Cerrando puntos suspensivos

Rozalén

Fragmento

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YO NO SOY POETA

Yo no soy poeta. Tampoco escritora. Ha costado convencerme para iniciar esta aventura de escribir y vender un libro, os lo aseguro.

Sí tengo en común con los poetas el intento de expresar con palabras emociones, sensaciones, sentimientos... Tengo en común mi deseo por transmitir lo que siento, contar historias, detallar momentos. Pero yo no soy poeta ni escritora. Hago canciones, eso sí, pero las canciones tampoco tienen por qué ser poesía.

Para mí los poetas, los grandes escritores tienen un trabajo a cuestas, un estudio, un don, una dedicación, muchísimas horas de lectura y ensayo que yo no tengo.

Por eso, si quieres de verdad algo que te enseñe, que te emocione, una primera base de calidad, que te hagan volar, viajar en el tiempo, cambiar de piel, enamorarte, llorar, reír, soñar... Entonces permítete el regalo de sumergirte entre las letras de Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Benedetti, Gioconda Belli, Borges, García Márquez, Pablo Neruda, Nicanor Parra, George Orwell, Oliver Sacks, Simone de Beauvoir... Regala libros de Miguel Hernández, Federico García Lorca, Almudena Grandes, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Juan José Téllez, Saramago, Karmelo Iribarren, Ángel Gonzalez, Gloria Fuertes, Nuria Varela... Ellos y ellas son algunos de los maestros que me han ofrecido los mejores momentos de estos años que a continuación describo. Han sido fuente total de inspiración.

Y después, por supuesto, busca, pregunta... Hay verdaderos talentos anónimos que merecen que sus libros sean comprados. Que no te engañe una cara, un nombre conocido.

Y, a pesar de todo, aquí me tienes.

Aquí vas a descubrir un poquito más del alma que está detrás de mis canciones, de las vivencias que esconde esta profesión de locos. Conocerás el principio de muchas cosas, los porqués, muchas de mis alegrías y fragilidades.

Porque sí, porque me apetece, porque creo que esta es la mejor manera que tengo de aportar algo a los demás, porque soy consciente de mi suerte en la vida que me ha tocado vivir y no hay mayor regalo que compartirla.

Y, aunque yo no soy ni poeta ni escritora, creo que he conseguido lo que andaba buscando: honestidad.

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80 VECES LO HARÍA

¡¡¡Ahí lo teníamos!!! El vídeo de lanzamiento de nuestro primer disco.

Un plano secuencia.

Una cámara fija, una sábana, dos taburetes, dos mujeres de negro, dos flores verdes. El vídeo musical más barato de la historia.

Beatriz y servidora cantando en dos lenguas, una oral, otra de signos.

Lo publiqué el 4 de septiembre de 2012 a las nueve de la tarde. A la mañana siguiente me desperté y ya tenía casi diez mil visitas. Me fui al salón de casa de mis padres con el ordenador y al ratito rompí a llorar. «¿Qué ha pasado, María?», preguntó mi madre preocupada. Yo le respondí: «No puedo contestar a todos mamá... He perdido la cadena...».

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PERDONE

Solo habían pasado dos semanas desde mi llegada a Madrid.

Era momento de crear buen currículum, de buscar cualquier trabajo y bares donde me dejaran cantar. Mi única ilusión, mi meta, era que me dieran fecha en el bar Libertad 8, donde también tocaron en su día Joaquín Sabina, Jorge Drexler, Pedro Guerra, Ismael Serrano...

Tenía grabada una maqueta con varias canciones gracias a los concursos que gané en Murcia y me las copiaba en mi portátil. Esa era mi carta de presentación y lo que vendía en mis conciertos: un cd Verbatim blanco metido en una funda de plástico con una fotocopia en blanco y negro de una foto de la mitad de mi cara y un «María Rozalén» simple y rancio como título. En realidad no invitaba en absoluto a escuchar aquello. Se lo curran el triple en el top manta. Pero la tecnología y yo nunca nos llevamos bien. Por no hablar de la calidad del sonido que contenía... Mejor eso en otro capítulo.

La cosa es que un día me llené de valor, agarré mis maquetas y me paseé por todas las salas que conocía a entregarlas, presentarme y pedir fecha. No podía venderme peor... Qué ilusión más tonta y qué dolor de estómago por los nervios. No es que me trataran de maravilla, pero sonreían, agarraban mi maqueta y la colocaban en lo alto de una torre de otros discos también a la espera de ser escuchados.

El último lugar era, otra sala mítica de Chueca. Entré. Sólo estaba el dueño de entonces y el cantautor que tocaba esa noche probando sonido. Saludé. Claramente me vieron pero me ignoraron y siguieron a lo suyo. Yo me dirigí a la barra y esperé buscando tímidamente la mirada de aquel señor. Cinco minutos, diez minutos, quince minutos... y un «perdone» casi suspirado cada vez que se acercaba. Todos sabemos que en esos momentos incómodos los segundos son horas. Yo sentía que llevaba ahí media vida. Así que ya, un poquito desesperada, subí el volumen y llamé por fin su atención. Me miró por encima de sus gafas y me gritó: «¿Te puedes ir a la mierda? ¿No te has dado cuenta de que estoy ocupado?». No pude controlar mi reacción de niña. Rompí a llorar y salí corriendo de ese oscuro lugar. No recuerdo el tiempo que estuve esa tarde caminando por las calles de Madrid sin poder dejar de preguntarme: «¿qué hago aquí?, ¿qué necesidad tengo yo de esto?, ¿por qué no vuelvo a casa?, ¿cómo lo hago?, ¿por qué me siento tan sola en la ciudad más poblada del país?...».

Unos meses después recibí una llamada: «¡Hola! No sé si me conoces. Soy D., de X sala. Me han hablado de ti, he seguido tus últimos movimientos y me andaba preguntando yo: ¿Cómo es posible que Rozalén aún no haya tocado en mi sala?».

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SALIR AL MUNDO

Decidimos estrenar nuestro primer disco en otro país y nos fuimos a Burdeos, en Francia.

Unos buenos amigos nos organizaron unos conciertos en bares y pubs de la ciudad. Cantábamos a guitarras y voz para diez, veinte, treinta personas que se divertían, cenaban y charlaban. Cargábamos el equipo de sonido por las calles. Después intentábamos vender algunos disquitos acercándonos con simpatía a las mesas. Recogíamos y descansábamos en un piso del centro que nos dejó el ayuntamiento de la ciudad.

Por entonces yo acababa de terminar mi máster en Musicoterapia y unos días después presentaba mi tesina, así que tocaba levantarse a las seis de la mañana todos los días para prepararlo.

Recuerdo uno de esos conciertos en Francia, en una taberna española pequeñita

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