Entrevistas

Cristina Rivera Garza por Selva Almada: Liliana a nuestro lado

Reconocida como una de las voces más importantes de la literatura mexicana de las últimas décadas, premiada y leída, Cristina Rivera Garza publica tal vez su libro más importante: un trabajo en el que reconstruye la vida de su hermana, asesinada hace treinta años en un feminicidio —cuando esa palabra se escondía bajo el eufemismo de «crimen pasional»— aún impune. A partir de cartas, papeles y agendas guardadas en cajas durante treinta años y de entrevistas a personas que la conocieron, «El invencible verano de Liliana» (Literatura Random House, 2021) consigue un prodigio conmovedor: celebrar el paso de Liliana Rivera Garza por este mundo. En esta entrevista con la escritora argentina Selva Almada, la misma Cristina cuenta por qué ahora existen palabras para escribir sobre esto, qué la llevó a dejar fuera la investigación sobre el asesino prófugo y cómo cambió la vida de sus padres después de entregarles el libro.
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Liliana Rivera Garza en un detalle de la portada del libro.

Con Cristina Rivera Garza hemos amagado encontrarnos algunas veces, siempre infructuosamente. Una vez en Buenos Aires, en una cena que organizó una amiga en común, a la que no pude ir. Otra vez en la Universidad de Houston, donde Cristina es profesora y fundadora del doctorado en escritura creativa en español. Ahora, en plena pandemia, estamos frente a frente aunque no en persona, como nos hubiera gustado, sino mirándonos, sonriéndonos, a través de las pantallas de nuestras notebooks. Cristina en Estados Unidos, en un apartamento en el que está de paso, de fondo hay una biblioteca que ocupa toda la pared, pero tiene varios estantes completamente vacíos, como si alguien estuviera mudándose, yéndose o recién llegando a habitarlo, con las cajas aún sin desembalar. Yo en Argentina, en las afueras de Buenos Aires, metida en el sopor de un verano que se niega a retirarse aunque, según el calendario, ya estamos bien entrados en el otoño. Me gustaría abrazar a Cristina: abrazarla porque al fin nos conocemos y abrazarla por este libro doloroso y tan luminoso al mismo tiempo, por su escritura deslumbrante y agudísima. Y porque abrazarla sería un poco también abrazar a Liliana Rivera Garza, su hermana, asesinada en la madrugada del 16 de julio de 1990 por su exnovio. De ella, de Lili, como le dice Cristina, se trata su último libro, El invencible verano de Liliana (Literatura Random House, 2021), de su feminicidio impune, pero, sobre todo, de la celebración de su paso por el mundo.

***

Selva Almada: El feminicidio de Liliana fue en 1990, en una época en la que todavía se les llamaba «crímenes pasionales», en la que prácticamente no se hablaba de misoginia, en la que ni siquiera había una ley que condenara este tipo de asesinatos. Treinta años después tenemos con nosotras El invencible verano de Liliana.

Cristina Rivera Garza: En todos los libros que he escrito siempre la dedicatoria se la he puesto a Lili, a veces muy crípticamente, a veces algunas personas me han preguntado, a muchas les ha pasado desapercibido, pero para mí ha habido una relación muy orgánica entre todas las cosas que he escrito y esta, que sería la falta originaria, que a lo mejor está en la base de lo que le pido a la escritura que es esta cosa imposible, esta restitución completa, esta posibilidad de habitar un mundo que de muchas maneras no está pero sigue estando. Treinta años son muchos años, son treinta años de un duelo muy personal, muy silenciado también. Ha sido muy difícil hablar de una tragedia de este tamaño cuando socialmente hemos carecido de un lenguaje lo suficientemente complejo y amplio para poder abrazar una experiencia así. Para empezar, ni siquiera existía la palabra «feminicidio», es algo que entró, al menos en México, al Código Penal en el 2012. ¿Qué nos quedaba a quienes habíamos perdido a hermanas o madres, hijas o vecinas o amigas? ¿Cómo podíamos contar una historia para la cual socialmente había un lenguaje muy dañino, muy estrecho, muy de blanco y negro? Nombrarlo sin este lenguaje que se ha ido creando gracias a tantas movilizaciones era una trampa, una camisa de fuerza. Se podía empezar a decir algo, pero siempre había el: «Pero ella se equivocó, pero es que iba vestida de tal manera…». Había toda una fuerza narrativa que se utilizaba para victimizar a la víctima, culpar a la víctima y culpar a todos los que eran cercanos a ella.

