Los imaginarios

Melina Pogorelsky

Fragmento

-Joaquín, ¡¿qué está pasando?!

El que hizo esa pregunta es mi abuelo. Fue un segundo antes de quedarse duro como una estatua. Es este que ves acá, parado en la puerta que da al patio, con la bandeja en las manos. Venía a traernos la merienda y se quedó helado.

Claro que ahora no parece tanto mi abuelo. Más bien parece un Monumento al abuelo que no entiende nada de lo que pasó, ¿no?

Este que ves acá, parado frente al Monumento al abuelo que no entiende nada de lo que pasó, soy yo. Joaquín.

Y esos que ves acá, con cara de yo no fui, son mis amigos. Lucas y Amelia.

Este mar que ves acá, aunque parezca raro, hace un rato no estaba. Debajo del mar está el patio de mi abuelo.

Ahora vamos a tener que darle algunas explicaciones al Monumento al abuelo que no entiende nada de lo que pasó a ver si logramos que se descongele y vuelva a ser mi abuelo.

La cuestión es… ¿nos creerá?

Junto las manos adelante y pongo cara de pobrecito, como me enseñó mi primo.

—Perdón, abue. ¡Te juro que no fue nuestra culpa! —digo.

El Monumento al abuelo que no entiende nada de lo que pasó se va volviendo un poco menos monumento y un poco más abuelo. Levanta una ceja primero. Después la otra. Yo pongo cara de ternura y él casi que sonríe. Lo abrazo y mueve una mano para acariciarme la cabeza. Lucas y Amelia también se acercan a abrazarlo. Y ahí, por fin, se desmonumentiza del todo. El Monumento al abuelo que no entiende nada de lo que pasó se convierte en algo así como el abuelo que tampoco entiende nada de lo que pasó.

Mi abuelo deja la bandeja sobre la mesa y se enrosca los bigotes.

—¿Y entonces? ¿Quién tiene la culpa de todo este lío? —nos pregunta.

—¡Ellos! —gritamos los tres a la vez.

Mis amigos y yo señalamos a los imaginarios.

Este que ves acá es mi imaginario.

No sé

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