Fenómenos

La meditación según David Lynch: «Fuego levita conmigo»

David Lynch es el autor de uno de los mundos más originales y misteriosos del cine y es probable que esta nueva edad dorada de la televisión no existiera sin la inédita libertad narrativa de «Twin Peaks». ¿De dónde vienen ese mundo, esos personajes y esas ideas? En el ya célebre libro «Atrapa el pez dorado» reveló su sencilla respuesta: de la meditación trascendental. En estos pasajes de su extraordinaria autobiografía, «Espacio para soñar» (Reservoir Books), Lynch despliega su larga relación con ella: desde que la descubrió siendo un hombre lleno de ira luchando por terminar una película, hasta el inesperado y revelador viaje para despedir al Maharishi en la India. Y fundamentalmente explica cómo, lejos del temor a que una técnica que lo ayudara a encontrar cierta paz le arrebatara en el proceso la llama de la creatividad, la meditación no hizo otra cosa que alimentar y hacer arder ese fuego más que nunca.
15 minutos

Por DAVID LYNCH

Cortesía de Universal Studios Licensing LLC. Fotografía de George Whitear.

Antes de descubrir la meditación trascendental, yo ya buscaba; había estado investigando diferentes formas de meditar. Al (el genio del sonido Alan Splet) estaba muy interesado en Ouspensky y Gurdjieff, pero a mí me dejaban frío. De vez en cuando Al y yo teníamos acaloradas discusiones al respecto. Al no bebía a todas horas porque no podía permitírselo, pero cuando bebía le daba por ponerse quisquilloso y muchas veces se largaba a casa hecho una fiera. 

Yo estaba buscando algo pero no lo había encontrado aún, y un día, hablando por teléfono con mi hermana, ella empieza a hablarme de la meditación trascendental. «¡Un mantra! ¡Necesito tener un mantra!», le dije. Colgué el teléfono y le pregunté a Catherine Coulson (la Mujer del Leño, de Twin Peaks): «¿Quieres que empecemos a meditar juntos?». Me dijo que sí. Le pedí que averiguara adónde teníamos que ir y ella llamó al centro del Movimiento para la Regeneración Espiritual. En aquel entonces en Los Ángeles tenías la Sociedad Internacional para Estudiantes de Meditación y el MRS, y mi hermana llevaba razón cuando dijo que el sitio ideal para mí era el MRS. Charlie Lutes estaba dando unas conferencias introductorias y era el tipo perfecto para mí porque le interesaba más la faceta espiritual de la meditación que la faceta científica. ¡Qué suerte dar con Charlie y Helen! Los quería mucho a los dos y aprendí muchísimo con ellos. Charlie se fijó en que mis camisas tenían agujeros y me regaló varias que para él eran viejas, pero para mí eran como nuevas. O sea que parecían hechas a mi imagen y semejanza.

Charlie adoraba al Maharishi y en su primera época fue prácticamente su mano derecha. Pero antes de conocer al Maharishi, estuvo metido en toda clase de historias; a veces contaba cuentos chinos sobre todo tipo de cosas, como que una noche fue abducido por alienígenas y que voló de Los Ángeles a Washington, D.C. y vuelta a Los Ángeles en minutos. Una vez, al terminar una de sus conferencias, dijo: «¿Lo has visto?». Yo le pregunté: «¿El qué?». Y él: «Había un ángel enorme al fondo de la sala, mientras yo hablaba». No es que estuviera chiflado, pero sí que estaba en otra frecuencia. Antes de mudarse a Scottsdale, Charlie y Helen fueron a Vlodrop a ver al Maharishi, y este le dijo a Charlie: «Ven y quédate a vivir aquí», a lo que Charlie le contestó: «Alguien tiene que cuidar de nuestros perros». El Maharishi hizo un gesto como restándole importancia. Muchas personas del entorno del Maharishi se molestaron con Charlie, pero el Maharishi no. A él no le sentó mal.

