El beso de Pekín (El mundo de Olympia 7)

Almudena Cid

Fragmento

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Olympia

Creativa y perfeccionista, a pesar de haber disputado tres Juegos Olímpicos sigue soñando con hacer historia.

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Iratxe

Vive por y para la gimnasia. Su experiencia unida a sus conocimientos educativos hacen de ella una gran entrenadora. Siente que su trabajo se ve reflejado a través de la gimnasia de Olympia

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Christian

Es el presentador estrella de los concursos de la televisión. Un chico divertido y con mucha cultura general que enamora a Olympia.

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Serena y Laura

Aunque ya no comparten equipo ni residencia, siguen siendo dos de las mejores amigas de Olympia. Cambiar el tenis por la música ayudó a Serena a ser ella misma. Y Laura sigue respaldando a Oly con su humor y sus manías.

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Fernando

Fernando Tostado es el abuelo

de Olympia, pero sobre todo es una gran inspiración para ella porque gracias a él comprendió el significado de reciclarse. Siempre será un guía en su vida.

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Ama y Aita

Mina y Tomás, los padres de Olympia, la apoyan siempre, en los momentos buenos y en los malos.

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Olympia corría distinto a como corren la mayoría de las niñas de su edad. Se desplazaba dando pequeños saltos, como si estuviese cruzando un río de piedra en piedra mientras trataba de llegar a la otra orilla. La mochila iba golpeando la espalda con poca fuerza. Llevaba lo justo para su primer día de entrenamiento en el club nuevo: maillot negro, calentadores negros con un hilo dorado y sus punteras negras.

No quería llegar tarde y no aflojó el ritmo, pero si hubiese girado la cabeza a la derecha, habría visto reflejada a una niña morena, delgada, con ojos de color miel y jadeando frente a la cristalera del IVEF, la nueva instalación donde quería crecer como gimnasta.

A unos metros, un grupo de quince gimnastas hablaban y reían. Cuatro de ellas parecían tener su misma edad, pero de todo el grupo solo una, la más bajita, la miró y le dijo «hola» mientras ella trataba de recuperar el aliento.

—Esa era Carmen —le contaba Olympia a Christian por teléfono.

—Carmen —repitió el presentador de Pasapalabra, como si lo anotara.

—Sí, y entonces, en ese momento llega Iratxe.

—Tu entrenadora de ahora.

—Sí, bueno, y la de Vitoria. Es que Ira y yo llevamos juntas... no sé ni cuántos años, muchos.

En el sueño que Olympia le estaba contando, Iratxe tenía quince años menos; una mujer delgada, de mandíbula fuerte y melena corta, pelirroja y rizada, que caminaba hacia la puerta del pabellón. Iratxe Aurrekoetxea. Su apellido en vasco significa «casa de delante», y eso era lo que veía Olympia frente a ella: un nuevo hogar, aunque su llegada no hubiera sido de lo más cómoda.

Iratxe alargó el brazo y la animó a presentarse a sus compañeras.

«Me llamo Olympia y tengo doce años», dijo con timidez.

Todas habían sido «la nueva» en algún instante y le devolvieron una sonrisa.

El sonido de un enorme manojo de llaves anticipó la llegada de Rufino, el responsable de la instalación, que se abrió paso entre las gimnastas para dejarlas entrar, ansiosas por empezar la temporada. Pronto Olympia conocería el carácter alegre de Carmen; el más responsable de la veterana, Patricia; y la fuerza y el cariño de sus otras compañeras: Isa e Irene.

—Esas eran las otras del equipo —dijo Christian.

—Sí. O sea, del equipo no, del conjunto.

Todas se ponían la ropa de entrenamiento para empezar cuanto antes y estrenar el tapiz y era entonces cuando Olympia comenzaba a sentirse fuera de lugar, porque sus compañeras llevaban ropa amarilla, azul o verde y punteras de color carne, mientras que ella iba de negro de arriba abajo. Era el centro de todas las miradas. De todas menos de la de Iratxe, que caminaba hacia la línea roja del tapiz y pasó de largo junto ella. No entendía qué estaba ocurriendo. Era el primer día. ¿No se suponía que su entrenadora debía decirle qué hacer? ¿Qué estaba pasando?

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La luz que entraba por los grandes ventanales de la parte superior del pabellón comenzaba a desaparecer. Todo se oscurecía. Todo salvo sus compañeras, que brillaban cada vez más. De pronto, la ropa colorida de entrenamiento se transformaba en maillots de competición llenos de lentejuelas y cristales de Swarovski. Iratxe estaba frente a ellas. Olympia sintió cómo su pelo reposaba sobre sus hombros, sin horquillas ni gomas, aunque estaba segura de que se lo había recogido como le había enseñado su madre. También habían desaparecido sus punteras.

Se acercó a Iratxe para ponerse delante de ella, pero solo encontraba su espalda, no conseguía verle la cara, solo la melena rizada y pelirroja. No contaba con ella, como si no existiera...

—... y entonces me despierto. Siempre en el mismo momento, angustiada y con Iratxe dándome la espalda. —Olympia resopló a un lado del teléfono.

—Bueno, los entrenadores no siempre lo ponen fácil.

—Pero lo que no entiendo es por qué todo el principio del sueño es como fue en realidad y a partir de que llego al tapiz...

—Dicen que los sueños son un reflejo de nuestro subconsciente, de nuestros miedos y nuestros deseos. —Christian hizo una pausa y ella tuvo la impresión de que sonreía antes de añadir—: Yo últimamente sueño a menudo que cojo un avión a Barcelona para ir a verte...

—¿Eso es que me tienes miedo? —bromeó, aunque le había gustado oírlo.

Él se rio, Oly imaginó sus ojos azules brillando al otro lado del teléfono, y parte de la angustia que le había dejado el sueño se esfumó como el humo ant

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