«Tres meses», de Joana Marcús: así empieza la tercera parte de la saga «Meses a tu lado»

Bajo estas líneas tenéis íntegro «Kill Ross», el primer capítulo de «Tres meses», tercera entrega de la serie «Meses a tu lado», el esperadísimo regreso de Joana Marcús. Editado de nuevo por Montena dentro de la colección Wattpad, el título estará disponible en librerías y plataformas digitales desde el 9 de marzo. Sirva este adelanto para abrir boca.

15 febrero,2023
«Tres meses», de Joana Marcús

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Kill Ross


Joder, qué dolor de cabeza.

Me estiré de forma perezosa y, tras unos segundos de hacer el vago, por fin abrí los ojos. Estaba en mi habitación, pero no recordaba haber llegado a ella ni haberme quitado la ropa… y mucho menos haberme traído a la chica que tenía al lado.

Me incorporé lentamente, mirándola. Estaba tumbada de cualquier manera, también desnuda, y con la cara hundida en la almohada. Lo único que alcanzaba a ver era el pelo teñido de rojo y las pecas sobre los hombros. 

¿Quién coño era? 

Tan discretamente como pude, me incliné y aparté uno de los mechones con la precisión de un cirujano. 

De poco sirvió. De pronto, ella roncó con fuerza; yo, alarmado, le solté el mechón y traté de retroceder.

¿Resultado? Caída de culo ridícula y ruidosa en el suelo de mi dormitorio. Y, por consiguiente, que la chica levantara la cabeza de golpe.

Empezamos bien.

—¿Q-qué…? —quiso preguntar, tan confusa como yo.

Y entonces la reconocí. Oh, mierda. Era Terry.

La noche anterior habíamos tenido la reunión anual de antiguos compañeros de instituto, y Will me había convencido para que fuera. No sé cómo se sucedieron los hechos, pero debí de aburrirme de cojones, porque para terminar en una cama con Terry… Lo último que recordaba de ella en el instituto eran las carcajadas que soltó cuando, al darle mi primer beso —cursábamos tercero—, me metió la lengua tan hondo que me entraron arcadas. El resultado fue vomitarle en la alfombra de la habitación y, por descontado, varios años de burlas.

¿Y ahora estaba con ella? ¿En serio? ¿Qué tenía en la cabeza cuando le dije que viniera?

Por la cabeza, nada. Por el hígado, varias cosas.

Bueno, por una noche de borrachera tampoco pasaba nada.

Una noche, dice.

Malhumorado, volví a centrarme en Terry. La situación era un poco incómoda: yo, desnudo y tirado en el suelo; ella, desnuda y con el pelo aplastado por mi almohada. Me miraba confusa, como si no me ubicara del todo.

Lo que faltaba para humillarme del todo era que encima no me reconociera.

—¿Qué…? —repitió, y entonces se le iluminó el cerebrito—. Ah, no jodas… ¿Te has acostado conmigo?

—¿Y cómo sabes que no eres tú la que se ha acostado conmigo? —protesté.

—Porque yo no lo haría ni loca.

—¡Como si yo me muriera de ganas!

Terry se puso en pie y pasó por mi lado sin vergüenza alguna. Su ropa estaba esparcida por toda la habitación, mientras que yo solo conservaba un calcetín y lo llevaba mal puesto.

La viva imagen de una generación.

—Debió de ser un polvo lamentable —murmuró ella mientras—, porque ni lo noto.

—Fíjate si fue malo que no me acuerdo de nada…

Mientras se subía las bragas, Terry enarcó una ceja, con burla.

—¿Cómo vas a acordarte de todos los polvos que echas, Ross? 

Si no sabes hacer otra cosa.

—¡Sé hacer muchas cosas!

—¡Solo sabes hacer eso! ¡Y encima lo haces mal!

—¡Lo hago de muerte!

—Sí, porque me quiero morir… No me puedo creer que me hayas metido esa cosa que ha estado dentro de medio campus.

Me tapé el pajarillo con las manos. De pronto se sentía insultado.

—No he estado con medio campus —recalqué—. De hecho, no he estado con nadie del campus. Tengo ciertas normas, ¿sabes?

En realidad, solo tenía esa norma. Esa y la de llevar siempre condones encima. La primera, para no tener que cruzarme con nadie con quien hubiera follado —era incómodo de narices—, y la segunda, para prevenir posibles bebitos no deseados —que también eran incómodos de narices—.

