Isadora Moon y el hechizo mágico (Grandes historias de Isadora Moon 1)

Harriet Muncaster

Fragmento

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Era una helada mañana de lunes y yo caminaba hacia el colegio con Pinky dando saltos a mi lado. Hacía tanto frío que podía ver telarañas congeladas brillando bajo el sol de la mañana y, al respirar, echaba al aire nubes blancas. Por eso los dos llevábamos puestas bufandas de punto y gorros de lana con pompón. Claro que Pinky no siente frío de verdad, porque es un peluche con relleno, pero aun así le gusta ponerse guapo. Era mi muñeco favorito hasta que mamá le dio vida con su varita mágica. ¡Puede hacer esas cosas porque es un hada!

Al llegar al colegio vi que pasaba algo muy interesante en medio de la clase, porque todos mis amigos estaban haciendo un corro.

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—¡Oliver da una fiesta! —dijo Bruno, sacudiendo en el aire una invitación de colores—. ¡De patinaje sobre hielo!

—¡Ohh! —exclamó Zoe, estirando el cuello para ver—. ¡Yo nunca he patinado sobre hielo!

—¡Yo tampoco! —dije entusiasmada—. ¡Qué ganas tengo!

Pero unos minutos después nos dimos cuenta de que Oliver ya había repartido todas sus invitaciones y se había quedado ahí de pie, azorado. Las mejillas se le habían puesto coloradísimas.

—Lo siento —dijo encogiéndose de hombros—. Solo me han dejado invitar a tres amigos. Patinar sobre hielo es muy caro.

—Ah —dijo Zoe decepcionada.

—Qué pena —dijo Sashi, intentando no parecer triste.

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Yo clavé la mirada en el suelo sin decir nada. Sentía que me quemaban las mejillas y me avergonzaba haber pensado que me iba a invitar.

—De verdad que lo siento mucho —dijo Oliver—. ¡Ojalá pudiera haber invitado a todo el mundo!

—No te preocupes —le dijo Zoe, dándole palmaditas en el brazo—. Lo entendemos.

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—Sí —asintió Sashi—. ¡Claro que sí! ¿Verdad, Isadora?

—¡Por supuesto! —respondí.

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Durante el resto del día, intenté con todas mis fuerzas no pensar en la fiesta de Oliver, pero cuando llegué a casa por la tarde seguía sin quitármela de la cabeza.

—¿Qué te pasa? —preguntó mamá poniéndome un sándwich de mantequilla de cacahuete delante. Hoy estás muy callada.

—Demasiado callada —dijo papá bostezando.

Se acababa de despertar. Mi padre es un vampiro, por eso duerme durante el día y se queda despierto por la noche.

—No es nada —dije.

—¿Nada? —repitió papá—. ¡Tonterías! Si no fuera nada ya habrías devorado ese repugnante sándwich de mantequilla de cacahuete —a papá le parece asquerosa toda la comida que no sea roja.

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—Es que… —empecé a decir—, mi amigo Oliver da una fiesta. Y no me ha invitado.

—Vaya —dijo mamá, ocupada en machacar un aguacate para mi hermana pequeña, Flor de Miel—. Pero ya sabes que no nos pueden invitar siempre a todo…

—Mamá tiene razón —coincidió papá—. No pienses que Oliver tiene algo contra ti, Isadora. Estoy seguro de que no quería herir los sentimientos de nadie.

—Ya lo sé —dije—. Seguro que no quería hacerlo. Solo estoy un poco decepcionada. ¡Va a patinar sobre hielo! Yo nunca he patinado sobre hielo. Me gustaría probarlo.

—¡Ahhh! —suspiró mamá—. Mi hermana y yo solíamos divertirnos muchísimo patinando en las pistas de hielo mágico del claro del bosque. ¡La naturaleza es preciosa cuando brilla por la escarcha!

—¿Eso tiene algo que ver con la tía Crystal? —pregunté.

—Sí —dijo mamá—. La tía Crystal hacía con su varita mágica las pistas de hielo más maravillosas del mundo. Su especialidad es el hielo mágico, ¿te acuerdas? Porque ella nació en invierno.

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—Ya lo sé —respondí—. Es un hada de la nieve. ¡Me encantaría que tú también fueras una brillante hada de la nieve, mamá!

—¡A mí no! —repuso papá, envolviéndose en su capa—. ¡Brrr!

—Yo, sin duda, prefiero ser un hada del verano —dijo mamá—. ¡Las flores y los rayos de sol son mi especialidad! —le metió una cucharada de aguacate machacado en la boca a Flor de Miel y ella lo escupió inmediatamente.

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—Ahora que lo pienso —dijo mamá—, hace mucho tiempo que no vemos a la tía Crystal. A lo mejor podría invitarla a pasar el fin de semana con nosotros.

—¿En serio? —dijo papá, envolviéndose todavía más en su capa—. ¿Es necesario? Pone la casa tan fría…

—¡Sí! —dijo mamá con firmeza—. Es importante ver a la familia. La llamaré más tarde a través de la bola de cristal. Siempre te puedes abrazar a una bolsa de agua caliente...

—¡Pues vaya! —protestó papá.

—¡Yupi! —grité yo.

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