El secreto del bailarín (Clase de Ballet 6)

Elizabeth Barféty

Fragmento

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—¡Bilal! ¡Vas a llegar tarde!

El niño abre a duras penas un ojo y ve la cara de su hermana pequeña, Amel, muy cerca de la suya.

—Ya voy. Te lo prometo.

Los dos ojos serios que tiene delante se entrecierran y Amel suspira.

—Vale. Si no te das prisa, no te dará tiempo a desayunar. Y es importante no salir de casa con el estómago vacío.

Esta vez Bilal se incorpora de golpe y está a punto de darse en la cabeza con la cama de su hermana, que está encima de la suya. Se ríe.

—Lo sé, mocosa, tengo que dormir bien, cepillarme los dientes y comer cinco raciones de frutas y verduras al día. Pero te recuerdo que el hermano mayor soy yo.

Se acerca a Amel para hacerle cosquillas, y su hermana pega gritos muy agudos y sale corriendo.

Bilal se pasa la mano por el pelo, vuelve a bostezar y se decide por fin a ir al salón.

«No es humano levantarse tan temprano», se dice por enésima vez.

Como siempre, su padre ya está listo para marcharse. Se ha lavado, se ha vestido y se termina el café de pie. «Ni que tuviera prisa por marcharse de casa —piensa Bilal untando generosamente su tostada—. ¡Como si la tienda no estuviera a cinco minutos!»

Su padre, Idriss, tiene una tienda de venta, alquiler y reparación de bicicletas. Su madre, Malika, es «ama de casa», como escribe Bilal en los formu­larios de la escuela. Pero en realidad muchas veces ayuda a su marido llevando la caja de la tienda.

Amel, sentada a su lado a la mesa, mete la nariz en su tazón de leche con cacao. Karim, su hermano mayor, que está sentado enfrente, se bebe una taza de café con leche. Él también ya se ha duchado y se ha vestido. Desde que empezó a trabajar de aprendiz de fontanero, se levanta temprano. Bilal lo observa y piensa: «Parece un minipapá».

—¿Has dormido bien, yulidi? —le pregunta su madre tendiéndole el bote de Nesquik.

El niño asiente. Su madre lleva puesto un albornoz. Tiene grandes ojeras. «Debo de haber salido a ella», piensa Bilal sonriéndole.

—Hemos recibido una carta de la escuela —sigue diciéndole su madre.

Bilal aguanta la respiración. No tiene nada que reprocharse, aparte de haber sacado malas notas en varias asignaturas..., pero no le gustan nada los pocos momentos en que sus dos vidas se mezclan. El universo de la escuela —agradable, luminoso y elegante— no tiene nada que ver con el edificio viejo y oscuro en el que ha crecido. El piso en el que vive no es especialmente pequeño, y Bilal se siente bien en él. Sin embargo, no se parece en nada al de su amigo Colas, por ejemplo. En casa de Bilal, el salón está decorado al estilo marroquí, con muebles bajos y telas de colores.

A pesar de que la escuela está muy cerca de su edificio, siempre le da la impresión de cruzar una frontera invisible, de pasar de un Nanterre a otro. De bloques de pisos apretados como sardinas a edificios muy espaciados.

Porque Bilal estudia en la Escuela de Danza, que forma a los futuros bailarines de la compañía de ballet. Cientos de niños y de adolescentes sueñan con entrar en esta escuela. Es su máxima aspiración.

Pero en su casa apenas son conscientes de lo que representa. Nadie baila. Nadie sabe nada de danza. Están lejos, muy lejos de la Ópera y sus ballets...

—Es una invitación para la fiesta de la escuela —le aclara su madre—. No nos habías dicho nada...

Bilal no sabe si es una constatación o un reproche. No tiene tiempo para decidirlo.

Karim se echa a reír y suelta:

—Dime que no tenemos que ir, porque los niños con mallas no son lo mío.

—¡Karim! —exclama su madre, que parece más triste que enfadada.

Su hermano se encoge de hombros y sigue diciendo:

—Perdona, hermanito, pero, encima de que no hablas de otra cosa, no vas a obligarnos pegar el cu­lo a una butaca para verte hacer de princesita.

El ruido seco de la taza de su padre sobre la mesa interrumpe toda discusión posible. Por un momento Bilal espera que lo defienda..., pero enseguida pierde la esperanza.

—Me voy —dice Idriss—. Nos vemos esta noche.

Amel corre a darle un beso, y en un instante su padre ha desaparecido.

Bilal suspira y contesta en el tono más neutro posible:

—No, no tenéis que venir. Además, las familias no suelen venir. Es sobre todo para los alumnos. No sé por qué los profesores se sienten obligados a invitar a los padres...

Bilal agacha la cabeza.

No es verdad, por supuesto. Los familiares y amigos de los alumnos esperan con impaciencia las pocas oportunidades de entrar en la escuela, ver lo que les rodea a diario y verlos bailar... Pero las demás familias no son como la suya.

Siente que se le hace un nudo en la garganta. Acaba de darse cuenta de que no sabe si quiere que sus padres vayan a la fiesta. «No está bien avergonzarse de ellos», se reprocha mirando a su hermana. Tan alegre, tan inocente, tan orgullosa de sus buenas notas... «Qué pena que no podamos seguir siendo niños para siempre», piensa Bilal dirigiéndose al baño.

Un cuarto de hora después, se despide de su madre y sale de casa con el pelo todavía húmedo. Está a solo diez minutos de la escuela en bici, pero a menudo tiene que pedalear a toda velocidad para no llegar tarde.

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Enseguida, al girar una esquina, ve la verja y la gran placa con el logo de la escuela. Sonríe. Como tan a menudo, recuerda la primera vez que prestó atención al edificio. Había pasado por delante muchas veces, por supuesto, pero la verdad es que nunca le había interesado. Una escuela de danza tenía que ser cosa de chicas. Hasta un día de octubre...

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