Lo que el ojo no ve de la Feria del Libro de Madrid

Escritores, lectores y curiosos yendo y viniendo, cajas repletas de libros apiladas en cualquier rincón, algunas (pocas) horas muertas, horarios que cambian y carteles que hay que actualizar, las mañanas al sol y las tardes bajo la lluvia (que para eso estamos en primavera)... En las siguientes líneas, Manuel Mérida, técnico de Comunicación del Área Comercial de Penguin Random House Grupo Editorial, relata en primera persona cómo se vive el furor de la Feria del Libro de Madrid desde dentro de una caseta.

Ambiente de la Feria del Libro de Madrid 2023. Crédito: Getty Images.

Ambiente de la Feria del Libro de Madrid 2023. Crédito: Getty Images.

Oigo la tele de fondo y preparo la ropa de mañana: dan lluvia y no sé si coger sudadera con capucha o abrigo o paraguas. Busco por la casa algún paraguas, pero no hay. Ojeo el móvil y escribo a familia y amigos por WhatsApp, les digo que ya casi empieza la Feria del Libro de Madrid, que estoy estos días de montaje. Varios amigos me preguntan si «eso» no ha sido ya, siempre confundidos con el 23 de abril. Sigo caminando por la casa en busca de un paraguas, miro debajo de la cama, tras las puertas, y mi hermano me regaña por remover su armario entero. Nada, confío finalmente en que no llueva. Casi siempre parece que va a llover, hacer un calor insoportable o acabarse el mundo justo antes de la feria. Luego el mundo sigue inextinguible de momento. 

Es temprano, últimos días de mayo, y abrimos cajas y más cajas, que van llegando en sucesivos palés. Abrimos cajas llenas de libros de fondo y novedades, cajas con botellas de agua y cajas con puntos de libros y cajas con bolsas para la feria, y cajas con más libros, cajas como arbustos poblando ocres el asfalto del paseo de coches. De momento no llueve y hace sol, incluso calor. Las casetas, ya montadas hace días, conforman esta aldea blanca en medio del Retiro. El parque rezuma polen y polvo y una brisa suave de media mañana, y me pregunto si de pronto tengo alergia o no la tengo, y por qué me pica todo el cuerpo y me lleno de ronchones, o si se me inflaman los ojos por el polvo de las cajas. Cruzan la calzada transportistas y camiones y una grúa mueve sobre nuestras cabezas un puesto de helados de varias toneladas, y temo morir aplastado por una heladería portátil. 

Las casetas, en catarata desde la calle Alcalá y hacia abajo, sucedidas como naipes, con su blanco desgastado, dan una sensación nueva al paisaje, verde y frondoso, que remite ya a las ferias de los años anteriores y todo se confunde en el recuerdo. Avanza un brillo plata de llovizna y en el aire húmedo que viene y va oscilan los olores a plásticos y abono. Una amiga se quita la sudadera y se la pone, se quita la sudadera y se la pone, y se da por vencida ante estas sensaciones térmicas cambiantes. Seguimos entre todos colocando libros en las baldas, abriendo y cargando cajas, preparando ordenadores, mirando el cuadrante de firmas, yendo a por cafés, y saco el móvil y miro el WhatsApp un rato distraído, pensando en si es mejor desayunar ahora o luego, y que se me va a juntar el desayuno con la comida. Hago fotos de las casetas y las paso al grupo de WhatsApp de la familia, de los amigos, y otro amigo distraído me escribe: «¿Pero eso no ha sido ya?».

Otra mañana, una compañera reconoce que no ve nada, ni con gafas; yo tampoco, y a saber el orden que estamos dando a los libros. «Así soy un peligro», bromea, limpiando sus gafas. Una mujer se acerca a ver los libros que estamos colocando. Nos dice que sus hijos, de siete y nueve años, apenas leen, y que les da diez euros por cada libro que terminan. «Sólo si me convence», dice satisfecha. Se escucha el tráfico a lo lejos entrelazado con el viento que azota la avenida. El parque resulta acogedor a estas horas: se llena de corredores, de perros, de mayores que caminan, de grupos de yoga sobre el césped; y más corredores y ciclistas que llegan y desaparecen, y en el acordeón de gente de pronto estamos solos, apenas unos pocos hoy, y luego ya no cabe un alma aquí. 

