¿Quieres que tu hijo haga todo a la primera o prefieres que tenga criterio propio?
Al educar a los niños, ¿buscamos obediencia inmediata o adultos con criterio? Encontrar un equilibrio entre el respeto y la sumisión para criar hijos capaces de pensar y decidir por sí mismos es el reto con el que nos encontramos muchas familias a diario. Aquí encontrarás las claves para ello.

Educar a un niño es, posiblemente, el trabajo más complejo y demandante que existe. Por un lado, queremos que los niños hagan caso a las normas que les ponemos, que comprendan los límites y los lleven a cabo, pero, por otro, deseamos que sepan poner límites y tener criterio propio.
Entre un extremo y otro, existe una escala de grises difícil de equilibrar y llevar a cabo, donde coexisten el respeto, el sentido crítico, la comprensión de las normas y su consecución.
La obediencia, el respeto y la sumisión
Los conceptos «portarse bien» o «ser bueno» están estrictamente ligados a la obediencia. Aquellos niños que hacen caso a la primera son los considerados buenos y bien educados. El niño que obedece confía en el criterio del adulto que le pone la norma, aunque también puede que su obediencia esté relacionada con el miedo al castigo o con una educación estricta y autoritaria donde siente que la sumisión es la única opción para contentar al adulto.
La obediencia efectiva es aquella que ayuda al niño a integrarse en la sociedad y a entender que existen límites necesarios para la convivencia. El respeto es un valor que no se debe exigir, sino con el que debe criarse el niño a través del ejemplo. Respetar no es temer. Aquel niño que no hace algo por miedo a las consecuencias, no está respetando sino que siente que las consecuencias que pueden darse le asustan.
El respeto debe ser un valor donde asentar las bases familiares. Aquel niño que se siente respetado, aprende a integrar dicho valor como el natural dentro de su comportamiento. Esto implica validar sus emociones, ponerlas palabra, acompañarlas y ofrecer herramientas para una adecuada gestión.
Los adultos son ejemplo de autoridad gracias a su coherencia y modelo, pero esta autoridad a veces se confunde con autoritarismo donde el adulto impone unas normas a través de cierto abuso de poder, de un pensamiento adultocentrista donde alza la voz y trata de estar por encima del niño, sin tener en cuenta sus necesidades.
La sumisión es la parte que más cuesta gestionar y equilibrar, ya que un niño sumiso es aquel que anula sus propios deseos y necesidades para complacer al adulto. A corto plazo, tener un hijo sumiso es cómodo y sencillo porque se trata de un niño que no protesta, no cuestiona, siempre obedece a la primera y hace fácil la convivencia.
Sin embargo, a largo plazo, la sumisión acaba volviéndose en nuestra contra. Un niño que no sabe cuestionar la autoridad de sus padres tampoco sabrá cuestionar la de su entorno -la de un jefe que le obliga a trabajar más allá de su horario a diario, la de un amigo que lo presiona para hacer algo indebido, o la de una pareja que le falta al respeto-. La sumisión acaba coartando la identidad de uno mismo para complacer la opinión de los demás.
El sentido crítico
Por eso es importante trabajar en el sentido crítico desde la infancia, potenciando la capacidad de procesar información, analizarla y formar un juicio propio. En la infancia, es lo que llamamos la etapa de las preguntas y el cuestionamiento continuo, donde los niños y las niñas preguntan el por qué de las cosas, el para qué de las normas, intentan negociar cada una de ellas y acaban tomando decisiones, en ocasiones, diferentes a las que nosotros tomaríamos, pero igualmente válidas.
En definitiva, el objetivo no es que nuestros hijos nos desafíen constantemente, sino que aprendan que el respeto de las normas y convivir en sociedad implica obediencia y cuestionarse a partes iguales hasta adquirir un equilibrio entre el criterio propio y el común.
Es importante aprender a vivir en comunidad siguiendo las reglas pero también es necesario cuestionarse qué es lo adecuado o lo justo en cada caso, desarrollando el razonamiento y las ideas propias.
Es indudable que educar en el respeto y el pensamiento crítico requiere de más tiempo, más paciencia, más conocimiento y dedicación, pero el resultado a la larga es infinitamente mejor.
No debemos olvidar que ser bueno o malo solo depende de los ojos de quien mira y no de los actos de quien hace.
Libros y cuentos para acompañar este aprendizaje
Los hermanos se pelean, se envidian y discuten. Y es que los niños necesitan sentirse vistos, importantes y queridos y, una manera de demostrárselo al mundo es a través de los celos. Esta emoción es totalmente natural y los adultos somos quienes debemos adquirir herramientas para acompañarla de una manera adecuada.
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Este libro es una colección de 10 historias breves diseñadas específicamente para el momento de ir a dormir. Las aventuras no solo entretienen, sino que refuerzan el trabajo en equipo, la amabilidad y el valor de ayudar a los demás.
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Un cuento sobre la etapa de egocentrismo donde los niños no son capaces de empatizar ni comprender el por qué de un límite. Un título ideal para los más pequeños, que se sentirán reflejados, al igual que sus padres, que al poner una norma, se sienten en ocasiones desbordados por la falta de obediencia, natural en esta etapa.
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Una colección centrada en las principales preocupaciones de los más pequeños, en este caso ir al colegio. Se trata de un cuento con el que muchos peques se sentirán reflejados, donde las emociones se verbalizan y acompañan desde el respeto y la presencia.
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