¡A por todas! (¡Campeón! 5)

Antoine Griezmann

Fragmento

cap-3

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¡ADIÓS!

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A Tony no le daba miedo el avión. Para él, despegar era una nueva vía de escape, una promesa de excitantes aventuras, de magníficas jornadas. Y, además, situarse por encima de las nubes, ver el mundo tan pequeño... ¿Qué podía haber mejor? Allá arriba, el tiempo siempre era estupendo. Mientras la aeronave no aterrizara, todo parecía posible.

Pasó una azafata, muy elegante en su uniforme azul. Empujaba un carrito cargado de bebidas y golosinas. Le sonrió.

—¿Es la primera vez que subes a un avión solo?

La señora gruesa que estaba sentada junto a él, al lado de la ventanilla, inclinó la cabeza como si la pregunta se dirigiera a ella.

—Se llama Antoine. Pero sus amigos lo llaman Tony.

La azafata asintió, imperturbable.

—¿Vas a reunirte con tu familia?

El rubiales tragó saliva y sacudió la cabeza. No, no iba a reunirse con los suyos. Al contrario, los dejaba. Quedaban atrás por mucho, mucho tiempo.

Hizo acopio de fuerzas e intentó no aparentar ninguna contrariedad.

—Voy... A ver a un amigo.

Por el tono de aquella voz, la azafata supo que insistir podía ser peligroso. Por otra parte, tenía que atender a otros muchos pasajeros. Lo que no perdió en ningún momento fue la sonrisa. Estaba entrenada para guardar la compostura en cualquier circunstancia.

—¿Quieres beber algo?

Tony pareció recuperarse.

—Zumo de tomate —dijo por fin.

La azafata alzó una ceja. Tratándose de un adolescente, estaba más acostumbrada a que le pidieran una Coca-Cola. Tomó una botella de cristal y un vaso de plástico y se los tendió a Tony.

El rubiales le dio las gracias. Seguro que no iba a estar tan bueno como el zumo de tomate de su madre, con el tabasco, la sal de apio y la rodaja de limón cortada por la mitad, pero qué se le iba a hacer.

Sacudió la cabeza, nervioso. Por mucho que intentara evitarlo, todos los pensamientos le devolvían a Mâcon, a su casa.

—Así que a casa de un amigo, ¿eh? —comentó la señora gruesa que tenía al lado—. Y eso a medio curso. ¿Todo va bien, en el colegio?

Decididamente, aquella vecina tan voluminosa era de lo más metomentodo. Lo malo era que él no tenía ganas de hablar. Ningunas.

—Todo va estupendamente.

Lo que quería era estar solo con sus pensamientos. Para poder recuperar el hilo de la historia. Volver a sus orígenes. «Si no sabes de dónde vienes —le repetía su padre a menudo—, no puedes saber adónde vas.»

De hecho, ¿de dónde venía él? Buena pregunta.

Sin quererlo, sonrió. Recordó aquella vez que sin querer había chutado un balón que dio en la espalda de Thierry Campan, el preparador físico de la UFM. «Pero bueno, ¿esto qué es?», había gritado aquel hombretón. ¡Ja, ja! ¡Ese día le había dado bien! ¡La famosa zurda de Tony Grizi! ¡El primer chut de una larga serie...!

Todo había comenzado en ese momento, de hecho. La jornada de selección para encontrar a un nuevo delantero, el rechazo categórico de su padre, el golpe franco de la muerte, la integración milagrosa en el equipo, cómo lo habían aclamado los demás...

¡Qué lejana le parecía esa época, y qué despreocupada! Ahora veía que los amigos eran lo más importante. Los amigos —Julian, JB, Djib’, Stan y los demás— y luego la familia, claro. Su hermana mayor, Maud, periodista incipiente. Théo, su hermano menor... Tan divertido como insoportable, a veces...

Pensativo, se sirvió el zumo de tomate en el vaso y echó un trago mientras miraba por la ventana. Podía oír la voz de su amigo Stan, que le preguntaba: «¿Qué habría dicho Napoleón en estas circunstancias?»

