Deberes, ¿sí o no? En busca del equilibrio entre el aprendizaje y el descanso
El debate sobre los deberes escolares ha dejado de ser una cuestión centrada en la cantidad de tarea para convertirse en un dilema sobre la autonomía personal de los niños. Muchas familias apenas pasan tiempo con sus hijos debido a la falta de conciliación laboral y personal y a esto se le une un exceso de tareas escolares que han de ser realizadas durante la tarde o el fin de semana, restando tiempo para el disfrute y el descanso en familia.
Pero, ¿están bien enfocados estos contenidos? ¿Son realmente útiles y necesarios? ¿Tienen tantos beneficios como se les presupone?

Deberes, ¿sí o no? En busca del equilibrio entre el aprendizaje y el descanso
En muchos hogares, cada tarde, existe una tensión palpable en el ambiente. Tras la merienda, muchos niños y niñas abren sus mochilas, sacan sus libros y comienzan una segunda jornada escolar en el salón de su casa o en el escritorio de su habitación.
El debate sobre los deberes escolares no es nada nuevo, pero en los últimos años ha ido incrementándose la complejidad del asunto, porque ya no se trata de cuántos deberes deben hacer los niños sino de quiénes los hacen con ellos y de si realmente están o no los niños preparados para realizar las tareas que se les exigen.
¿Deberes para los niños o para los padres?
Una de las quejas más recurrentes de las familias es la sensación de que los deberes han dejado de ser una responsabilidad individual del alumno para convertirse en un proyecto familiar forzoso. Ya sea por la complejidad de las tareas, por la necesidad de materiales específicos que deben adquirirse o porque la tarea exige un acompañamiento adulto constante, la realidad es que muchos padres sienten que han vuelto al cole siendo adultos.
Cuando los deberes requieren una supervisión exhaustiva, dejan de cumplir su función de fomentar la autonomía. En lugar de ser un ejercicio de atención y esfuerzo por parte del niño, se transforman en una obligación conjunta que consume el escaso tiempo en familia del que muchos disponen al final del día.
Pros y contras de los deberes
Es innegable que el repaso puntual, la práctica de ejercicios para consolidar lo aprendido o la ampliación de contenidos pueden ser recursos valiosos para el niño. Sin embargo, el problema surge cuando estas tareas ocupan toda la tarde. El niño tiene derecho al descanso y al juego, aspectos que en muchas ocasiones no son contemplados ni puestos en valor, obviándose la importancia de ambos derechos.
El juego es el tiempo donde los niños desconectan, disfrutan y, lo más importante, afianzan conceptos y estrategias vitales que no se enseñan con las actividades del aula, tales como la imaginación, la empatía, el juego simbólico o la resolución de conflictos en tareas prácticas. Para que un cerebro aprenda de forma óptima, necesita periodos de desconexión total, donde se favorezca el aburrimiento.
En una sociedad hiperestimulada donde las agendas de los niños están tan llenas de actividades, extraescolares, rutinas y deberes, hemos olvidado la importancia que tiene el aburrimiento para el desarrollo cerebral.
El aburrimiento es el motor de la imaginación. Cuando un niño no tiene un plan preestablecido ni una tarea impuesta, se ve obligado a crear, a fantasear y a gestionar su propio tiempo. Se trata de un tiempo donde nacen las ideas más brillantes y se fortalece la capacidad de introspección.
A su vez, no se pueden negar los numerosos beneficios que tiene la realización de ciertas tareas dentro del hogar, como pueden ser: aprender a responsabilizarse, adquiriendo hitos que cumplir; desarrollar la organización, aprendiendo a gestionar su tiempo y sus tareas o favorecer el esfuerzo y el compromiso en la rutina diaria.
Pero estos beneficios solo se mantienen si la carga es razonable. Los centros escolares deben ser aliados de las familias, mostrando flexibilidad ante situaciones particulares -como citas médicas o periodos de exámenes- respetando los ritmos individuales de cada alumno.
Deberes, autonomía personal y desigualdad social
No podemos ignorar la brecha social que generan los deberes excesivos. Muchos niños no pasan las tardes con sus padres, sino con cuidadores o familiares que, en ocasiones, no pueden responsabilizarse de la carga académica. Debe ser objetivo de la escuela enseñar a los niños a ser autónomos con sus tareas, aprendiendo a estudiar solos, a realizar esquemas, resúmenes y potenciar su atención sostenida o reglas de memorización, para que los deberes no se conviertan en un factor de desigualdad.
El objetivo ideal sería que el niño adquiera las herramientas necesarias para enfrentarse a su trabajo de forma independiente. El papel de la familia debe ser el de acompañar y supervisar, no el de hacer de profesor dentro del hogar, al igual que los maestros no pueden convertirse en los padres de los alumnos. Unos enseñan y otros educan y acompañan, siendo todos necesarios para una buena ecuación.
El equilibrio se encuentra en respetar a la infancia y sus derechos, entendiendo que la carga de tareas fuera del colegio debe ser aquella que permita al niño cultivar su identidad a la vez que fomentar sus habilidades, convirtiéndole en un ser humano curioso, trabajador, seguro y motivado.
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