Retorno a Moulinsart

Tito Muñoz

Fragmento

cap-2

Soy de los que siempre se saltan los prólogos... Quién me iba a decir a mí que un día mis palabras serían saltadas por otros. En fin, a los que seguís leyendo quiero hablaros del personaje estrambótico que viene a ser Tito Muñoz.

Conocí a Tito sin llegar a conocerlo: hace años a través de la voz de Joan Manuel Serrat, y un poco más tarde a raíz de ver su firma en la sublime letra de «Los mares del surf» junto a la de Javier Ruibal. Digamos que, para un letrista y cancionista aficionado como quien os escribe, era una buena carta de presentación.

Era yo ajeno a los trabajos en poesía, pintura, música, publicidad y otras lides en los que Tito se desenvolvía, y tampoco sabía que me iba a encontrar con su verso mordaz tiempo después en un grupo de Whatsapp en el que una buena panda de poetas, músicos y sinvergüenzas jugueteamos con las palabras. Todavía recuerdo la primera vez que Tito elogió uno de mis versos y pensé: ¿pero tú te has leído, alma de cántaro?

Tito es un poeta, pero no siempre lo parece. Es de las cosas que más me gustan de él. Lo vi en persona por primera vez en Valencia. Venía de lejos con patillas y chupa de cuero, de tal manera que parecía más un músico de la banda de Loquillo que otra cosa. Su look ha ido variando con el cambio de estación y nos hemos vuelto a ver, cerveza y mirada en mano. La última vez, me regaló un broche muy extraño que parecía el corazón de un conejo. Él es así, le da su corazón a la gente.

El eterno nómada manda audios con voz cavernosa, escribe sonetos matutinos, dibuja y habla sin parar, elimina mensajes que nadie sabe a dónde irán, pero coge carrerilla y vuelve a la carga. Tito es excesivo, locuaz, brillante, intenso.

«No le convengo, dice,

porque soy muy intenso,

me entrego demasiado

y la apabullo

con mis exagerados

sentimientos»

Es un canalla con overbooking de ternura, que escribe en el lenguaje de las personas, pero con imágenes imposibles, imágenes de «trenes que circulan en sentido contrario» con las que, al leerlas, lo mismo se te cae una carcajada que se te clava un puñal en la vejez. Tito lee la música con gafas de cerca y ejerce su humildad con sabiduría de callejón. Afirma que «eres tú quien escribe mis poemas» y lo mismo sueña a Goytisolo que afirma tenerle ley a cualquier trasnochado cantamañanas. No hay por dónde cogerlo.

«Si supiera

lo miserable y triste

que resulta

el enigma que guardo».

Me parece casi única la sorna con la que Tito maneja la tristeza. Me lleva de algún modo a una especie de Charlot, o de Buster Keaton, que se postula como una suerte de payaso melancólico, que le saca la lengua a la muerte y viste un siniestro colorido grisáceo. En este libro, Tito nos va dando una de cal y otra de arena sin hacer apenas aspavientos, sin despeinarse, sin esfuerzo aparente; saca del sombrero el imaginario de la niñez y, cuando te descuidas, esboza la decadencia del pesar de los días o le da la vuelta a la sonrisa huyendo de los sueños.

«Y ahora disculpa,

me espera un día duro

y me reclaman

la tos de un cigarrillo

y el apretón de vientre

que genera un café

cuando despierto»

Lo confieso: soy fan de Tito Muñoz. Lo era desde antes de conocerle y ahora lo soy más. Después de leer este libro está entre mis poetas favoritos, pero, shhh, no se lo digáis, porque quiero que siga siendo ese despreocupado jipi que parece no saber lo que se hace, que ironiza sobre los poemas cursis y se caga en la pomposidad. Porque detrás de esa creatividad incansable y casi ofensiva, lo que hay es una latente eyaculación de pura humanidad... Eso es, Tito es, como diría Nietzsche, humano, demasiado humano.

«Pero bastaba el tacto

de su cuerpo de espaldas

en la cama

para entender que al menos

estuviste muy cerca

de algo que resultaba

casi humano».

Disfruten, público inteligente, ávidos lectores, de este conjunto de dubitativas certezas, improperios de capitán Haddock, tristes alegrías, viajes a la farmacia y catastróficas desdichas de este duende vividor y casquivano. Abracen a Tito como si lo amaran y no querrán volver jamás a Moulinsart.

EL KANKA

cap-3

YA NADIE ENVÍA POSTALES

¿Qué será del verano

sin las viejas postales,

sin las vistas del puerto,

la estatua del poeta,

sin la fuente con peces,

el pueblo de los padres,

el Partenón,

la cabina británica

de teléfonos roja,

el beefeater, sin eso?

De veras, no es lo mismo,

se ha perdido el buen hábito,

la envidia sugerida

por algún sello turco,

la sirena de Andersen

y las aguas ficticias

de las Islas Egeas.

¿Qué será del cartero

sin entregar noticias,

recuerdos para todos,

saludos, muchos besos?

cap-4

INMERSIÓN

Ayer, bajo tus sábanas,

fui un buscador de perlas

procurando el tesoro

que la inmersión merece.

El faro no alumbraba,

mas me guio el instinto.

y asomé en plena noche

con mi premio en los dientes.

El fondo de tu cuerpo

reclamó un nuevo intento,

aullaba la sirena

cuando falló el oxígeno

y los dos continentes

de esos muslos morenos

produjeron la asfixia

que acaba con los buzos.

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