Gaël Faye: «Ruanda fue el laboratorio del racismo biológico europeo»
Gaël Faye vuelca su exhaustivo conocimiento del genocidio ruandés en «El jacarandá» (Salamandra, 2025), una vivaz inmersión en la castigada Ruanda de principios de siglo a partir de la espuria división entre tutsis y hutus.
Por Carmen Cocina
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Gaël Faye. Crédito: Roser Ninot.
Gaël Faye (Buyumbura, Burundi, 1982) y el protagonista de su novela Jacarandá (Salamandra) han seguido caminos inversos: si a los trece años el escritor se veía obligado a huir de su Burundi natal a raíz de la eclosión del genocidio ruandés, los resortes de su imaginación han llevado a que Milan, la traslación al papel de sus obsesiones identitarias, pise por primera vez suelo africano prácticamente al mismo tiempo y a la misma edad tras el frustrante y obstinado silencio de su madre (ruandesa, como la de Faye) sobre sus orígenes en el seno de su taciturna familia francesa. A partir de esa composición inicial, el atribulado adolescente que canaliza su rabia y melancolía a través de las voces quebradas de Kurt Cobain (Nirvana) y Zach de la Rocha (de, muy apropiadamente, Rage Against The Machine) cambia el grunge por el afrobeat y el techno por el high-life y nos hace las veces de guía en esta panorámica plástica y vívida de la vida en un pequeño pueblo ruandés, con sus enclenques niños ociosos, su austeridad, su miseria, sus colocones de pegamento, sus mendigos, sus reyertas de barrio, sus borracheras tristes, sus heridas y su decadencia antes de llegar al quid de la cuestión: el genocidio de 1994, sus antecedentes y sus secuelas. Con una precisión descriptiva que hiela el alma, Faye no escatima en detalles a la hora de narrar, con ojo clínico y sin exhibicionismo, los horrores que hubieron de vivir dos millones de ruandeses a manos de sus propios paisanos. Una novela que pone el dedo en la llaga al señalar los espurios intereses foráneos que sembraron el odio y alentaron las matanzas a partir de la estrategia del enemigo común y del infame «divide y vencerás», pero que también pone de relieve que, superados la rabia y el descreimiento, la reparación y la reconciliación son posibles. Porque quienes alientan los más bajos instintos subestiman la empatía y la resiliencia humanas.
LENGUA: Los primeros capítulos de Jacarandá nos presentan a un adolescente francés con un frustrante desarraigo familiar: sus padres no discuten, pero a su relación le falta vitalidad, apenas se comunican y el pasado de su madre en Ruanda es un tabú. ¿Cómo dibujaste al protagonista y qué tiene de ti?
Gaël Faye: Me pareció interesante plantearme cómo habría sido mi vida si de niño hubiese vivido en Francia y cómo habría descubierto el país de mi madre, especialmente el genocidio. Hay un momento en el que el protagonista, cuando es adolescente, dice que ha sacado malas notas porque está muy impactado por las imágenes al respecto que ha visto en la televisión. Ese pasaje está ahí como símbolo de la rebelión de un niño contra el silencio de su madre. Era una forma de decir: «¡Mírame! ¡Cuéntame!». Es prácticamente una llamada de socorro.
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LENGUA: A raíz de esos silencios y esos acuerdos tácitos entre sus padres, Milan se siente solo y cuando llega Claude lo recibe como a un «hermano» y le acoge con júbilo y calidez. ¿Cómo influye esta vida familiar en la persona que es, en su decisión de conocer sus orígenes y en el apego que siente allí por personas que acaba de conocer?
Gaël Faye: Milan es un niño que se siente solo porque sus padres no se comunican con él; de hecho, la comunicación entre padre y madre es también muy superficial. Él busca una ternura y una complicidad y autenticidad que proyecta sobre Claude de forma muy intensa. Para él Claude simboliza la posibilidad de tener una verdadera familia. Después, todo lo que vive en Ruanda y la razón por la que decide quedarse es esa misma búsqueda de la familia de la que carecer y que quiere crear a través de la gente que va conociendo.
LENGUA: Los capítulos dedicados a la adolescencia de Claude están regados de alusiones a la época analógica y al grunge: Nirvana, Radiohead, casetes, vinilo… ¿Por qué recurrió a la música para retratar a un adolescente de su generación?
