Catherine Lacey: «Todos los escritores son outsiders. No creo que haya ninguno que diga: "Nací en el lugar correcto"»
De niña, jamás se imaginó teniendo una carrera. ¿Cómo? ¿Acaso la escritora que ha creado a X, la mujer que contiene multitudes en ese artefacto clarividente —mezcla de verosimilitud y «fake», de lo real y lo posible, puro «momentum» contemporáneo condensado—, ese clásico instantáneo llamado «Biografía de X» (Alfaguara), su cuarta y ambiciosa, valiosísima, novela, se consideró, en otro tiempo, incapaz de ser ella misma? Oh, no era exactamente eso. Era que el lugar en el que creció, Tupelo, Misisipi —donde la tercera generación de su familia regenta un delirante enclave turístico, la Compañía Tupelo Hardware, la tienda en la que la madre de Elvis le compró su primera guitarra—, parecía más un lugar sacado de la Norteamérica de los años 50 del siglo pasado que de los años 90. Y no se esperaba demasiado de las chicas. Bastaba con que se casaran y tuvieran hijos. «Yo no podía aspirar a ser escritora, aunque no hacía otra cosa que escribir. Yo sólo podía preguntarme cuántos niños iba a tener cuando creciese», dice la escritora, que inevitablemente dibuja, con su magnética prosa —siempre, cada vez, una voz que te ata a un cerebro distinto, y te permite vivir en él durante un tiempo: eso ocurre en «Nunca falta nadie», su primera novela, publicada originalmente en 2014, y en «Las respuestas», la segunda (2017), y sobre todo en «Biografía de X» (2023), y no tanto en «Altar» (2020), en realidad, nada en «Altar», porque ahí la voz es múltiple, se basa en la mirada, en las miradas de los habitantes de un pueblo—, un golpe frontal a todo eso que no podía ser posible, abriendo espacio a otra realidad, una en la que esa protagonista es cada vez única, y, por más perdida que esté, acaba encontrándose. Oh, en la literatura de Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 40 años) siempre hay una mujer borrosa, que vuelve a verse, de alguna forma. Y quizá sea porque ella misma pasó demasiado tiempo creyendo que jamás podría hacerlo. Que jamás se vería. Recuerda que iba a la iglesia cinco días a la semana. Y que le pidió al chico que le gustaba en el instituto, por carta, que dejase de fumar, porque ¿acaso no sabía que su cuerpo era un templo? Recuerda que creía ciegamente en la existencia del Demonio, y el Mal, porque «¡los adultos decían que existía! ¿Y por qué no debía creer a los adultos?», se pregunta. También recuerda que su madre le pidió el divorcio a su padre en 1990, cuando nació su hermana, y que su padre le dijo que ni pensarlo. «Estuvieron casados 11 años más. Impensable, ¿verdad? En los 90, cuando una mujer quería separarse, se separaba, ¿no? No en Tupelo», dice. Y se ríe. Se ríe mucho Catherine. Está a punto de publicar un nuevo libro. Es a la vez un «memoir» y una «nouvelle». Tiene una cubierta a cada lado, y puede empezarse a leer desde cualquiera de las dos. Porque las dos acaban en el mismo lugar. En ese en el que empieza todo. ¿Cómo se llama el libro? «The Möbius Book». Oh, pero eso aún está por llegar. Lo que ya ha llegado es todo lo demás. Y ella misma. Está aquí, y todo son respuestas. Sigan leyendo.
Por Laura Fernández

Catherine Lacey. Ilustración de Yolanda del Pino a partir de una fotografía de Lauren Volo.