—¿«Normas»? —repitió Terry, subiéndose el vestido—. No recuerdo que las aplicaras en el instituto con Maya, con Lizzy, con Stan, con Nana, con Vincent, con Mir, con…

—¡Vale, vale! —Yo también me puse en pie. A esas alturas, ya me sentía un poco ridículo ahí tirado en el suelo—. Ni que tú no te hubieras liado con nadie.

—Yo tenía estándares.

—Y yo también. Por eso te vomité encima en cuanto me besaste.

Toma esa carta reversa.

Ofendida, Terry ahogó un grito y agarró el bolso con todas sus fuerzas.

—¡Que te follen!

—¡Ya te encargaste anoche! ¡Jódete, que lo hemos hecho!

Roja de rabia, salió de mi habitación. Pero yo no estaba conforme con ello, así que fui tras ella. Si me decía algo, no permitiría que se marchara sin que yo tuviera la última palabra. Quería ganar la discusión.

En el salón, mis compañeros de piso levantaron la cabeza para contemplar la escena. Sue estaba sentada en el sillón con su portátil mientras Will, sentado en uno de los sofás, miraba los apuntes. 

Hicieran lo que hiciesen, ninguno de los dos se molestó en disimular que estaban pendientes de cada palabra de la conversación.

Terry, por cierto, ya había llegado a la puerta. La abrió con todas sus fuerzas y se volvió hacia mí. Seguía tan roja como su pelo.

—¡No vuelvas a hablarme en tu vida!

—¡Como si tuviera muchas ganas de hacerlo! —vociferé yo también—. ¡Y ni se te ocurra cerrar de un portaz…!

Tarde. Acababa de hacerlo.

Me quedé mirando la entrada con irritación hasta que oí una risita mal disimulada. Sue sonreía a la pantalla de su portátil.

—¿Algo que decir? —le pregunté, irritado.

—Qué va.

—Curiosa escena —comentó Will.

—La misma que cada mañana —recalcó ella—. Solo que normalmente soy la única testigo.

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Tres meses (Meses a tu lado 3)

La esperada tercera parte de la saga Meses a tu lado de Joana Marcús.

Sue cursaba el tercer año de Psicología, y pasaba muchísimo tiempo en el piso preparando el trabajo que tendría que entregar antes de las prácticas. Lo que más le gustaba era que, de ese modo, nunca se perdía lo que sucedía en casa. 

Todo lo que tenía de rara lo tenía de cotilla.

Todavía recordaba la primera vez que la había visto. Llevaba puesta la misma sudadera gigante y negra que de costumbre, pero su pelo corto y oscuro estaba suelto, y no atado en una coletita. Me había parecido una chica rarísima, y por eso mismo la había aceptado. No había peligro de acostarme con ella —no me tocaría ni con un palo, seamos sinceros— y, además, aportaría algo distinto a la casa.

Will, por otro lado, sí que pasaba poco tiempo por aquí. Obsesionado con estudiar y sacar buenas notas —cosas de gente lista que yo no entendía—, le gustaba pasar el día en la biblioteca con el resto de la gente responsable del campus. 

Yo ni siquiera sabía dónde estaba.

A él no le hice entrevista. Nunca hizo falta. Nos conocíamos desde hacía tantos años que prácticamente éramos como hermanos. Habíamos acompañado los buenos y malos momentos de la vida del otro, y me gustaba pensar que así seguiría siendo por el resto de nuestras vidas. 

A veces me preguntaba por qué alguien tan genial como Will quería compartir el tiempo con alguien tan desastre como yo. Quizá era simplemente para tener una distracción de vez en cuando.

También recordaba la primera vez que lo había visto; cabeza rapada, piel oscura, ojos grandes y serenos, cuerpo larguirucho… Lo primero que pensé fue que tenía que hacerme amigo suyo para que, en los partidos de baloncesto durante el recreo, se metiera en mi equipo. ¿Quién habría dicho que aquello se transformaría en una amistad para toda la vida?

—Así que cada noche te traes a alguien —observó Will, sacándome de mis ensoñaciones.

Puse los brazos en jarras. No dejaría que me avergonzaran.

—Estoy soltero y tengo ganas de divertirme, ¿qué problema hay?

—Mis horas de sueño son el problema —intervino Sue, indignada—. ¿Es que antes de salir enciendes el radar para encontrar a la gente más ruidosa del local?

—No es que sean chillones, es que yo los hago chillar. Cuando quieras te lo enseño.

Como respuesta, simuló una arcada.

—No finjas que nunca lo has pensado —añadí.

—Lo único que pienso es que estoy harta de verte en tu traje de nacimiento. ¿Puedes hacer el favor de sacarte el calcetín del pie y ponértelo en el tubo de escape?