«Antes de empezar, me preocupaba que la meditación pudiera hacerme perder facultades; yo no quería perder el fuego creativo. Luego descubrí que te da más fuego para hacer cosas y más dicha al hacerlas, y no pierdes facultades sino que las ganas. Mucha gente piensa que la ira te da un punto, pero en el fondo la ira es un vicio que te va emponzoñando, a ti y a los que te rodean.»

Repleto de ira

Cuando los Beatles estaban en esa onda, a mí me importaba un bledo la meditación, pero luego fue como si alguien tocara un interruptor y me enganché totalmente. Empecé a meditar y todo en mí cambió. A las dos semanas, Peggy (mi exesposa, la madre de Jennifer) se me acerca un día y dice: «¿Qué pasa?». «¿A qué viene eso?», le pregunté yo, porque podía estar refiriéndose a muchas cosas. Y ella dice: «La ira. ¿Dónde la has escondido?». Yo solía estar de muy mala leche por las mañanas, y si los cereales no estaban preparados como a mí me gustaban, podía hacerle la vida imposible a Peggy. Nada más ver que yo empezaba a levantarme, se iba corriendo al Sun Bee Market, en Sunset Boulevard, y volvía a toda prisa con los cereales. Yo no era feliz en aquella época, y se lo hacía pagar a ella. Una vez le mostré a Doreen Small una cosa que estaba escribiendo antes de empezar con la meditación y ella se puso a llorar porque era un texto repleto de ira. Cuando empecé a meditar, la ira desapareció.

Antes de empezar, me preocupaba que la meditación pudiera hacerme perder facultades; yo no quería perder el fuego creativo. Luego descubrí que te da más fuego para hacer cosas y más dicha al hacerlas, y no pierdes facultades sino que las ganas. Mucha gente piensa que la ira te da un punto, pero en el fondo la ira es un vicio que te va emponzoñando, a ti y a los que te rodean. Es poco saludable, y ni que decir tiene que no es bueno para las relaciones.

Lynch durante el rodaje del vídeo musical de «Crazy Clown Time», 2011. Fotografía de Dean Hurley.

El mundo está en buenas manos: el adiós de Maharishi

En octubre de 2007 el Maharishi sintió que había llegado su hora y dejó de ver a gente. Luego, el día de mi aniversario, en 2008, los que estaban con él me llamaron vía Skype. Más tarde me explicaron que el Maharishi exigió silencio a los pandits que le cuidaban, diciéndoles que estuvieran callados. Y cuando cortamos la comunicación por Skype, parece ser que dijo: «El mundo está en buenas manos». Dos semanas y media después, abandonaba su cuerpo.

Cuando murió el Maharishi, Bobby Roth llamó al taller y me dijo: «Creo que a él le gustaría que estuvieses allí», y yo le dije: «De acuerdo. Decidido: iré al funeral». En Los Ángeles no hay consulado de la India, así que para conseguir el visado tenía que ir a San Francisco. Antes de ir, me dijeron «Lo único que necesita es el pasaporte y rellenar unos impresos», de modo que Emily y yo tomamos un avión al día siguiente. Llegamos al consulado, voy a la ventanilla, entrego el pasaporte y los impresos y me dicen: «No le queda una sola página libre en el pasaporte. Tendrá que ir a su embajada para que le den más páginas de visados, y nosotros cerramos en unos minutos. Dudo que pueda usted viajar a la India esta noche». Y yo dije: «Pues ha de ser esta noche, sí o sí». 

Llegamos con la lengua fuera a la embajada y nos encontramos una cola de doscientas o trescientas personas, y encima el tipo de la recepción era un maleducado. «Tome un número y póngase en la cola», dijo. Pasado un rato, me acerco a la ventanilla y digo: «Oiga, necesito unas páginas de visado cuanto antes», y él me contesta: «Cálmese, amigo. Tome el número y ya lo llamaremos». «No –le digo–, las necesito ahora mismo.» Y el tipo contesta: «Ahora mismo, imposible. Tome un número y espere. Le avisaremos en cuanto tengamos las páginas de visado; eso puede llevar un par de horas». Y yo dije: «¡No puede ser! ¡El consulado de la India está a punto de cerrar!». Y él: «Yo ahí no puedo hacer nada». Total, me dan un número y allí me tienes, esperando, hasta que por fin consigo las páginas. Vuelvo al consulado de la India y lo encuentro cerrado.

