Ciento cinco años de Roald Dahl, el escritor que supo ponerse a la altura de los niños
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Ciento cinco años de Roald Dahl, el escritor que supo ponerse a la altura de los niños

Hoy, 13 de septiembre, Roald Dahl cumpliría ciento cinco años si una leucemia no hubiese acabado con su vida un 23 de noviembre de 1990, cuando contaba setenta y cuatro años y aún tenía vida por delante para agrandar su mito. El mito de un hombre que, con su desbordante imaginación y su prodigiosa escritura, cambió para siempre el concepto de literatura infantil. 

ADRIÁN CORDELLAT 

Periodista especializado en infancia y literatura infantil y juvenil

@acordellat

Las brujas, Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, El gran gigante bonachón, James y el melocotón gigante o Cuentos en verso para niños perversos son algunos de los títulos más reconocidos y emblemáticos del autor británico. Cuentos, novelas y poemarios que, con su característico, personalísimo y revolucionario estilo, han influido desde su publicación en generaciones y generaciones de lectores y escritores que vendrían detrás.

Los niños tienen derecho a consumir su propia cultura, tienen derecho a recibir sus propias historias.

«Yo diría que su forma de ver al niño, poniéndose a su misma altura, ha influido incluso en otras artes, porque al final todas se retroalimentan. Mis libros, por ejemplo, están muy influidos por el cine que yo consumí de pequeña en los ochenta, y ese cine, a su vez, está muy influenciado por Roald Dahl. En Steven Spielberg, sin ir más lejos, se ve claramente la influencia de Dahl», afirma la escritora Ana Campoy (@campoyana), que acaba de publicar la serie Pen Friends.

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Más allá de en las artes, esa vocación por convertir al niño en el centro de todo, por intentar meterse en la forma de razonar de los pequeños y escribir desde su altura, como si realmente su mano la manejase un niño, ha provocado que la influencia de Roald Dahl, según Campoy, se haya hecho visible, incluso a la hora de concebir al niño como elemento conformador de la sociedad, como alguien que tiene derecho a consumir su propia cultura, que tiene derecho a recibir sus propias historias. Gracias a ello, explica, la manida afirmación «Los niños tienen que leer porque son los lectores del futuro» carece absolutamente de sentido: «Los niños son lectores del presente. Ya están leyendo, tienen derecho a sus lecturas y su literatura de calidad y de divertimento, no hace falta mirar al futuro. Roald Dahl tiene mucha culpa en eso».

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Una mirada revolucionaria y crítica con el mundo adulto

Cuenta la prolífica escritora Begoña Oro (@loslibrosdelaoro), autora, entre otras, de las sagas Misterios a domicilio y Monster Chef y reconocida admiradora de la obra de Roald Dahl, que la primera novela que leyó del escritor británico fue Las brujas, aunque su predilecta, sin embargo, es Matilda.

«Me encanta porque es un ataque frontal a la imbecilidad —la palabra es de Dahl—, especialmente a la imbecilidad adulta, y una defensa justiciera y revanchista de la infancia», argumenta. 

Una opinión y predilección por Matilda que comparte Ana Campoy, que explica que se sintió muy identificada con la pequeña protagonista («Yo era muy parecida a Matilda, la típica niña que estaba leyendo siempre, que tenía ese universo propio») y que quedó fascinada por el hecho de entender de repente que «había gente adulta que podía ser chunga».

«Hasta entonces yo veía al adulto como alguien infalible y que siempre llevaba razón, como gente que es ejemplo a seguir, pero de pronto en Matilda se cuestionaba eso, y descubrí que los adultos no son infalibles y que hay veces que los niños llevan razón y los adultos no».

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De Las brujas, por su parte, otro de sus títulos predilectos, Campoy destaca su revolucionario final, un desenlace que podría considerarse malo si nos ceñimos al ideal de final feliz tan extendido en la literatura infantil, pero que en su opinión es un gran cierre del que los protagonistas, pese a todo, consiguen extraer cosas positivas: «En la vida hay veces en que suceden cosas malas. No siempre hay finales felices, pero sí podemos intentar amoldarnos a las nuevas realidades, que es algo que se puede entrever en la literatura de Roald Dahl. En el fondo, si lo piensas bien, sí que es un final feliz para los protagonistas de Las brujas porque son capaces de sacar algo bueno de un hecho malo que les ha ocurrido».

Este final, por cierto, no estuvo exento de polémica. En su versión cinematográfica de 1990, Allan Scott y Nicolas Roeg, guionista y director respectivamente, cambiaron el final concebido por Roald Dahl en la novela por otro más dulcificado y feliz, más acorde con los gustos del momento. Este hecho enfureció al escritor, que pidió que se retirase su nombre de los créditos, inició una campaña contra la película y prohibió que sus obras, al menos mientras él viviese, fueran llevadas a la gran pantalla.

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Humor para todos los públicos

Otro de los aspectos relevantes de la obra de Dahl y que explica en gran medida el éxito imperecedero de sus libros es el sentido del humor que impregna las páginas de sus historias. «Era muy irónico y sarcástico, contaba con una combinación entre humor inglés y humor nórdico —Dahl tenía ascendencia noruega— que era portentosa», afirma Campoy.

Una percepción que comparte Begoña Oro, que reconoce que siempre le ha encantado ese mandamiento autoimpuesto del humor que rige el trabajo del escritor británico: «Cuando escribió las siete cualidades que debe tener un escritor, uno de los siete puntos decía: "También ayuda mucho tener sentido del humor. No es del todo necesario a la hora de escribir para el público adulto, pero es esencial a la hora de escribir para niños"».

Recuerda Oro que ese mandamiento lo deja muy claro la propia Matilda cuando la señorita Honey le pregunta si ella cree que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos: «Matilda, y quien dice Matilda dice Dahl, responde: "Sí. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse"».

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Resulta, sin embargo, que a las personas mayores sí les gusta reírse. Más de lo que quieren hacer ver y creer. La prueba es que las obras de Roald Dahl no tienen edad y constituyen magníficas lecturas para ser compartidas en voz alta entre generaciones. A su modo, como dice Ana Campoy, los libros de Roald Dahl son como las películas de Pixar, obras de las que también disfrutan los adultos. «Esto demuestra a fe ciega que la literatura infantil es literatura para todos los públicos, que puede valer para los adultos. En el fondo, en estos libros, aunque se les dé preferencia a los niños, Dahl está hablando de temas universales, su mensaje es para todos. Por eso Roald Dahl es tan grande», concluye. 

Si te gusta Roald Dahl, te gustará...

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La señora Badobedah es una encantadora e ingeniosa historia intergeneracional escrita por una nueva y talentosa voz de la literatura infantil: Sophie Dahl. ¿Te suena el apellido? 

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