Emily es única (Colección Emily 1)

Duncan Ball

Fragmento

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—Felicidades —le dijo el médico a la señora Buenavista—, acaba usted de ser madre de una niña preciosa. Preciosa y… bastante especial —el médico se escondió el bebé detrás de la espalda, como si fuera un regalo sorpresa de cumpleaños—. ¿Han escogido ya un nombre para ella?

—Pues verá… Si fuera un niño, lo habría llamado Emilio, pero como es una niña, la llamaré Emily —respondió la señora Buenavista. Alargó el cuello porque estaba deseando ver a su hija—. ¿Especial en qué sentido? Va todo bien, ¿no?

—De maravilla. Sencillamente, la pequeña Emily tiene algo… ¿Cómo se lo diría yo?… Fuera de lo común —el médico le mostró a su hija por fin—. Échele un vistazo.

Mirando al bebé, la señora Buenavista comentó:

—Pues yo no le veo nada raro. Es igual que todos los bebés. Tiene cabeza, dos brazos y dos piernas. Todo parece en su sitio.

—Casi todo —la corrigió el médico—. Cuéntele los ojos.

—¿Los ojos? —repitió la madre de Emily—. Yo veo dos, uno a cada lado de la nariz. Como todo el mundo, ¿no?

—Vuelva a contarlos. Usted también, señor Buenavista —dijo el médico, sonriendo de oreja a oreja.

El señor y la señora Buenavista volvieron a contar. Uno y dos. Emily les devolvió la mirada con sus preciosos ojos azules.

—Les daré una pista —insistió el doctor—. Mírenle las manos.

—¿Las manos? —se sorprendió el señor Buenavista, y desplegó con cuidado los deditos de Emily.

—¿No lo ven? Ahí, en la punta del dedo —indicó el médico, señalándole algo a la señora Buenavista—. Esta niña tiene una vista fuera de lo común. Tal como dice su nombre: Emily Buenavista.

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—¡Alucinante! —exclamó sorprendido el señor Buenavista.

Sosteniendo la mano izquierda de Emily, observó fijamente el ojito que lo miraba desde la punta del dedo de su hija. Un ojito de verdad, con su párpado y todo. El ojo pestañeó una vez y luego otra.

—¿Y eso pasa muy a menudo? —quiso saber la señora Buenavista.

—No. Bueno, creo que no —contestó el médico muy serio—. Llevo veinte años trayendo bebés al mundo y es la primera vez que veo a una niña con un ojito en el dedo.

—¿Y a qué se debe? ¿Qué opina usted? —quiso saber la señora Buenavista.

—Pues no estoy seguro, pero tengo una teoría —respondió el médico—. ¿Nunca se ha fijado en que las personas apellidadas Delgado suelen ser flacas? ¿O en que los tipos que se llaman Chiquito casi siempre tienen cara de niños?

—Ya, y supongo que los Menudo acostumbran a ser bajitos —asintió la señora Buenavista.

—Y mucha gente apellidada Cocinillas se dedica a la cocina —afirmó el señor Buenavista.

—Pero eso es distinto —opinó el médico—. Uno no nace siendo un cocinillas. Los bebés no saben cocinar.

—Pero sí pueden ser muy tragones —observó la señora Buenavista.

—Si alguien se apellida Cocinillas —afirmó el señor Buenavista muy convencido—, seguro que de mayor se hace cocinero.

Dicho eso, el padre de Emily movió la cabeza de arriba abajo, como hace la gente cuando acaba de decir algo muy inteligente.

—Puede ser… —reconoció el médico—. Lo pensaré.

—Conocí a una señora Chistera que siempre llevaba sombreros altos —recordó la señora Buenavista.

—¿En serio? —le preguntó su marido, que de repente se había acordado de un tal señor Picamaderos, que era carpintero, y de la doctora Lamuela, su dentista.

—En fin, la vida te da sorpresas —dijo el doctor—. Ustedes se llaman Buenavista y seguramente por eso su hija ha nacido con un ojito de más. Pero no se preocupen, porque el problema tiene solución.

—¿Qué problema? —se sorprendió el padre de Emily.

—Puedo taparle el ojo —explicó el médico—. No es complicado y no se notará. A Emily no le dolerá nada en absoluto.

—¿Taparle el ojo? —se extrañó la señora Buenavista—. No, usted déjelo como está y ya veremos lo que hacemos. A lo mejor le viene bien tener un ojito a mano —añadió, y enseguida se rio de su propio chiste—. A mano. ¿Lo pillan?

El señor Buenavista y el médico soltaron unas risillas, por educación más que nada.

Y así fue como Emily llegó a su hogar.

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