Extrañado, bajé la mirada. ¿Qué…?

Ups. Me había olvidado de vestirme.

Alarmado, me tapé con las manos y me apresuré a volver a la habitación. Los oí riéndose, pero me dio igual. Seguía con resaca, y mi habitación estaba hecha un asco. Tan solo fui capaz de ponerme los calzoncillos y tirarme sobre el colchón a ver la vida pasar. La cabeza me dolía demasiado como para considerar algo más.

No sé cuánto tiempo había trascurrido cuando Will llamó a la puerta de la habitación. No esperó respuesta para asomarse.

—Buenos días, princesita —bromeó.

—Vete a la mierda.

—Mejor me voy a casa de mi padre, que hemos quedado en que lo ayudaría con unas cuantas cosas —dijo con una sonrisa—. Necesito un pequeño favor, tío.

—Más te vale que no implique levantarse de la cama.

—Va a ser que sí. Alguien debe llevar las cosas de Naya a la residencia. Me dejó la llave para que lo hiciera yo, y no puedo. Necesito que vayas tú.

—Supongo que la opción de preguntárselo a Sue está descartada.

—Ni siquiera me la he planteado. ¿Puedes hacerlo, por favor?

Ojalá me lo hubiera pedido cualquier otra persona, porque no habría tenido problema en decirle que no.

Peeero… era Will. Así que no me quedó otra.

Comí algo, me vestí y arreglé el desastre de habitación, bajé al garaje y cogí la maleta del coche de Will para meterla en el mío. De camino a la residencia, no dejé de bostezar y de frotarme los ojos. Puto sol. Cómo molestaba. Ya podría haber alguna nube por ahí, jodiéndole el día a la gente feliz.

Si había algo peor que la resaca era tenerla en una sala llena de gente. La entrada de la residencia estaba atestada de coches aparcados en doble fila, gente despidiéndose y muchas muchas lágrimas.

No entendía nada. ¿Los padres no se alegraban de que sus hijos se fueran de casa para estudiar? Así tendrían más espacio.

Es que no todos son tan sensibles como tú.

Admito que soy la clase de persona que pone la oreja para escuchar los dramas de los demás, así que estuve cotilleando todas las escenas con las que me crucé mientras arrastraba la maleta —pesadísima, por cierto— de Naya.

—¡Pórtate bien! ¡Y recuerda que el número de emergencias es…! —decía una persona muy dramática.

—¿Estás segura de que lo llevas todo? Mira que si tenemos que volver… —decía uno que miraba ansiosamente la hora.

—Ni siquiera estoy segura de entender qué implica eso de… tener una relación abierta —decía otra, y sonaba a que pronto no tendría relación, ya fuera abierta o cerrada.

—¿Qué número de habitación era? —preguntaba la chica ansiosa que había junto a la entrada.

En ese punto dejé de cotillear porque me detuve para subir la maleta por los escalones de la residencia. La recepción, tal como había sospechado, estaba abarrotada. Todo el mundo charlaba, subía y bajaba escaleras, miraba folletos de la universidad, jugueteaba con las llaves… y ahí estaba Chris, hermano de Naya y cuñado de mi mejor amigo. Sumamente agobiado, se deshacía tan rápido como podía de todo el mundo. Aunque, a decir verdad, siempre parecía un poco ansioso.

En cuanto me vio, frunció los labios con disgusto al tiempo que los míos dibujaban una sonrisita maligna.

—¡Chrissy! —exclamé.

—¡No me llames Chrissy!

Ah, el placer de molestar a alguien. Pocas cosas alcanzaban ese nivel.

—Vale, Chrissy. —Mientras él gruñía, levanté la maleta lila para enseñársela—. Necesito subir a la habitación de tu hermana, pero no sé cuál es.

Pero con Chris las cosas nunca resultaban tan fáciles.

—El primer día solo pueden subir familiares.

—¡Si somos como una familia!

—En ese «como» se incluyen las normas de la residencia. No puedes subir.

—Venga, ¿qué habitación es?

—Es la treinta y tres, pero de verdad que no puedes subir. Si mi jefa se entera…

—Le diré que soy su primo segundo de Suecia. ¿Qué más da?

Chris suspiró con pesadez, como hacía cada vez que estaba a punto de ceder.

—Naya no querría que subieras tú —recalcó.

—¿Y por qué no?

—¡Porque no quiere que molestes a su compañera de habitación! ¡Y a mí me da miedo que te presentes aquí para verla!

