El diario de Lucía

Ana Punset

Fragmento

cap-1

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Hoy el día no ha empezado nada bien. He salido disparada de la cama como un cohete. Y es que después de apagar dos veces el despertador ha tenido que venir mi madre a sacarme a rastras. Venía ya con la vena hinchada del cuello, por algo la llamo ogro a veces… Bastantes veces. No es mala mujer, pero no le gusta que le lleven la contraria.

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Cuando llego a la puerta del colegio, tengo cara de pocos amigos.

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—¿Te has vuelto a dormir? —me pregunta mi amiga Frida al verme llegar. Ella es la más puntual de todas y como me conoce desde hace la tira de tiempo no puedo engañarla, aunque tampoco se me ocurriría hacerlo nunca.

—¿Aún tengo cara de dormida?

—Pues sí. Y además se te ha olvidado peinarte.

—¡¿Qué dices?! —pregunto o grito, más bien, seguramente con cara de espanto. Rápidamente me llevo las manos a mi melena pelirroja e intento mejorarla haciéndome una coleta.

Al entrar en el edificio, Frida y yo nos encontramos con el resto del grupo, Bea y Marta. Nos abrazamos las cuatro porque aunque nos vemos en el colegio cada día, ¡somos inseparables! Tengo las mejores amigas del mundo.

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Pero hoy no es como cualquier otro día… Marta está rara. Ella está siempre happy, vive enamorada de la vida, soñando con esos libros que le encanta leer, por eso me extraña verla así.

imagen—¿Estás bien? —le pregunto.

—Sí, sí… No he dormido muy bien —me responde ella, tratando de disimular.

—Uf, yo tampoco, me quedé practicando con el violín hasta las tantas —le da la razón Bea con esos ojos verdes de gata. Bea lleva estudiando violín desde los cuatro años en el Liceo y es algo así como una virtuosa.

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imagenLas cuatro somos muy diferentes, pero siempre estamos juntas. Bueno, excepto en clase: Marta y Bea están en un grupo, y Frida y yo en otro. Nuestra clase está bien, pero podría ser mejor si no estuvieran también Marisa y sus amigas. Siempre hacen jugarretas y hoy le ha tocado a Susana; le han tirado el estuche al suelo.

Suerte que nadie hace mucho caso a las Pitiminís, aunque ellas se creen con derecho a hacer lo que quieran… ¡Son insoportables! Las llamamos las Pitiminís porque siempre parece que estén a punto de romperse una uña.

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Pero lo peor de nuestra clase es, sin duda, la Urraca. Es la profe de lengua y cuando se acerca lo primero que se oye son sus tacones machacando el suelo; si prestas atención yo diría que incluso lo hace temblar, como para prepararte para lo que está por llegar.

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—¡Examen sorpresa! —exclama con esa voz vibrante suya en cuanto la tenemos delante.

Me quedo petrificada. Normalmente la palabra «sorpresa» significa algo bueno, pero si va detrás de esa otra que tanto tememos todos, «examen», no es NADA BUENA. Definitivamente, el día no podría ir peor…

Frida me da un codazo para que reaccione de una vez. Guardo los libros en la mochila y saco el lápiz y la goma mientras observo cómo la Urraca, con su vestido negro, nos reparte el examen uno por uno. Siempre va de negro (su armario es igual de aburrido que ella). ¡No le podíamos haber escogido un apodo mejor! Y pensar que también es nuestra tutora…

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Me paso todo el examen de lengua pensando en el sueño que tengo, y también en Marta. La he visto extraña esta mañana, pero si ella dice que está bien… Acabo el examen y durante la siguiente clase mi cerebro está centrado en el bocadillo de jamón que tengo en la mochila esperándome… La clase se me pasa tan lenta que me da la impresión de que ha durado dos horas en vez de una, y para cuando salimos al patio tengo el cerebro agotado y el estómago totalmente vacío.

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Las chicas y yo nos acercamos al olivo más viejo del colegio, nuestro lugar favorito, y nos sentamos al sol mientras comemos nuestro desayuno tan a gusto. ¡Qué ganas tenía de que llegara este momento…!

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Marta sigue con la misma mala cara. A mí el desayuno me sienta bien y pensaba que a ella también la ayudaría, pero no es así. De manera que Frida, Bea y yo decidimos hablar con ella al salir del colegio y obligarla a que nos cuente de una vez lo que le ocurre. Quizá fuera de esos muros conseguimos algo más…

—¿Vamos un rato al parque de ahí enfrente? —le pregunto a Marta en cuanto acaban las clases y salimos fuera. Ella duda un momento.

—Si dices que no, te perseguiremos hasta tu casa —le advierte Frida. Al oír el comentario, Marta se echa a reír por primera vez ese día, aunque no es su risa risueña de siempre. Es una risa triste.

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Sentadas en los bancos, la primera en tomar la palabra es Frida:

—¿Nos vas a decir qué te pasa?

Marta está a punto de empezar a hablar, pero Frida la interrumpe de nuevo.

—Y no nos digas que no te pasa nada, porque a nosotras no puedes engañarnos.

Marta agacha la cabeza dejando caer toda su melena rubia casi blanca hacia delante, y cuando la levanta tiene los ojos enrojecidos.

—A mi madre le han ofrecido trabajo en un restaurante muy importante de Berlín y nos vamos a mudar allí.

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