Selva Almada: En varios momentos del libro se hace referencia a la culpa y la vergüenza que sienten los familiares y amigos de la víctima: no haberse dado cuenta de lo que estaba pasando, no haber podido llegar a tiempo… una condena social contra la que no había lenguaje con que defenderse.

Cristina Rivera Garza: Precisamente: sentirse maniatado por esta falta de lenguaje compartido. En ese sentido yo creo, mirando hacia atrás, que si el duelo se llevó a cabo de una manera tan privada tuvo que ver incluso con una posibilidad de proteger una memoria, de no ponerla a disposición de un lenguaje predatorio, estrecho, maniqueo. Todo eso que empieza a transformarse conforme a las movilizaciones, al trabajo de tanta gente de a pie, en las calles, que han perdido a seres queridos. Me parece que hay un trabajo de producción del lenguaje que ha hecho posible una discusión cada vez más pública. Para mí fue fundamental y recuerdo este látigo de electricidad en mi columna vertebral cuando escuché el performer de LasTesis (#artistas feministas chilenas, creadoras de la performance El violador eres tú), fue una reacción si quieres visceral, totalmente corporal, y decir: «Pues claro, si eso yo lo he sentido intelectualmente, lo he sabido intelectualmente», pero que uno lo sepa en su cabeza no quiere decir que seas capaz de trabajar con eso en un lenguaje crítico y en un lenguaje complejo. Socialmente hubo una serie de elementos con los que yo me fui sintiendo más capaz de contar una historia que es central para mi vida y para todo lo que he escrito. Y ahora creo que también tenemos mucho que pensar sobre el duelo, personal y social. Somos una sociedad en duelo: dentro de las grandes tragedias de un país como México están los feminicidios en conjunto con o articulados con violencias como la malamente llamada «guerra contra el narco». Hay una serie de duelos comunitarios sobre los que hemos pensado poco y creo que son estructurales al tipo de mundo en el que estamos viviendo.

«Treinta años son muchos años, son treinta años de un duelo muy personal, muy silenciado también. Ha sido muy difícil hablar de una tragedia de este tamaño cuando socialmente hemos carecido de un lenguaje lo suficientemente complejo y amplio para poder abrazar una experiencia así».

Selva Almada: Actualmente las redes sociales, los mensajes de WhatsApp, los correos electrónicos, permiten a los investigadores seguir una especie de vía crucis de la víctima, ya sea por escrito o en forma de audios, que muchas veces permiten dar rápidamente con el feminicida. No había nada de eso en 1990; sin embargo, existía la manía archivista de Liliana: guardar copias de todas las cartas que enviaba, escribir notas fechadas en sus cuadernos de la facultad, esa camarita de fotos que llevaba a todas partes, todo ese archivo guardado en una caja la convierte casi en una precursora de las redes… Esas notitas, cartas, fotografías, postales, tarjetas que guarda casi podrían leerse como publicaciones de Facebook o Instagram y al mismo tiempo son una suerte de itinerario de su relación con Ángel González Ramos. Gracias a este registro escrito de puño y letra Liliana se cuenta a sí misma en el libro.

