Una fierecilla indomable (Serie Bat Pat 33)

Roberto Pavanello

Fragmento

cap-1

Image

Image

l primer problema, si empezamos por el principio, fue la decisión de Leo de dedicarse a la música. ¡En concreto, al canto! Sí, lo habéis entendido bien: después de entrar en el coro del colegio en el último momento, en sustitución de un compañero enfermo, a Leo se le metió de repente entre ceja y ceja que era un gran cantante. Lo malo era que solo lo pensaba él, mientras que el resto de la familia, que no estaba nada de acuerdo, tuvo que sufrir el tormento de aquella nueva pasión arrolladora.

ImageEmpezó cantando en la ducha, como tanta gente pero nadie le hizo mucho caso, aunque también es verdad que con el ruido del agua y la puerta cerrada se atenuaban bastante aquellos gritos de cavernícola. Sin embargo, luego cogió la mala costumbre de cantar también por ahí, en cualquier ocasión posible e imaginable: cantaba nada más despertarse o antes de acostarse, mientras tecleaba delante del ordenador o yendo en bicicleta, cantaba cortándose las uñas e incluso desayunando (¡y entonces escupía por toda la cocina los cereales empapados de leche!). Destrozaba melodías alegres cuando estaba contento y bramaba composiciones tristísimas cuando estaba bajo de moral.

ImageHasta ahí la familia Silver soportó el asunto bastante bien, aunque le pedían educadamente que se callara cuando lo oían berrear por quincuagésima vez aquello de «Con un poco de azúcar esa píldora que os dan, la píldora que os dan... pasará mejor».

ImagePero ¡entonces descubrió el karaoke y fue el principio del fin! A sus chillidos desgarradores se sumó también la música. A decir verdad, el resultado mejoró un poquito, pero, a pesar de que se iba a ensayar al garaje, ¡la cadena de música que montó era tan potente que hacía temblar el suelo de la casa!

Se llegó a un acuerdo: un máximo de una hora diaria de ensayos ¡y luego silencio! Compraron tapones de cera para todos, también para mí (¡qué detalle!); sin embargo, cuando me di cuenta de que, aunque me escondiera en el desván con la cabeza debajo de un cojín, mis sensibilísimos oídos sufrían demasiado, adopté la costumbre de irme volando a algún sitio más tranquilo durante aquella hora. Así, de paso, evitaba que Leo me cogiera por banda para darme la lata con sus canciones, como había empezado a hacer con los demás miembros de la familia:

Image

—Escucha esto, mami... «¡Amarillo el submarino es, amarillo es, amarillo es!»

—¡Horrible, Leo, realmente horrible! —exclamaba la señora Silver, y se escabullía para encerrarse en su habitación.

—¿Te gusta esta, Martin? «¡Quince hombres sobre el cofre del muerto! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»

—¡Ojalá estuviera yo dentro del cofre del muerto! —respondía su hermano, desolado.

—Pero ¿dónde se ha metido nuestro amigo Bat Pat? —preguntaba Leo—. Quería que oyera El vals del murciélago vienés.

—¡Se ha ido volando! —contestaba Rebecca—. Menuda suerte ha tenido...

—Rebecca, querida hermana, esta es para ti: «Estando el cocodrilo y el orangután, dos pequeñas serpientes y el águila real...».

—¡BASTA, LEO, BASTAAA! ¡ESTE TORMENTO NO HAY QUIEN LO AGUANTE! —le chilló un buen día mi ama, y se fue de casa dando un portazo. Leo se quedó con mal cuerpo y no volvió a cantar en toda la tarde. Cuando regresé de mi vuelo salvaoídos, me lo encontré en el garaje desmontando la megacadena de música.

Image

No reapareció hasta la hora de la cena, pero en vez de abalanzarse sobre la comida, como era habitual, se quedó en la puerta y murmuró con la cabeza gacha:

—Ejem... Creo que he exagerado un poco con esta historia del canto... Lo siento. Os prometo que a partir de hoy ya no os molestaré más. Perdóname también tú, Rebecca, que no... Pero... ¿Dónde está Rebecca?

Eso, ¿dónde estaba Rebecca? ¡Nadie la había visto volver y fuera estaba a punto de caer una buena tormenta!

cap-2

Image

Image

ntonces fue cuando empezó el segundo problema. No, no os preocupéis, a Rebecca no le pasó nada, aunque su desaparición nos hizo pasar un rato malísimo. ¿Dónde podía haberse metido? ¡Y encima con aquel temporal!

—La habrá sorprendido la lluvia y se habrá resguardado en algún lado a esperar que pare —dijo el señor Silver, en un intento de tranquilizar a todo el mundo—. Voy a salir a buscarla en coche.

Sin embargo, media hora después aún no había regresado. Vi la cara de preocupación de la señora Silver y, antes de que tuviera que pedírmelo, salí de casa yo también, entre relámpagos, truenos y el agua que caía a cántaros (¡y ya sabéis lo mucho que odio el agua!), fiándome del dicho de mi hermano Boris: «¡Murciélago mojado, murciélago afortunado!». Lo primero se cumplió, porque me mojé muchísimo, pero lo de ser afortunado... ¡Ni por asomo! No había ni rastro de Rebecca. Al final me crucé con el coche del señor Silver, que volvía al cuartel general a toda prisa. «La habrá encontrado él», pensé, y lo seguí hasta el 17 de Friday Street, donde, sin embargo, lo vi bajar solo.

—He buscado por todas partes —aseguró, desconsolado, encogiéndose de hombros—, pero se ha esfumado. Voy a llamar a la policía...

Ya había descolgado el teléfono cuando nos sobresaltó el timbre de la puerta. La señora Silver corrió a abrir con el corazón en un puño: en los escalones de la entrada estaba su hija, empapada de pies a cabeza, con un bulto extraño debajo de la ropa y una sonrisa de oreja a oreja.

—Me lo he encontrado en el parque, debajo de un árbol... Temblaba de frío y de miedo... —dijo, y abrió poco a poco la chaqueta.

Pegado al pecho llevaba un cachorro, regordete y calado hasta los huesos. Tenía mucho miedo en la mirada. ¡Pobre perrito! Al verlo así nadie se habría imaginado que el segundo problema fuera a ser precisamente él.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados