Carlos Zanón por Laura Ferrero: la Barcelona Z, una aproximación a una ciudad de fantasmas
Con «Objetos perdidos» (Salamandra, 2026), Carlos Zanón regresa a su territorio más reconocible —la Barcelona nocturna, los márgenes, los personajes a la deriva— para articular una novela que combina investigación criminal y exploración íntima. La historia sigue a Álex Gual, un abogado especializado en encontrar personas desaparecidas que, paradójicamente, vive instalado en el deseo de borrarse del mundo. A partir de esta figura central, la novela reactiva algunas de las obsesiones que atraviesan toda la obra de Zanón —la ciudad como organismo vivo, la música como forma de educación sentimental y el deseo como motor y herida—, y las condensa en una trama de desapariciones que es también una indagación sobre la identidad, la soledad y la dificultad de sostener la propia vida en una Barcelona que a veces parece engullir a quienes la habitan.
Por Laura Ferrero

Carlos Zanón. Crédito: Lupe de la Vallina.
En el prólogo a la nueva edición de Yo fui Johnny Thunders, el escritor Carlos Zanón (Barcelona, 1966) explica que cada una de sus historias nace en un clic. «Hasta que no veo algo extraño, la cabeza no me hace clic». En Objetos perdidos, su última novela (Salamandra, febrero de 2026), ese clic procede de la digitalización de una cinta de vídeo familiar. En las imágenes, varios adultos rodean y festejan a una bebé recién bautizada mientras fuman sin parar y la envuelven en humo, algo que hoy nos resultaría impensable. Pero ese no es el detalle en el que Zanón se detiene. Lo que desajusta la escena es otra cosa: un niño que observa desde cierta distancia, en segunda fila. Un niño retraído que, por la forma en que mira, parece no pertenecer del todo a ese lugar. Es un niño gordo —así lo define el propio Zanón—. Un niño que, además, se llama Carlos Zanón. Y es ahí donde nace la pulsión de la historia. No hay nada tan inquietante como reconocerse en la piel de un niño al que, en algún momento, quisimos olvidar.
Objetos perdidos cuenta la historia de Álex Gual, un abogado adicto a la cocaína al que, bajo las mangas del disfraz adulto, se le transparenta un Niño Gordo con el que mantiene un diálogo constante. Gual se gana la vida encontrando personas desaparecidas mientras pierde, poco a poco, las cosas esenciales de la suya. Dos sucesos ocurridos en Barcelona —la muerte accidental de un jugador de rugby australiano y la desaparición del británico Andy Cox con apenas un mes de diferencia— activan la trama, pero es ese niño interior quien verdaderamente fiscaliza su vida: le recuerda que lo interesante siempre sucede en otra parte, que la felicidad pertenece a los otros y que él habita, por defecto, en una eterna segunda fila, la del espectador.
La bibliografía de Zanón está poblada por personajes que comparten esa dualidad: Francis en Yo fui Johnny Thunders, Sandino en Taxi, ahora Álex Gual. Todos sospechan que lo mejor ya ha ocurrido o está a punto de escapárseles. Son hombres —y también mujeres— que fantasean con huir y, al mismo tiempo, con que alguien los espere en casa; personajes atravesados por una mezcla de ternura y autoboicot, de lucidez y ceguera voluntaria. Y todos arrastran, en el fondo, la misma pregunta: si están a la altura de lo que desean o si, como la ciudad que habitan, han llegado siempre un poco tarde a su propia historia.
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Laura Ferrero: Me da la sensación de que esta es tu novela más personal. Que, más allá de la trama, el verdadero antagonista es el Niño Gordo.
Carlos Zanón: Sí, puede ser. El clic fue, desde luego, el Niño Gordo. Me acordé de una grabación de un bautizo que unos amigos digitalizaron. Hay un momento en el que aparezco yo, pero no cómo me recordaba. Estoy gordo, retraído, en segunda fila, mirando cómo comen los demás. Me impresionó mucho. Pensé: no hemos llegado tan lejos. Ese niño sigue ahí.
Laura Ferrero: En Objetos perdidos, Álex Gual vive en la habitación más amplia de un hotel llamado Excalibur y el único objeto que nos hace pensar que ese lugar está habitado es una fotografía de Juliette Binoche durante el rodaje de Los amantes del Pont Neuf. ¿Qué representa esa fotografía y esa obsesión por Binoche?
Carlos Zanón: No es Juliette Binoche. Es todo aquello que sientes fuera de tu alcance. El Niño Gordo te dice: «Eso no es para ti». Si ella llamara a Álex Gual para quedar, seguramente se quedaría en casa viendo un documental. No se atrevería. Ni yo. (risas)
Laura Ferrero: Objetos perdidos no es solo la exploración íntima de un personaje en crisis; también se articula alrededor de una investigación muy concreta, vinculada a hechos reales ocurridos en Barcelona. ¿En qué momento aparece esa trama y qué fue lo que te atrapó de ella?