Gaël Faye: Durante la adolescencia algunos se refugian en la lectura y otros en la música, y a menudo en ambas. Quería describir un universo tanto musical como mental: la energía del grunge, pero también su desesperanza, su melancolía y su rebeldía. Todo ello encajaba muy bien con la personalidad de Milan. Después, cuando va a Ruanda, descubre otros géneros que también pegan mucho con él y con la evolución de su carácter, como el high-life o el reagge, que revelan nuevas facetas y emociones suyas: el baile y las salidas nocturnas dan salida a su euforia. Estos estilos musicales tienen un fuerte sentido identitario, de pertenencia y de comunidad, así como de resistencia y de concienciación política: los jóvenes ruandeses no vibraban con Nirvana, sino con otras cosas.
LENGUA: Describe usted las matanzas del genocidio ruandés con un detalle asombroso: los machetes, las huidas, las violaciones, los insultos. ¿Son historias reales de principio a fin? ¿Cómo se documentó para escribir este libro?
Gaël Faye: Llevo treinta años asistiendo a múltiples procesos judiciales en los que escuché a todas las partes: víctimas, testigos y asesinos. También he asistido a muchas conmemoraciones en los que los supervivientes daban su testimonio. Los pasajes de la novela en los que relato los crímenes y experiencias de las víctimas se apoyan en todo lo que he oído allí. Por ejemplo, la historia que cuenta la tía... sobre el hombre que vio escondido en un árbol y los niños que lo descubrieron y jugaron a cortar el árbol para hacerle caer y matarlo se basa en uno de esos testimonios. Todo está enraizado en esas vivencias de las que he sido oyente.
«Las razas hutu y tutsi las inventaron los belgas para enfrentar entre sí al pueblo ruandés. La mayor parte de los ruandeses, empezando por mi propia familia, no se sienten ni lo uno ni lo otro».
LENGUA: El enfrentamiento entre hutus y tutsis viene de lejos, pero la novela revela algo que pocos saben: que también viene de fuera, pues fueron los belgas quienes establecieron en el carné de identidad de los ruandeses si pertenecían a una u otra raza. ¿Cómo logran arraigar unas diferencias tan profundas por una injerencia extranjera?
Gaël Faye: Las razas, de hecho, las inventaron los belgas. Históricamente, los hutus y los tutsis eran categorías sociales: los primeros eran agricultores y los segundos poseían cabezas de ganado. En consecuencia, uno podía ser tutsi y tener tres hermanos tutsi y otros dos hermanos hutus. Y eran categorías móviles: si a un hutu un rey le regalaba una vaca se convertía automáticamente en tutsi, y si un tutsi perdía sus vacas se convertía en hutu. Lo que hicieron los belgas fue fijarlas basándose en una identidad racial que no era tal. Lo que define a una etnia es la lengua, la religión, el territorio geográfico, pero los belgas se inventaron una serie de rasgos físicos que supuestamente distinguían a unos ruandeses de otros: según ellos, los tutsi eran altos y delgados y los hutus tenían la nariz grande, en una traslación del racismo biológico del siglo XIX en Europa, que pretendía clasificar y categorizar a las razas midiendo los cráneos, las narices o los huesos y a partir de ahí extraer conclusiones. Hoy en día sabemos que todo eso era una manipulación política e ideológica. Ruanda fue el laboratorio del racismo europeo, y lo que pasó después partió de ahí: las ideologías siempre se implantan con ferocidad, pero gradualmente. Hay personas que se resisten a ellas, igual que sucede con las religiones: el catolicismo, por ejemplo, se impuso en todas partes, pero algunos de quienes ya profesaban otras religiones se negaron a convertirse. Hoy en día la religión cristiana es la que se está imponiendo en África. En el libro hablo del rey Missinga, que reinaba cuando llegaron a África los primeros europeos y que se rebeló contra la imposición del catolicismo, por lo que los belgas lo expulsaron del su propio país y su hijo, que había sido educado en una escuela católica por los belgas, se adhirió a la religión que venía de fuera. Más tarde, en la Europa de los años 30, muchas personas instruidas y jóvenes intelectuales acabaron haciéndose nazis: cuando Hitler llegó al poder en Alemania todo el mundo lo tomaba por loco, pero poco a poco su mensaje fue calando entre la población. Lo que pasó en Ruanda fue muy parecido. Los belgas fueron muy hábiles porque supieron dividir a la población aupando a un grupo y denigrando a otro.
LENGUA: La abuela de Milan dice algo muy revelador cuando habla de las noticias sobre la guerra civil de Ruanda que está viendo por la tele: que no se sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ese comentario encierra el pensar popular tradicional, que se basa en dicotomías cerradas. Pero al lado de este pensamiento dogmático que divide entre buenos y malos también está el relativismo moral, que nos dice que ningún grupo social es ni bueno ni malo. En el caso de tutsis y hutus, ¿hasta qué punto es acertada esa división?
