Elvira Sastre y el poder del recuerdo: «En defensa de la memoria», un archivo emocional
Como un cruce entre el lenguaje escrito y el de la fotografía analógica, «En defensa de la memoria» (Alfaguara, 2026), la última publicación de Elvira Sastre, se postula como una obra que reúne instantáneas inéditas y textos breves para construir un territorio común. El texto, en esta ocasión, acompaña a las imágenes, y no a la inversa, dando lugar a un archivo íntimo donde el recuerdo se preserva como un acto deliberado frente al paso del tiempo. A lo largo de poemas en prosa y escenas cotidianas, el libro transita espacios rurales y urbanos, vínculos familiares, viajes y afectos, atendiendo a la mirada atenta de la autora. La periodista, escritora y gestora cultural Andrea Mateos habla con Sastre sobre la prosa delicada de un volumen que se articula como un cuaderno de bitácora marcado por el costumbrismo, la naturaleza y la noción del hogar; un texto que también se revela -nunca mejor dicho- como un lugar que se reconstruye cada vez que se nombra.
Por Andrea Mateos

Elvira Sastre. Crédito: Jairo Vargas.
A Elvira Sastre no le gustan las etiquetas ni los hermetismos porque ella escribe justo para lo contrario: para ofrecer una apertura. Escoge las palabras como quien elige un gesto de abrigo, algo íntimo y cercano, un lugar donde resguardarse cuando afuera nos envuelve el ruido. En su literatura no hay voluntad de encajar en un molde, sino de mirar el mundo con cuidado, atención y delicadeza. Sus textos, más que para leerlos, son para habitarlos.
Su último libro nace, precisamente, desde la premisa del cuidado. Un cuaderno de bitácora que responde a la urgencia de retener en la retina aquello que ha sido importante para ella: personas, escenas, cuerpos, momentos. En ese gesto de preservación confluyen dos de sus grandes pasiones, la escritura y la fotografía analógica, que aquí dialogan como si siempre hubieran estado destinadas a encontrarse. Podemos hablar, en este sentido, de un cuidado visual, un lugar para guarecer la memoria sin imponer ni mancillar lo vivido.
Cuando Elvira llega al lugar en el que hemos quedado, yo ya la espero con un café caliente entre las manos. Ella no puede recordarme, es comprensible. Aun así, tiro de carrete memorístico y le cuento que nos conocimos varios años atrás, en la presentación de uno de sus poemarios, en un momento bisagra de mi vida: estaba a punto de mudarme a Colombia. Recuerdo que en aquella dedicatoria me deseó un feliz viaje. Un gesto sencillo que, sin embargo, para mí se convirtió en algo más. Me subí al avión con aquel garabato bajo el brazo y acunarme en ese deseo fue, de algún modo, sentir el hogar a diez mil metros por encima de mi casa.
La narrativa de Sastre es así: parece pequeña, pero acompaña durante mucho tiempo. Quizá por eso sus textos llegan al corazón de tantas personas. Más allá del impulso que puedan darle las redes sociales o del fenómeno que a veces se proyecta sobre su figura, en su escritura hay algo profundamente honesto, una ternura sin artificio. Siempre he pensado que su poesía huele a pan recién horneado o al aroma que desprende el cuerpo caliente de quien amamos. Hay calor en sus palabras, y también verdad.
Esa es su magia: la capacidad constante de humanizar lo inenarrable, de poner nombre a aquello que parecía quedarse fuera del lenguaje. En En defensa de la memoria (Alfaguara IJC, 2026) hay fragilidad, sí, pero también la fuerza arrolladora de una tormenta en una noche de estío. Es una flor silvestre: encapsula la belleza de lo efímero y, al mismo tiempo, demuestra la tenacidad de quien es capaz de brotar en medio de la roca. Desde ahí, desde ese territorio íntimo y resistente, comienza esta conversación.