Anna Skarbek fue quien me comentó que un amigo suyo le había dicho que podía ir a tal sitio y allí me lo solucionarían. La dirección correspondía a una casita con la bandera india en la fachada. Subimos los escalones y vimos una sala de estar que parecía un recibidor con sillas y un escritorio. Allí no había nadie más que una mujer, así que le di mi pasaporte y los documentos y ella me dice: «Espere usted ahí». Luego sale una chica y dice: «Listo, ya lo tiene». O sea que lo que era literalmente imposible conseguir en la otra punta de la ciudad, aquí no había tardado ni un minuto en obtenerlo. Me despedí de Emily y fui pitando al aeropuerto.

Era un vuelo directo San Francisco-Munich. En Munich cambié de avión y finalmente aterricé en el inmenso aeropuerto de Nueva Delhi. Estaba previsto que alguien vendría a recibirme, pero como no se presentó, subí a un restaurante que había por allí, tomé un café y me fumé un cigarrillo. Al cabo de un rato empieza a entrarme pánico porque no sé adónde ir, hasta que por fin aparece una gente y me saca del inmenso aeropuerto para ir a otro pequeñito que había a unos centenares de metros y que tenía una pinta inverosímil. Aquello era el peor de los laberintos imaginables, pero me llevaron hasta el sitio adecuado y acabé a bordo de un pequeño avión con destino Varanasi. Aterrizamos en Varanasi y veo que nos esperan dos SUV enormes, blancos los dos, y yo aviso de que voy a fumar durante el trayecto, así que varios de los que iban en un coche se trasladan al otro y todo bien. No es que ya no me quisieran, sino que no les apetecía una ración de humo. Nos pusimos en marcha: cuatro horas de viaje hasta la localidad de Allahabad. En las calles y carreteras indias se puede morir a cada segundo, o sea que sobrevivir es un milagro continuado. No hay señales de stop ni semáforos, adelantas camiones sin más espacio entre vehículo y vehículo que una hoja de papel de fumar. En la carretera encuentras perros, monos, carabaos, vacas, todo tipo de animales. Sin contar las bicicletas, los peatones, las camionetas con treinta personas dentro. Y todo el mundo va con el acelerador a tope y haciendo sonar el claxon. Recorrer treinta miserables metros es como una película de terror. Según parece, los conductores rezan antes de ponerse al volante, y luego que sea lo que Dios quiera. Allá que van.

«En octubre de 2007 el Maharishi sintió que había llegado su hora y dejó de ver a gente. Luego, el día de mi aniversario, en 2008, los que estaban con él me llamaron vía Skype. Cuando cortamos la comunicación parece ser que dijo: “El mundo está en buenas manos”. Dos semanas y media después, abandonaba su cuerpo.»

En Allahabad es donde el Maharishi tenía su ashram, y en una gran tienda de campaña, rodeado de flores, estaba el cadáver. Entraba gente a rendir sus respetos al Maharishi; tomaban asiento y estaban allí un rato. Mientras yo hacía lo propio, vi a mi amiga Fatima y estuvimos un rato juntos, pero luego tuve que marcharme al hotel. Subí al coche del doctor John Hagelin, a quien el caos circulatorio no afecta lo más mínimo porque es un ser muy evolucionado, pero el chófer era de lo peor que he visto jamás. Yo le decía a Hagelin: «¡Oiga, por favor, dígale que si no afloja me va a dar un infarto!». Y ellos dos venga a reír, o sea que yo aferrado a no sé dónde con los nudillos más blancos que la leche. Llegamos al hotel donde ellos se hospedaban y me hacen subir a otro coche para ir a mi hotel, que está a solo una manzana de allí. Hay otras personas dentro, ya es de noche, nos ponemos en camino y no hay forma de encontrar el hotel. Dimos cuatro vueltas a aquella extraña y enorme manzana de casas, y a la quinta lo encontramos. ¿Cómo se explica? Pues nada, había que dar la vuelta cuatro veces y punto.

