Cine y series

La verdad universalmente conocida de Jane Austen

Las permanentes reediciones son la prueba indiscutible de la vitalidad de las novelas de Jane Austen. Y la infinidad de adaptaciones al cine y a la televisión que se hacen de ellas desde (por lo menos) 1940 son la prueba incontestable del modo en que esos libros dialogan con las épocas y sus ideas del amor. Por eso, LENGUA se lanza a un recorrido por su obra escrita y filmada y se asoma a la vigencia de sus obsesiones, la modernidad de sus planteamientos y la diversidad de reinterpretaciones a las que se encuentra abierta. La importancia del matrimonio (la felicidad, pero también la supervivencia y la asfixia), sus heroínas embarcadas en un camino de autodescubrimiento, los elocuentes matices que supieron darle Emma Thompson, Gwyneth Paltrow y Anya Taylor-Joy, la actual incursión en sus incómodas y geniales obras de madurez... Un viaje por una obra que —como todo clásico— cambia con cada época para seguir reflejando siempre su verdad.
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Kate Winslet y Emma Thompson, en la versión de Sensatez y sentimientos / Sentido y sensibilidad dirigida por Ang Lee y estrenada en 1995, año indudablemente «austenmaniaco» en el que florecieron las adaptaciones audiovisuales de la obra de la autora inglesa. En las páginas de esta, su primera novela, Austen inaugura la idea de que el primer amor debe ser la propia individualidad. Esta trasposición sigue siendo a día de hoy una de las mejor consideradas por público y crítica, en parte porque su guion —que le valió un Oscar a Thompson— consiguió sumar y quitar escenas a las hermanas Dashwood sin que las costuras se resintiesen. Foto: Columbia Pictures / Sony.

«Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe buscar esposa». El comienzo de Orgullo y prejuicio es justamente celebrado como una obra maestra de la economía narrativa. Todas las coordenadas psicológicas del universo de Jane Austen están cifradas en esas dieciocho palabras. Y la palabra central aquí es «cifradas», puesto que la autora afirma la existencia de tal contrato social al mismo tiempo que pone seriamente en duda que las intenciones sean tales por parte del hombre soltero. Austen se vanagloriaba, si es posible decirlo de este modo, de que sus dominios literarios eran como un pequeño fragmento de marfil trabajado con un pincel muy fino, capaz de brillar tras mucho esmero en la aplicación. Se puede poner en entredicho la verdadera estrechez (dos pulgadas, detallaba la autora) de su registro artístico, pero no hay duda de que ese pequeño pincel es, precisamente, la razón de su inmortalidad. 

Cualesquiera sean nuestras impresiones acerca del matrimonio —y el éxito de Los Bridgerton en Netflix deja en claro que no han cambiado demasiado desde 1813—, sabemos que era algo muy serio para Jane Austen. No solo porque sus heroínas se juegan su felicidad y su capacidad de sobrevivir económicamente en un mundo hostil a sus intereses: sus novelas están plagadas de matrimonios mal avenidos y de esposos infelices o ausentes (física o emocionalmente) que, en muchos casos, dejan en herencia las consecuencias de sus malas decisiones a sus vástagos. El infierno de estar atrapado por el resto de sus días con alguien a quien se desprecia o, aún peor, que no despierta ningún interés es jugado por Austen a veces con humor (los padres de la heroína Elizabeth Bennet, sin ir más lejos, en la propia Orgullo y prejuicio) y a veces muy en serio (su hermana menor Lydia, salvada de la ruina por un soborno del señor Darcy), pero siempre es real, como la pobreza.

Es evidente que las novelas de Austen que lidian con el primer amor y el descubrimiento de qué significa encontrar al marido perfecto (que no es necesariamente aquel que viene dispuesto a entregar su fortuna a cambio de una esposa) han sido siempre las más populares: tanto Elizabeth Bennet como Emma Woodhouse, la protagonista de Emma, son las joyas de sus respectivos pueblos y las preferidas de sus padres y, como estos últimos, no las querríamos dejar partir de sus casas y hacia el crepúsculo de una vida feliz más allá de la página escrita salvo para verlas casadas con maridos ya no ideales —que los hay en Austen, y son de lo más aburridos—, sino con pares, una noción relativamente moderna para su época. Las tramas de esas dos novelas narran, entre otras cosas, el inicio de un romance que solo es posible luego de que las heroínas se descubran a sí mismas. Y a esa revelación le sucede otra: sus futuros maridos, el señor Darcy y el señor Knightley, las veían claramente desde el principio.

Greer Garson como Elizabeth Bennet y Laurence Olivier como el señor Darcy, en esta versión pionera de Orgullo y prejuicio dirigida por Robert Z. Leonard para MGM y estrenada en 1940, con guion adaptado por Aldous Huxley. Foto: Turner Classic Movies.