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LENGUA: Este libro es como el álbum fotográfico que nos encontraríamos en el salón de la casa de la abuela. La intimidad compartida de Elvira Sastre. Leyéndolo, a mí me aparece una palabra una y otra vez: todavía. Todavía seguimos palpando, todavía seguimos haciendo fotos, todavía seguimos cultivando recuerdos. Si hoy tuvieras que elegir una palabra que designara este momento creativo y vital, ¿cuál sería?
Elvira Sastre: Elegir me cuesta muchísimo, pero yo te diría que resistencia, creo que es la palabra que me ha acompañado y que me acompaña cuando hago fotografía analógica. Que me acompaña también cuando me siento a escribir. Este libro es una resistencia al olvido y al paso del tiempo, a las ausencias de la gente que quiero y que se va muriendo. Es como decir: bueno, sé que la vida funciona así, pero yo voy a resistir fabricando este artefacto que defiende la memoria, porque considero que eso es lo importante.
LENGUA: De hecho, justo la siguiente pregunta que te iba a hacer está relacionada con eso… ¿Qué te ayuda más en esa resistencia al olvido: la escritura o la fotografía?
Elvira Sastre: No te sabría decir pero, por la experiencia que he tenido este año, que ha sido complicado y he tenido que atravesar muchas capas de mí para poder llegar a escribir lo que estaba sintiendo, la fotografía me ha liberado. Tengo la necesidad de expresarme siempre, pero las palabras me han provocado este año un esfuerzo demasiado grande; la fotografía, en cambio, me ha permitido soltarme. Al final, cuando estoy escribiendo, todo parte de dentro y va hacia afuera; con la fotografía es al revés, va desde fuera y llega hacia adentro. Son distintas formas artísticas de hacer lo mismo. Por eso este libro se ha construido con fotografías. Es el texto el que las acompaña, y no al revés.
LENGUA: ¿Siempre habías hecho fotografía? ¿De dónde te nace esa pulsión?
Elvira Sastre: Siempre me gustó. No de un modo profesional ni muchísimo menos, pero de pequeña me gustaba mucho. Recuerdo unas navidades que mi hermana me regaló una réflex digital. Fue la primera y, además, la compró con su primer sueldo. Me encantaba llevarla de viaje. Tuve una época que me dio mucho por la fotografía digital. Cuando después descubrí la analógica, sentí que era ir a contracorriente de todo lo que se estaba haciendo (de todo lo que se está haciendo también ahora). La cámara analógica te exige pausa, concentración, solo tienes una oportunidad de hacer un disparo. También practica mucho la paciencia, porque luego hay que esperar a que te llegue el revelado. Es otra forma de resistencia.
«Al final, cuando estoy escribiendo, todo parte de dentro y va hacia afuera; con la fotografía es al revés, va desde fuera y llega hacia adentro. Son distintas formas artísticas de hacer lo mismo. Por eso este libro se ha construido con fotografías. Es el texto el que las acompaña, y no al revés».
LENGUA: Algo que creo que hemos perdido con las redes sociales y la fotografía digital es la intimidad. Porque cuando tú tienes un móvil y sacas una foto, generalmente es porque tienes intención de mandarla por WhatsApp o subirla a una red social. En cambio, con la analógica hay muchas fotografías que se quedan ahí para siempre, guardadas en un cajón, donde puede que nadie más las vea nunca. Quería preguntarte cómo ha sido, en este caso, la selección, porque al final en este libro tenemos acceso a una pequeña parte de tu intimidad. ¿Qué archivos has decidido quedarte solo para ti?
Elvira Sastre: Hace tiempo estuve en París en una exposición de fotografía analógica. No recuerdo el nombre del autor, pero vi una imagen que él había hecho del mar. En la parte de arriba, lo acompañaba un pequeño texto. Ahora que lo pienso, creo que ese fue, en realidad, el germen de este libro. Explicaba que ese día su hermana había dado a luz y que había hecho esa foto porque él estaba lejos y quería enseñarle a su sobrino cómo estaba el mar el día en el que había nacido. Me pareció precioso. Fue entonces cuando dije: venga, voy a hacer esto yo también con mi sobrino cuando nazca. Le hice un álbum donde le explicaba cómo estaba el campo el día que nació, las flores, los perros, el hospital, su número de habitación. Tengo muchísimas fotos, pero las personales las he decidido guardar solo para mí.