—Puedes estar tranquilo, no iba a hacerlo.

—¡Eso mismo dijiste respecto a Lana!

—Y aún tengo pesadillas. ¿Quién es la chica nueva?

—No lo sé.

—Vamos, seguro que lo has mirado.

—¡Solo por encima! —admitió, rojo de vergüenza—. Pero porque es mi hermana pequeña y quiero saber con quién le toca, ¿eh? Y la chica parece… Uy, creo que es esa de ahí.

De eso nada. No le dejaría desviar el tema de conversación. Iba a subir la jodida maleta y luego regresaría a casa para hibernar en paz.

—Bueno, voy para arriba —declaré.

—No puedo dejarte subir, Ross. El primer día está prohibido que entre nadie que no sea un familiar. En especial, un chico. Y lo sabes.

Yo lo sabía, y él sabía que me importaba un bledo.

Tablas.

—Y lo sabes —lo imité en un tono irritante.

—¿Puedes tomarme en serio por una vez en tu vida?

—¿Puedes tú no discriminarme por una vez en tu vida?

—Ross, es una residencia femenina.

—Gracias, no me había dado cuenta.

—… y tú no me pareces una chica.

—Tú tampoco lo pareces y veo que trabajas aquí.

Chrissy empezó a agitar los brazos, como cada vez que se estresaba.

—¡Yo soy un trabajador competente y profesional que…!

Y, tras una conversación tan aburrida como todas las que teníamos cuando se enfadaba por mi culpa, sugirió que lo hiciera Will. 

Casi me reí en su cara.

—¿De verdad crees que estaría aquí si Will hubiera podido venir? —mascullé.

—La verdad es que no.

—Eres muy hábil.

—¿Y por qué no ha podido venir?

—Porque nuestro querido Will está muy ocupado y se cree que tengo cara de chico de los recados.

—¿Y es más importante lo que sea que esté haciendo que su novia?

—¿Y a mí qué me importa? Mira, me he despertado hace veinte minutos. He dormido dos horas. O incluso menos. La cosa es que me muero de sueño. Y esta maleta pesa más que mi vida. 

Y tengo mucha mucha hambre, Chrissy. Lo único que me interesa es irme de aquí para poder comerme la pizza fría que me sobró anoche y dormir hasta dentro de diez años. —Me apoyé en el mostrador, enarcando una ceja—. ¿Me vas a dejar subir la maleta de Naya para que cada uno siga con su vida o vas a seguir insistiendo en que no lo haga?

Finalmente, Chrissy salió de su cuadrícula de normas y perfección.

—Está bien. Pero ¡márchate enseguida, que si te ven…!

—Si yo soy muy discreto, ya me conoces.

Cuando le guiñé un ojo, Chrissy enrojeció un poco y señaló a la chica que había estado esperando un rato a mi lado.

—Tengo mucho trabajo, Ross, así que si me disculpas…

—El hombre ocupado.

Cuando se puso a hablar con la siguiente, me encaminé a las escaleras. O más bien pensé en hacerlo. Porque, mientras me volvía, la compañera de Naya pasó por mi lado. Me rozó el brazo con el suyo, pero creo que ni se dio cuenta. Daba igual. Sirvió para que la mirara. 

Y vaya si la miré.

Se había apoyado con los codos en el mostrador. Era un poco bajita, porque yo llegaba de sobra, pero ella estaba casi de puntillas para apoyarse bien. Tenía la maleta —mucho más pequeña que la de Naya— al lado y una mochila de color rojo chillón colgada de los hombros. 

Por algún motivo, primero de todo me fijé en que, mientras hablaba, no dejaba de colocarse un mechón de pelo tras la oreja.

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Todo cambiará... después de diciembre.

Quizá estaba nerviosa, quizá era una manía, pero me quedé mirando el gesto más tiempo del estrictamente necesario.

La actitud de Chrissy cambió totalmente con ella, así que supuse que le había caído bien. Incluso sonreía, un hecho histórico. Ella tensó un poco los hombros bajo el jersey color mostaza, pero supuse que se debía a los nervios. Bajé un poco más la mirada, interesado. Tenía las curvas muy marcadas, y supuse que llevaba esos pantalones anchos para disimularlas. Una parte de mí deseó que hubiera optado por una falda, y así poder verla mejor, pero estaba muy contento con las vistas. Especialmente con las de su culito redondo y respingón.

Ha desaparecido el dolor de cabeza, ¿eh?

Me obligué a mí mismo a volverme hacia las escaleras. Era la compañera de Naya y, sobre todo, estaba en el campus.