El recinto del hotel es una preciosidad, el césped está impecable y hay plantas muy bonitas, y cuando entramos estaban celebrando una boda por todo lo alto. En la India se vuelven locos con los casamientos, y resulta que era época de bodas. Entro en mi habitación y aquello está lleno de mosquitos. En la India hay hoteles modernos donde seguramente no hay mosquitos, pero este era antiguo y a mí no me importó. Como no había vino (en un sitio así no esperes pedir un burdeos), decidí encargar cerveza y me trajeron unas Kingfisher de más de un litro. Con las botellas me trajeron también un cacharrito para enchufar a la pared; despide un aroma que ahuyenta a los mosquitos. O sea que llegaron las cervezas, se largaron los mosquitos y yo tan contento. La habitación no estaba mal.

A la mañana siguiente me llama Bobby. «Tráete al señor Fulano de Tal; se hospeda en tu hotel», dice. Bajo a la recepción y le digo al empleado: «Avise por favor al señor Fulano de Tal que estamos aquí y que tenemos que irnos». El recepcionista se pone a mirar entre una montaña de tarjetitas y me dice: «Aquí no está». Yo le digo que sí, que tiene que estar, y él insiste en que no. Vuelvo a mi habitación, llamo a Bobby y me dice que ese hombre está en el hotel, seguro. Vuelvo a recepción y le pido al empleado que lo compruebe otra vez. Después de comprobarlo de nuevo me dice: «Ese hombre no está aquí». Entonces aparece otro de los que van al funeral del Maharishi y le digo: «Estamos buscando al señor Fulano de Tal pero no está en el hotel», y el otro dice: «Ah, sí, está en la habitación contigua a la tuya». Adoro la India: es pura magia.

El segundo día del funeral, el cadáver del Maharishi fue incinerado en una zona diferente del ashram, donde había una pira funeraria. Se habían congregado millares de personas. Fue increíble ver cómo lo montaban utilizando una madera especial; todo tenía que ser exacto. Un helicóptero sobrevoló la zona y esparció millones de pétalos de rosas, pero las aspas del aparato levantaban mucho polvo y aquello era un lío de pétalos y polvo a la vez. Digno de verse. Cuando me marché para volver al hotel, la pira funeraria continuaba ardiendo.

El tercer día, cuando regresamos al ashram, el fuego se había extinguido. Los pandits estaban recogiendo las cenizas y las fueron distribuyendo en diferentes urnas, cada cual con un destino concreto. Luego nos dirigimos todos a la confluencia del Ganges con el río Yamuna y el trascendental Sárasuati. Es el punto en que se juntan los ríos, y el lugar donde uno se sumerge se conoce como sangam. Sumergirse en ese sitio es una de las cosas más sagradas que puede hacer uno en la vida.

Había allí esperando un sinfín de embarcaciones diversas y Bobby intentó hacerme subir a bordo del gran barco blanco donde iban las cenizas del Maharishi, pero le dijeron que no. Luego, un alemán de nombre Conrad apareció como de la nada, me llevó a una barca y zarpamos junto con unas cuantas personas más, rodeados de cientos de embarcaciones. Nos adentramos en el Ganges, y el barco blanco con las cenizas del Maharishi navegaba a nuestra altura, de modo que me quité la ropa, Conrad me pasó un chal y bajé del barco. Tienes que ponerte tapones en los oídos y la nariz y cerrar los ojos, cuando te sumerges, por la alta contaminación del agua. Rezas unas oraciones y luego te sumerges de espaldas tres veces seguidas. Yo siempre había pensado que jamás iría a la India, y que nunca en la vida llegaría a sumergirme en el Ganges. Pero, ya ves, no solo estaba en la India, sino en el sangam y, por si eso fuera poco, sumergiéndome, y no solo sumergiéndome, sino nada menos que rodeado por las cenizas del yogui Maharishi Mahesh. Algo increíble.