LENGUA: Como tú dices, esa exposición fue, claramente, el germen de este libro, pero ¿en qué otras cosas te inspiras para escribir o fotografiar?
Elvira Sastre: Me inspira mucho el cine. Estoy pensando en una película japonesa, Perfect days, en la que el protagonista es un hombre que se dedica a limpiar retretes en Tokio. Tiene también una cámara de fotos, es la manera en la que él transita la belleza. Ese tipo de cosas son las que me inspiran, me obsesionan, me quedo como colgada mucho tiempo ahí... Todo lo que me emociona, y no sé muy bien por qué lo hace, intento descifrarlo. Muchas veces la fotografía me resuelve eso, me permite capturar la belleza de las cosas que no sé si nadie más está mirando.
LENGUA: ¿Te digo cuál es mi foto favorita? La del señor mayor que está caminando, saliendo lentamente del pueblo. Te imagino ahí esperando dentro del coche a que cruce, en esa bella pausa creativa.
Elvira Sastre: Ese verano hice muchísimas fotografías. Me quedaba dentro del coche, esperando. Pensaba: madre mía, cualquiera que me vea aquí... Me da mucho pudor fotografiar a gente que no me está viendo, por eso hay muchas personas de espaldas. Cuando vi a ese señor, vi claramente una historia, el mundo de ese hombre, en ese pueblo vacío, un día de julio, atravesando esa puerta. Pensar ahora en ese momento está siendo muy importante para mí.


Fotografías analógicas tomadas por Elvira Sastre, extraídas del interior de En defensa de la memoria. Crédito: cortesía de Alfaguara.
LENGUA: Has hablado muchas veces de esas lecturas que marcaron tu infancia, pero también es cierto que las mujeres hemos crecido con muy pocos referentes literarios femeninos. Si tuvieras que hacer ahora, en este momento (porque luego nuestras bibliotecas mentales van cambiando), una librería de mujeres que para ti son referentes, ¿a quiénes incluirías?
Elvira Sastre: Metería a Annie Ernaux y a Joan Didion, que me encantan. Me resulta muy inspiradora la gente que escribe sobre su propia vida, por mucho que luego haya cierto sector que quiera denostar la autoficción. Ver a mujeres reivindicar sus propias historias a través de la literatura para mí es un espejo en el que mirarme. Me encantan también Vivian Gornick e Idea Vilariño. O la poesía de Paula Melchor y Elisa Fernández. Son una fuente brutal de inspiración.
LENGUA: Tú eres fuente de inspiración también para muchísimas escritoras. De hecho, al igual que hizo en su momento María Mercedes Carranza en Colombia, has sido una figura clave en la democratización de la poesía en España, acercándola a lectores que no se sentían interpelados, en muchas ocasiones, por ella. ¿Qué responsabilidad —si es que la hay— sientes al haber abierto ese espacio, y cómo convives con esa idea de precursora?
Elvira Sastre: La verdad es que no creo que haya sido yo, aunque sí reconozco las cosas que he podido conseguir... En parte con mucho esfuerzo, pero también por estar en el momento y el lugar adecuados, y por saber tomar las decisiones correctas, que no es fácil. Por ejemplo, eso que tú dices que a ti te pasó conmigo, que influí de alguna manera en tu poesía, a mí me pasó con otros autores, como Benjamín Prado. En mi adolescencia me marcaron mucho escritores como Becquer, Antonio Machado, Miguel Hernández o Ruben Darío. Con ellos tenía ganas de seguir leyendo. Con Benjamín, además, me asaltó la apetencia por escribir. Y después vinieron Raquel Lanseros, Ángel González y Luis García Montero. Lo que quiero decir es que, al final, yo solo he seguido la estela que ellos ya habían abierto. Llego a mucha gente joven porque también es una cuestión generacional y las redes sociales han influido mucho en esa difusión. Me gusta pensar en la poesía como en una cadena de favores, es decir, yo en su día me sumergí gracias a Benja y ahora hay gente que lo hace gracias a mí. Es todo muy colaborativo, que creo que es lo fundamental en este oficio.