Gaël Faye: Como decía, las categorías hutu y tutsi son inventadas: la mayor parte de los ruandeses, empezando por mi propia familia, no se sentían ni lo uno ni lo otro. No hay un pueblo tutsi y un pueblo hutu, sino uno solo: el pueblo ruandés. Esa distinción tenía una intención política: enfrentar a los ruandeses entre ellos. Fueron identidades impuestas, algo tan absurdo como que alguien se fijó en que unas personas eran altas y otras bajas y decidió enfrentarlas. Hablar de buenos y malos es difícil porque, efectivamente, como bloques son categorías que tampoco existen, pero eso no quiere decir que no haya responsables. El genocidio fue cometido contra ruandeses que habían sido designados como tutsis no por lo que pensaban, sino por lo que eran. El genocidio es eso: atacar a un grupo humano por esencia, por lo que es, desde los bebés hasta los viejos. Y los hutus también mataron a aquellos hutus que se negaban a participar en el genocidio. Al decir esto, he de remarcar que cuando hablamos de hutus y tutsis estamos cayendo en una trampa del lenguaje. Lo que había era unos extremistas que masacraron a una población que previamente habían designado como tutsi a partir de los carnés de identidad expedidos por los belgas, con los cuales pasaba a ser tutsi aquel cuyo padre era tutsi. Y se dan casos de familias mixtas en los que una madre hutu mataba a sus hijos y a su cónyuge porque eran tutsis y que hombre hutus que mataban a su esposa por la misma razón.
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Gaël Faye. Crédito: Roser Ninot.
LENGUA: El clímax de la novela se centra en el genocidio de 1994, que fue alentado por el régimen desde la radio equiparando, literalmente, asesinar tutsis con «trabajar por el país». Y los hutus obedecieron; muchos incluso se ensañaron. Lo que vemos en la novela es un ejemplo vívido de «la banalidad del mal» de la que hablaba Hannah Arendt: convertirse en un criminal por seguir la norma, por no apartarse del camino marcado por la autoridad. En su opinión, ¿cómo es posible que una o miles de personas se desprendan de la ética de la convivencia de un modo tan inmediato y radical? ¿Vivimos rodeados de psicópatas?
Gaël Faye: Sí, es un conformismo apabullante. Se adhieren a una ideología, que viene del Estado y de las instituciones y que siempre se implanta de modo gradual. Por ejemplo, para cuando se perpetraron las matanzas de 1994 hacía tiempo que los tutsis no tenían derecho a acceder al empleo público, ni a estar en el ejército, había muchas discriminaciones institucionalizadas. Tampoco podían vivir donde querían ni moverse libremente por el país. Los poderes públicos crearon toda una serie de normas que convertían a los tutsis en ciudadanos de segunda. Además, la propaganda era brutal, en los medios y por parte de los intelectuales, sociólogos, etcétera, que construyeron el relato de que los tutsis eran una amenaza para el país. Con el ataque de 1994 todos se apresuraron a señalar a los tutsis. Los que se habían exiliado no podían volver por la vía diplomática, y decidieron hacerlo por las armas con el golpe. Eso creó una psicosis que hizo que el tutsi pasar de ser un enemigo próximo, el paria de la sociedad, a algo completamente deshumanizado: de repente, todos los tutsis eran terroristas potenciales, incluso los niños. En Ruanda impera la cultura de la conformidad y el culto al jefe de Estado. Y la gente de las colinas, los pequeños agricultores de pocos recursos y bajo nivel educativo, escuchaban cómo ministros y alcaldes alentaban a salvar la patria matando a tutsis. Y la máquina era implacable. Intentaron hacerlo pasar por crímenes espontáneos, por una explosión de odio, pero todo estaba perfectamente organizado; incluso había listas oficiales con los tutsis que había que eliminar. Es imposible matar a un millón de personas en tres meses sin organización. Había una voluntad institucional genocida deliberada. Era una limpieza étnica en toda regla, y ese objetivo no nació de la noche a la mañana.
LENGUA: El papel de la prensa local fue determinante. Usted menciona también la prensa internacional, que se hizo eco del genocidio. ¿Cómo cree que influyó está en la reacción internacional?