*

Unos meses más tarde me encontraba en una cafetería de París, frente a una boutique de Cartier, y le pedí a Emily que nos casáramos. Lo hicimos en febrero del año siguiente, 2009, en el jardín del Beverly Hills Hotel, y en un momento dado salgo a fumarme un pitillo y me topo con un imitador de Elvis que tenía un bolo en el hotel y le digo «Deberías venir», y el tipo vino y la gente se puso a bailar.

Ese mismo año decidí hacer una película sobre el Maharishi y regresé a la India para empezar el trabajo. Bobby Roth vino conmigo, y Richard Beymer estaba allí filmando. Richard es un ser humano muy singular. Además de todo un personaje, ha hecho meditación durante muchos años y es un tipo muy evolucionado. En Twin Peaks hace el papel de Benjamin Horne. Es un estupendo compañero de viaje y rueda cosas magníficas, como la película que hizo de nuestro viaje. Se titula It’s a Beautiful World y no es una película que vaya a atraer a un público numeroso (basta ver cómo está el mundo hoy día), pero dentro de unos años podría ser que sí. Ahora no, desde luego.

Fui a la India desde Shanghái, y nada más salir de Shanghái supe que tenía fiebre y pensé que podía ser la gripe aviar. Al entrar en la India hay que hacer cola para el control de pasaporte, y tienen allí un aparato para medirte la temperatura; si la tienes alta, te hacen salir de la cola y te ponen en cuarentena, y no sales de allí hasta que te repones. Pues bien, estaba yo haciendo cola y de repente me fijo en la pantalla de televisión donde va saliendo la temperatura de la gente, y yo ya había pasado y pude entrar en el país. Sin embargo, estuve enfermo durante toda esa estancia en la India, y ojalá no hubiera sido así. Seguíamos los pasos del Maharishi y yo tenía ganas de encontrarme en plena forma, pero no estaba en mi mejor momento.

Después de que el gurú Dev, el maestro del Maharishi, abandonara su cuerpo en 1953, el Maharishi hizo construir una casita junto al Ganges en Uttarkashi, el Valle de los Santos, donde pasó dos años meditando y en silencio durante la mayor parte de ellos. Fue después cuando empezó a viajar y a enseñar su técnica, la meditación trascendental, y dondequiera que iba encontraba gente dispuesta a ayudar. Dondequiera que iba, además, organizaba algo, y mantuvo el contacto con los numerosos centros de meditación que iban surgiendo por todo el mundo y además creó una red para enseñar dicha técnica. El Maharishi tenía dos misiones: iluminar a las personas y lograr la paz mundial. Antes de abandonar su cuerpo dijo que todo estaba en su sitio, que su labor había terminado. Es como cuando el tren deja atrás la estación. La paz mundial está de camino. Es solo cuestión de saber lo que tardará el tren en llegar. Así ha de ser, sin duda, y está pasando ya porque la época así lo exige.

«El Maharishi tenía dos misiones: iluminar a las personas y lograr la paz mundial. Antes de abandonar su cuerpo dijo que todo estaba en su sitio, que su labor había terminado. Es como cuando el tren deja atrás la estación. La paz mundial está de camino. Es solo cuestión de saber lo que tardará el tren en llegar. Así ha de ser, sin duda, y está pasando ya porque la época así lo exige.»

Sheryl Lee y Lynch en la Habitación Roja durante el rodaje de Fuego camina conmigo, 1991. Cortesía de mk2 Films y Twin Peaks Productions, Inc. Fotografía de Lorey Sebastian.

