Un hombre lobo chiflado (Serie Bat Pat 10)

Roberto Pavanello

Fragmento

UN HOMBRE LOBO CHIFLADO

16

TODOS LOS MIMOS PARA MÍ

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ue una noche memorable.

Flip no paraba de ladrar y tío Larry no dejaba de darnos las gracias. Las palabras más emotivas las reservó para Martin y Brújula, que habían descifrado la Piedra del Licántropo:

—¡Generaciones de lobos ogro han intentado interpretar estas palabras, que llevaban centenares de años circulando entre nosotros! Muchos creían que había algún error en el texto. Por eso era imprescindible encontrar la Piedra. Se decía que estaba escondida en un cementerio, pero nadie sabía en cuál. Cuando finalmente la encontré y confirmé que no había ningún error, ¡me sentí perdido! Después, afortunadamente, aparecisteis vosotros. A propósito, ¿sabéis que he sido el primero que le ha puesto música a esos versos? ¿Queréis oírla?

—Puede que otro día, tío —le disuadió amablemente Rebecca—. Es de noche y no queremos asustar a los vecinos. ¿No prefieres una galleta? Las he hecho yo.

Nos quedamos levantados hasta el amanecer escuchando las historias de tío Larry. Después, caímos dormidos uno a uno, allí donde estábamos: Leo enroscado al brazo del sillón, Martin en una silla, Flip en la falda de su amo, y Brújula y yo (¡por fin!) en brazos de Rebecca.

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Cuando los señores Silver llegaron a primera hora de la mañana, nos encontraron allí. Tío Larry fue muy hábil inventando una excusa sobre un juego que había acabado muy tarde y cambiando después de tema:

—¿Ha hecho buen tiempo?

—¡En absoluto! —contestó enfurruñado el señor Silver—. ¡Un tiempo de perros!

—Aquí también —dijo Leo—. Mejor dicho... ¡de lobos!

Soltamos todos una carcajada sin que los señores Silver entendieran por qué.

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Tío Larry se fue después de comer, jurando que volvería pronto a visitar a sus sobrinos preferidos. Antes de que se fuera, Rebecca volvió a hacer algunos mimos más a Flip:

—¡Eres realmente un perrito muy, pero que muy inteligente! —le dijo.

Flip ladró dos veces y... ¡le guiñó un ojo! ¿No me creéis? Bueno, ¡hasta ahora yo tampoco creía en los hombres lobo!

Pero Leo también tenía una sorpresa.

—Tío Larry —le llamó—, ¡vas a fipar! Yo también tengo una adivinanza «cantada» para ti antes de que te vayas. Escucha: «Adivina adivinanza, vuelo de noche, duermo de día, y nunca verás plumas en un ala mía, ¿qué soy?».

Nos quedamos todos mudos. ¡Sobre todo, porque nunca habíamos oído cantar a Leo!

—¿Te rindes? —le pinchó—. ¡No es un pájaro! ¡Es un... MURCIÉLAGO!

Tío Larry se fue riendo feliz mientras Flip le seguía trotando y ladrando.

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Aquella tarde, Brújula y Martin por fin lograron terminar su partida de ajedrez: acabó en tablas, como era previsible.

La cena volvió a ser vegetariana y, como la primera vez, la barriga de Leo se llenó sin notar la diferencia. En cuanto se hizo de noche, Brújula se preparó para marcharse.

El más triste parecía el propio Martin: ¡le había cogido mucho cariño a aquel pequeñín todo cerebro como él! Quizá fuera por eso por lo que, por primera vez, le dejó a alguien una de sus queridísimas novelas de Edgar Allan Papilla, El murciélago de los dientes de sable, que Brújula no había terminado.

—¡Así tendrás que venir a devolvérmelo! —le dijo, abrazándole.

Yo también me despedí y le di saludos para toda la familia. Mientras lo veía alejarse volando, me vino a la cabeza otro proverbio que citaba siempre mi padre, Demetrio: «¡Si a tu hermano quieres un montón, cada día será supermolón!».

¡Yo quiero mucho a mi hermano Brújula! Aunque también me alegraba de que todos los mimos de Rebecca volvieran a ser solo para mí...

Un saludo «aullador» de vuestro

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