Cristina Rivera Garza: Como sabemos la violencia que se ejerce sobre las mujeres es para callarlas, para que desaparezcan, para que no estén ahí, y me parecía que lo fundamental de este libro es restituir y celebrar su paso por el mundo. Porque finalmente ni Liliana ni las mujeres que han  sido ultrajadas y masacradas de esta manera se reducen a eso; hay vidas enteras llenas de amor, vidas complejas, vidas con múltiples conexiones con su entorno; hay intereses, hay sueños, hay peleas, hay todo lo que forma una vida. Y a mí me interesaba mucho que eso fuera la parte central del libro, esta restitución. Y cuando decidí abrir las cajas de mi hermana que habían estado cerradas durante treinta años, descubrí que ella había hecho un archivo de sí misma: amplísimo, cuidadoso, meticuloso, hermoso en muchos de sus aspectos. Entonces dije que ni siquiera es que yo tenga que contar esta historia, ella contó su historia, ella me dejó aquí todas las piezas de lo que consideró importante conservar para sí misma; luego entonces ella produjo el material, hizo su curaduría y yo me veo aquí como una especie de médium, leyendo con cuidado, leyendo muy amorosamente y trayendo así su luz. El tipo de material y su método de organización se siente absolutamente contemporáneo, tiene este calidoscopio interno, estructurante de los materiales de las redes. Por eso tal vez me resultó tan familiar. Porque había desde esas notitas que uno escribe en servilletas hasta cartas hechas y derechas, pero tiene esta velocidad, este juego, esta falta de jerarquía a la que estamos muy acostumbrados en las plataformas sociales.


Selva Almada: 
Te topaste inesperadamente con este material, ¿cómo fue organizarlo?

Cristina Rivera Garza: Cuando finalmente me decidí a abrir estas cajas yo lo que de verdad estaba buscando era una agenda donde estuvieran los nombres de sus amigos, pues no nos acordábamos. Y al inicio, cuando pensé que esto era algo que tenía que hacer, el otro elemento fundamental fue pensar que, si no hacía este libro, la experiencia de Liliana sobre la Tierra se iba a perder, que nadie la iba a recordar, que habíamos sido tan privados en nuestro duelo que le estábamos haciendo el trabajo al asesino, sin saber, sin querer, por supuesto. Yo no había hablado de esto con mi hijo, por ejemplo; él sabía algo por cosas que se decían por ahí, pero nunca habíamos tenido una conversación: «Esta es tu tía y esto pasó». Me di cuenta de que habíamos sido muy celosos, mis padres y yo, con esta pertenencia y pensé: «Me voy a morir, se van a morir mis papás y ¿qué va a pasar con esta memoria?». Entonces había que hacer cosas muy prácticas: buscar agendas, ir a su escuela, ver si podíamos tener acceso a sus archivos y ahí me comporté un poco como la historiadora que soy. ¿Qué hago? Pues voy a archivos. ¿Dónde puedo encontrar información? En las instituciones siempre queda grabado algo. Y hubo que pasar por este momento muy fuerte, muy dramático de abrir estas cajas y, en efecto, en una de las primeras encontramos dos agendas a partir de las cuales mi pareja logró dar casi con todos los que se mencionan en estos papeles. Y en otra caja eran papeles doblados, cartas que no estaban aplanadas, una sobre otra, eran casi tridimensionales, como si estuvieran arrugadas, pero no estaban arrugadas. Como menciono en el libro, Liliana tenía todo un sistema para doblar las cartas, eran casi como origamis, que de repente con el tiempo se fueron abriendo, y eran como flores de papel en esa caja. Esto tuvo lugar en Toluca, donde viven mis padres y donde Liliana creció. Yo tenía que regresar a Houston, así que metí todas esas cosas en una maleta y me las llevé, y por meses estuve trabajando, organizando el material. Primero cronológicamente, después por persona, luego por persona cronológicamente, luego por tipo de material, etcétera. Entonces armé una estructura que pudiera servirme para pensar la forma del libro.

«Cuando decidí abrir las cajas de mi hermana que habían estado cerradas durante treinta años descubrí que ella había hecho un archivo de sí misma: amplísimo, cuidadoso, meticuloso, hermoso en muchos de sus aspectos. Entonces dije que ni siquiera es que yo tenga que contar esta historia, ella ya la contó y yo me veo aquí como una especie de médium».