Y luego está el bosque: regreso a Twin Peaks

Mientras hacíamos Twin Peaks: El regreso, yo apenas si dormía cuatro horas y la programación era de locos, pero aun así fue divertido. Te levantas muy temprano, te tomas un café, meditas, y así la mente se centra en lo que vas a hacer en el día de hoy. Digamos que hay un barranco y tienes que construir un puente para pasar al otro lado, y el puente es la escena que vas a rodar. Llegas al plató o a la localización y va entrando gente y visualizas el paso de los minutos, de las medias horas, de las horas enteras, y todo va moviéndose lentamente. Si el sitio en que estás es nuevo, van trayendo todo el equipo y tú tienes que hacer que la gente baje de las caravanas para ensayar, y no se han vestido aún y puede que estén a medio maquillar. Haces el ensayo, los actores van a vestirse y Pete prepara la iluminación. Durante todo ese rato, tú estás construyendo un puente para salvar el barranco, pero ahora el puente es de cristal, porque todo podría irse al garete. O sea que vas añadiendo piezas y todavía es de cristal, pero cuando por fin pones la última, el cristal se convierte en acero y se acabó. Sabes que lo has conseguido y te da un arrebato de euforia. El subidón se produce cada día al terminar, y luego no puedes dormir. Bueno, es que no quieres acostarte, y bebes vino tinto y acabas yéndote a la cama muy tarde. Al día siguiente, toca levantarse temprano y construir otro puente. Y no puedes desentenderte de nada mientras no te parezca que ha quedado bien.

Este Twin Peaks es diferente del primero, pero continúa bien anclado allí, en Twin Peaks. Rodamos en la misma localidad y tuvimos mucha suerte porque casi todos los exteriores en que habíamos rodado la primera vez seguían allí. Bueno, no estaban igual que cuando nos marchamos, pero los edificios seguían en pie y el aire, la esencia del lugar, eran exactamente los mismos. La influencia de los árboles, los montes, la calidad y el olor del aire, uno reconoce esa sensación. También Twin Peaks contiene toda suerte de sensaciones. Tenemos a Dougie y tenemos al Cooper malo, y la diferencia entre ambos es grande. Están los leñadores y todas esas texturas diferentes, la gente que amas, y acaba siendo un mundo hermoso además de comprensible, al menos de una manera intuitiva.

Y luego está el bosque. Dado el sitio donde me crie y lo que hacía mi padre, la naturaleza juega un gran papel en Twin Peaks y el bosque es realmente importantísimo. Y luego está el Bombero y también la cosa mutante, mitad polilla, mitad rana, venida de Yugoslavia. Cuando Jack y yo estábamos en Europa, cogimos el Orient Express en Atenas para volver a París, o sea que atravesamos Yugoslavia, y aquello es muy oscuro, oscuro de verdad. En un momento dado el tren se detuvo y no había ninguna estación, pero vimos que bajaba gente del tren. Iban a unos tenderetes cubiertos y apenas iluminados donde vendían unos refrescos de colores –morado, verde, amarillo, azul, rojo–, pero era solo agua azucarada. Cuando me bajé del tren, el suelo estaba cubierto de una capa de polvo como de veinte centímetros de grosor y soplaba viento, y veías saltar del suelo aquella especie de polillas gordas como ranas, que daban un brinco y volvían a posarse. De ahí salió lo de la criatura mutante. En el mundo de Twin Peaks las cosas surgen así, sin más.

«Te levantas muy temprano, te tomas un café, meditas, y así la mente se centra en lo que vas a hacer en el día de hoy. Digamos que hay un barranco y tienes que construir un puente para pasar al otro lado, y el puente es la escena que vas a rodar. Durante ese rato, tú estás construyendo un puente para salvar el barranco, pero ahora el puente es de cristal, porque todo podría irse al garete. O sea que vas añadiendo piezas y todavía es de cristal, pero cuando por fin pones la última, el cristal se convierte en acero y se acabó. Sabes que lo has conseguido y te da un arrebato de euforia.»

