Daniel Verdú: «El personaje que Mar de Marchis creó para sí misma es el símbolo de una época: aquella en la que la noción de verdad comenzó a desintegrarse»
«La bola» (Alfaguara, 2026), la puesta de largo en narrativa del periodista Daniel Verdú, es la crónica de un engaño dentro de otro: el de Mar de Marchis, la esquiva y carismática directora de la prestigiosa revista «Jot Down», y la de una época en la que el nacimiento de las redes sociales y su potencial para la movilización ciudadana nos hizo creer que otro mundo era posible. Hablamos con el autor sobre ilusiones ilusas, máscaras, peculiaridades, la crisis de la prensa tradicional y el revolucionario proyecto editorial en donde los periodistas más reputados se morían por escribir (gratis).
Por Carmen Cocina

Daniel Verdú en Madrid en junio de 2026. Crédito: Diego Lafuente.
Petrarca fue uno de los primeros en subrayar la evidencia: todo brilla más en la imaginación. Frente a la realidad, empírica y acotada, lo imaginario es elástico, maleable e inagotable a la sublimación: sus posibilidades, gloriosas e infinitas. Las leyes de la atracción (y no hablamos solo de la sexual) se escriben con tinta invisible. Mar de Marchis, la que fuera directora de Jot Down (ese catalizador del nuevo periodismo en español que con su lanzamiento, allá por el 2011, supuso un auténtico revulsivo editorial en plena crisis de la prensa tradicional), conocía bien el potencial de la fabulación, que es inseparable del misterio. Y no hay mayor misterio que no dejarse ver.
Encerrada entre las cuatro paredes de su apartamento de Madrid o París (nunca desde Londres, en contra de lo que le gustaba afirmar), esta mujer esquiva, aguerrida e insistente logró seducir a los directores de los principales periódicos de España, que confiaban sus decisiones editoriales en las largas conversaciones telefónicas que mantenían con ella, aunque jamás la hubieran visto en persona. Sedujo, también, a una legión de talentosos periodistas, tanto jóvenes como veteranos, que tenían algo en común: lo poco que las grandes cabeceras, en plena debacle tras la caída en picado de las ventas y la publicidad y la consiguiente instalación del like como criterio editorial supremo, podían ofrecerles. Algunas de las mejores firmas del periodismo y la literatura española prestaron su pluma a su proyecto sin cobrar ni un duro, porque lo que la revista ofrecía entraba en el vanidoso reino de lo intangible.
De todo esto nos habla el periodista Daniel Verdú en La bola (Alfaguara, junio de 2026), la crónica de un engaño dentro de otro: el del personaje que quien se hacía llamar Mar de Marchis inventó para sí misma y el de la convicción de que, gracias a la democratización de la emisión de mensajes y la movilización ciudadana que permitían redes como Twitter, otro mundo era posible. Ambas vendas cayeron al mismo tiempo, y fue también entonces cuando, pervertido el uso que intelectuales y progresistas habían dado a esa red social, la propia noción de la verdad empezó a descomponerse. Verdú navega ambas aguas con un pulso narrativo prodigioso y una precisión documental en conflicto abierto con las lógicas subjetividades (las de los entrevistados consultados y la suya propia) y la distorsión de los recuerdos en torno a un personaje tan mutante como el que Mar construyó, pero en absoluto reñida con la exuberancia (deliciosa) de su prosa: el adorno, la literatura, abriéndose paso en todo su esplendor en el que a priori es el género más aséptico que existe, transformándolo hasta convertirlo en otra cosa más rica, más disfrutable. Hablamos con Verdú días después del lanzamiento de esta obra entre el ensayo y la novela.
LENGUA: El libro se abre con una cita de Mario Vargas Llosa: «Las novelas mienten para expresar una curiosa verdad que solo puede expresarse encubierta». Esto parece encajar, por una parte, con el relato que Mar de Marchis construyó alrededor de su persona o personaje, pero también con el que tú mismo has tejido a su alrededor: a juzgar por la vivacidad de algunas anécdotas, como «los brazos como montañas del padre de Aurora», parece poco probable que alguien haya podido hablarte con ese nivel de detalle de una persona tan remota, ¿no?