Orgullo y prejuicio, en particular, ha sido adaptada en muchas ocasiones por Hollywood y —¿cómo evitarlo?— la eterna discusión de quién es el orgulloso y quién el prejuicioso en la pareja protagónica tiene respuestas opuestas e igual de profundas en la versión de 1940 con guion de Aldous Huxley (Greer Garson y Laurence Olivier) y en la de 2005 (Keira Knightley y Matthew Macfadyen). Emma es tanto una casamentera irresistible (encarnada a puro mohín por Gwyneth Paltrow) en una comedia romántica de 1996 como una insufrible heredera en la venenosa sátira de 2020 (con una Anya Taylor-Joy inmejorable). Ambas, por supuesto, son respuestas correctas, demostrando que, en casi todas las obras de Austen, sus radiografías de pequeñas sociedades cerradas y rurales, donde los elencos son siempre los mismos y la novedad es el bien más preciado, pueden ser leídas como elegíacas y filisteas sin mover una coma de lugar del texto original. Qué mejor ejemplo de la elasticidad de Austen rumbo a la pantalla que la denominada «austenmanía»: una relectura «provocativa» de Andrew Davies (no olviden este nombre porque volveremos a él) de Orgullo y prejuicio que en 1995 paró a los hogares de Gran Bretaña y Estados Unidos para seguir las instancias de un romance de comienzos del siglo XIX. Visto a la distancia —tanto las escenas centrales como la miniserie completa pueden encontrarse fácilmente en YouTube— lo más atrevido de la adaptación, inmensamente entretenida, no es la escena inventada por el guionista en la que Colin Firth sale del estanque de Pemberley al que se tiró vestido, como evidente síntoma de su ardor sin consumar por la incontrolable señorita Bennet, sino la reacción encantada de la Lizzie de Jennifer Ehle, que tarda tres o cuatro segundos en recordar que debería sentirse mortificada por encontrarse en ese equívoco.

Los fanáticos más avezados sabrán que Orgullo y prejuicio, tanto la novela como el fenómeno que despertó en todo el globo —inicio del romance de Hollywood con Austen, quién sabe si correspondido—, es el disparador de El diario de Bridget Jones, de Helen Fielding, y el lanzamiento al estrellato de Colin Firth, quien fue Darcy en las adaptaciones de esas tres novelas, con rendimientos tan menguantes como las pensiones de los parientes pobres en las obras originales. De ese mismo austeniano 1995 es la memorable versión de Emma Thompson de la primera obra de la autora, Sensatez y sentimientos (o Sentido y sensibilidad, en España), dirigida por Ang Lee, que le hizo ganar a la actriz un Oscar por su guion, acaso la más lograda por su capacidad de sumar y quitar escenas a las hermanas Dashwood sin que las costuras se notasen: un acto de ventriloquismo artístico que quita el aliento (en sus páginas, Austen inaugura la idea de que el primer amor debe ser la propia individualidad: «Hay algo tan genuino en los prejuicios de una mente joven que uno siente pena cuando éstos dejan paso a opiniones más generalizadas»).  

Colin Firth fue Darcy no solo en esta miniserie de la BBC, relectura de Orgullo y prejuicio que en 1995 «paró» los hogares de Gran Bretaña y Estados Unidos, sino también en las adaptaciones al cine de El diario de Bridget Jones, novelas de obvia inspiración austeniana. Foto: BBC.

No es Sensatez y sentimientos la más odiada de sus novelas, aunque por alguna razón incomprensible mantiene el mote de «menor»: ese título lo ostenta quizá desde su publicación Mansfield Park (1814). Varias adaptaciones, tanto en cine como en televisión, intentaron y fracasaron en su empeño de bajar del pedestal a la heroína de la historia, Fanny Price, pariente pobre enviada a vivir con la acaudalada familia de su tío para encarnar con infinita abnegación las virtudes cristianas que sus primos no han conocido ni en caricatura. Para complicar las cosas aún más a ojos modernos, la fortuna de los venales Bertram proviene de plantaciones en Antigua y del comercio con esclavos. Lejos de las vitales Emma y Lizzie, la discreta Fanny es difícil de querer; los personajes más vitales de la trama, los incorregibles hermanos Crawford, son a todas luces los seductores que la familia necesita para hacer la seca vida campestre más tolerable (los de la versión televisiva de 2007, Hayley Atwell y Joseph Beattie, son de los mejores).  

El resto de la obra de Austen fue publicada póstumamente o quedó inconclusa. Entre las primeras están Persuasión (1818) y Lady Susan (escrita en 1794 y publicada muchos años después de la muerte de la autora, en 1871), y entre las segundas, Sanditon. Agotadas por ahora las posibilidades de adaptación de las novelas centradas en el autodescubrimiento de la juventud, le ha llegado el momento a las más incómodas pero indudablemente geniales novelas de la madurez, entre las cuales reina la fascinante Persuasión, de la que Netflix estrenará una adaptación cinematográfica en 2022 protagonizada por Dakota Johnson y Henry Golding. 