Carlos Zanón: Hubo dos casos reales. Un jugador de rugby australiano que murió al caer por una escalera en Barcelona. Lo localizaron por el sonido del teléfono. Ese detalle se me quedó. Luego, otro jugador desapareció y nunca apareció. Drenaron zonas del puerto y nada. Me interesó esa idea de que la ciudad se coma a alguien.
Laura Ferrero: ¿Fue otro clic narrativo?
Carlos Zanón: Sí. Investigué, leí sobre desapariciones, hablé con gente vinculada al rugby. Durante un tiempo pensé que la novela iría por ahí. Luego apareció la idea de un detective que encuentra personas, pero pierde cosas. Y la trama empezó a encajar.
Laura Ferrero: Pero la trama no es lo principal.
Carlos Zanón: No. La trama es una excusa. Lo que importa es hasta dónde puede llegar la obsesión de alguien. Como en Moby Dick: no importa tanto la ballena como la obsesión.
«Podemos hablar de cualquier identidad sexual, pero cuesta mucho admitir la ausencia de deseo. Decir "no tengo ganas" parece más grave que decir "no te quiero". Y, sin embargo, la realidad es que a veces no apetece, y eso no significa nada dramático».
Laura Ferrero: Y en Álex Gual esa obsesión parece desplazarse de la investigación hacia algo más íntimo. Me llamó la atención su construcción: es un detective, pero no responde al modelo clásico, no parece guiado ni por el deseo ni por el sexo.
Carlos Zanón: Exacto. Me interesaba quitarle esa virilidad automática. Si le quitas a un hombre la obligación de desear constantemente, aparece otra cosa. Y no estamos acostumbrados a decodificar a hombres que no quieren tener sexo todo el tiempo.
Laura Ferrero: Hay casi un tabú ahí.
Carlos Zanón: Sí. Podemos hablar de cualquier identidad sexual, pero cuesta mucho admitir la ausencia de deseo. Decir «no tengo ganas» parece más grave que decir «no te quiero». Y, sin embargo, la realidad es que a veces no apetece, y eso no significa nada dramático.
Laura Ferrero: También entra en juego la relación con el cuerpo y con la droga.
Carlos Zanón: Claro. Existe una fantasía sobre la cocaína como símbolo de potencia, pero la gente muy drogada no tiene deseo. No funciona así. A mí me interesaba desmontar esa idea y pensar qué queda de un personaje cuando el deseo desaparece.
Laura Ferrero: Y, aunque en esta novela la música quizá no tenga el peso explícito de otras, tus personajes siguen siendo difícilmente comprensibles sin ella. Antes que lector, fuiste oyente. ¿La música fue tu verdadera escuela literaria?
Carlos Zanón: Totalmente. Yo empecé a escribir traduciendo canciones de la radio. Esperaba que el locutor explicara la letra y entonces escribía un poema con lo que yo creía que decía la canción. No tenía libros en casa: la música fue el primer territorio donde conecté con las palabras.
Laura Ferrero: ¿Qué te daba la música que no te daba la literatura en ese momento?
Carlos Zanón: Era cultura popular, un código que tus padres no entendían. Tenías la sensación de que alguien en Detroit había escrito una canción para ti. Eso era fascinante. Y luego estaban los modelos: Lou Reed, los Ramones… esa idea del artista electrificado, del poeta popular. Yo quería ser eso.

Carlos Zanón. Crédito: Lupe de la Vallina.
El otro elemento sin el que no pueden explicarse sus personajes, ni él mismo, es la ciudad: Barcelona. Para Carlos Zanón no es un decorado, sino un organismo que respira, se equivoca y recuerda. No le interesa la postal inmóvil del Passeig de Gràcia ni la Barcelona monumental que se deja fotografiar; le atrae la que cambia de dueño, la que se mueve en los barrios, la que late en bares anodinos y hoteles sin categoría. La misma que habita Álex Gual: una ciudad de márgenes.
Es un espacio vivo, pero también fantasma. Cada esquina está poblada de capas de memoria: allí lo dejaron una vez, allí estaba la bodega donde se reunían sus amigos, por esa calle bajaba su abuela con la bolsa del mercado. Caminar por Barcelona es dialogar con quienes fuimos y con quienes estuvieron antes; es avanzar sobre una superposición de vidas. Zanón le atribuye un carácter muy concreto, y nada épico: es una ciudad que ha perdido todas las guerras y que vive con la sospecha de que todo puede ir a peor. Demasiado española para unos, demasiado catalana para otros, siempre parece elegir mal, girar tarde, llegar a destiempo. Y, sin embargo, en esa obstinación orgullosa hay algo profundamente tierno. En sus novelas, Barcelona es bonita a pesar de sí misma.
Laura Ferrero: ¿Sientes que tu imagen de Barcelona ha cambiado en tus novelas?
Carlos Zanón: Sí. En Yo fui Johnny Thunders está muy presente la idea del regreso al barrio, de buscar algo del pasado donde quizá eras más feliz. En Taxi hay más viaje, más deriva. En Objetos perdidos quizá hay menos rabia hacia la ciudad.