El lugar es Barcelona, y el hotel es un hotel repleto de extrañas máscaras tribales. Ídolos tallados en madera expuestos en vitrinas. Hay un bar pero no hay nadie detrás de la barra, así que es ella, Catherine Lacey, la que sirve un par de vasos de agua. Sonríe, lleva una camiseta sin mangas, luce sus tatuajes —misteriosos clips— y acaba de llegar de Madrid, y dice que ha estado en Barcelona un par de veces antes. Que en 2014 pasó dos semanas en la ciudad, sola, y que el año pasado pasó una. Vino con su marido, el escritor mexicano Daniel Saldaña París. Le gusta viajar. Siempre le ha gustado. Es a la vez Elyria, la protagonista de Nunca falta nadie (Alfaguara, 2016), su primera novela, que toma un día un vuelo a Nueva Zelanda —abandonando su estable pero, en ese momento, aburrida y existencialmente insoportable vida en Nueva York— y se dedica a viajar en coches de desconocidos, y a tener encuentros salvajemente surrealistas; y Mary, la protagonista de la segunda, Las respuestas (Alfaguara, 2018), un alguien a quien el Vacío, con mayúsculas, ha dejado en una cuneta de la que salir podría consistir en formar parte de un distópico experimento —ser la novia que escucha y siempre comprende a una estrella de Hollywood que ha decidido coleccionar prototipos de novia, entre ellas, la Colérica, una con la que sólo discute, para, paradójicamente, reencontrar su camino hacia una relación auténtica—, y que antes solía viajar, y mucho, con su mejor amiga ahora misteriosamente desaparecida —y firmante de cartas que parecen llegar desde el Más Allá— Chandra. «Sí, es curioso. No había pensado en lo que hablo de mi necesidad de viajar, y estar en otros lugares, en mis novelas. Sobre todo en esas dos. No tenía dinero, pero tenía una necesidad imperiosa de viajar. Como Elyria, me fui a Nueva Zelanda, y no gasté nada, porque trabajé en una granja durante tres meses. Era como viajaba antes. Ahora, gracias a que escribo y me publican —jamás pensé que podría sólo escribir, ¡me he pasado tanto tiempo teniendo dos trabajos!—, viajo todo el tiempo», dice. También dice que por entonces vivía en Nueva York y que el invierno era demasiado frío, insoportable, y que siempre intentaba pasar los peores meses, los más helados, fuera. ¿Sus escritores favoritos? Uhm, demasiados, dice. Pero si lo piensa, la primera que menciona es Fleur Jaeggy, la escritora suiza en lengua italiana que habla con su máquina de escribir y es capaz de condensar mundos completos —y extremadamente extraños—, mundos como pequeñas revelaciones, mundos de voz interior, y delicioso absurdo. «Intenté conocerla, pero es demasiado mayor. Ya no recibe visitas», dice Lacey. «Me fascina su poder. Todo lo que es capaz de hacer con muy poco», dice también. No le importa si a alguien le parece mal que diga que le fascina W.G. Sebald porque le fascina. También le gusta Lydia Davis, y le gusta Rachel Cusk, y Donald Antrim —«¡es tan raro!»—, y Lucy Sante, «todo lo que ha hecho es buenísimo», dice. También dice que siempre se ha sentido una outsider. Y siempre ha tenido otro trabajo, y ha escrito. «Trabajos de todo tipo, en cocinas y cosas así. Mi padre estaba harto. Me decía: Busca un trabajo normal, hija. Y yo le decía que no podía ser escritora si tenía un trabajo normal. Tenía que encontrar trabajos a tiempo parcial que me permitiesen escribir», dice. «Pero mi padre no quería que escribiera. Ni siquiera quería que lo intentara. No le veía ningún sentido», dice también. Y: «Pues bien, lo decía y yo más quería ser una maldita escritora, ¡no iba a plantarme en la puerta de la facultad de Derecho ni en la de Medicina, como él quería, para encontrar un marido! Oh, me decía, ahora que eres joven aún, ¿quieres hacer el favor, Catherine? ¡Pues no!».
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Laura Fernández: Estoy completamente en shock. ¿Creciste en un lugar en el que los años 90 eran los años 50? ¿Y cómo has llegado hasta aquí?
Catherine Lacey: Cuando mi padre me dijo eso de que fuese a buscar un estudiante de Derecho para casarme, yo ya iba a la universidad. Estaba en Columbia y salía con un chico que estaba en mi clase y que también quería ser escritor. Me enfadé muchísimo. ¿Qué clase de falta de respeto era esa? El mundo en el que había crecido. Yo escribía desde niña. Relatos, poemas. Incluso tuvimos un periódico de la familia, y del vecindario, y hacíamos obras de teatro en casa con mis hermanos. Pero yo no me veía como escritora entonces. Pensaba que era lógico que, si leía, también escribiría, pero que lo haría por placer, para mí, sin más ambición. Las mujeres no hacían carrera en el mundo de la cultura en Tupelo, ni en ningún otro. Por eso mi madre tardó 11 años en divorciarse. Es como que, socialmente, no tenía permiso para hacerlo.
