Antonio Maura, un estadista cargado de ideales
Al cumplirse el primer centenario del fallecimiento de Antonio Maura, el hombre que entre 1903 y 1922 fue Presidente del Consejo de Ministros hasta en cinco breves ocasiones (siendo la segunda, de 1907 a 1909, conocida como «el gobierno largo de Antonio Maura»), la periodista y editora Paloma Abad repasa el legado de este político conservador que vivió y gobernó aferrado a sus ideales reformistas con la historiadora María Jesús González, autora de la biografía de referencia «Antonio Maura, el estadista en su laberinto» (Taurus, 2025).
Por Paloma Abad

Antonio Maura circa 1910. Crédito: Getty Images.
Antonio Maura fue presidente del Gobierno hasta en cinco ocasiones entre 1903 y 1922, durante la convulsa etapa política que coincidió con el reinado de Alfonso XIII y en la que España tuvo más de treinta gobiernos diferentes. No exenta de sombras, merece la pena arrojar una nueva luz sobre su figura, tan reivindicada como denostada, al cumplirse un siglo de su repentino fallecimiento el 13 de diciembre de 1925 durante una visita al Palacio del Pico, donde residía el Conde de las Almenas. La magnífica biografía Antonio Maura. El estadista en su laberinto (Taurus, 2025), firmada por la catedrática de Historia Contemporánea María Jesús González, ayuda a comprender sus aciertos, sus errores, su legado y cómo su integridad moral, su visión de la política como un servicio público (y no solo como política de partido) y la ausencia de intereses económicos fueron claves en su objetivo de mejorar las vidas de todos los ciudadanos.
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LENGUA: ¿En qué aspectos de la biografía política de A. Maura deberían mirarse los políticos actuales?
María Jesús González: Maura era un político liberal-conservador de principios del siglo XX (su vida política se desarrolla entre 1881 y 1923). Pertenecía, por tanto, a un universo liberal, de «democracia en construcción» (o democrazia in cammino como decía el historiador italiano W. Salomone). A ese mundo de ayer que retrataba Stefan Zweig. Su estilo o sus propuestas políticas podrían resultar obsoletos en nuestros días de «democracia posmoderna». Pero sí que hay elementos «esenciales», estructurales, en su actitud hacia la política y en sus valores que resultan atemporales y válidos. Por ejemplo, su concepto muy idealizado y sincero de la gestión política como política nacional, y no meramente de partido y mucho menos sometida a intereses económicos. Y también como una labor de servicio público. Tenía escasa ansia de poder y gran facilidad para dimitir o echarse a un lado. Su consideración por sus antagonistas políticos -a los que veía como adversarios y no como enemigos, incluyendo a los republicanos o al socialista Pablo Iglesias- y su apelación a la colaboración en el proceso parlamentario legislativo. Su profundo respeto por las instituciones (Monarquía, Parlamento) y su correcto funcionamiento bajo el paraguas constitucional liberal. Y, sobre todo, su sincera (obsesiva) pretensión de regenerar la política en esos años infestada de caciquismo, acompañada de una fe en la virtualidad de las leyes que algunos calificaban de «superstición legislativa». Propuso, por ejemplo, aprobar una «trilogía de leyes para dinamitar el sistema»: «dinamita puesta debajo de todo esto que suponéis que defendemos», les decía a los miembros de la oposición. Estos aspectos, más allá de los errores que cometió, y de sus actitudes a veces irritantes de superioridad ética, soberbia o escasa flexibilidad (de las que adoleció), podrían constituir elementos de referencia transversal.
LENGUA: ¿Era la política de principios del siglo XX tan bronca como la actual?
María Jesús González: En esos años de transición de política de las élites a la de las masas, se debatieron cuestiones cruciales y, si bien fueron excepcionales, hubo sesiones parlamentarias particularmente «agitadas», como la que describe la revista España: con «cuarenta y dos horas de motín parlamentario, una carretada de recíprocas injurias; varias contusiones causadas por vías de hecho; destruidos a garrotazos la mitad de los bancos y pupitres; la mesa presidencial coja; el Cristo de los juramentos aporreado, (…) tarareando unos el Himno de Riego, otros el Kirieleisón, Santa María». Pero el tono general en el Congreso o en el Senado, incluso en coyunturas críticas, era habitualmente respetuoso; los debates, desarrollados con atención a una cuidada oratoria, eran enriquecedores y llenos de contenido y argumentos; y el trato entre los políticos civilizado. Es cierto, no obstante, que había fuerzas «extremas» o simplemente externas al sistema con muy poca o ninguna representación o cauce en el Congreso y la conflictividad se podía desbordar en forma de manifestaciones o batallas campales en la calle o fieras campañas de prensa, como se refleja en el libro.