La feria se ha llenado de gente. Se anuncian las firmas de los autores en carteles que cuelgan de las caseta, las filas de lectores y fans crecen hasta hacerse indistinguibles unas de otras, y en la carpa lateral las esperas, la impaciencia, y el bucle de gente infinita alrededor generan la agradable sensación de otro verano; la procesión de libros en movimiento, toda una oleada de libros en bancadas, de libreros y de autores y lectores y de niños y de padres y de abuelos y de todo, genera esta vaga atmósfera, ágil y febril, alegre y pegajosa, de librería portátil, de casa de solaz madrileño. La estampa entera del Retiro tiene un encanto campechano, casi paleto, con la sensación de estar uno metido en una máquina del tiempo.

Algunos títulos imprescindibles

Llueve como si se acabara todo. Pero la gente sigue viniendo. Las zonas de césped del Retiro están llenas de gente sentada, a cubierto bajo las copas de los árboles, de colores distintos por la ropa, de pájaros rondando, de surcos en la arena y ahora el barro, y más y más gente se agrupa bajo los toldos de las casetas, mirando libros. Arrecia esta sensación de primavera extraña, de verano loco, una maraña de nubes se expande al fondo y la cortina de lluvia se ve como un manto caído ya sobre los edificios más altos del barrio de Estrella, y luego sale el sol y hace calor. Hablo con Paco mientras, en un descanso. Paco lleva cuarenta ferias del libro, ni una menos. No ha fallado ni una vez desde que empezó a trabajar de comercial en esta industria, salvo el año del covid. Le pido algún consejo, me lo da y cuando quiero transcribirlo no me acuerdo. Miro el móvil, cómo avanza el cuadrante de firmas, los cambios constantes e infinitos, en las horas, los detalles, las casetas, en los nombres, la locura de un evento que se me hace del todo imposible y que sucede. 

A veces parece de estos días que se pasen lentos pero repentinos, de pronto ya han pasado. Quedan los días hechos con esquirlas de libros, de lectores, de libreros, de estar fuera del horario habitual de la oficina, como de excursión, y todo se reduce a estar aquí y extenuarse, fatigarse feliz en la posibilidad momentánea de ser librero en estos días, y las ganas de tumbarme todo el rato, de escaparme en el descanso tras la hora de comer al césped, a leer o a sestear si me da tiempo, aunque no suele, a ese césped verde y fresco de detrás de las casetas, que a veces cae en bajada por según la zona y que es una de las cosas que más deseo, tumbarme a sestear o a leer en un pequeño rato muerto que se pueda, como hacen los viandantes solitarios y que miro con envidia y con placer. Se llenan las terrazas, los paseos, se escucha música de fondo, las charlas se entremezclan, una librera me recomienda títulos de autoras latinoamericanas, bebo agua, pregunto por los baños. Noto el cansancio en las piernas, la fatiga gobernando el cuerpo entero, de estar de pie tantas horas, hablando todo el rato, el bucle mental del catálogo de libros repetido como un mantra, la alergia por el cuello, los ojos inflamados, y una sensación de agotamiento bueno, de ganas de tumbarme y no pensar.

Me compro una hamburguesa con patatas y helado y ceno delante de la tele. Vuelvo a ver Clara y Claire, una película que es mala pero me gusta por cómo de improbable es que suceda lo que sucede en ella y sin embargo me creo que suceda. Es una película francesa, con una Juliette Binoche genial en ella. El ritmo, que hace que la trama gire de pastiche romántico a thriller psicológico, me deja satisfecho. En mi cuarto, por la noche, hace calor y abro la ventana. Con la luz de la lámpara encendida, me tumbo y me quedo un rato así, quieto, mirando las cortinas, por la ventana las sombras del edificio de enfrente, las últimas luces encendidas, la luz de las farolas, y dándome cuenta si es verano ya o todavía no. Miro la ropa, que se ha vuelto a acumular encima de la silla, las zapatillas tumbadas en el suelo. Pienso en si ir en moto o metro, la tarde siguiente al Retiro. Escucho algo del ruido de la calle, el tráfico a lo lejos, al camión de la basura que llega puntual, y me voy quedando dormido. Apenas leo una, dos páginas, luego tres y cuatro y cinco, de lo nuevo y genial de Bret Easton Ellis, Los destrozos, con una prosa limpia y sinuosa, en bella y rítmica traducción de Rubén Martín Giráldez haciendo de la prosa un rescoldo perfecto del día para el sueño. Miro el móvil por última vez, antes de apagarlo. Escribo a mis amigos, les digo que se pasen el fin de semana próximo a verme trabajar en la feria, a comprarse algún libro. Y solo responde uno: «¿Pero eso no ha sido ya?». 

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