Bueno... Napoleón en avión...

Dejó el vaso en la bandeja. El zumo de tomate sabía a plástico.

Sí, había recorrido un camino muy largo desde sus inicios con los colores de la UFM. Talento, mucha suerte y mucho entusiasmo y trabajo: esos eran los ingredientes indispensables, según el Grizzli. Pero esa suerte, ¿seguiría sonriéndole en el futuro? Y en cuanto al entusiasmo... ¿No se le acabarían las reservas?

Si le hubieran hecho esa pregunta una hora antes, en el momento de despedirse de su padre, al llegar a los controles de seguridad, sin duda habría dicho que sí, que ese entusiasmo iba a acabarse, pues solo le había podido ofrecer unas lágrimas. Lágrimas de niño pequeño. ¿Acaso iban a separarse durante años? Su padre le había sacudido con suavidad el hombro: «Vamos, vamos, ahora que no te entre el miedo: solo es cuestión de unas semanas. ¡Y luego tienes que pensar todo lo que te espera ahí, hombre!»

Tony cerró los ojos. ¿Lo que le esperaba allí? Precisamente de eso no tenía ni idea. No hablaba español. No conocía a nadie. Era el francesito que iba a desembarcar en un club extranjero... ¡A saber cómo iban a recibirlo!

Se acabó el zumo de tomate de un trago. ¿Y si resultaba que era un objetivo demasiado ambicioso? ¿Y si echaba terriblemente en falta a la familia? Volvía a acordarse de su madre, de cómo lo apretaba contra ella, esa misma mañana, en la cocina, cuando todavía no había salido el sol. Tony se había levantado demasiado pronto, y ella también. «Será una experiencia, hijo. Tienes que probarlo. También puede salir mal... Si es así, volverás. Tú...»

Con los ojos llorosos, no había podido concluir la frase. Se había limitado a abrazarlo más fuerte.

Y luego, en el momento de la despedida de verdad: «Vas a conseguirlo. Vas a hacer que nos sintamos orgullosos. Lo sé.»

¿No era todo un poco contradictorio? Se imaginaba de vuelta en Mâcon, con la cabeza gacha, derrotado. «Papá, mamá, he fracasado. ¿Puedo volver a mi cuarto? Solo quiero un poco de tartiflette. Esas patatas con queso gratinado... Y luego, ver a mis amigos, y...»

Pero negó con la cabeza. No. No, nada de eso. Iba a conseguirlo, y punto. No tenía ninguna otra elección.

—¿Te gusta el surf?

La señora se había ajustado las gafas, como si quisiera examinarlo mejor.

—No.

Del bolso se sacó un paquete de caramelos de menta y se lo tendió. Él hurgó en el contenido sin entusiasmo.

—Son buenos para los oídos. Y para los bronquios. Y para el aliento. Pero estoy segura de que tienes una amiguita, ¿verdad? Con lo guapo que eres...

Él negó con la cabeza. No, señora, no. Ni tabla de surf, ni novia alguna. No era más que un chaval de Mâcon lanzado a la conquista de España. No era más que un chico que perseguía un sueño.

—Yo tengo un nieto que hace surf. Vaya, ¡es que os parecéis un montón! Porque vamos a ver, ¿qué edad tienes? ¿Doce años?

—Catorce.

—¡Oh! Bueno, entonces es que... Perdona, pero no se puede decir que seas un gigante, ¿verdad?

Él le sonrió.

—No se preocupe, estoy acostumbrado.

La señora guardó su bolsita de caramelos y Tony cerró los ojos para intentar dormir un poco.

Aunque eso fuera más fácil de decir que de hacer. Sin cesar, las mismas imágenes daban vueltas en su cabeza. Su primer gol. Su «último» gol. Esas pruebas que había hecho casi por toda Francia. La llegada a Montpellier. Ese partido loco contra el PSG. «La suerte es alg

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