Selva Almada: Una buena parte del libro son las cartas y notas escritas por Liliana y otra son los testimonios de sus amigos y amigas, del grupo cercano a ella en esos últimos años. Estos relatos son en primera persona y no hay preguntas ni narrador que los contenga. Es un coro de voces narrando a Liliana. A la mayoría no los conocías. ¿Cómo se dieron estas entrevistas y cómo fue el proceso de edición?

Cristina Rivera Garza: El intercambio fue variado, fuimos haciendo tanteos, de repente aparecía un teléfono y hubo casos tan extraños como, por ejemplo, que una persona seguía teniendo el mismo teléfono de hace treinta años: entonces marcas y preguntas: «¿Es la casa de tal y tal?». «Sí». «¿Vive allí?». «No, pero yo soy su hermano…». En fin, desde ese tipo de cosas hasta gente que nos llevó a buscar muchísimo. Ya después de saber el nombre, buscarlo en Facebook, en Linkedin, en redes, en Google, dejar mensajes en varios emails, esperar meses a que contestaran, dejar mensajes en Facebook a ver si los leían, a ver si eran. Hubo gente que conseguimos no porque lográramos dar con ellas, sino porque veíamos que sus apellidos aparecían en otras cuentas de Facebook y entonces dejábamos mensajes ahí para saber si estaban relacionados o no. En fin, un proceso largo, a veces lleno de gran sorpresa y emoción y otros días sin que pase nada. Pero una vez logrado el contacto, todos y todas estuvieron muy dispuestos a hablar de inmediato sobre Liliana, nunca hubo una duda, un titubeo, un por qué estás haciendo esto… Eran hechos en los que no habían pensado por mucho tiempo, pero conforme empezaron a hablar, parecía que los tenían muy frescos en la cabeza. Creo que para ellos también fue importante, porque luego del crimen algo que es muy común que suceda es que la gente se separa por esta imposibilidad de hablar, al menos en esas épocas, de crear esta red más amplia. Muchos se separaron, muchos acabaron al año siguiente la carrera, y estas entrevistas les permitieron volver a contactarse y a reunirse como parte de una generación… Todo lo hicimos por email y teléfono, a veces por Zoom porque nos agarró la pandemia. Estoy muy deseosa de poder reunirme con todos ellos y agradecerles en persona todo lo que hicieron. De repente hacía una pregunta, no preguntas preparadas, sino como parte de mi curiosidad; fueron conversaciones muy largas, repetidas; yo no quise grabar, iba haciendo anotaciones a mano; hice un primer vaciado de datos, transcribí mis anotaciones, se las pasé a ellos, ellos me las regresaron diciendo: sí, es cierto; aquí te equivocaste; no, no quise decir eso; aquí este dato está mal; este nombre es otro. Me pasaron sus correcciones, yo volví a corregir, se las volví a mandar, otra vez volvieron correcciones y luego ya, segura de que todo lo que estaba ahí era una versión con la que ellos estaban de acuerdo, lo volví a reescribir ya para el libro.

Selva Almada: Así como esos relatos nos van revelando a los lectores distintos aspectos de Liliana, ¿también hubo facetas de ella que se revelaron para vos, que fueron un descubrimiento?

Cristina Rivera Garza: Yo no conviví con ella como estudiante. Sabía que Liliana fue siempre una mujer muy amorosa y eso no me causó sorpresa, pero lo amiguera que era, lo cábula, como decimos en México, lo sarcástica, lo irónica que era y que todo el mundo enfatiza para mí fue una muy grata sorpresa; el gusto por la vida del que todo el mundo me habló, este interés por su mundo social, el interés por la política, por lo que estaba pasando a su alrededor, su interés por el México precolombino, la relación de México con su pasado-presente indígena, por ejemplo, todo eso me cautivó incluso más. Yo siempre he querido a mi hermana, pero después de estas pláticas con los amigos decía: «Guau». Siempre la he querido mucho y siempre tuvimos una relación para mí muy importante, pero después de ver estas descripciones yo decía: «Bueno, con razón». Claro que hay muchas cosas que yo presentía, pero tener este retrato vívido de una mujer floreciendo con todos sus intereses, energía, capacidad de visión y sarcasmo hace que, además de quererla, me cayera muy muy bien.

