Emily y el tesoro mágico (Colección Emily 3)

Duncan Ball

Fragmento

libro-3

1. El primer poema de Emily

—Me encanta la poesía —dijo Emily—, pero soy incapaz de escribir un poema. No consigo que los versos rimen.

—Quédate quieta, cariño —le pidió su madre—. Si te mueves tanto, no puedo clavar los alfileres en el disfraz.

Emily estaba invitada a una fiesta de disfraces y tenía pensado acudir vestida de Cenicienta. Su madre le estaba confeccionando un vestido andrajoso. En cuanto cosiera el dobladillo, el disfraz estaría terminado.

—Hoy, de deberes, tenemos que escribir un poema y no sé ni cómo empezar —siguió diciendo Emily—. ¡Ay! ¡Me he pinchado con algo!

—No te muevas.

Emily pasó el brazo por encima del hombro y miró la parte trasera del vestido con el ojito del dedo.

—Ya lo veo —advirtió—. Hay un alfiler junto a la cremallera. Se me está clavando.

—Ah, sí —asintió la señora Buenavista a la vez que retiraba el alfiler—. Perdona. Olvidé quitarlo cuando cosí la cremallera. ¿Qué sería de ti si no tuvieras ese ojito?

—Iría llena de pinchazos —bromeó Emily—. Más que ahora.

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Emily sabía que nacer con un ojito en la punta del dedo tiene sus ventajas. Sin embargo, a veces —cuando se lavaba las manos, por ejemplo, y le entraba jabón en el ojo—, habría preferido ser una niña normal y corriente.

Cuando la gente le preguntaba si le gustaba eso de tener un ojo en el dedo, decía: «Por una parte es guay, pero por la otra, no. Según como se mire». Era la broma particular de Emily.

—Y ese poema tuyo, ¿sobre qué debería hablar? —le preguntó la señora Buenavista.

—La maestra nos ha pedido que trate de alguna cosa emocionante que nos haya pasado alguna vez, pero no se me ocurre nada de nada. Mi vida es un rollo patatero.

—Emily, me dejas patidifusa. ¡Pero si, gracias a tu ojito, te han pasado montones de cosas increíbles! ¿Ya no te acuerdas de cuando salvaste a aquellos gatitos del árbol?

—Claro que me acuerdo, pero ¿cómo voy a escribir un poema sobre eso?

—¿Y qué me dices de aquella vez que te nombraron agente secreto y capturaste al rey Crim y a su banda?

—¡Mamá! ¡Eso es información confidencial! —regañó Emily a su madre—. Prometí no contárselo a nadie jamás de los jamases. Y tú tampoco deberías hablar de ello.

—Pues podrías hablar del ratón que encontraste con Malcolm Roedor y su padre.

—Sería muy complicado —suspiró Emily—. Además, ni siquiera sé qué tipo de poema escribir. Hay tantos estilos distintos…

—¿Y por qué no escribes uno parecido a «La señorita Pitita»? ¿Te acuerdas? Antes era tu favorito.

—Mamá, por favor…

La madre de Emily tenía razón. A Emily, de niña, le encantaba el poema de «La señorita Pitita». Le gustaba tanto que se lo aprendió de memoria. Iba de acá para allá recitando a voz en grito:

La señorita Pitita

se sentó en un escabel

a comer cuajada y pastel

muy de mañanita.

Entonces llegó la araña,

se sentó junto al escabel

y espantó a la señorita Pitita.

Cuando acababa de recitarlo, se partía de risa. No tenía ni idea de lo que era un escabel y jamás había oído hablar de la cuajada (aunque, con ese nombre, debía de saber a rayos), pero se reía hasta que se le saltaban las lágrimas.

Una vez le dio tal ataque de risa que contagió a sus padres. El señor Buenavista le dijo:

—¿Qué te hace tanta gracia, cariño?

—La araña… —respondió Emily—. La araña… —pero se reía con tantas ganas que no podía ni hablar. Grandes lagrimones le caían por las mejillas y una lágrima chiquitita le resbalaba por el dedo.

—Las arañas son muy graciosas, ¿verdad, Emily? —comentó su madre.

Emily sacudía la cabeza de lado a lado intentando decir que no, que no se reía de eso, ni mucho menos. Lo que le daba tanta risa era otra cosa.

—Se sentó —balbuceó Emily—. Se sentó a su lado. Ay, qué risa.

—¿Y qué tiene eso de divertido?

—Las arañas no se sientan —explicó Emily—. No tienen culo. O sea, tienen culo pero no lo usan para sentarse. Las arañas nunca se sientan. Siempre están de pie, a menos que hayan muerto. Entonces se quedan boca arriba, con las patitas al aire.

—Tienes razón —reconoció su madre—. Seguro que la persona que se inventó el poema de «La señorita Pitita» no sabía tanto como tú acerca de las arañas.

—Yo creo que solo pretendía hacer un chiste —dijo Emily.

El caso es que, a partir de entonces, cada vez que Emily utilizaba el ojo del dedo para mirar los insectos de cerca, se fijaba a tope en las arañas, por si veía alguna sentada. Nunca encontró ninguna. Siembre estaban de pie, o agarradas a la telaraña con las ocho patas, pero jamás sentadas. Incluso más tarde, cuando se hizo mayor, a Emily se le escapaba una risita cada vez que oía el trozo de la araña sentada junto a la señorita Pitita.

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La madre de Emily clavó unos cuantos alfileres más en la orilla del vestido de Cenicienta.

—¿Te acuerdas de aquella vez que Jana y tú fuisteis a merendar al campo? —preguntó la señora Buenavista, que sujetaba unos cuantos alfileres entre los labios—. Se os acercó una vaca y salisteis corriendo.

—¿Cómo se me iba a olvidar? —dijo Emily—. Vi cómo me perseguía, con el ojito del dedo.

—Es una historia perfecta para un poema, ¿no crees?

—Hum… Puede que sí. ¿Has terminado de marcar la orilla?

—Sí. Quítate el vestido con mucho cuidado.

La señora Buenavista puso en marcha la máquina de coser mientras Emily salía de la habitación y empezaba a escribir. Volvió al cabo de unos minutos.

—Mira, mamá —anunció—. He escrito un poema, pero no rima. Escucha:

La señorita Emily

se sentó en una piedra

a comer un bocadillo de pepino

muy de mañanita.

Entonces llegó una vaca

que la miró fijamente

y espantó a la señorita Emily.

—Tienes razón —dijo la señora Buenavista—. No parece un poema. Al menos, no la clase de poema que te ha pedido la maestra.

—¡Vaya lío! ¿Qué hago? —preguntó Emily.

—Nos va a costar un poco encontrar algo que rime con Emily, pero podemos cambiarlo por Emilia y escribir algo así como «la señorita Emilia se sentó en una sillita». Eso no queda mal.

—Pero si no me senté en una sillita… Me senté en una piedra —protestó Emily.

—Ya lo sé, cariño, pero cuando una escribe poesía tiene permiso para cambiar algunas cosas. Te puedes llamar Emilia en lugar de Emily y convertir la piedra en una sillita. Se llama «licencia poética».

—La señorita Redondo nos comentó algo sobre eso pero he olvidado lo que significa.

—No es un permiso de verdad, como el car

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