Laura Ferrero: En esta última la ciudad parece más disgregada, más marginal.
Carlos Zanón: Puede ser. Antes estaba la Barcelona eléctrica que yo recordaba con ojos jóvenes. Ahora hay más lugares inventados o simbólicos: el Excalibur, el bar Donna Summer… Hay menos nostalgia y quizá más aceptación.
Laura Ferrero: Has dicho que has hecho más las paces con ella.
Carlos Zanón: Sí. De joven pensaba que viviría en muchas ciudades, que me casaría con una búlgara, con una japonesa… (ríe). Ahora asumes que quizá te quedas. Y cuando asumes eso, la relación cambia. Hay menos rabia.
«Antes estaba la Barcelona eléctrica que yo recordaba con ojos jóvenes. Ahora hay más lugares inventados o simbólicos: el Excalibur, el bar Donna Summer… Hay menos nostalgia y quizá más aceptación».
Su Barcelona, la de niño, se circunscribe a una calle sin salida, la Font d'en Fargues, en el Guinardó, donde Zanón aprendió pronto lo que significa estar dentro y fuera a la vez. Desde la casa que había construido su abuelo podía ver la ciudad extendida al fondo, pero esa distancia le confirmaba una intuición temprana: la Barcelona real —la que importaba— parecía ocurrir siempre en otra parte. Para sus abuelas, bajar al centro era «ir a Barcelona», un acontecimiento que exigía vestirse de otra manera, como si no se pudiera entrar en ella sin cierto ceremonial. El niño que miraba desde la terraza estaba convencido de que la vida —la chica con la que se casaría, los amigos que todavía no tenía— lo esperaba en algún punto impreciso de ese mapa lejano. Él, mientras tanto, vivía en esa calle sin salida, en una suerte de aislamiento tranquilo.
Esa conciencia de periferia, de extranjería doméstica, se le quedó adherida. Cuando a los catorce años empezó a coger el autobús hacia Plaza Cataluña y a caminar por Las Ramblas, descubrió una ciudad eléctrica, imprevisible, donde todo parecía posible: comprar discos de segunda mano, perderse entre escaparates, ensayar una nueva identidad. Durante unas horas estaba en el lugar donde ocurría la vida. Después regresaba a casa y a las diez ya estaba sentado frente al televisor con sus padres. Pero algo había cambiado: había probado la intensidad de estar —aunque fuera de prestado— en el centro del mundo.
La imagen de ese niño que observa la ciudad desde la distancia remite a una lógica cercana al inolvidable Jay Gatsby: asistir a la vida sin sentirse del todo dentro de ella. Mirar el mundo fascinado por unas lejanías que, quizá, perderían su brillo en el momento en que fueran alcanzadas. Eso es, en gran medida, lo que les ocurre a los personajes de Zanón: viven orientados hacia un lugar —una vida, un amor, una intensidad— que siempre parece suceder en otra parte.
En Álex Gual se condensa esa tensión: anhela lo que está fuera de su alcance, pero teme el instante en que el deseo deje de ser fantasía y se convierta en presencia real. Y ahí Objetos perdidos deja de funcionar únicamente como relato para desplazarse hacia algo más incómodo: una indagación sobre los límites del deseo y sobre lo que estamos dispuestos —o no— a sostener cuando aquello que imaginamos se vuelve posible.
Laura Ferrero: Toda buena novela plantea una pregunta.
Carlos Zanón: Sí. Las malas novelas cierran, dan respuestas; las buenas dejan algo abierto. Tú escribes desde una inquietud y el lector se marcha con ella.
Laura Ferrero: Y eso conecta con el núcleo del noir que te interesa, con esa idea de fondo: «¿qué harías tú?».
Carlos Zanón: Exacto. Como en El cartero siempre llama dos veces: ¿qué fronteras serías capaz de cruzar para obtener lo que deseas?
Y quizá esa sea también la pregunta que atraviesa toda la obra de Zanón: qué hacemos con aquello que deseamos. Si, como decía Virginia Woolf, una novela es algo que le pasa a alguien en un momento y en un lugar, entonces tal vez haya que imaginar que todas estas historias le pasan, en el fondo, a un niño en un barrio. A ese niño de un vídeo doméstico que observa desde la segunda fila y que encuentra en la escritura el lugar desde el que, por fin, ocupar el centro de la escena. Un niño que mira la ciudad desde ese territorio originario al que, de un modo u otro, siempre termina regresando.
Por ello, permitidme cerrar con el último pasaje de Taxi. No hay riesgo de spoilers: es apenas una ensoñación. Sandino, liberado —hasta ahí podemos leer—, imagina su regreso al barrio que lo vio nacer, el Guinardó. Pero se dice que no volverá ahora, sino otro día: «en un avión de esos a propulsión a chorro, dibujando entre las nubes, a la altura del barrio, "¡sandinista!", para que sepan de su lealtad aún inquebrantable, inútil, absurda y hermosa».