Imagen: cortesía de la autora.
Imagen: cortesía de la autora.

Selva Almada: En otro momento del libro los que dan su testimonio, los que hablan de Liliana, son sus padres, tus padres. En algunos fragmentos tu padre dice: «Eso no lo voy a responder…». Es cuando aparece esta negativa cuando nos damos cuenta de que hay alguien entrevistando, alguien que pregunta, alguien siendo entrevistado… Y en este caso, y allí la complejidad del asunto, la que pregunta es la hija, pero también es la hermana y la persona que va a escribir esos testimonios y que los va a transformar en un libro. ¿Cómo se dieron esas conversaciones entre ustedes?

Cristina Rivera Garza: Fue de las cosas más difíciles. Mis papás son grandes, han tenido una vida difícil y, como cuento en el libro, hubo una conversación cada vez más amplia, cada vez más visible, cada vez más abierta sobre Liliana, que siempre había sido un tema muy difícil de tratar. Siempre hemos estado yendo al panteón, siempre hemos dejado flores, siempre hay esta conexión a lo largo de los años, lo cual no implica que hayamos tenido la solidez emocional de poder hablar de Liliana. Pero la idea de restituir a Liliana empieza por restituirla en nuestra casa. Siempre ha habido fotografías, pero ahora están colocadas de manera estratégica y no como manera de recordatorio, sino en la vida cotidiana. Nuestra conversación sobre la vida de Liliana siempre va a ser muy dolorosa, pero al menos ya la podemos enunciar. Esto ha sido un proceso importante. Y lo que decidí al final es que me parecía que tenían que estar ahí, que su lugar tenía que ser un lugar discreto, que tenía que haber esta idea de gran arco de inicio a fin, y recordar eso: hay un feminicidio, pero es la hija de alguien, la hermana de alguien. Por eso decidí poner ese «tú», que se notara que me estaban dirigiendo el discurso a mí, que sabían que yo estaba escribiendo el libro y, bueno, también hay consideraciones de lo que Liliana era para ellos, lo que yo era o no para ellos, una comparación de la que yo nunca salí bien librada porque mi hermana fue mucho más amorosa y gentil de lo que yo jamás fui… también quería que eso saliera a la luz porque, como en todas las familias, son cosas complejas. Ahora que mis padres recibieron el libro, te podrás imaginar el momento tan catártico, tan fuerte, tan crucial. Y creo que vamos a ir acoplándonos a la realidad de que Liliana está de regreso, no solo para nosotros, sino para más.

«Pensé que si no hacía este libro, la experiencia de Liliana sobre la Tierra se iba a perder, que nadie la iba a recordar, que habíamos sido tan privados en nuestro duelo que le estábamos haciendo el trabajo al asesino, sin saber, sin querer, por supuesto».

Selva Almada: Hay un momento del libro que para mí es fundamental y que trae algo muy novedoso, y es cuando sacás a Liliana del lugar pasivo de la víctima y se nos revela como una muchachita sola luchando contra el patriarcado. Es un momento muy hermoso, pero además me parece que hay allí un movimiento muy innovador: la víctima no es un sujeto pasivo, es alguien que libra una batalla. ¿Cómo llegaste a esta idea que me parece subversiva del concepto más extendido de la cristalización de la víctima?

