El estadio vacío

¿Measte?

¿Puede existir el fútbol en un estadio vacío? O mejor: ¿es exactamente fútbol eso que sucede en los estadios del mundo hoy? La televisión cubre el silencio emitiendo sonidos de hinchas que no están ahí, las gradas se pueblan de figuras de cartón, los jugadores gritan los goles a solas… y un viejo cuento de Borges y Bioy Casares insinúa que eso que vemos en las pantallas en realidad no está sucediendo. Mientras la Copa América se juega ante miles de butacas vacías y la Eurocopa se consuela con magros aforos, LENGUA invita a lúcidas voces y fervorosos hinchas a reflexionar sobre esta tragedia griega con pelota pero sin coro.
6 minutos

Gabriel Batistuta, jugador de la selección argentina (derecha), dribla al chileno Lizardo Garrido durante el partido de la Copa América de 1991 disputado el 19 de julio en Santiago de Chile. Crédito: Martin Thomas / AFP via Getty Images.


—¿Measte?

—Sí. 

Mi viejo preguntó con el rostro serio y yo le mentí con naturalidad. No había meado, pero no entendía el motivo de la pregunta, simplemente quería que arrancara el auto y llegar de una buena vez al estadio. Mi mamá hubiese querido que dijera la verdad, así le habría dado tiempo de pedirle la mensualidad que nunca pagaba en la fecha acordada entre ellos. Con los años descubrí que mi viejo era un verdadero hijo de puta y mi mamá, una mujer enamorada a pesar de todas sus canalladas. Pero faltaba todavía mucho tiempo para eso, en cambio el juego de Chile ante Argentina durante esa Copa América estaba cerca de iniciar y se esperaba una multitud en el Nacional. 

Era el año 1991 y este importante torneo de fútbol emergió como una excusa popular dentro de una nueva libertad para un país que tenía poco de haber vuelto a la democracia. Aunque a mí ese trasfondo me importaba una mierda. Yo solo quería estar lo más cerca posible de esos jugadores que atrapaban mi fascinación día a día, porque mi objetivo en la vida, después de seis años en este mundo, no era otro que el de convertirme cuando grande en futbolista, mientras lo era a diario en el patio de mi casa, en la calle de la vuelta y segundo tras segundo en mi cabeza.

No cabía en mí de felicidad una vez en la galería; había presumido toda esa semana entre mis compañeros de colegio de que iría a ese partido, y sentirme rodeado de iguales que amaran esto tanto como yo me hacía sentir como en casa, en mi casa. 

Cuando Chile entró a la cancha se produjo un estruendo que tapó mis oídos, no tenía palabras; claro que estas salieron una vez ingresó Argentina al campo de juego. Poco antes, mi viejo había dicho que tenía permiso para decir garabatos, que al estadio Dios no entraba. Fue la primera sonrisa cómplice entre ambos que recuerdo. Vomité todos los garabatos que conocía. No eran muchos, pero creo haberlos dicho con pasión, ya que recibí la aprobación de los adultos desconocidos que tenía cerca. Eran muchos, tantos que no podíamos movernos ni siquiera para ir al baño. 

Del partido no recuerdo demasiados detalles, salvo que desde el primer minuto me dieron ganas de mear y no había cómo cresta salir de esa masa feliz de la que éramos parte. Hasta el tanto de Batistuta en el segundo tiempo. Ese silencio tras el gol atravesó mi pecho, a la vez que me enseñó de qué se trataba ser chileno en esto, y que mentir a lo mejor era natural, pero no tanto como mear, pues a los pocos segundos había una posa debajo de mis pantalones, mientras Batistuta celebraba enfrente de nosotros.

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