Agu Trot (Colección Alfaguara Clásicos)

Roald Dahl

Fragmento

Agu Trot

El señor Hoppy vivía en un pisito en lo alto de un elevado edificio de cemento. Vivía solo. Siempre había sido un hombre solitario, y ahora que estaba jubilado se encontraba más solo que nunca.

En la vida del señor Hoppy había dos amores. Uno eran las flores que cultivaba en su balcón. Crecían en macetas, cajas y cestos, y el balconcito se convertía en verano en un derroche de colores.

El segundo amor del señor Hoppy era un secreto que sólo él sabía.

El balcón que había inmediatamente debajo del balcón del señor Hoppy sobresalía del edificio bastante más que el suyo, de forma que podía ver siempre muy bien lo que pasaba allí abajo. Aquel balcón pertenecía a una atractiva señora de mediana edad llamada señora Silver. Era viuda y también vivía sola. Y, aunque ella no lo sabía, era objeto del secreto amor del señor Hoppy. Éste llevaba muchos años amándola desde su balcón, pero era un hombre muy tímido y nunca se había atrevido a hacerle la menor insinuación de su amor.

Todas las mañanas, el señor Hoppy y la señora Silver sostenían una educada conversación, él mirando hacia abajo desde arriba y ella mirando hacia arriba desde abajo, pero eso era lo único que pasaba. Es posible que la distancia entre sus balcones no fuera más que de unos metros, pero al señor Hoppy le parecía de millones de kilómetros. Tenía muchas ganas de invitar a la señora Silver a tomar un té con galletas, pero le faltaba valor.

Como ya he dicho, era un hombre muy tímido.

«Ay, si por lo menos –solía decirse–, si por lo menos pudiera hacer algo estupendo, como salvarle la vida o rescatarla de una pandilla de maleantes armados… Si por lo menos pudiera realizar alguna hazaña que me convirtiera en un héroe a sus ojos. Si por lo menos…».

Lo malo de la señora Silver era que daba todo su amor a otro, y ese otro era una tortuguita llamada Alfie. Todos los días, cuando el señor Hoppy se asomaba al balcón y la veía susurrando a Alfie palabras cariñosas y acariciándole el caparazón, se sentía absurdamente celoso. Ni siquiera le hubiese importado convertirse en tortuga si ello hubiera hecho que la señora Silver le acariciase el caparazón todas las mañanas, susurrándole palabras cariñosas.

Alfie llevaba años con la señora Silver y vivía en su balcón verano e invierno. Había tablas en los lados del balcón para que Alfie pudiera andar por allí sin caerse por el borde, y en una esquina había una casita en la que podía meterse todas las noches para estar calentita.

Cuando en noviembre llegaba el tiempo más frío, la señora Silver llenaba la casa de Alfie de heno seco, y la tortuga se metía dentro y se enterraba profundamente en el heno para dormir durante meses de un tirón, sin comida ni bebida. Eso se llama hibernar.

A principios de la primavera, cuando Alfie sentía a través de su caparazón que el tiempo era más cálido, se despertaba e iba muy despacio de su casa al balcón. Y la señora Silver palmoteaba de júbilo, gritando: «¡Bienvenida, cariño! ¡Cuánto te he echado de menos!».

En momentos como ése el señor Hoppy deseaba más que nunca poder cambiarse por Alfie y convertirse en tortuga.

Y ahora llegamos a una hermosa mañana de mayo en que ocurrió algo que cambió y llenó realmente de excitación la vida del señor Hoppy. Sucedió cuando estaba inclinado so

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