Cartas a un gnomo

Margarita Mainé

Fragmento

Desde que mis papás se separaron, en casa somos tres.

Al principio nos quedaba grande, pero desde que mi hermano dejó de ser un bebé la llenó de gritos y pelotazos.

Yo tengo siete años y ya sé comportarme como la gente.

Fue una verdadera sorpresa volver a ser cuatro.

Todo empezó una noche. Mamá nos trajo un chocolate a cada uno para el postre. Yo me lo comí enseguida, pero mi hermano esperó a que se me terminara.

Entonces empezó a saborear el suyo muy despacio.

Traté de ignorarlo, pero al ratito caí en su trampa y le dije:

—¿Me das un pedacito?

—No, vos ya te comiste el tuyo.

Esto no fue todo. No le alcanzó con hacerme sufrir de noche sino que decidió dejar el último pedazo para el día siguiente.

“Mejor”, pensé, “quizás medio dormido pueda convencerlo de que el que come y no convida tiene un sapo en la barriga”.

Así fue como el resto del chocolate durmió sobre la mesa del comedor.

Por la mañana... el chocolate ya no estaba.

Nos miramos con desconfianza durante el desayuno. Mamá, muy seria, me preguntó:

—Clarisa, ¿fuiste vos?

Aunque le juré que no había sido, no me creyó.

Al otro día la azucarera amaneció volcada sobre la mesa de la cocina y la noche siguiente desapareció sin rastro un bombón de fruta que me guardé para el desayuno.

Mami, convencida de que ninguno de sus “pequeños” era capaz de hacer algo así sin confesarlo, comenzó a investigar.

Además me contó que por la noche se oían ruidos muy raros. Las ollas hacían barullo y se caían del secaplatos, los libros se deslizaban por los estantes y aterrizaban en el piso. Pero cuando mami prendía la luz: nada. Todo estaba tranquilo y en silencio.

Una noche de viernes, de esas en las que está permitido trasnochar, apagamos las luces pero dejamos las ventanas abiertas. La luna iluminaba toda la casa. Mamá, como señuelo, dejó un pedacito de chocolate blanco sobre la mesa y después nos escondimos para esperar al ladrón.

Mi hermano temblaba de miedo y mi corazón se salía de su lugar imaginando horribles bichos peludos y bocones.

Pasó un rato. Pasaron dos ratos y hasta pasaron tres. Al cuarto rato mi mamá estaba adormecida y el chocolate seguía sobre la mesa.

—No hay ladrones —dijo mami, y entre rezongos nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente el pedacito de chocolate había desaparecido y mamá no sabía qué pensar.

Entonces recordé algo que vi en una película. Había que poner talco o harina para que el ladrón sin darse cuenta dejara sus huellas.

Mamá se opuso al principio, pero le prometí limpiar todo por la mañana y se dejó convencer.

Azúcar y harina fueron los preparativos de esa noche antes de ir a dormir.

Por la mañana comprobamos que no era nuestra imaginación y pudimos dejar de mirarnos con desconfianza. Sobre la mesa había marcadas unas huellas muy pequeñas, después bajaban al almohadón de la silla y de ahí directamente al suelo. Se ve que el pequeño, pequeñísimo ladrón, era bastante ágil porque había saltado enormes distancias para su tamaño.

Con el corazón en la boca los tres seguimos la pista hasta el patio, pero allí se terminó la harina y las huellas se hacían invisibles. Mamá se fue corriendo a la ferretería a comprar una trampa para ratones.

—Ma, no es un ra... —alcancé a decirle, pero iba tan nerviosa que ni me escuchó.

Entonces me encerré en el cuarto a revolver toda la biblioteca.

Yo hab

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