Una rareza dentro de la obra de Austen al tener una villana como protagonista, Lady Susan es una nouvelle epistolar que es parte de la juvenilia de la autora. O quizá Susan Vernon no es una villana, sino una mujer viuda y con una hija decidida a sobrevivir a través de los recursos a su disposición, que no son muchos más que la maquinación social, con el casamiento provechoso como exigua tabla de salvación. La deliciosa adaptación cinematográfica de Whit Stillman, rotundamente a favor del triunfo de Lady Susan por sobre sus rivales puritanos y la moral de la época, deja en claro en Amor y amistad que no eran ociosas las comparaciones entre la obra de Austen y sus películas previas, Metropolitan y Los últimos días del disco

Como ocurre con todos los clásicos, nuestra percepción de qué historia están contando las novelas de Austen suele cambiar con los años —con nosotros— según los detalles a los que prestemos atención en desmedro de otros, milimétricos, que funcionan como contraste y eco: el famoso efecto de esfuerzo del pincel fino al que se refería la autora. Persuasión, por ejemplo, es una novela en sepia y sordina cuando se la lee en la juventud, pero adquiere todos los colores y los sonidos con las relecturas de la experiencia. Anne Elliott es una heroína atípica para Austen porque es la arquitecta de su propia infelicidad, producto del ejercicio de virtudes invalorables para la época: la obediencia filial, la prudencia, la humildad. Habiendo dejado pasar la oportunidad de casarse con el señor Wentworth cuando era un joven sin prospectos por consejo de su mentora, Lady Russell (lo más parecido a una madre perfecta en Austen), él vuelve a cruzarse en su camino años después, cuando Wentworth regresa de las guerras napoleónicas convertido en un acaudalado capitán. Hombre soltero en posesión de una fortuna, diría Austen, solo busca esposa: la pobre Anne, «habiendo perdido el rubor de la primera juventud», ignorada por su familia por su condición de solterona, descubre que el marino está decidido a formar parte de la familia, pero ahora cortejando a una de las hermanas más jóvenes de su cuñado. La silenciosa manera en que Anne y Frederick encuentran la forma de perdonarse mutuamente por los años perdidos —el amor nunca está en duda—contrasta con los recursos cada vez más melodramáticos que Austen diseña para reunirlos: Persuasión tiene algunos de los pasajes más perspicaces de su obra y amerita un redescubrimiento, aunque sea a manos de Netflix. La plataforma ya apostó, como decíamos, por continuar explorando su bibliografía por otros medios —más sensacionales—, adaptando la serie de novelas de Julia Quinn sobre los hermanos Bridgerton, ambientadas, como Austen, en el periodo conocido como la Regencia (1811-20). 

Una inmejorable Anya Taylor-Joy probó en la reciente versión de Emma la enorme elasticidad con que es posible interpretar las novelas de Austen. Lejos de la casamentera irresistible construida a puro mohín por Gwyneth Paltrow en la comedia romántica de 1996, la ascendente actriz de Gambito de dama compuso una heredera insufrible, centro de una sátira venenosa. Foto: Focus / Universal International Pictures.

Un caso extremo de esta estrategia de actualizar la sensibilidad de la autora —más pragmática y feroz que cualquiera de sus adaptadores contemporáneos, por cierto— es Sanditon, que en la versión de Penguin Clásicos tiene apenas 56 páginas. Alcanzan para esbozar los elementos de la historia a desarrollar: un pueblo costero que intenta transformarse en una meca veraniega que busca rivalizar con Bath (donde Austen vivió durante cinco años, y locación central en la trama de Persuasión y de la gótica La abadía de Northanger). Financiada por la anciana Lady Debenham, el emprendimiento inmobiliario es producto de la ambición de los hermanos Parker. Entre medio se desarrolla intempestivamente una historia de amor que puede complicar los planes de todos, pero también una radiografía de los primeros ecos de los cambios que traía la Revolución Industrial y su transformación en sociedad de consumo. No hay mucho más: la acción descrita por Austen se detiene en el capítulo 12 y ocupa la primera media hora de los ocho episodios originales emitidos por ITV en 2013 (disponible en algunos países en la televisión on demand o la señal Film&Arts). 

Es en este terreno, demarcado pero sin desarrollar, en el que Andrew Davies (el de la camisa de Darcy, ¿lo recuerdan?, también a él lo hizo famoso) se interna para dotar de sensibilidad moderna a Sanditon. Sus elecciones dramáticas probablemente inviten a arrancarse los ojos a los austenianos más ortodoxos e incluyen sexo explícito, sangre a granel y un final imposible, «realista», de esos que dan ganas de arrojar el televisor por la ventana. La primera temporada de la serie, cancelada en Gran Bretaña por sus bajos ratings —e impedida de deshacer el final infeliz planteado por Davies— fue un éxito de proporciones a su estreno en los Estados Unidos en la cadena pública PBS. Renovada luego por no una sino dos temporadas más con el beneplácito de Hollywood (ese marido fiel), Davies no solo debe ahora resolver el problema mayúsculo de seguir emulando a Austen en pantalla, sino también encontrar a un nuevo Sidney Parker, ya que Theo James (el señor Pamuk de Downton Abbey) decidió que hasta ahí había llegado con esta empresa. Difícil culparlo. 


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