Cómic

Lorca por Ilu Ros: el año que hizo Federico

Después de su celebrado debut con «Cosas nuestras» (ese conmovedor diálogo entre la generación actual y las pioneras de la cultura popular española), Ilu Ros aceptó una propuesta para su siguiente libro. Así, se encerró a vivir un año con Federico García Lorca. Ahora, abre la puerta sonriente y nos invita a pasar a «Federico», su nuevo libro, no sin antes avisar: «Los españoles tenemos una mancha de nacimiento en la frente que es el tiro que a él le pegaron».
10 minutos

Detalle del interior de Federico, de Ilu Ros (edita Lumen).

Por ILU ROS


«¿Y si haces un libro sobre Lorca?». Así mismo me lo soltó Lola, mi editora, mientras nos comíamos las dos un plato de espaguetis. Sin paños calientes, a bocajarro. Y a mí los fideos se me arremolinaron en el estómago. 

Supongo que esto venía al caso porque Lorca ya había manifestado su presencia en mi libro anterior; en 1930, el año en que nació mi abuela Resure, Federico García Lorca recopilaba viejas canciones que luego grabaría al piano cantadas por La Argentinita. Entiendo que tampoco era tan extraño que Lola hubiese hecho esta conexión entre Lorca y yo, pero a mí esta propuesta me pilló desprevenida. 

Federico, el único, el poeta desmedido, excesivo, el que ponía voz a los reptiles, a los insectos, a la luna, a los marginados… Los españoles tenemos una mancha de nacimiento en la frente que es el tiro que a él le pegaron. El poeta que pertenecía a todos y a nadie. Esa libertad fue precisamente lo que más molestó a aquellos despreciables.

Y ahí estaba yo, intentando liar los espaguetis alrededor del tenedor de una manera elegante sin obtener el resultado deseado. «Me lo pensaré, déjame darle una vuelta», le dije prudente a Lola.

Ilu, eso no te lo creías ni tú, mientras me metía ese tenedor en la boca ya notaba yo el eco de lo que se me venía encima. Lola me estaba señalando el abismo que daba paso al universo lorquiano y yo, a pesar del vértigo que me invadía, no iba a tener otra opción que lanzarme al vacío. ¿Quién sabe decir que no a eso?

Unas semanas después el planeta se nubló, yo llamé a Lola y le dije que aceptaba, me encerraba con Federico.

Quieta, ocupando el mínimo espacio y respirando flojito, empecé a escuchar las voces.

Detalle del interior de Federico, de Ilu Ros (edita Lumen).

Caracol, 
estate quieto.

Donde tú estés 
estará el centro.

La piedra sobre el agua 
y el grito en el viento 
forman las imágenes 
puras de tu ensueño. 
Las circunferencias
imposibles en tu cuerpo.

Caracol, col, col, col 
estate quieto.

Dónde tú estés
estará el centro.

Jorge Guillén decía que cuando se estaba con Federico no hacía ni frío ni calor; hacía Federico. Ese ha sido mi año. El año que ni frío ni calor, pero con la casa llena de Federico. 

Federico chico, con los bolsillos llenos de caracoles muertos, de piedras, de cera de velas, de figuritas de santos. El aire que entraba y salía por las ventanas llevaba y traía a un Federico que saltaba, que reía, que le gritaba al viento, que recogía los huevos de las gallinas para estrellarlos contra la cara de los que ignoran a la otra mitad.

Se me llenó la casa de guardias civiles y de gitanos. De reyertas. Hubo noches de sangre y de bodas. De sapos aplastados. De murallas que olían a muerto. 

Pero yo ya no soy yo. Ni mi casa es ya mi casa.

Me perdí. El rincón de mi casa se me hizo oscuro. Ocupé menos espacio todavía y me costaba seguir las voces de los que me lanzaban mensajes desde el otro lado.

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra, 
ni el raso negro donde te destrozas. 
No te conoce tu recuerdo mudo 
porque te has muerto para siempre.

Hubo un silencio.

Pero una mañana, bajo el cricrí de las margaritas, comprendí que no lo habían asesinado. Ni frío ni calor, de nuevo y de repente hacía Federico. No se había ido, se había dormido. Y volví a escuchar las aguas de los ríos, y las serpientes reptando y los lagartos llorando.

Y me alegré, sí, me alegré. Mira que me sentía culpable de alegrarme. Pero me alegré. Porque yo, como La Novia, era una mujer llena de llagas por dentro y por fuera, y tú, Federico, eras ese poquito de agua fría.

¡Venid a mi casa si queréis, aunque sea con un bozal, que aquí hace Federico! 

¡Bebed del agua de los ríos que serpentean entre las sillas, que aquí hace Federico!

¡Escuchad el tronar de las golondrinas y el rurrú de las palomas, que aquí hace Federico!

Y se me abrió una luna en el pecho que supuraba un polvo de estrellas agrias, y Federico me echaba miel de caña que escurría de un limón. «Me iré a Santiago», me dijo, y yo lo entendí todo. Tú no te habías muerto, tú estabas bailando un son de negros en Cuba. Y me miraba y se reía.

El día de los espaguetis con Lola, de camino a casa, me pregunté algo que me he ido repitiendo varias veces durante estos meses; de no haber sido Federico, si la propuesta hubiese sido: «Ilu, elige a alguien», ¿a qué otra persona hubieses elegido? 

Hoy aún no he conseguido encontrar a nadie mejor que él.

El único.

Menos mal que viniste, Federico.



(Artículo inspirado en los textos de Federico García Lorca. Los poemas que aparecen son «Caracol», de los textos recopilados en Suites, y un extracto de «Alma ausente (Llanto por Ignacio Sánchez Mejías)». Los versos Pero yo ya no soy yo. Ni mi casa es ya mi casa están extraídos de «Romance sonámbulo», del libro Primer romancero gitano).

Detalle del interior de Federico, de Ilu Ros (edita Lumen).

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