Con una pequeña ayuda de mis amigos

El mayor cambio de todos en mi vida fue empezar a meditar en 1973. Es muy probable que el equipo de Cabeza borradora no notara la falta de seguridad en mí mismo, pero allí estaba. Yo sabía lo que quería pero dudaba a cada momento; muchos tíos de los estudios podrían haber acabado conmigo fácilmente, por eso la meditación me fue de gran ayuda. Terminar Cabeza borradora, que Mel Brooks confiara lo suficiente en mí como para darme a dirigir El hombre elefante y que esta película consiguiera ocho nominaciones a los Oscar, fue un salto gigantesco. Por otro lado, el fracaso de Dune fue toda una revelación: sufrir un humillante y mayúsculo fracaso fue algo bueno. Después, la libertad que me dio Terciopelo azul, tomar el camino adecuado, conocer al marchante Jim Corcoran, que creyó en mí… todas esas cosas fueron importantes. Cada una de mis relaciones sentimentales transformó mi vida, y aunque hubo similitudes entre ellas, todas fueron diferentes y todas estupendas.

Dar el salto sin ayuda de otros es casi imposible, y soy consciente de la suerte que he tenido. Como ya he dicho, mis padres jugaron un papel crucial en mi vida, como también Toby y Bushnell Keeler. Cuando llegué por primera vez a Filadelfia me encontraba en un sitio extraño y Peggy Reavey creyó en mí y me dio su apoyo, o sea que fue muy importante. Toni Vellani, George Stevens Jr., Dino De Laurentiis y monsieur Bouygues fueron importantes también. Cualquiera que tenga fe en ti y disponga de los medios necesarios: a ese tipo de personas las necesitamos todos. Un ejemplo: David Nevins, sin el cual no habría sido posible Twin Peaks: El regreso; otro quizá no lo habría hecho. Y el grandísimo Angelo Badalamenti: ¡qué regalo, encontrarlos a él y a su música! 

*

La música ha sido de gran ayuda para la Fundación David Lynch. Laura Dern y yo fuimos los maestros de ceremonias en el concierto Change Begins Within, que se celebró en abril de 2009 en el Radio City Music Hall con el objetivo de recaudar fondos. Yo presenté a todo el mundo y, madre mía, la tensión estaba a tope y el local abarrotado a más no poder. ¡Paul McCartney y Ringo Starr! ¡No es coña! Era la segunda vez que tocaban juntos desde la disolución e interpretaron «With a Little Help from My Friends». Después Paul hizo un pase entero. Había venido con dos camiones superlargos repletos de equipo. Y cuando digo superlargos quiero decir superlargos. Él va a todas partes con su material, el piano, todo.

La gente ignora lo importantes que fueron los Beatles entonces para nosotros. Los que lo vivieron, no, claro, pero sí los jóvenes. Yo viví esa época, o sea que conocer personalmente a Paul y Ringo fue el no va más. En 1964 aterrizaron en Nueva York y luego bajaron hasta Washington, D.C., donde dieron su primer concierto en América. Yo estuve. Los pusieron en un cuadrilátero de boxeo [la actuación tuvo lugar el 11 de febrero en el Washington Coliseum ante ocho mil admiradores], la sala era gigantesca y apenas si se oían unos ruiditos en medio del enorme griterío general. Yo estaba a punto de terminar el instituto y no tenía pensado ir a la actuación, pero en el último momento me entraron ganas y convencí a mi querido hermano para que me pasara la entrada que él había comprado para ir. Les conté a Ringo y Paul que yo estuve en su primer concierto americano, y lógicamente a ellos les dejó fríos la noticia. Para mí, sin embargo, es un hito.

