El pirata Dientedeoro (Serie Bat Pat 4)

Roberto Pavanello

Fragmento

EL PIRATA DIENTEDEORO

1

GUSANOS A LA MENTA

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l tren circulaba con puntualidad, según el horario.

Un cuarto de hora y llegaríamos por fin… ¡al mar!

Yo nunca había visto el mar. A decir verdad, tampoco había subido nunca a un tren. De hecho, jamás había viajado, excepto para ir desde la vieja biblioteca en la que me crié hasta la cripta del cementerio de Fogville.

¿Por qué, entonces, me encontraba allí, junto a los hermanos Silver? Muy simple: el tío Charlie, un hermano de la señora Silver, les había invitado a pasar una semana con él.

Martin y Leo dieron saltos de alegría, pero Rebecca enseguida precisó: «¡Si no viene también Bat, yo no me muevo de casa!».

Qué chica tan maravillosa…

Pero si hubiera sabido en qué tipo de líos me estaba metiendo, quizá hubiera sido yo el que no se hubiera movido de casa.

—Casi no me acuerdo de la cara de nuestro tío —reflexionó Rebecca.

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—¡Yo sí la recuerdo! —intervino Leo, que se estaba atracando de «gusanos a la menta», unos caramelos muy dulces, verdes y pringosos que había comprado antes de salir—. ¡Tiene un único ojo en mitad de la frente y una boca enorme de la que se escurre una baba amarillenta!

—¿Baba amarillenta? —pregunté, temeroso.

—No le hagas caso, Bat —continuó Martin—, el tío Charlie es simpatiquísimo. Digamos que es solo un poco… ¡original!

—¿En qué sentido «original»? —pregunté.

—En el sentido de que no le importa demasiado lo que la gente piense de él. Además, le atraen irresistiblemente las cosas antiguas. Cuando veas su casa lo entenderás enseguida…

Decidí no hacer más preguntas. Leo, para consolarme, me tendió su bolsa de papel:

—¿Quieres un gusano, Bat? ¡Son exquisitos!

—¡No, gracias, Leo! Prefiero mis mosquitos…

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Al cabo de unos minutos entrábamos en la pequeña estación de Portwind.

Y allí comprendí al instante lo que querían decir los chicos con el término «original»: un hombre alto y delgado, con un casco de piel y unas gafas enormes, una gran nariz aguileña y unos bigotes de morsa nos estaba esperando junto a un automóvil de época.

Apenas nos hubo visto corrió a nuestro encuentro.

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—¡Bienvenidos a tierra de marineros! —exclamó—. ¿Cómo ha ido la travesía? ¿Viento del sudoeste?

Después, sin esperar respuesta, arrojó nuestras maletas al maletero y nos hizo una señal para que nos montáramos. Al poner en marcha el motor nos vimos envueltos en una humareda negra.

—¡Ah, el viejo Tripper! —dijo, satisfecho, mientras nosotros tosíamos—. ¡Solo tiene ochenta y cuatro años y aún es una pequeña joya! ¡Timón a la derecha!

¡Borboteando como una cafetera, aquella pieza de museo alcanzó la estratosférica velocidad de cuarenta y cinco kilómetros por hora!

—Da escalofríos, ¿verdad? —gritó el tío, girándose.

Y en aquel momento me vio y abrió los ojos de par en par.

—¿Quién es este? —preguntó, mientras seguía conduciendo sin dejar de mirar para atrás.

—¡Mi murciélago! —respondió Rebecca—. ¡Se llama Bat Pat y es escritor!

—¡Pero ahora es mejor que te des la vuelta, tío! —aconsejó Martin.

—¿Que me gire? ¡Ah sí, buena idea! —respondió.

Esquivó por los pelos un gran pino, mientras Leo se ponía blanco como el papel.

—¿Escritor, has dicho? —preguntó, volviendo a girarse.

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—Sí, y también sabe hablar…

—¡Cuidado con la curva, tío! —le avisó otra vez Martin.

—¿Curva? ¿Qué curva? —gritó, evitando de milagro salir de la carretera.

Leo estaba cada vez más blanco.

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—¡En Portwind encontrará mucha inspiración para sus historias, señor Bat! —aseguró, mirándome en lugar de fijarse en la carretera.

—¡¡CUIDADO CON EL TREN, TÍO!! —gritó de improviso Martin—. ¡¡¡EL TREEEEN!!!

—¿Qué tren? —preguntó, girándose de repente.

Una gran locomotora se dirigía a toda velocidad hacia el paso a nivel sin barrera.

Cerré los ojos, totalmente convencido de que había llegado mi hora. «Qué pena morir así —pensé—, me hubiera gustado poder ver el mar por lo menos una vez.»

Cuando los volví a abrir nos hallábamos, no sé cómo, más allá de las vías, mientras el tren se alejaba pitando. Leo, asomado a la ventanilla, estaba vomitando todos sus gusanos verdes.

La vieja cafetera encaró una leve subida. Cuando llegó a la cima, se abrió ante mis ojos el espectáculo más maravilloso que nunca había visto: una alfombra azul, encrespada aquí y allá de rizos blancos, se extendía hasta el infinito centelleando bajo el sol. ¡Uau!

—¿Esto es el mar? —pregunté, emocionado.

—¡Esto, señor Bat! Y aquella… —añadió el tío— ¡es mi casa!

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