Daniel Verdú: Me lo contó la propia Aurora, aunque ciertamente no con esas palabras. El libro no tiene ni un gramo de ficción, al menos voluntaria. Yo me puedo haber equivocado, puedo haber cometido alguna imprecisión, como nos ocurre siempre a los periodistas, o me puedo haber engañado. Esas cosas suceden, ¿no? Pero el libro es una construcción narrativa hecha a partir de información procedente de fuentes reales: personas, recuerdos, documentos, grabaciones. Aunque muchas veces los recuerdos también son ficciones que se van deformando a medida que pasa el tiempo, y yo quería ser transparente en ese sentido: por eso en La bola no hay comillas y todo es una especie de narración continua. La cita de Vargas Llosa me resultaba útil para hablar del libro, pero sobre todo del personaje de Mar, porque la idea de la verdad y de cómo se fue descomponiendo planea sobre todo el libro: cómo a partir de 2008 se desinfla la burbuja y llegan las grandes crisis de las hipotecas, de la prensa en papel... El personaje de Mar, novelesco en el sentido más puro, era una metáfora de todo eso. Y había dos maneras de abordarlo. La primera es la escuela que Cercas despliega en El impostor, que dice fundamentalmente que si alguien te cuenta una cosa y esa cosa no ocurrió como te la cuenta, lo que te cuenta es mentira y punto. Y luego está la otra escuela, que es la que desplegaba Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, que viene a decir que hay muchas verdades que solo es posible contar a través de una ficción, de un filtro, de un vehículo narrativo, porque a veces son muy dañinas para quien las lee o para quien las escribe, o tan deslumbrantes que no las puedes mirar directamente a los ojos y necesitas hacerlo de perfil, con un artefacto narrativo como es la novela, el teatro o la poesía. Yo he querido articular el acercamiento al personaje de Mar y a la época en la que sucedió todo desde este segundo enfoque. Creo que hubo cosas que no fueron verdad, incluso que fueron directamente mentira, pero al mismo tiempo expresaban una gran verdad no ya tanto sobre el propio personaje, que probablemente sería más irrelevante, sino sobre todos los que transitamos esa época tan extraña que arrancó en 2011 con la Primavera Árabe, de la que ahora se cumplen quince años.
«Esa capacidad para detectar las debilidades y las necesidades de los otros y adaptarse a ellas era lo que, probablemente, la hacía tan valiosa para mucha gente. Mar de Marchis cubría una gama de necesidades personales, profesionales, biográficas o sociales que estaban desatendidas en ese momento».
LENGUA: Esa sugestión evocadora, esa capacidad para emocionar maleando las palabras que quizá debería ser la razón de ser de toda novela, es poco común en la narrativa de no ficción, cuyo estilo suele ser más austero y expositivo en aras de la objetividad o de la fidelidad a los hechos. Pero parece que para ti era más importante lo primero que lo segundo, ¿no?
Daniel Verdú: Bueno, eran las dos cosas. Es evidente que esto es una visión propia de un momento, de una persona y de unos hechos que ocurrieron, y por lo tanto es personal y subjetiva, no la realidad en todas sus formas poliédricas. Pero no hay nada inventado; por otro lado, me parecía importante darle un ritmo narrativo. Sin compararme con ellos, ha habido muchos escritores, como Cercas, Carrère o Scurati, que han abierto camino en ese género, convirtiendo ese mundo de la no ficción en novelas. Novelas sin ficción, que lo llama Cercas. Yo creo que este libro, más que una novela de no ficción, es un híbrido de muchas cosas. Hay una parte documental, una parte relativamente pequeña de biografía, porque ni es autorizada ni era el propósito, y una parte de ensayo sobre la época en la que arranca Twitter como herramienta democrática, sin algoritmo, para que cualquiera pudiera contar ciertas cosas o dar su opinión y hacerla llegar a un público más o menos amplio, cosa que hasta entonces quedaba reservada a los grandes periódicos. Y también es una crónica de ese momento en que se empieza a descomponer la idea de la verdad: la gente creía que el mundo podía cambiar a lomos de esa fantasía del algoritmo y luego llegó el gran desengaño. La única manera de tejer ese híbrido y que no fuera un coñazo era a través de un ritmo narrativo que lo transformara en algo parecido a la literatura, porque si no quedaba un muñeco de Frankenstein infumable.
LENGUA: A tenor de lo que escribes en La bola, hay muchos adjetivos, positivos y negativos, con los que uno podría describir a Mar: aguerrida, tenaz, emprendedora, aguda, brillante o perspicaz, pero también manipuladora, maquiavélica, cosificadora, invasiva y algo megalómana. ¿Tú llegaste a conocerla personalmente?
