Amigas y rivales (Clase de Ballet 1)

Elizabeth Barféty

Fragmento

cap-1

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¡Es hora de levantarse, señorita Suricata!

Como cada mañana, Maïna se inclina sobre la cama de Zoé. Desde principios de año comparten habitación en la Escuela de Danza de la Ópera de París. Constance es la tercera alumna de la habitación..., pero ella no es de las que necesitan que les den un empujoncito para levantarse.

Zoé se tapa la cara con el edredón. Solo se le ven los rizos pelirrojos.

—Cinco minutos más, por favor —le suplica.

Maïna sonríe. A veces le da la impresión de que cuida de Zoé como si fuera su hermana pequeña. Aunque es verdad que solo tiene nueve años.

El edredón vuelve a bajar y muestra dos grandes ojos verdes.

—¡Hugo Dinant estaba a punto de besarme y lo has estropeado todo! —refunfuña Zoé con una sonrisa traviesa.

—Sí, vale, pero estoy casi segura de que «me he retrasado porque estaba besándome un primer bailarín» no va a servirte como excusa para llegar tarde a clase.

Zoé suspira exageradamente, aparta el edredón de una patada y se dirige al baño, del que en ese momento sale Constance. Está perfecta, como siempre. Se ha alisado su larga melena negra y lleva una camisa impecable y unos vaqueros inmaculados. Maïna sabe que algunas alumnas del sexto nivel, el primer año de la Escuela de Danza de la Ópera de París, no la tragan, les parece demasiado perfecta para ser sincera. Pero ella no es de las que cogen manía a alguien que no ha hecho nada malo.

—¿Nos vemos en el comedor para desayunar? —les pregunta Constance, con un pie ya en el pasillo—. Lo siento, no os espero porque tengo que repasar los apuntes de lengua.

Maïna asiente. Para Constance, ser puntual significa llegar siempre cinco minutos antes. Es decir, convivir con Zoé no siempre es fácil. Su compañera de habitación no es precisamente la alumna más ordenada ni la más puntual de la escuela. Maïna aprovecha que Zoé está duchándose para hacer rápidamente su cama y meter de cualquier manera en el armario las cosas tiradas por la habitación. En el internado pueden entrar en los dormitorios en cualquier momento, así que es mejor tenerlos ordenados.

Cuando las dos niñas llegan por fin a desayunar, Constance ya no está, y los pocos alumnos que quedan tienen la bandeja casi vacía.

—¡Daos prisa, niñas! —les dice al pasar Youssef, un vigilante nocturno—. ¡Solo faltan diez minutos para que empiecen las clases!

—Déjalas respirar —se burla Henri, el cocinero.

—Mi abuelo dice que el ser humano no está hecho para trabajar antes de las diez de la mañana —murmura Zoé.

Maïna guarda silencio. Conoce a su amiga lo suficiente para saber que hasta una hora después de haberse despertado está insoportable.

Sopla en su chocolate caliente y sonríe. Como cada mañana, agradece a su buena suerte la extraordinaria posibilidad que le ha ofrecido.

Cuando la aceptaron en la Escuela de Danza de la Ópera de París, no se lo podía creer. «La mejor del mundo», se dice mordiendo su tostada con mantequilla. No tenía nada claro que la admitieran. En Martinica, donde Maïna creció, todo parece lejano... y reservado para los que viven en la Francia metropolitana. Pero Anna, su profe de danza, la convenció de que lo intentara.

Cuando ya han engullido el desayuno, las dos alumnas salen del comedor y se dirigen a sus clases, en el edificio dedicado a la formación académica.

—¡Suerte! —le dice Maïna a Zoé, que empuja la puerta de la clase de primaria.

Su amiga hace una mueca de asco y luego le devuelve la sonrisa. Maïna entra en la clase de sexto.

—¡El móvil! —le recuerda al entrar la señora Demey, la profe de mates.

La niña se detiene ante el clasificador colgado en la pared, junto a la puerta. Rebusca en el fondo de su mochila, saca el teléfono, lo apaga, lo mete en uno de los bolsillos transparentes y se dirige a su sitio. La primera vez que Maïna entró en la clase, creyó que ese clasificador era para los zapatos, lo que provocó las carcajadas incontrolables de un niño de la clase. Quizá otra niña se habría enfadado, pero ella no. Todo lo contrario. Se dijo que con aquel niño moreno de ojos sonrientes no iba a aburrirse, y fue a sentarse a su lado.

Desde aquel día, Bilal y ella siempre se sientan juntos.

—¿Has hecho el ejercicio? —le pregunta él nada más sentarse.

Maïna asiente y empuja la libreta abierta hacia él. Se ha convertido en una costumbre. Bilal sabe que su amiga nunca se negará a que le copie los deberes... y que siempre estará dispuesta a soplarle la respuesta correcta.

—Eres la mejor —le susurra.

—Es normal que nos ayudemos, ¿no? —le replica ella en el mismo tono.

Bilal le contesta alzando una ceja con expresión divertida. Maïna no se da cuenta de que no todos los alumnos son tan generosos como ella, y que no necesariamente comparten su eterno optimismo.

La mañana transcurre sin problemas, como siempre. A Maïna las clases le parecen bastante fáciles. Y, además, las condiciones en la escuela son ideales: clases con pocos alumnos, profes que siempre intentan relacionar las materias con la pasión de sus discípulos, instalaciones bonitas... Nada que ver con lo que Olympe, su hermano mayor, le contó sobre su experiencia en el instituto.

Por fin llega la hora que todos los alumnos esperan: las doce y cuarto. ¡Empiezan las clases de danza!

—¡Suerte con la transformación! —le dice Bilal a Maïna guiñándole un ojo.

Ella le contesta con una mueca. Es cierto que los niños tardan mucho menos en prepararse que las niñas. Ellos no tienen que hacerse un moño.

Mientras Bilal corre hacia el vestuario de chicos, Maïna se encuentra con Constance, que la espera en el pasillo, y luego se dirigen juntas al vestuario de las niñas, en la primera planta del edificio de danza, donde las alumnas de primaria ya las están esperando.

En los vestuarios los alumnos también suelen colocarse en el mismo lugar. Maïna le da un beso a Zoé al pasar. La pequeña pelirroja siempre está en la entrada del vestuario. Claro, cuando tienes por costumbre llegar tarde, no te quedan muchas opciones.

Luego Maïna se dirige a su taburete, en un rincón de la sala, y saluda a la niña de al lado:

Ciao, Sofia! Come stai?

Bene, bene! —le contesta la niña italiana con una gran sonrisa.

Está ya alisándose la larga melena, que siempre ha fascinado a Maïna. Sofia parece un ángel; es muy delgada, rubia y con grandes ojos azules. Se conocieron en el examen de ingreso de la escuela. La italiana parecía tan perdida que Maïna inmediatamente la acogió bajo su ala.

—¡Venga, manos a la obra! —exclama Maïna.

Cuando ya se ha puesto las mallas y el maillot, empieza a hacerse el moño. La joven bailarina siempre se lo hace sola. Es una de las pocas alumnas de la escuela que tienen el pelo muy rizado, pero a base de práctica ha aprendido a hacerse un moño impecable. Observa su transformación en el espejo. Aunque lleva ya cuatro años practicando danza, aún le sorprende ver aparecer en el espejo a una joven bailarina de la Ópera de París.

—¿Me ayudas? —le pregunta Zoé.

—¡Voy!

Maïna se ha convertido en una experta en el arte de domesticar los rebeldes rizos de la peque

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