Laura Fernández: ¿Por qué?
Catherine Lacey: En Tupelo fue donde empezó una cosa llamada American Family Association.
[Les cuento, antes de que ella continúe: la American Family Association es una organización fundamentalista cristiana estadounidense. Fue fundada en 1977 por el reverendo Donald Wildmon con el nombre de National Federation for Decency. Su centro de operaciones estaba en Tupelo, sí].
(...) En los años 90 no teníamos internet, ni ningún acceso a contenido que estuviese allí, y todo lo que podíamos leer era la Biblia. Controlaban la televisión que veíamos, y el cine que llegaba a Tupelo. Iba a la iglesia cinco días a la semana. Y todo lo que se salía de la norma, no era normal. Una mujer que no fuese madre no era normal. De ahí que, aunque escribiera desde niña, sólo pensase en la cantidad de niños que iba a tener de mayor, porque era imposible que me identificase con las escritoras. ¿Cómo iba yo a ser Sylvia Plath? Yo era muy consciente de todo lo que las mujeres no podían hacer. Y no tenía un interés especial en tener niños. Tampoco en quedarme en Misisipi. Siempre pensé que había nacido en el lugar incorrecto. No encajaba. Siempre pensaba que ojalá hubiera estado en otra parte, pero estaba allí.
«(...) Iba a la iglesia cinco días a la semana. Y todo lo que se salía de la norma, no era normal. Una mujer que no fuese madre no era normal. De ahí que, aunque escribiera desde niña, sólo pensase en la cantidad de niños que iba a tener de mayor, porque era imposible que me identificase con las escritoras. ¿Cómo iba yo a ser Sylvia Plath?».
Laura Fernández: Por eso hay algo religioso en el ambiente de todas tus novelas. Algo que está ahí, y de lo que la protagonista intenta escapar. Pero la rodea. Uhm, ahora entiendo mejor que eso que las presiona es algo muy concreto, y tiene que ver con una parte fundamental de sí mismas, en todos los casos. Algo intenta atraparlas, y ellas huyen.
Catherine Lacey: El primer libro que leí fue la Biblia. Me obsesioné con él, obviamente. Como iba a la iglesia todo el rato, la Biblia era muy importante. Recuerdo los campamentos de verano en los que éramos todo chicas. Y a los adultos diciéndonos que la astrología era el demonio, que las bandas de chicos eran el demonio, que todo era el demonio. Yo me lo creí. ¡Vivíamos rodeadas de cosas demoníacas! El Demonio estaba siempre tratando de llevarte a su terreno, tenías que mantenerte firme y resistir. ¡Oh, Dios mío! (grita, y se ríe) ¿Puedes creértelo? Yo creía que era un personaje de la Biblia, y que Dios hablaba conmigo todo el tiempo, que me enviaba mensajes. ¡Todo era muy intenso! Yo me decía: Vale, existen los libros, pero luego están los libros que son la realidad, y la Biblia era ese tipo de libro, un libro distinto, que hablaba de lo que pasaba de verdad. Era increíble. Me chivaba de los niños en clase, hice eso de la carta pidiéndole al chico que me gustaba que dejara de fumar porque iría al Infierno si no lo hacía, y él pensó que estaba loca, pero yo seguía rezando por él por las noches. ¡Era una extremista! Me di cuenta entonces de que debo tener cuidado de aquello en lo que creo, o a lo que me entrego, porque me entrego sin condición. En otro universo, yo podría tener ahora mismo 15 hijos.
Laura Fernández: Es fascinante. ¿Y qué pasó? ¿Cuándo se produjo el momento de ruptura? ¿Qué clase de lucha se desató dentro de ti?