Daniel Verdú: No, no lo hice, y creo que eso pone en valor el trabajo de documentación del libro. Yo no era amigo de ella, pero fuimos vecinos en Roma y también, sin saberlo, en Santa Pola, cuando éramos mucho más jóvenes. Cuando ella se mudó a Italia yo ya llevaba un tiempo viviendo allí como corresponsal de El País, pero Mar al principio no se dejaba ver por nadie y luego fue muy selectiva con quién se veía. Yo no pasé ese filtro y no nos conocimos nunca en persona, pese a que yo le insistí. Era como si oyese un rumor de fondo cuando se lo decía. Eso me sirvió para no tener mi propia visión, y en su lugar construir una óptica a través de la de toda la gente con la que pude hablar y que la trató durante todo ese tiempo, y a partir de ahí intentar extraer un retrato más o menos uniforme. Pero lo que ocurrió fue todo lo contrario, uno de los grandes fracasos y hallazgos del libro, porque no conseguí trazar una figura clara y nítida de quién era ella. Y me di cuenta de que eso ocurría porque ella era siempre quien tú querías que fuera. Esa capacidad suya para detectar las debilidades y las necesidades de los otros y adaptarse a ellas era lo que, probablemente, la hacía tan valiosa para mucha gente. Cubría una gama de necesidades personales, profesionales, biográficas o sociales que estaban desatendidas en ese momento. Ese rasgo suyo tan característico hizo imposible retratarla de manera coherente, objetiva, definitiva. Había una base, claro: esa insistencia, esa brillantez, ese fogonazo en el disparo corto, esa impostura, esa capacidad de fabulación, de mentir y de narrar a la vez, que se repetían siempre con todo el mundo. Pero era muy mutante en muchas cosas.

Daniel Verdú. Crédito: Diego Lafuente.
LENGUA: Paralelamente a todo ese empuje y esa valentía nos muestras a una Mar frágil, que está aterrorizada cuando en El Confidencial van a sacar un artículo revelando quién es realmente y esa identidad ficticia que había construido tan meticulosamente va a saltar por los aires. ¿Cómo se conjuga ese coraje, que en cierto modo podría partir de un concepto excelso de una misma, con la fragilidad que denota en atribuir a un personaje inventado cualidades de las que una carece y el pánico a ser descubierta?
Daniel Verdú: Mar convertía su debilidad en fortaleza. Y esa fragilidad suya también es, probablemente, una manera de entender la de los demás. Todos tenemos algunos complejos, y eso nos hace empatizar con los de los otros. Y si tienes muchos, todavía más. Pero claro, cuando se descubre su verdadera identidad, se le cae un mundo. Pero ¿cómo no se te va a caer? Yo intento no hacer demasiados juicios en el libro, porque puedes empatizar con eso también. El título tiene que ver con eso, con esas cosas que empiezan a rodar y se te van de las manos, como le pasó al protagonista de El adversario, de Emmanuel Carrère, que empieza con una mentira y llega un momento en el que la bola se ha hecho demasiado grande y prefiere cargarse a todo su entorno que soportar la vergüenza y el desengaño que supone la verdad. O como la cita de Lance Armstrong que reproduzco en La bola, cuando dijo: «Conté diez mil mentiras porque me preguntaron diez mil veces». ¿Cómo te bajas de eso? Es imposible.
«La bola es una crónica del momento en que se empieza a descomponer la idea de la verdad: hace quince años, la gente creía que el mundo podía cambiar a lomos de esa fantasía del algoritmo y luego llegó el gran desengaño».
LENGUA: Quizá algunas de las flaquezas de Mar pueden disculparse por su convulsa historia personal: el duelo por al pérdida de su padre, su difícil divorcio y ese encierro hikikomori con un vago diagnóstico de agorafobia y depresión. Fue entonces, como participante de un foro llamado Aerópago, cuando forjó el preludio de lo que sería su personaje al frente de Jot Down: la imagen robada de mujer sensual, la escucha atenta y proactiva y la intelectualidad creativa y curiosa, enteramente suyas, que luego llevó a su proyecto editorial incorporando también rasgos que le gustaron de los diferentes miembros del foro. ¿Crees que dolencias psicológicas como las que ella sufrió pueden llevarnos a poner nuestros deseos por encima de la consideración hacia los demás, por una especie de instinto de supervivencia que nos lleva a buscar esa motivación que tanto necesitamos?
