Confidencias de un ser apagado que quiere encenderse

Miare

Fragmento

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Me cuesta dedicarle palabras a las personas de mi vida porque las personas de mi vida son muchas y muy pocas a la vez.

Las personas de mi vida no son solo aquellos amigos íntimos que han servido de consejeros en mis peores momentos.

No son solo mis padres o mi hermano acompañándome en las etapas más difíciles de mi adolescencia.

No son solo aquellos que participaron directamente en mi formación, educación y crecimiento profesional y personal.

No son solo los romances que me llenaron ni los que me dejaron vacía.

En mi vida también ha habido personas con las que he coincidido solo una vez. Personas cuyo nombre no recuerdo y cuyo rostro no tiene importancia, pero, sin embargo, en una corta conversación dijeron algo y sin darse cuenta ese algo me ha marcado para siempre.

No todo se reduce al blanco y al negro. Hay gente con la que he convivido durante años y no me ha aportado nada, y hay gente que me lo ha dado todo sin haber cruzado una sola palabra conmigo.

Y creo que en los libros acostumbramos a menudo a dedicar nuestro éxito a nombres cuando realmente esos nombres no importan. Importa lo que han sumado. Da igual que yo ahora escriba «Se lo dedico a mi amiga Fulanita que es la leche» porque tú no sabes quién es Fulanita ni sabes por qué es la leche, así que Fulanita se queda como lo que es, un nombre más.

No, yo no voy a dedicarle esto a nombres. Esto se lo dedico a los momentos.

A los momentos que las personas de mi vida me han dado, y que han trazado los pasos de mi senda.

Se lo dedico al día que, con cinco años, me despertaba de madrugada para enfrentarme a dos días de un duro rodaje en el que las complicaciones meteorológicas no nos lo pusieron nada fácil, y a pesar de todo ello es el primer recuerdo de mi vida y uno de los más felices. El amor por ese trabajo lo he llevado siempre en las venas y desde entonces no ha hecho más que crecer.

Se lo dedico al día que, siendo un retoño, descubrí en un cajón el diario de la adolescencia de mi madre. Al empezar a leerlo me encontré con unas viejas páginas llenas de poesía que me maravillaron. Cuando le pregunté por ellas, me explicó que cuando era joven le encantaba leer a Bécquer y me regaló mi primer libro de poesía. Ahí empezó todo.

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Se lo dedico al día que, en una encerrona orquestada por mis padres, mi hermano y yo conocimos al que iba a ser nuestro compañero de vida más importante: mi perro Son. Una veterinaria le dijo a mi madre que nosotros, como niños pequeños que éramos, nos aburriríamos de él en 6 meses.

Han pasado 11 años y todavía somos incapaces de salir a comer fuera si no es en una terraza a la que nos lo podamos llevar. Son ha lamido las lágrimas de cada uno de nosotros y ha llenado nuestras vidas de felicidad y risas. A día de hoy no me equivoco cuando digo que es uno de los pilares más importantes de la familia y de nuestras vidas, y como tal se merece estar entre estas líneas.

Se lo dedico al día que me dijeron que había superado las pruebas para poder ser alumna de aquel Colegio Internacional tan exclusivo del que tanto había oído hablar. Fue un chute de autoestima.

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Se lo dedico al día que, 5 años más tarde, me echaron de aquel Colegio Internacional tan exclusivo del que tan harta estaba de oír hablar. Fue un chute de libertad.

Se lo dedico, y lo siento por el cliché, a aquella época interminable en la que tropecientos de mis «profesores» se dedicaron a acosar a mis padres a llamadas con tal de hacerles saber lo decepcionante que era yo como estudiante y lo negro que estaba mi futuro. Realmente consiguieron hacerme creer que no valía para nada, así que, me guste o no, han formado parte de mi vida. Ahora estoy aquí, así que... ¿qué importa?

Pero sobre todo se lo dedico a todos los momentos en los que 3 maestros increíbles se sentaron a mi lado y se esforzaron en mí cuando para el resto era más sencillo desentenderse de la problemática. Si por un casual están leyendo estas líneas, estoy segura de que sabrán que hablo de ustedes.

Se lo dedico al día que perdí a todas las amigas y amigos que me acompañaron en ese camino, porque sé que fui yo quien se distanció de ellos. Quizá no me leáis nunca, pero si lo hacéis: lo siento. Y gracias por haber formado parte de esto.

Se lo dedico a esa noche de hace dos años en la que, estando yo sentada en la mesa de un restaurante, recién salida de una prisión, desorientada y asustada, mi mejor amigo me ayudó a decir en voz alta la palabra que tanto me pesaba pero tanto me definía: víctima.

Se lo dedico al día que entre muchas me enseñaron que como víctima que sigue luchando, tengo otro nombre: superviviente.

Y sobre todo se lo dedico al día que conocí por fin al gran amor de mi vida. El que más me ha hecho sufrir y a la vez el que más alas me ha dado.

El amor que hoy siento por mí misma.

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Nunca hubo mucha luz en mi interior

También es cierto que de vez en cuando se abría una ventana, o una puerta, y se iluminaban todos mis aposentos.

También es cierto que a veces alguien encendía una cerilla, y a la luz de las velas nuestros corazones se calentaban y soñaban con antorchas resplandecientes en cada esquina, un fuego que ahogara hasta la más ínfima sombra en un rincón.

También es cierto que hubo momentos en los que incluso llegué a hacerme una instalación eléctrica y todo se iluminó gracias a millones de bombillas. Petaron, por supuesto.

Todo petaba. Todo se consumía. Todo se apagaba.

Y es que, si hago balance, creo que en la mayor parte de mi vida ha faltado esa luz dentro de mí.

Ha sido siempre como intentar mantener una llama en un lugar donde faltaba el oxígeno. Y yo he sido consciente de que estaba persiguiendo un ideal.

Y, por supuesto, yo aprendí a amar todas mis penumbras.

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