LENGUA: ¿Cuál fue el legado de Maura? ¿y del maurismo?
María Jesús González: El legado tangible de Maura se despliega en ciertas leyes de carácter reformista o modernizador que abrieron cauces o establecieron cimientos legislativos (como las de descentralización administrativa, profesionalización del cuerpo de funcionarios, las muy variadas leyes sociales y especialmente el INP, etc.). Pero el intangible se podría resumir en tres conceptos: parlamentarismo, regeneración e interés por activar una ciudadanía. Y deja también su rastro en algunos de los valores y actitudes políticas destacados anteriormente. El legado del maurismo (que se articula espontáneamente en torno al carismático líder caído) es bien diferente. Porque en sus dos líneas antagónicas, ambas reclamando representar a un Maura que jamás les acaudilló, se concentran propuestas opuestas. La línea demócrata cristiana quedó silenciada o en al exilio durante el franquismo. La línea autoritaria que sustentó (contra el parecer de Maura) la dictadura de Primo de Rivera y pervivió, en la dictadura de Franco, monopolizó la figura del líder conservador, la «marca» Maura, y contribuyó a crear una «versión» al tiempo hagiográfica, deformada y parcial del personaje y, con ella, un legado interesado en denostar el liberalismo y el parlamentarismo.
«Hay elementos esenciales, estructurales, en su actitud hacia la política y en sus valores que resultan atemporales y válidos. Por ejemplo, su concepto muy idealizado y sincero de la gestión política como política nacional, y no meramente de partido y mucho menos sometida a intereses económicos».
LENGUA: ¿A qué se debió su fracaso como estadista?
María Jesús González: En 1909, tras casi 30 años en la vida política, Maura había madurado y articulado su proyecto de estadista en todos los frentes. Para implementarlo contaba con un Partido Conservador en apariencia más unido y fuerte que nunca y dirigía un gobierno intensamente feraz, parlamentario, y dialogante. Fue uno de los más prolíficos en leyes sociales de la Restauración, cuajado de proyectos estructurales de orientación nacional que afectaban a la reorganización administrativa, electoral, jurídica, funcionarial y hasta la menos conocida, la reforma militar (incluyendo la eliminación de la odiada ley de Jurisdicciones). Era, por otra parte, uno de los políticos dinásticos más anti colonial y opuesto a la intervención en Marruecos o al nacionalismo de conquista -frente al nacionalismo de leyes homogeneizadoras, conmemoraciones y símbolos que cultivaría-. Pero se vio atrapado en una tormenta perfecta: una torpe e injusta leva de reservistas en Cataluña para una guerra colonial sobrevenida; un espectacular estallido de protesta en Barcelona y su brutal represión por parte de su Ministro de Gobernación y finalmente la injusta ejecución tras juicio militar de Ferrer Guardia, el impopular, (pero inocente) pedagogo librepensador, que Maura debería haber evitado con un indulto… aunque nadie lo solicitó. Entonces se quedó sin el apoyo del rey quien, por temor a las repercusiones de la espectacular campaña internacional (más que nacional), lo «defenestró». Por ello y también, en parte por su propia falta de flexibilidad derivada de su convicción de la injusticia cometida ante su «inocencia», perdió el apoyo de su partido, que acabó alejándose de él y consolidando un nuevo liderazgo (el de Dato) en 1913. Y todo ello, justo en un contexto de conflictividad sociopolítica creciente y fragmentación y deslegitimación partidista. Más allá de seguir ejerciendo como consejero áulico, o de «bombero» ocasional de la Monarquía, Maura era ya un estadista manqué: sin partido y sin el apoyo del jefe de Estado. Difícilmente en esas circunstancias podía desarrollar proyecto alguno, por muy excelso que fuera; de ahí su fracaso. Tampoco esa ciudadanía, esa colaboración de las masas neutras a la que apelaba, se materializó (el maurismo callejero constituyó su versión «hipertrofiada» y belicosa). Pero su fracaso lo fue también del sistema, que arrastró otras opciones y proyectos de interés.

El gobierno de concentración nacional de Antonio Maura (a la derecha) en 1918, un intento de unir a conservadores, liberales y regionalistas para afrontar la crisis del sistema de la Restauración. Crédito: Getty Images.
LENGUA: ¿Existe algún aspecto desconocido de Maura que se revele en este libro?