Daniel Verdú: Yo creo que el personaje de Mar nace de una forma involuntaria, debido a sus problemas personales y de salud, que la confinan antes de que nadie supiera qué era un confinamiento. Y eso, como ocurre muchas veces, se convierte en una virtud, en una oportunidad. Son los años en los que se consolida definitivamente el internet doméstico y muchos proveedores de servicios de ADSL empiezan a crear foros en los que se habla de literatura, cine, cómic o política. Y mucha gente bastante particular, con un gran talento y un conocimiento acumulado que no podía expresar en unos medios por entonces muy cerrados, encuentran en esos foros una plataforma democrática y maravillosa para dar rienda suelta a ese talento. Mar conoce a muchos de ellos en el foro Aerópago, en el que forja una figura casi venerada durante cuatro años, preludio de lo que sería la Mar de Jot Down. A muchos miembros se los llevaría como colaboradores de su proyecto editorial. Utilizó ese internamiento como una especie de academia militar para entender el mundo que estaba a punto de nacer: el de internet y las redes sociales, los chats, la virtualidad, el anonimato y los filtros. El mundo en el que vivimos ahora.
LENGUA: En ese foro casi todos tenían identidades ficticias, más acordes, tal como escribes, a quienes creían o querían ser. ¿Crees que hoy existe una mayor frustración identitaria que en otras épocas históricas, que hay más gente persiguiendo la autorrealización, o es simplemente que ahora hay más vías de escape donde reinventarse?
Daniel Verdú: Esto entronca con la idea de Vargas Llosa que abre el libro de que determinadas mentiras se pueden expresar mejor a través de una ficción. La ficción es una máscara, un filtro para vestir de artefacto literario o teatral todo lo que no nos atreveríamos a contar. El anonimato que procuraban estos foros, incluso la suplantación de personalidad, permitía a sus participantes hablar de sí mismos sin exponerse. ¿Eso es mentir? Probablemente sí, pero también es una forma narrativa de decir la verdad. Frustración ha habido siempre, pero en ese momento era mayor porque el mundo era mucho más hermético y por eso, precisamente, nacen los foros. Por eso nos subimos todos a la ola del 15-M y de las primaveras árabes, porque apareció un mundo nuevo, ese internet libre y progresista, unas redes sociales que prometían a la gente tener un sitio donde publicar y tener visibilidad, que fue una idea que se implantó en determinados medios de comunicación que no tenían dinero para sus colaboradores y les pagaban con esa moneda. Así nacieron cabeceras como Playground, Vice y, claro, Jot Down, que dieron cobijo a gente que tenía talento y cosas que contar, pero que sabía que no iba a conseguirlo en las grandes cabeceras porque para entrar ahí había que hacer másteres que costaban una pasta o conocer a alguien. Luego, cuando la fórmula cambió y la gente y la publicidad empezaron a cabalgar a lomos del algoritmo, todo ese imperio se vino abajo y generó más frustración, que es probablemente donde estamos ahora.

Daniel Verdú. Crédito: Diego Lafuente.
LENGUA: Jot Down nació, precisamente, en plena crisis del papel, cuando cayeron las ventas y la publicidad y llegaron los ERE de los principales periódicos. Como periodista de El País, ¿cómo viviste esa época?
Daniel Verdú: Fue durísima y muy traumática para mucha gente. Yo pertenezco a una generación muy cabrona: llegamos tarde a la fiesta, pero no se había terminado del todo. La gente estaba saliendo, borracha, pasándoselo muy bien, hablando de lo divertido que había sido. Se estaban apagando las luces, pero nosotros queríamos que nos sirvieran una copa. Y vimos cómo ese mundo, el de los medios lucrativos, sólidos y influyentes, se iba terminando y el otro no acababa de nacer. Vimos lo bien que se lo pasó la generación anterior, y cómo lo que nos ofrecían a nosotros fue una versión de la fiesta mucho más decadente. Ese momento fue clave para Jot Down y para muchas otras publicaciones: por un lado había una generación joven, insolente, con mucho talento, que necesitaba sitios para publicar y buscaba una línea editorial más libre y creativa, y luego la otra, la sénior, que sale despedida con los ERE. Esa otra generación también quiso reivindicarse: la que era igualmente talentosa, pero con una edad y unos sueldos que ya no encajaban con el mundo de entonces. Como dijo Ramón Lobo, de repente lo que importaba no era lo que valían, sino lo que costaban. Eso sí, el día que nos despidan a nosotros, te aseguro que la indemnización va a ser una décima parte de la que tuvieron ellos en su momento.
LENGUA: Esa época es también la era dorada de Twitter, donde Jot Down se hizo popular gracias, en gran parte, a las excepcionales dotes de Mar como community manager, una figura que por entonces ni existía.