Catherine Lacey: Bueno, la cosa fue lenta. Digamos que entre los 15 y los 20 estuve desacralizándome, o saliendo de la religión. No fue fácil. Deberíamos tener cuidado con lo que hacemos creer a los niños. A mi primer novio, al que quise muchísimo, le dije que si quería tener sexo, tendríamos que casarnos. Cuando al cabo de un montón de años se lo conté a mi madre no se lo podía creer. ¿De verdad creías en eso?, me preguntó. Fui célibe durante mucho tiempo. Y aún siento que si hubiera perdido la virginidad entonces la ira de Dios se habría abatido sobre mí. Es una sensación física.
Laura Fernández: ¿Y ahora? ¿Cómo estás ahora?
Catherine Lacey: Ahora estoy bien. Hace diez años estaba muy jodida, y me sentía como en una novela de John Steinbeck, confundidísima, porque nada estaba resultando, y pasaba 15 horas a la semana en la iglesia. Perdí la cabeza un tiempo. Con un pasado así, puede ocurrirte. No puedes escapar fácilmente, es demasiado fundacional, forma parte de ti, es una experiencia que te define de alguna forma. Y me alegro de haber tenido esa experiencia, pero también me alegro de haber salido. Escribo sobre ello en el libro que está a punto de publicarse.

Catherine Lacey en una imagen tomada en Madrid en junio de 2024. Crédito: Lisbeth Salas.
Laura Fernández: Bueno, de alguna forma también toda esa parte sobre el Sur que hay en Biografía de X, la novela artefacto, la novela que es la historia de una mujer que llega a ser una destacada figura de la intelectualidad porque los años 70 no fueron exactamente como fueron sino mucho más igualitarios —hasta el punto de que en la novela se preguntan si los hombres podrán alguna vez crear auténtico arte, como se considera en ese mundo paralelo que lo hacen las mujeres, sustrayéndose de su condición de hombres, en un guiño a la situación contemporánea inversa—, y que nadie conoce en realidad porque es a la vez muchas cosas, es un Orlando del siglo XXI.
Catherine Lacey: ¡Vaya! Creo que fue mi agente la que me dijo que leyera Orlando porque cuando la leyó pensó también que tenía mucho que ver con la novela de Virginia Woolf, pero yo no la había leído entonces. ¡Qué curioso! Sí, sin duda, el mundo tenía que adaptarse a la posibilidad de que X fuese una auténtica figura central de la intelectualidad mundial, y eso sólo podía ocurrir si era tan respetada como un hombre, así que necesitaba ese cambio en el mundo de fondo. Y, sin embargo, pese a ese cambio, el mundo sigue siendo sexista, porque nada se va a acabar nunca. El mundo que imaginamos desde el feminismo sólo aspira a la igualdad, y considera que en la igualdad no habrá conflicto, pero lo habrá, porque no dejamos de ser seres humanos. Hay cierta esterilidad, en ese sentido, en los movimientos ideológicos, porque son demasiado utópicos. Incluso en un mundo en el que las mujeres tuviesen el mismo espacio, y fuesen respetadas por igual, y entendidas por igual, seguiría existiendo el sexismo.
Laura Fernández: Tengo una curiosidad enorme por cómo da comienzo una novela de Catherine Lacey. Porque hay siempre en ella una voz tan poderosa. ¿La buscas, la encuentras? ¿Cómo ha sido en cada caso?
Catherine Lacey: Uhm. Pues en cada caso ha sido distinto. Podría empezar por el principio, y contarte que escribí durante al menos cinco años, cada día, de forma obsesiva, hasta que encontré la voz de Elyria, la narradora de Nunca falta nadie. Hay como un momento de conexión entre esa que eres cuando escribes, y la persona a la que estás tratando de dar vida en el papel. Y recuerdo exactamente cuando se dio mi conexión con Elyria, y pensé: ¡Lo tengo! ¡Aquí está la novela! Porque a partir de entonces era ella. Estaba tan harta como ella de todo. Y recuerdo que entonces trabajaba con mis amigos en un Bed & Breakfast que habíamos montado en Brooklyn, y que les contestaba fatal, y que no quería que me hablasen nunca, y pensé: ¡Qué horror, esto debe de ser escribir de verdad! ¡Convertirme en una persona insoportable! Pero no es así. Fue así entonces. Porque el personaje de alguna forma quería que estuviese con él todo el tiempo.