María Jesús González: Por una parte, se resalta su faceta profundamente civilista, anti militarista y anti pretoriana. Del ejército había dicho que había que «echar en la turquesa al Ejército entero, como se hace con los vasos contrahechos para sacar purificada la masa y moldearla de nuevo...», Quiso hacer una reforma militar que redujera drásticamente el número de mandos y también que alejara al ejército y la Armada de la política y la influencia cortesana: un precedente liberal de la que hizo Azaña. Y también propuso en dos ocasiones una ley democrática de «servicio militar obligatorio» (frente a la injusta «redención a metálico») que quedó sin aprobar. No es apenas conocido que Maura impidió en 1908 la utilización del ejército en la frontera del Portugal republicano «por razones disuasorias» y en 1911 un ataque abierto a la nación vecina: ambas propuestas impulsadas por Alfonso XIII por temor al ascenso del republicanismo portugués. Ese año Maura, «o homem que (...) salvou a paz da Europa», como decía la prensa lusa, impidió la movilización de tropas de la que el rey, Polavieja y otros militares habían convencido a Canalejas para atacar a Portugal. En 1917, el año de la triple crisis, ciertos militares quisieron potenciar una «dictadura» de Maura. Pero, además, un sector republicano, encabezado por Hermenegildo Giner de los Ríos, republicano radical y miembro de la Institución Libre de Enseñanza, incluso llego a entrevistarse con el presidente portugués para postular a Maura como presidente de una república federal. Parece que también había catalanistas próximos a esta idea ya desde 1915-16. Pocos saben, finalmente, que el dictador Primo de Rivera, tras interceptar la correspondencia del líder conservador y encontrar críticas abiertas a su régimen, estuvo a punto de encarcelarle y «sólo le salvaron sus canas». Maura moriría apenas dos años después. Más anecdóticos (y apenas conocidos) son su «puritanismo» económico y su desapego del espectáculo taurino. En el primer aspecto tenía una fijación: la de no involucrarse en negocio alguno que le hiciera resultar sospechoso de vincularse a ciertos intereses, incurriendo o siquiera dando la imagen de corrupción. Hasta el punto de no aceptar que le obsequiaran con billetes de tren: «que si no se imaginan que hasta los garbanzos los recibimos de gorra los políticos». Por otra parte, Maura, de acuerdo con el IRS, intentó en dos de sus gobiernos (1904 y gobierno largo) acabar con las corridas de toros en los domingos para favorecer la Ley de Descanso Dominical que reclamaban hasta los socialistas.
«Pocos saben que el dictador Primo de Rivera, tras interceptar la correspondencia del líder conservador y encontrar críticas abiertas a su régimen, estuvo a punto de encarcelarle y "sólo le salvaron sus canas". Maura moriría apenas dos años después».
LENGUA: ¿Cómo definirías la relación de Maura con el poder (especialmente con la Monarquía)?
María Jesús González: Maura nunca fue un político con ansia de poder, como ya se ha destacado. Tenía de hecho una visión exigente y hasta «sacrificial» de su función: por el bien de la Patria, o del sistema o de la Monarquía. Era algo que repetía constantemente en público y en sus escritos íntimos. Y también tenía una noción muy clara de su papel parlamentario y sus límites. Respecto a su relación con otras jerarquías, como la militar y sobre todo la Monarquía era igualmente exigente de que estas cumplieran sus funciones estrictas bajo el amparo y directivas constitucionales y, por tanto, del respeto constitucional e inter institucional. En el caso de la Monarquía, precisamente, su celo por protegerla y fortalecerla (reafirmando en el monarca un perfil civilista, apolítico y respetuoso de sus ministros y del Parlamento, simbólico de cohesión y representación nacional: above them and us), le llevó a una mala relación primero con la reina regente María Cristina «esa mujerzuela que mangonea nuestros destinos» -escribía en privado-, y sobre todo con el rey Alfonso XIII. Este era abiertamente pro militarista, con tendencia a las aventuras bélicas o coloniales y a intervenir políticamente estableciendo vinculación no neutral con políticos o partidos (liberales, conservadores o ultras) y, en general, no se mostraba demasiado respetuoso con la dignidad parlamentaria o de sus ministros. Alfonso XIII, que apodaba a Maura el «superhombre» y se dirigía a él como «Don Antonio» (a diferencia del resto de los políticos a los que trataba de tú), nunca tuvo buena relación con este político exigente que le instaba a vestirse de civil, le hacía trabajar duro recorriendo España para popularizar la Monarquía entre la población (medio en serio medio en broma, el rey le pidió la «jornada de ocho horas»), le obligaba a «humillarse» escuchando teatro en catalán, le ponía límites y cortapisas en sus ambiciones imperialistas y que, en definitiva, elevaba su papel simbólico recortando su iniciativa y actividad política.
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