Daniel Verdú: Sí. Por aquel entonces Twitter era un refugio de intelectuales y progresistas que podían publicar ahí sus opiniones democráticamente, por orden cronológico, sin algoritmos. Pero el anonimato permitió la proliferación de trolls y bots, y lo cierto es que mucho antes de que Elon Musk lo comprara ya se había convertido en un hervidero de odio hacia las comunidades desfavorecidas, con mensajes extremadamente salvajes que casi serían delito de amenazas. Al principio, esa disidencia nos parecía algo muy legítimo aunque fuera agresiva, porque era fundamental que en lugares como Cuba o Irán no te metieran en la cárcel por publicar tus opiniones. Por entonces Twitter era un vehículo para poder publicar con una gran difusión y sin repercusiones para tu propia vida ni para tu libertad. Lo que pasa es que esa fue también la puerta de entrada de los monstruos. Todo se basaba en una premisa que recojo en el libro: si tus actos no vienen firmados por ti, tú ya no eres responsable de ellos. Eso es tremendo y sigue ocurriendo. Detrás de muchas cuentas que dicen representar a una gran comunidad se oculta una sola persona física que se dedica a insultar y a intentar influir en los demás. Yo mismo, cuando escribí este libro, me debatí entre salir de ahí antes de que se publicara o quedarme, porque sabía que iba a tener consecuencias. Y creo que tomé la decisión equivocada, la de permanecer. Pero ahora, cuando termine todo esto, me saldré.
«Yo pertenezco a una generación muy cabrona: llegamos tarde a la fiesta, pero no se había terminado del todo. Se estaban apagando las luces, pero nosotros queríamos que nos sirvieran una copa. Y vimos cómo ese mundo, el de los medios lucrativos, sólidos y influyentes, se iba terminando mientras el otro no acababa de nacer».
LENGUA: Cuentas en el libro que ahora tiene mucho más peso un tuit republicado mil veces que una contraportada. Pero lo cierto es que lo más retuiteado, lo más likeado, lo más compartido, no es ni lo más agudo ni lo más intelectual, como podía ser hace quince años, sino lo más estético, lo más digerible, lo más fragmentado, lo más intrigante (el clickbait manda) o lo más escandaloso. Se apela a lo más primario, a lo más animal, tanto en lo cognitivo como en lo emocional. Y muchos medios de comunicación han incorporado a su línea editorial esta filosofía de las redes: artículos cortos, puramente expositivos, saturados de imágenes y con reflexión de brocha gorda, si es que la hay. ¿Estás de acuerdo?
Daniel Verdú: Ahora hay muchos medios que encajan con esa descripción, sí. Y los grandes periódicos, con una crisis brutal de ingresos y de publicidad, también pasaron por esa etapa de ser sumisos y serviles de las estadísticas del número de visualizaciones, y menos atentos con sus lectores. Durante unos años eso transformó radicalmente el tipo de contenidos que ofrecíamos en El País, especialmente en la web. Pero yo creo que ahora, afortunadamente, las aguas han vuelto a su cauce. Las grandes cabeceras han entendido por fin que el dinero que da la publicidad son migajas y que hay que volver a apostar por el modelo de suscripción, que es la única manera de ser el dueño de tu destino y de recuperar esa relación directa con el lector. El lector paga por la calidad. Ya no se le trata como a un consumidor al que venderle la porquería de los anunciantes. En mi opinión, eso es un acierto y la única manera de que sigamos con vida, pese a que con la inteligencia artificial todo vaya cogiendo un aire cada vez más tenebroso.
LENGUA: Uno de los mayores puntos de roce de Mar con los periodistas con los que se relacionaba era que no permitía que nadie del gremio la viera en persona. ¿Hasta qué punto es sostenible el misterio que ella creó, especialmente cuando se basa en mentiras?
Daniel Verdú: El misterio es la fuente de magnetismo más potente que existe. Trabaja con un material narrativo extraordinario: la imaginación. Si lo estimulas, ese motor que todos llevamos dentro es infinito. Como contaba J.J. Abrams sobre la caja que le había regalado su abuelo cuando era pequeño, si tú la tienes ahí puesta puedes imaginar millones de cosas sobre lo que hay dentro, pero una vez la abres estás condenado a la decepción. No hay nada mejor que lo que tu cerebro puede haber imaginado que había ahí dentro. Nada, nunca, será tan interesante. Y eso lo entendieron dos grandes industrias muy lucrativas: la religión y el lujo. Esa idea de aspirar a ser mejor recorre también este libro: en la época en que nació Jot Down, mucha gente decidió que era mejor creer en algo que no podía demostrar que en algo que supiese que era verdad. La verdad se convirtió en un acto de fe. Y lo que ocurrió con Mar es el mejor ejemplo.
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