Ringo es un poco como Harry Dean; te puedes sentar con él y estar allí sin necesidad de hablar y te sientes a gusto; es un ser humano auténtico, un tío verdaderamente especial. Voy cada año al cumpleaños de Ringo, que se celebra en la sede de Capitol Records. Ponen música para la gente y luego, a mediodía, Ringo proclama paz y amor y lanza brazaletes con las palabras PAZ Y AMOR. Cada 7 de julio. Paul también es muy buen tío. Tuve ocasión de verle ensayar para el concierto en Radio City, y Paul es de los que lo cuida todo al milímetro; es un perfeccionista y sabe hacer que todos los que están allí mantengan la concentración, o sea que cuando se ponen a tocar, aquello va muy en serio y suena supercompacto. Hay mucha gente que con los años va perdiendo, pero cuando Paul toca una de las viejas canciones, suena exactamente como en la grabación original. Paul y Ringo han seguido haciendo meditación desde que estuvieron en Rishikesh con el Maharishi en 1968, o sea que saben de qué va la cosa, les encanta meditar y ambos apoyan la causa.

Lynch en su estudio de grabación, c. 2015. Fotografía de Dean Hurley.

Paz en el mundo 

Charlie y Helen Lutes, que son los que dirigen el centro donde aprendí meditación trascendental, me dieron un gran empujón y me guiaron por la senda meditativa, y mi hermano y compañero en ese viaje ha sido Bobby Roth. Bobby siempre estuvo a mi lado en el mundo del Maharishi: las giras, las charlas, la creación de la Fundación David Lynch. Bobby es el cerebro y el motor que la mantiene en marcha. Pero quien jugó el papel más importante fue sin duda el Maharishi. Cambió las cosas a un nivel cósmico y profundo, no hay nada que se le pueda comparar.

Hay un día que no he olvidado nunca. Fue cuando tenía aquel bungalow en Rosewood. Hacía una mañana preciosa, y a eso de las once y media bajé hasta la esquina de San Vicente con Santa Monica Boulevard para echar gasolina; el sol me calentaba la nuca, llené el depósito que estaba casi vacío, enrosqué el tapón, miré el surtidor y allí ponía tres dólares. Yo me sacaba cincuenta dólares a la semana repartiendo el Wall Street Journal. Fui en coche a recoger los periódicos; mi ruta duraba aproximadamente una hora, y luego eran diez minutos para volver a casa. Trabajaba seis horas y cuarenta minutos a la semana. Con eso me sacaba doscientos dólares mensuales y podía vivir la mar de bien. Como mi ruta pasaba por dos distritos diferentes, cada uno tenía su día para sacar la basura. 

La gente tiraba maderas de toda clase, y yo me dedicaba a recoger toda la que encontraba. Mi casero, Edmund, también recogía maderas y le pedí permiso para utilizar algunas. Con cosas que la gente tiraba, incluidos marcos de ventana, construí un cobertizo en el patio de atrás. Qué mundo tan hermoso… Ahora suceden todo tipo de cosas negativas y y son muchas las cosas que nos impiden saber lo que realmente está pasando. Estamos sufriendo las graves consecuencias de que el amor al dinero se imponga al amor por el género humano y la madre naturaleza.

Me alegro de haber hecho aquella gira por dieciséis países. Aunque hablar en público no me gusta, me pone contento transmitir a la gente los conocimientos y tecnologías que el Maharishi reactivó. Él tenía dos metas: la iluminación del ser humano y la paz en el mundo. Hizo todo lo necesario para que ambas cosas fueran posibles. Ahora es solo cuestión de tiempo. Si los humanos –aunque sean unos cuantos– nos ponemos a trabajar juntos, conseguiremos acelerar esta transición y las metas serán una realidad palpable. Iluminación para las personas y paz de verdad en la Tierra. Paz de verdad no es solo ausencia de guerra, sino ausencia de toda negatividad. Así todo el mundo sale ganando.

Próximamente: Un oceáno ilimitado de Conciencia. Respuestas sencillas a las grandes preguntas de la vida. Dr. Tony Nader. Prólogo de David Lynch.

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