«El mundo que imaginamos desde el feminismo sólo aspira a la igualdad, y considera que en la igualdad no habrá conflicto, pero lo habrá, porque no dejamos de ser seres humanos (...). Incluso en un mundo en el que las mujeres tuviesen el mismo espacio, y fuesen respetadas por igual, y entendidas por igual, seguiría existiendo el sexismo».
Laura Fernández: Me encanta. Hay cierto método interpretativo también, veo.
Catherine Lacey: ¡Sin duda! Por eso me gusta la primera persona. Porque se parece a ser actriz. A tener que interpretar un personaje. Parece una performance. De verdad que el tiempo que paso escribiendo sobre la voz que sea, o sea, dentro del cerebro del personaje que está narrando la historia, soy también esa persona.
Laura Fernández: ¿Y te costó entonces encontrar a Elyria?
Catherine Lacey: En el caso de Elyria, hay una sección en el libro en la que se dirige a su marido, y ella utiliza una metáfora muy rara, y era algo que yo había leído ese día, y cuando lo vi en la página, pensé: Ahí está, esa es ella. Entonces revisé todo lo que había escrito antes, y le di esa forma. Pasé años tratando de acercarme a ella. La verdad es que algo muy físico. Al principio, yo era ella, pero no me sentía ella, porque no es una novela autobiográfica, pero a medida que fui trabajando en la historia, me fui volviendo también ella. Debía tener 25 años entonces. Trabajé mucho sin saber que lo que necesitaba era conectar. Nunca estaba satisfecha. Recuerdo el momento en el que pensé que por fin había creado un espacio para ella. No sé. Recordé mis clases de escultura en la universidad, y me dije que era como si hubiese creado una escultura imaginaria.
Laura Fernández: ¿Y el proceso ha sido siempre el mismo?
Catherine Lacey: No siempre es igual. Los parámetros son siempre distintos. Empecé a escribir Las respuestas antes de que se publicara Nunca falta nadie, porque mis amigos me dijeron que debía tener la cabeza ya en otra cosa cuando empezase la promoción, para no quedarme estancada. Necesitaba tener una sensación de futuro, estar instalada un poco en él. Ahora mismo es la primera vez en que no la tengo, pero todo es distinto ahora, porque tampoco tengo por qué tener otro trabajo. Con Las respuestas, en cualquier caso, fue distinto, porque la voz de Mary es casi opuesta a la de Elyria. No sabe que está ahí. Fue fácil convivir con ella. No lo fue convivir con Elyria.

Catherine Lacey en una imagen tomada en Madrid en junio de 2024. Crédito: Lisbeth Salas.
Laura Fernández: ¿Y con Altar, que es el libro que no parte de una voz, el único por el momento?
Catherine Lacey: Con Altar fue todo radicalmente distinto. Porque es el único de mis libros que empezó siendo un concepto. Quería presentarme a una beca, beca que no me dieron, por cierto, y tuve que escribir un puñado de páginas de ejemplo, y exponer la idea, y lo que pretendía, cosa que no había hecho nunca. Lo hice antes de que se publicara Las respuestas. Y justo en ese momento se estaba produciendo un gran cambio en mi país. Se acercaban las primeras elecciones en las que Trump sería elegido, y todo empezaba a estar muy revuelto. Yo soy del sur, y nunca había escrito del sur. Y en aquellos días estaba sufriendo una experiencia existencial salvaje con la brutalidad del racismo norteamericano. Hasta tal punto que me sentía como fuera de mi cuerpo. Irreconocible. Sentía un vacío enorme. A lo mejor era sólo una depresión, pero yo qué sé. Estaba fatal. Y muy asustada. Y entonces pensé que podía colocar a ese alguien sobre el que nadie se pone de acuerdo qué es exactamente en un pequeño pueblo. La escribí muy rápido, como en un mes. Luego la reescribí más de una vez, pero básicamente, el personaje era una ausencia. Es una persona, pero no tiene recuerdos. Es la novela que he escrito de forma más caótica. Daba clases, me mudé tres veces, me metí en algunos líos...
«Ahora vivo en México, y soy claramente una forastera, ¿y sabes qué? Me siento mejor. Mejor que nunca. La deslocalización me gusta. Tengo derecho a sentirme distinta allí, porque de verdad lo soy. Tener que aprender otra lengua, todo. Por eso me gusta tanto Nueva York, aunque es una pena no poderme permitir vivir allí».