«Todo lo que me emociona, y no sé muy bien por qué lo hace, intento descifrarlo. Muchas veces la fotografía me resuelve eso, me permite capturar la belleza de las cosas que no sé si nadie más está mirando».
LENGUA: ¿Recuerdas alguna historia bonita que te haya pasado con alguno de tus lectores?
Elvira Sastre: Sí, hay muchas. El género de la poesía tiene ese efecto. Tengo varias, tanto en España como en América Latina. Historias preciosas, increíbles, a veces incluso excesivas, en el sentido de que yo todo eso lo he escrito en mi habitación y no he sido consciente del impacto que podía generar en otra persona. Me pasó con un psicólogo de Colombia hace unos cuantos años, que me dijo que algunos de mis versos le habían ayudado a trabajar en consulta con mujeres que habían sufrido violencia de género. A veces pienso que es precioso; otras, que qué responsabilidad.
LENGUA: ¿Cómo gestionas la exposición digital? Se está hablando mucho últimamente de cómo las redes sociales mal llevadas pueden incidir negativamente en la salud... Y tú, al final, por tu trabajo, dependes en gran medida de ellas.
Elvira Sastre: Creo que ha ido variando, siento que antes me exponía muchísimo más. También porque las redes sociales, hace algunos años, eran un lugar muchísimo más amable para compartir, más generoso, más bonito, más empático. En algún momento eso cambió, se volvió un terreno hostil. En eso siempre he sido muy peleona, es decir, creo que cuanto más hostil sea un medio, más resistencia hay que hacer. Es verdad que, cuando te pillan momentos malos, no quieres que nadie te mire. Yo no he querido ser vista muchas veces porque lo que te apetece, en esas circunstancias, es estar dentro de ti. Pero a mí las redes también me permiten estar en contacto con la gente que me lee y eso no lo quiero perder porque me aporta mucho en mi día a día. Lo que sí creo es que antes todo era un lugar más genuino y las cosas llegaban de una manera más orgánica, no había que tener tantas estrategias para conectar con la audiencia, y eso en la cultura se ha notado muchísimo. Algunos de los que nos dedicamos a esta profesión actualmente nos iniciamos cuando comenzaron las redes y fuimos capaces de sostener una carrera literaria gracias a la difusión que nos daban nuestras propias plataformas. Ahora, como digo, es más complicado porque o vas cumpliendo ciertos algoritmos, o las cosas no llegan a la gente.

Elvira Sastre. Crédito: Jairo Vargas.
LENGUA: Sabina Urraca habla en Escribir antes de la escritura primigenia como un juego, sin presión, donde no había algoritmos ni entregas con plazos. Tú empezaste a escribir y publicar con quince años en un blog. ¿Qué diferencia a la Elvira que escribía entonces de la que escribe ahora?
Elvira Sastre: Leí hace poco, no sé si fue a Paula Melchor o a Elisa Fernánez, que echaba de menos los poemas que hacía con dieciocho años, en los que no pensaba si eran buenos o malos, si estaban bien o mal escritos, porque simplemente los escribía y ya está. No sé si habrá alguien que se libre de ese pensamiento… Entre escritoras, lo dudo muchísimo. Porque está la carga de hacerlo todo perfecto. Y esto es algo que se da más en las mujeres. Me he visto en escenarios con hombres y mujeres de todo tipo, pero mientras que ellos gozan de más libertad y van más relajados, las mujeres tienen un miedo constante a fallar. Es como si tuvieras que ser siempre brillante, extraordinaria. En esa época de la juventud en la que no tenía la expectación que tengo ahora, escribía doscientos poemas y me daba igual cómo estuvieran. Ojalá podamos solucionar esto en algún momento.