Gaël Faye: Cuando el conflicto llegó a su punto álgido llegaron observadores internacionales que revelaron la lógica de todos los actores. La comunidad internacional se movilizó a partir de julio de 1994 en la actual República Democrática del Congo. En las fotografías de esa época se observa una ayuda internacional inédita hasta entonces. En la tele aparecían los niños enfermos, muchísimas personas en tiendas de campaña, y desde fuera era evidente que había que prestarles ayuda. Pero lo que no se decía es que esa gente había huido de Ruanda no para escapar del genocidio, sino porque muchos ya lo habían cometido, y a muchos de ellos los estaban acogiendo como refugiados. La confusión era muy grande. Por otro lado, siempre hay intereses partisanos y no todas las voces tienen el mismo eco mediático: hay muchos intereses en que prevalezca una historia y no otra. Cuanto más leo sobre los distintos conflictos internacionales, más se enciende en mi cabeza una lucecita vigilante que intenta detectar intereses espurios y que me hace preguntarme si sé todo lo que debería saber y qué intereses están en juego.
«He oído hablar a disputados israelíes y se refieren a los palestinos como animales. Y sé por experiencia que esa es la marca de un proyecto genocida: durante el genocidio ruandés, a los tutsis los llamaban cucarachas».
LENGUA: Actualmente estamos siendo testigos de otro genocidio, el de Palestina, con una crueldad inédita que incluso utiliza el hambre y la sed como armas de guerra, y cuyo objetivo es el mismo: la limpieza étnica. ¿Qué semejanzas y diferencias encuentra con lo que pasó en Ruanda?
Gaël Faye: Mi generación creció con lo que se llamó el conflicto palestino-israelí, así que siempre he tenido conciencia de los territorios ocupados y de las dificultades de la población palestina para vivir, peor también de la importancia de la existencia del estado de Israel, que fue constituido para un pueblo que acababa de sufrir un genocidio y que necesitaba seguridad. Mi análisis no iba mucho más allá y comprendía la tensión entre ambos territorios. Pero lo que he descubierto desde los atentados del 7 de octubre es que el estado de Israel y los políticos de extrema derecha mantienen un discurso deshumanizador de los palestinos, y confieso que hasta hace poco no estaba al corriente de esta retórica genocida. He oído hablar a disputados israelíes y se refieren a los palestinos como animales. Y sé por experiencia que esa es la marca de un proyecto genocida: durante el genocidio ruandés, a los tutsis los llamaban cucarachas, entre muchas otras cosas. También resulta muy perturbador que lo que centre el debate sea si lo que están haciendo es o no es un genocidio. En Ruanda se dedicó más atención a ese debate semántico que a pasar a la acción y a prestar ayuda a quienes estaban siendo asesinados o a exigir que se detuviera la masacre, y eso es exactamente lo que ha pasado durante todos estos meses con Palestina.
LENGUA: A pesar del imperativo institucional de matar, siempre hay gente que planta cara y se niega a participar en ello: Jacarandá cuenta las historias de varios hutus que ayudaron a tutsis a escapar. En estos casos, ¿de dónde surgen ese coraje y ese libre albedrío?
Gaël Faye: Eso es lo que me permite conservar la esperanza en la humanidad: me digo que algunas personas son capaces de conservar su propia conciencia, su humanidad, su compasión y sus principios intactos incluso cuando se les somete al miedo y a la coacción. Es importante tenerlo en cuenta, y así quise reflejarlo en la novela: en Ruanda les llamaban «los justos». Pero la norma no era esa: casi todos acabaron matando a sus propios vecinos. De dónde viene esa capacidad para sobreponerse a la adversidad y actuar siguiendo esos principios... De eso sí que no tengo ni idea. Uno puede preguntarse qué haría en tales circunstancias, pero no podemos saberlo hasta que nos encontremos en esa situación. Y creo que las personas que son capaces de comportarse con esa fortaleza tampoco pueden explicar por qué lo hicieron. Me viene a la cabeza el caso de varios hermanos que mataban a los tutsis, pero uno de ellos se negó a hacerlo. Los demás le amenazaron con cortarle la pierna si no lo hacía, pero persistió en su negativa. Y cumplieron su amenaza. Sus propios hermanos. Ese hombre salvó y escondió a muchísimos tutsis. Lo llamativo es que todos fueron educados igual, pero unos decidieron matar, incluso desmembrar a su propio hermano, y otro decidió salvar.
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Gaël Faye. Crédito: Roser Ninot.
LENGUA: En la novela, el marido de Sibi forma un comité por la concordia y escribe un artículo sobre los crímenes de los hutus en un periódico extranjero. Poco después es asesinado. A veces posicionarse por la paz tiene un precio muy alto…
Gaël Faye: Sí, así es. Quienes buscan la paz siempre son los primeros objetivos los genocidas y los dictadores, que no quieren héroes. Al asesinar a este personaje el régimen está lanzando un mensaje: «Esto es lo que os pasará si no obedecéis, si dais la cara».
