Una fiesta monstruosa (Serie Bat Pat 42)

Roberto Pavanello

Fragmento

cap-1

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a primavera es maravillosa. Y los viernes por la mañana de primavera aún lo son más.

Si encima el colegio está cerrado y doy un paseo en bicicleta con los hermanos Silver bajo los primeros rayos de sol tibios, entonces... ¡todo es fantástico!

¿Qué decís? ¿Que los murciélagos odian el sol? Tenéis razón. Pero os aseguro que ir bien repanchigado y dormido en la cesta del manillar de Rebecca, mecido por el vaivén de la bici... ¡es una delicia!

Aquella mañana, cuando volvíamos de una de esas excursiones tan agradables, pasamos por una plaza que conocíamos al dedillo y nos fijamos en una novedad (mejor dicho, se fijaron, porque yo estaba roncando): en el centro de la plaza había una estatua nueva. A decir verdad, era una estatua más bien espantosa. Representaba a un tipo sentado, con una larga capa negra y una capucha grande que le tapaba el rostro.

—¿Quién será este hombre tan simpático? —preguntó Leo mientras bajaba del sillín para acercarse al monumento. Luego se inclinó ante la estatua y añadió—: Deja que te vea la cara...

Y, antes de que rozara siquiera la capucha, la estatua... ¡se movió! ¡Ay, por todos los mosquitos! Tal como os lo digo, amigos: levantó la cabeza despacio y los ojos como platos de los Silver (los míos aún estaban cerrados, porque seguía durmiendo como un tronco) vieron la sonrisa horripilante de una calavera de plata, que tras saludarlos con una mano esquelética bajó de nuevo la cabeza.

El grito de Leo me despertó. Y también despertó a todas las palomas que dormían tranquilamente en los tejados. Lo vimos salir corriendo hacia su casa, dejando atrás una nube de polvo. Rebecca, Martin y yo (por fin despierto) lo seguimos, pero antes le echamos un último vistazo al encapuchado, ahora totalmente inmóvil. Cuando llegamos a casa, esperábamos encontrar a Leo en la cama, sudado y tembloroso de superpánico. Pero estaba sentado en la cocina, a punto de desayunar por segunda vez con su padre.

—¡Hola, chicos! —nos recibió sonriendo—. ¿Os apetece una taza de chocolate caliente?

—Hace cinco minutos eras el vivo retrato del miedo y ahora... ¿ya te estás dando un atracón? —exclamó Rebecca.

—El azúcar hace milagros —contestó él mordiendo una rebanada enorme de pan con mermelada—. Además, papá me lo ha contado todo sobre la estatua nueva. Y sobre todas las estatuas que llegarán a Fogville este fin de semana. ¿A que sí, papi?

El señor Silver nos leyó unas frases de El Eco de Fogville que aclaraban el misterio: «Este fin de semana se celebrará en nuestra ciudad el primer Festival de Estatuas Humanas. El tema del concurso será: “¡MUÉSTRATE, OH MONSTRUO!”. Se espera que participen más de doscientos artistas callejeros de todos los países del mundo».

—¿Lo habéis oído, gente? —exclamó Leo, manchado hasta la nariz de mermelada—. Esa calavera reluciente tan simpática que hemos visto no era de verdad..., yo me he dado cuenta enseguida.

—Ya, por eso has huido como un gallina —se burló Rebecca.

—Y eso no es todo —añadió el señor Silver—. ¿Sabéis quién hará de jurado y proclamará cuál es la mejor estatua? Nada más y nada menos que... ¡Edgard Allan Papilla!

—¿Po... Po... Papilla? —balbució Martin antes de desmayarse.

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