LENGUA: Escribes que cuidar es una herida, y que echas de menos que alguien hable también de eso. En un momento en el que el autocuidado se entiende muchas veces como evasión, la RAE recoge otra acepción: cuidar es también discurrir, pensar. ¿Cómo trasladas tú esa idea de cuidado —más incómoda, más profunda— a ti misma y a tu entorno?
Elvira Sastre: El cuidado ahora es mi obsesión, seguro que será un próximo proyecto, porque es algo que estoy transitando a muchos niveles. Siento que hay muchos tipos de cuidados, lo digo en el libro. No creo en un mundo de blancos y negros. Recuerdo una vez que mi psicóloga me dijo que tengo una tendencia enorme a cuidar, y que pusiera ese foco, por ejemplo, en los perros, en los animales. En cuanto al tema del autocuidado, creo que en mi caso tiene más que ver con una cuestión de poner límites. Cuando lo consigo, que no suele ser a menudo, es cuando siento que me estoy cuidando un poco, pero me supone un esfuerzo muy grande. Está muy bien irte a dar un masaje de vez en cuando, pero el cuidado es algo más sacrificado. Sí, en el cuidado hay sacrificio. Y hay que aprender a gestionar en él cosas como la culpa, la responsabilidad, la ansiedad, lo que rechazas, lo que dejas. Está todo muy relacionado.
«Me he visto en escenarios con hombres y mujeres de todo tipo, pero mientras que ellos gozan de más libertad y van más relajados, las mujeres tienen un miedo constante a fallar. Es como si tuvieras que ser siempre brillante, extraordinaria».
LENGUA: Dices que te gusta caminar sin rumbo por Madrid porque siempre hay un sitio al que ir. ¿Por dónde te has perdido últimamente y qué has encontrado en ese extravío?
Elvira Sastre: Están, por una parte, todas las fotos que he hecho en pueblos rurales, en Segovia, en los campos de trigo. Fotos estáticas que, a la vez, son muy cambiantes, es decir, son iguales siempre, pero tú cada vez que vas a verlas eres una persona distinta. Y luego está el contraste con Madrid ciudad, con las luces de noche, con la carretera. Ahora vivo a las afueras, por lo que paso mucho tiempo en el coche, pero me gusta porque es un momento solo para mí. Me pongo la radio, voy pensando en cosas… Es un espacio de introspección, de calma. Es curioso, algo que todo el mundo detesta, como es la salida de Madrid a la seis de la tarde, a mí, en cambio, me parece maravillosa, porque me ofrece unos atardeceres preciosos en la autopista. También me gusta desviarme, meterme en algún pueblo y pasar por la plaza.
LENGUA: Cierras el libro invitando al lector a insertar su propio recuerdo. Ahora mismo estamos haciendo memoria juntas. Si tuvieras que insertar un recuerdo de este día, de este momento, ¿cuál sería?
Elvira Sastre: Sería cuando mi perro Ramiro, que acabamos de adoptar y todavía es un cachorrito, ha pegado un salto y se ha metido debajo de las sábanas, hecho una bolita. Me ha costado muchísimo levantarme. Para mí, sin duda, ese ha sido el momento.
LENGUA: Muchas veces se pregunta qué espera una autora que sienta el lector con un libro. Yo quiero darle la vuelta: ¿qué ha cambiado en ti después de escribir este? ¿Qué ha movido o recolocado por dentro?
Elvira Sastre: Me he reconciliado con la escritura. Como digo, ha sido un año complicado, devastador en cuanto a ausencias, y eso era justo lo que estaba intentando retener con la fotografía analógica. No me apetecía escribir, pero me siento muy bien conmigo misma porque he podido fotografiar a toda esa gente que ha desaparecido de mi vida y que ahora están dentro de este libro, que es otra forma de alargar su existencia.