LENGUA: El personaje de Eusébie dice que lo llamativo del genocidio ruandés no es tanto la crueldad como la resiliencia. ¿De dónde sale esa capacidad por sobreponerse, las ganas de luchar y seguir viviendo?
Gaël Faye: Esa es la gran pregunta, esa capacidad para volver a levantarse cada mañana. Para mí también es más sorprendente la resiliencia que la violencia. La violencia surge de la manipulación de las conciencias y la deshumanización que empujan a unos a odiar a otros; lo vemos todos los días. Pero la capacidad para sobreponerse y levantarse de nuevo cuando se ha perdido todo es abrumadora. Mucha gente me contó su vida en Ruanda y me dije que si me hubiese pasado a mí preferiría haberme muerto.
LENGUA: Tras el genocidio de 1994 se instauraron los juicios GACACA: tribunales populares elegidos por los ciudadanos. ¿Crees que fueron una herramienta útil? ¿Qué ventajas tuvo que fuera el pueblo, y no los jueces, quienes impartieran la justicia?
Gaël Faye: La ventaja es que era una práctica muy arraigada en la cultura ruandesa. Las autoridades del país carecían de medios para juzgar a tantísimas personas, así que había que encontrar alternativas resolutivas. Y la alternativa consistió en reactivar esos tribunales populares que existían desde mucho antes de la colonización. GACACA quiere decir «la justicia bajo el árbol»: quienes se sentaban allí eran personas que se conocían y que originalmente resolvían todo tipo de conflictos entre vecinos: el robo de una vaca, la disputa de un terreno… Al tratarse de una herramienta muy conocida por la población les resultó muy útil para juzgar sus propios crímenes. Esa fue la clave. Gracias a esos tribunales se dio voz a todos los que habían sufrido o sido testigos de los crímenes y también a los acusados de cometerlos, porque era importante que todos se escucharan los unos a los otros. Hubo dos millones de procesos entre 2007 y 2012.
«En todo enfrentamiento hay intereses partisanos y no todas las voces tienen el mismo eco mediático. Cuanto más leo sobre los distintos conflictos internacionales, más se enciende en mi cabeza una lucecita vigilante que intenta detectar intereses espurios y me hace preguntarme si sé todo lo que debería».
LENGUA: Los juicios tenían como objeto la reparación de las víctimas y la reconciliación. Eusébie dice que gracias a ellos podrán Claude y Milan podrán convivir con los hijos de los asesinos.
Gaël Faye: Creo que sí es posible, aunque no sea fácil y lleve su tiempo. Pero hoy Ruanda vive en paz: las personas menores de treinta años no han vivido el genocidio. En el aquí y el ahora ha funcionado. Cabe añadir que si mañana los políticos reactivan y manipulan lo sucedido la paz puede ser frágil, y esa es la razón por la que hay que contarla, hacer pedagogía de ella, estar atentos permanentemente y trabajar en la resolución de los conflictos que puedan surgir, porque la huella está ahí aunque la vida en comunidad sea posible.
LENGUA: El libro arranca en 1994, cuando Milan tiene doce años, y termina en 2020. ¿Cómo ha cambiado Ruanda física y espiritualmente desde que usted la conoce?
Gaël Faye: Todos los indicios del desarrollo que apunto al final de la novela son verídicos. Antes del genocidio, en Ruanda la esperanza de vida era mucho más baja que ahora, y la tasa de analfabetismo era terrible. Ahora el Estado se encarga de que todos los niños vayan al colegio y el país tiene sanidad universal. El acceso al agua corriente, la electricidad, los suministros… Todo eso ya no tiene nada que ver con lo que era. Y ha habido una descomunal explosión demográfica: tras el genocidio Ruanda tenía 6 millones de habitantes, y ahora tiene trece: es una cuestión candente cómo dar vivienda y trabajo a tantísima gente. Espiritualmente hablando, el país sigue siendo muy religioso, pero no solo católico: la iglesia evangelista ha ganado terreno. Se ha trabajado mucho por la justicia y la reconciliación. Además, Ruanda está llena de proyectos económicos: se la ve como un hub internacional para conferencias, campeonatos deportivos... El país está en pleno crecimiento. Y el llamado soft power tiene mucho alcance. Ruanda ha cambiado tanto en estos treinta años que parece un país distinto, mis hijas no pueden ni imaginárselo. Por eso, precisamente, he escrito esta novela.