Cristina Rivera Garza: Eso no es algo que yo le haya puesto al libro, sino que es resultado de mis lecturas de sus notas. Hay momentos en que yo leía y pensaba: «¿No veía esto?». Claro, estoy hablando treinta años después, movimientos feministas de por medio, cambios en la legislación y demás, pero hay muchas otras cosas en las que evidentemente hay un esfuerzo muy claro por entender, por posicionarse y por defender también una posición. En el caso del lenguaje que utilizaba más frecuentemente: un amor, un amor amplio, un amor libre. Es lo que me estaba diciendo y me parecía que había que honrar estas notas. Porque el gran peligro, con base en el gran cariño, en el amor familiar y en el dolor del duelo, podría haber sido no honrar esas notas y simplemente poner un personaje con una pasividad de la que sus amigos no hablan, de la que ella no habla… La tarea que me puse conscientemente fue: tengo que leer esto de la manera más compleja posible. Aceptar, por ejemplo, que Liliana estuvo enamorada de este hombre y que fue un amor muy difícil, pero que existió. Aceptar que hay también una conexión ahí que ahora definiríamos como tóxica y que se pueden ver visos de ello. Y ver claramente los momentos en los que dice no, en los que dice basta, debe haber otra opción… y la veo buscando otras opciones, otras maneras de relacionarse, con otros hombres, con otras mujeres. Me parecía que si ponía atención cuidadosa a lo que estaba diciendo veía a alguien forcejeando, no a alguien tirado recibiendo golpes, sino tratando de encontrar una salida y creyendo hasta el final que esa salida era una opción y que existía. Algo que hay que decir es que nunca lo vio, nunca lo percibió como algo abrumador, contra lo que ella no pudiera hacer nada, sino que lo vio como algo con lo que hasta el final pensó que podía seguir negociando, trabajando, dándole vueltas. Y me parece que eso es gran parte de su esfuerzo y por eso está ese ímpetu vital a lo largo de sus escritos.

Ángel González Ramos.

Selva Almada: El libro comienza con la decisión de rastrear y rescatar el expediente del feminicidio de Liliana y reabrir la causa. Y casi ya terminando se narra el día del feminicidio y los días posteriores. Sin embargo, casi no se cuenta nada de la investigación, se deja entrever que Ángel González Ramos se fugó en esos días y nunca más dieron con él. ¿Por qué decidiste dejar fuera el relato de la investigación, si es que hubo realmente una investigación?

Cristina Rivera Garza: A mí me importaba mucho que en este libro Liliana fuera la protagonista, que su vida fuera la protagonista del libro. Y no quería que la búsqueda del expediente le quitara el espacio a Liliana. A Liliana le han quitado el espacio y el aire literalmente por mucho tiempo y quería que ahí estuviera ella a su aire. También me parecía importante dejar el libro con ese mensaje: hay un feminicida más impune, hay uno más que está por ahí; y dejar esta pregunta para que apareciera fuera del libro: hay un feminicida impune, hay una foto de él en el libro, si alguien tiene información, si alguien lo vio, si alguien lo reconoce, hay una dirección de email (elinvencibleveranodeliliana@gmail.com) en caso de que alguien quiera aportar datos, porque es un libro activista. Es un libro de restitución de la memoria, pero también busca romper con la impunidad y restituir el trabajo de la justicia. Y esa conversación es mejor tenerla ligada al libro, alrededor del libro, pero definitivamente no en el mismo lugar donde está la vida de Liliana y su respiración.

«La idea de restituir a Liliana empieza por restituirla en nuestra casa. Nuestra conversación sobre la vida de Liliana siempre va a ser muy dolorosa, pero al menos ya la podemos enunciar. Y ahora que mis padres recibieron el libro… creo que vamos a ir acoplándonos a la realidad de que Liliana está de regreso, no solo para nosotros, sino para más».

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Antes de despedirnos volvemos a sonreírnos, contentas y aliviadas, y nos confesamos mutuamente el vértigo que nos daba esta entrevista. La primera que Cristina dio sobre el libro: «No sabía si no me iba a largar a llorar en medio de la conversación», me dice. Y yo le digo que es la segunda entrevista que hago en mi vida y que también tenía miedo de ponerme a llorar por mi torpeza. Nos reímos. Nos prometemos que nos juntaremos pronto: una promesa llena de amistad, una expresión de deseo.

Cuando apago Zoom me quedo un rato mirando los álamos del parque. Se están quedando pelados porque el otoño ha comenzado hace rato, aunque un sol veraniego explote sobre ellos. El otoño que trata de imponerse sobre el verano invencible, el hermoso verano que no quiere irse.



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