Te quiero como eres

Alma Gross

Fragmento

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¿Qué podemos hacer

 para ser especiales? 

—¡Por fin vacaciones! —exclamó alegre Mia cuando la despertó un rayo de sol que entraba por la ventana de su habitación, haciéndole cosquillas en la nariz.

Antes de saltar con energía de la cama, la preciosa niña de rizos castaños y adorables ojos negros se estiró en un último bostezo de satisfacción. Desde ese día, y durante seis maravillosas semanas, no tendría que levantarse demasiado pronto ni darse prisa para llegar puntual al colegio.

Cuando bajaba las escaleras hacia la cocina, sonrió feliz al recordar que ese día iría, con sus padres y su hermano, a ver a los abuelos. Como ya había acabado tercero, Mia se sentía muy mayor, y el viaje a casa de la abuela Klara y el abuelo Heinz ya no suponía la emocionante aventura de hacía un par de años; a pesar de todo, le hacía ilusión pasar un tiempo sin grandes preocupaciones en el pequeño pueblo junto al bosque.

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En la cocina estaba su madre, y olía de maravilla a tortitas recién hechas. Claro, era sábado y, para empezar el fin de semana, siempre había un desayuno especial para toda la familia. ¡Perfecto! Todo encajaba con su buen humor.

—¡Hola, mamá! —saludó alegre—. ¿Ya se ha levantado Sven?

—¡Buenos días, Mia! No, parece que sigue durmiendo como un tronco. ¿Serías tan amable de ir a despertarle? —le contestó su madre, que se volvió hacia ella sonriendo—. Para cuando estéis preparados, papá habrá vuelto de la panadería y podremos desayunar todos juntos.

—Sí, me lo imaginaba… Sven siempre será un dormilón —comentó Mia. Como al decirlo entrecerró los ojos con un poco de malicia, hizo sonreír a su madre.

Mia subió los peldaños de dos en dos y no se molestó en llamar a la puerta de la habitación de su hermano. Total, estaba dormido como una marmota y no lo iba a oír… Le conocía de sobra. Ya era suficientemente difícil despertarle.

Solo abrió los ojos encantado cuando su hermana de nueve años, de melena morena y nariz respingona, le recordó que a primera hora de la tarde irían a casa de sus abuelos.

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—¡Ah, sí! ¡Iremos a casa de los abuelos… y a ver a Osito! —se alegró, muy espabilado de repente. En menos de un segundo, Sven se había despertado del todo y salió corriendo hacia el baño.

En momentos como estos, resultaba especialmente obvio para Mia que su hermano tenía dos años menos que ella. Aunque él ya llevara un año cursando primaria, seguía siendo muy pequeño para ella y normalmente tenía en la cabeza cosas muy distintas a las de su hermana. Quizá precisamente por eso quería tanto a Sven. No hace tanto tiempo, probablemente ella también se habría puesto a bailar de alegría ante la idea de volver a ver al fiel y adorable san bernardo de sus abuelos. Pero, como ahora debía aprender a integrarse para que sus compañeras de su clase no la dejaran de lado, las cosas habían cambiado mucho para Mia en los últimos meses. Seguro que pronto le ocurriría lo mismo a Sven. Mientras tanto, Mia se alegraba de todo corazón de que él conservara su inocencia infantil.

Cuando poco después Mia se sentó a la mesa del desayuno, parecía extrañamente pensativa, lo que no pegaba en absoluto con aquel día. Afortunadamente, nadie se dio cuenta, y la alegre cháchara de su hermano pequeño la distrajo en un santiamén de todo lo que la preocupaba. No, ya estaba de vacaciones y por nada del mundo dejaría que se estropeara su buen humor.

Como todos los sábados, se rieron mucho en el desayuno. Aunque sus padres debían volver a trabajar el lunes, también se alegraban de ir de excursión al campo y de poder pasar el día con sus hijos.

El día anterior, Mia y Sven habían escogido todo lo que querían llevarse a casa de sus abuelos. Ob­viamente, Sven necesitó mucha ayuda por parte de su madre; y mejor que fuera así, porque, de lo contrario, casi seguro que habría vaciado su habitación entera para llevarse todos sus juguetes. En cambio, Mia había insistido en que una chica como ella, que en pocos meses cumpliría diez años, ya podía preparar sola su equipaje.

Visiblemente asustados, sus padres observaron las dos maletas, la bolsa de viaje y la repleta mochila situadas al final de la escalera.

—¿Estás de broma? —preguntó su padre, completamente atónito—. ¿De verdad quieres llevarte todo eso? Solo te vas dos semanas a casa de los abuelos, no un año entero.

—No pasa nada —le interrumpió la madre de Mia—. En el maletero hay sitio de sobra y las chicas de esta edad necesitan incluso más cosas que los niños más pequeños.

—Muy bien —cedió su padre, dándose por vencido—. Aunque creo que al menos deberíamos ayudarte a meter el equipaje en el coche.

Durante las tres horas de trayecto al pueblo en el que su madre había vivido de niña, todos estu­vie­ron del mejor humor posible. Tan solo Mia fue incapaz de desconectar, mirando de vez en cuando por la ventana, porque el móvil la interrumpía cons­tantemente. Cada vez que sonaba, la advertía de que llegaba un nuevo mensaje de alguna de sus amigas

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