Se ríe, divertida.
Por esa época, la época en la que escribió Altar —la historia de, sí, un forastero, o forastera, que aparece en un pequeño pueblo de Estados Unidos, del que nadie sabe nada, ni siquiera puede determinarse la raza, ni la edad, ni por supuesto, el sexo, y él conoce el idioma en el que le hablan, o ella, pero no quiere pronunciar palabra, así que es un misterio enorme—, ya andaba pensando en Biografía de X, un monumental artefacto —y un juego en sí mismo, la biografía de un personaje que no existió pero que se juega a creer que lo hizo— protagonizado por Charlotte Marie, o Cynthia Malone, Char, o simplemente C. M., la viuda de X, la investigadora, la narradora en primera persona —una primera persona que entrevista, e indaga, que se esconde y se muestra, que piensa y permite pensar, que construye y da forma a su mutante y legendaria y misteriosa esposa muerta— de la historia. «Empecé a pensar en Biografía de X en 2017. Buscaba la fisicalidad del personaje. En este caso fue al revés. Quería ver a X. Tenía que saber cómo era cuando entraba en una sala llena de gente. No pensé ni por un momento en su viuda», explica. Trabajó en el primer borrador tres años, pero resultó que había obviado ciertas cosas. Como que, para leer la biografía de alguien, ese alguien debe interesarte de entrada, ¿y cómo va a interesarte si no existe? «No estaba hablando de David Bowie o Susan Sontag, aunque X sea una mezcla de ambos y de muchos más», dice. Así que tuvo que centrarse en la viuda y en la construcción del misterio. «Pensé que no acabaría nunca. Fue durante la pandemia. Oh, me volví loca durante la pandemia», dice. ¿Dónde le pilló? «En Chicago. Mi exmarido acababa de comprar una casa. Por suerte era grande, y no teníamos por qué vernos si no queríamos», cuenta.
Laura Fernández: Mi sensación es la de que, si algo tienen en común todas las historias que ha escrito, es que la protagonista está siempre fuera de plano. Es una outsider. Trata de entender algo, o a alguien incomprensible. A veces, todo un pueblo lo hace, como en Altar.
Catherine Lacey: Todos los escritores son outsiders. No creo que haya ninguno que diga: «Nací en el lugar correcto». Aun cuando hablan de ese lugar, lo hacen como lo haría alguien que trata de traducir lo que ocurre, u ocurría, en ese sitio al resto del mundo. Yo me siento así. La cuestión, en mi caso, es que yo quería salir de allí cuanto antes. Y no pienso volver. Ya es bastante duro ir de visita. Ahora vivo en México, y soy claramente una forastera, ¿y sabes qué? Me siento mejor. Mejor que nunca. La deslocalización me gusta. Tengo derecho a sentirme distinta allí, porque de verdad lo soy. Tener que aprender otra legua, todo. Por eso me gusta tanto Nueva York, aunque es una pena no poderme permitir vivir allí. En Nueva York todo el mundo es de fuera. Nadie pertenece a la ciudad, y a la vez todos lo hacemos. Es como una performance, la ciudad entera. Tengo una amiga que dice que siempre que vuelve ve a nuevas actrices interpretando los mismos papeles.
Ella podría ser esa amiga. Y podría estar a punto de decir esa frase. Porque en menos de una semana —esto ocurre la segunda semana de junio de 2025— estará en la Gran Manzana. Oh, Lacey ha vivido en Nueva Orleans. Estudió allí. Conoció al dueño del Museo del Vudú, que era un tipo que podía saber cosas de ti sólo con mirarte a los ojos. También de tu padre. Le dio su tarjeta el día en que tuvo que servir ensaladas en lugar de prepararlas, en la cocina en la que trabajaba. Se llamaba John T. Martin. Era un sacerdote vudú, o algo parecido. Un día estaba cenando con su padre y el tipo entró en el restaurante. «Era todo muy divertido en Nueva Orleans», recuerda. Al final, todo lo que vives, dice, acaba dentro de una novela, o lo que sea que escribas. Porque estás ahí fuera, y también ahí dentro, sea donde sea ese dentro que cada vez es distinto.
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