.
No hay necesidad de generar una expectativa si, de antemano, no sabemos si vamos a poder o no cumplirla. El acto de prometer debe ser un ejercicio de honestidad previa con nosotros mismos. Si la promesa se rompe, no solo falla el plan: también se pierde la credibilidad del adulto. Esta relación de confianza se construye con años de coherencia y se puede desmoronar en un solo momento.
El modelo de referencia y el espejo de la conducta
Para un niño, sus padres o cuidadores son su ejemplo y modelo de referencia. Si no cumplimos lo que prometemos, estamos fallando a nuestra posición de guías y ofreciendo un modelo de conducta de desconfianza e inseguridad para el niño. Es esencial ser coherentes con aquello que le exigimos al niño y lo que nosotros hacemos, ya que siguen más el modelo de conducta que el mensaje o el límite a nivel verbal.
Es común que los adultos, actuando desde la mejor intención, queramos ilusionar y alentar a los niños, incluso más aún en aquellas situaciones que más les cuesta o desmotiva, como hacer los deberes o ir al médico. Por ello en ocasiones prometemos cosas que quizás sabemos que no vamos a cumplir para evitar el malestar o sufrimiento que implica, aún siendo conocedores de que acabarán yendo al médico o tendrán que hacer la tarea igualmente. Es por ello que estas situaciones acaban convirtiéndose en una dinámica habitual donde el niño no quiere algo, el adulto le niega y al final termina haciéndolo igual pero con la sensación de desconfianza que genera en el pequeño haber sido engañado por su referente.
Es por ello que es preferible hablar de estas situaciones desde la calma, en un momento donde el niño esté tranquilo y pueda tener su atención en lo que se le dice, explicándole que hacer los deberes es importante para él o que debe ir al médico a la revisión correspondiente, acompañando las emociones que esto genere con presencia y disponibilidad, desde la verdad, entendiendo que prometerle lo contrario es generar un lazo de desconfianza e inseguridad entre ambos.
Esa pequeña mentira piadosa para evitar un llanto hoy se convierte en una barrera de desconfianza mañana.
Del vínculo seguro al apego inseguro
La estabilidad emocional de un niño depende de la predictibilidad de su entorno. La mentira acaba rompiendo el vínculo afectivo seguro, transformándolo en un vínculo de apego inseguro. En este tipo de relación, no hay estabilidad ni confianza, sino un miedo constante a la pérdida y a la falta de compromiso por parte de quien debería protegerlo.
Los niños necesitan observar que los adultos de referencia tienen compromisos establecidos con su entorno y que cumplen con lo pactado. Sin esa coherencia, el mundo se vuelve un lugar caótico y poco fiable.
Estrategias para una crianza coherente
Para evitar caer en el ciclo de la promesa y la decepción ante el incumplimiento, podemos aplicar estos principios de gestión de expectativas:
Priorizar la sorpresa frente a la decepción: es mucho mejor no prometer algo y, simplemente, cumplir los objetivos que nos ponemos a nosotros mismos. Si hacemos algo positivo que el niño no esperaba, estaremos sorprendiéndole. Por el contrario, si prometemos algo y no lo hacemos, estaremos decepcionándole. La sorpresa construye alegría e ilusión; la decepción construye tristeza y decepción.
Ajustar las expectativas a nuestra realidad: es necesario tener expectativas reales que podamos cumplir. Si no tenemos la certeza de poder hacernos cargo de algo, lo más honesto es reducir la expectativa a algo que sí esté bajo nuestro control. Es preferible decir: «Intentaremos ir al parque si terminamos pronto», que asegurar una visita que luego el tráfico, el cansancio o el trabajo pueda impedir.
La verdad como base del afecto: a la larga, la verdad implica mucha menos decepción que el incumplimiento de una promesa. Ser coherentes con nuestras palabras y actos es el regalo más grande de seguridad que podemos dar a un hijo. Cumplir nuestra palabra no es solo una cuestión de educación, es la base sobre la cual ellos aprenderán a confiar en los demás y, lo más importante, en sí mismos.
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