Entrevistas

Indio Solari, el último mohicano de la contracultura

Carlos «El Indio» Solari es la figura más mítica de la cultura rock argentina de los últimos treinta años: recluso célebre, casi no dio entrevistas a lo largo de su vida; su poética es motivo de las más diversas interpretaciones y sus canciones son himnos de generaciones; su banda, Los Redonditos de Ricota, se volvió emblema de la resistencia cultural ante el derrumbe económico; sus frases están tatuadas en chicos de la calle y en funcionarios, y cada uno de sus conciertos es considerado «una misa» que convoca a cientos de miles de personas que peregrinan de todos los puntos del país para escucharlo. Alejado de los escenarios por problemas de salud, en los últimos años ha roto décadas de silencio con sus memorias, «Recuerdos que mienten un poco», un diálogo con el escritor y periodista Marcelo Figueras que devino en fenómeno de ventas inédito para la literatura del rock. Ahora, en su segunda colaboración con el dibujante Serafín (después de la novela gráfica «Escenas del Delito Americano»), Solari publica «La vida es una misión secreta», una selección de sus célebres letras en un libro que se lee casi como un cómic. Y esta es la excusa perfecta para hablar con Figueras de su misterioso proceso creativo, del lugar del artista en la sociedad, de su propio mito y de la potencia todavía indescifrable que ve en los jóvenes de hoy.
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Una de las ilustraciones de Serafín para La vida es una misión secreta, el libro compuesto por las interpretaciones gráficas de veinticinco de las siempre extraordinarias letras del Indio Solari.

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Ya podemos dar por agotada la segunda década del nuevo milenio, y el Indio Solari sigue siendo un magnífico anacronismo. En primer lugar, porque continúa mereciendo el calificativo de estrella de rock —ocupación finisecular, si las hay—, dado que son legión los que todavía escuchan sus canciones y esperan con ansiedad la difusión de melodías nuevas. Tanto con su banda original, Los Redonditos de Ricota, como con la que acompaña su andar solista (Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado), el Indio ha sido epicentro de un fenómeno de masas durante los últimos treinta años. Sus conciertos más recientes convocaron a cientos de miles de personas —se dice que el último, aquel de Olavarría en 2017, reunió a medio millón—, una cantidad de público inédita en la Argentina, para un único espectáculo o un artista individual. Y desde entonces se ha convertido en un fenómeno en internet: el espectáculo de los youtubers del mundo que descubren las imágenes de sus conciertos, se deslumbran con la cantidad de gente pocas veces vista y se quedan disfrutando de sus canciones no deja de multiplicarse. Si hay algo que se puede decir aún hoy sin temor a equivocarse es que el Indio Solari es el más popular de los artistas argentinos, en todas las disciplinas. Muerto Maradona, está claro que aquí, al sur del planeta, no existe un argentino vivo más idolatrado. 

El otro motivo por el que es anacrónico es, precisamente, el hecho de que su figura conserve ascendiente sobre millones de nosotros; de que su palabra importe todavía, de que pese y se la valore, como años atrás sucedía con las opiniones de Lennon, Joe Strummer y Leonard Cohen. Tal vez se deba a las raras características de su arte. Canciones que conservan la abrasión del rock pero que de todos modos esconden, detrás de bambalinas, referencias a un océano de música, de todos los tiempos y de todos los géneros. Letras que refieren historias pero que nunca facilitan la tarea, predigiriendo la comprensión: lo que exponen es apenas la esencia de lo ocurrido, para que el oyente reconstruya las circunstancias. Desde Argentina la cuestión del tango se presenta tan obvia que deviene invisible, pero habría que planteárselo: si existiese tango propio del siglo XXI —esa música de los márgenes, peligrosa, que reinventó en Sudamérica instrumentos y sonoridades del Viejo Mundo para hablar de los desgarros del alma—, sin duda se parecería a las canciones del Indio Solari.

En último término, lo que le confiere la autoridad de la que goza es el reconocimiento a una conducta. El Indio hizo su camino a prudente distancia de las grandes compañías discográficas, de los mánagers del rubro y de la televisión. Sus discos y sus conciertos son fruto de la autogestión: nunca aceptó un solo sponsor. Todo esto lo convirtió en una estrella de rock definida por el hecho de que no se parece en nada a una estrella de rock, y que por eso mismo fruncirá el ceño cuando lea que lo describí de ese modo al comienzo de este texto. Pero, le guste o no, es dueño de la popularidad y del ascendiente que solo tuvieron los verdaderamente grandes en el seno de esa cultura. En los años noventa, se convirtió sin buscarlo ni desearlo en un referente cultural y político para toda una generación joven a la que este país no le ofrecía futuro ni esperanza; y fueron muchos de esos mismos jóvenes los que militaron para dar vuelta a la crisis fenomenal con que Argentina despidió el siglo XX. Por eso mismo, no son pocos los funcionarios y legisladores electos que hoy trabajan en la Casa Rosada y en el Congreso y llevan tatuadas frases del Indio sobre su cuerpo. 

Yo lo seguí como periodista durante la trayectoria de los Redonditos, un contacto frecuente del cual quedó el respeto mutuo. Y lo reencontré en este siglo, cuando me convocó a escribir su historia —hasta entonces inédita para el gran público— para un libro que se llama Recuerdos que mienten un poco. A consecuencia de los años que duró esa elaboración, además del respeto y de la admiración surgió una amistad que hoy es de las realidades más entrañables de mi vida. Esta conversación que se glosa aquí abajo es eso, en esencia: una charla entre gomías, con la excusa de la salida de su nuevo libro en colaboración con Serafín: La vida es una misión secreta, donde el artista visual intenta aquello que nosotros venimos haciendo desde hace décadas —poner imágenes a las historias que las letras del Indio no tanto cuentan como sugieren.  

Marcelo Figueras: Si tuvieras que remitirte a las primeras imágenes artísticas que te impactaron o te quedaron grabadas de pequeño, ¿de qué te acordarías?

Indio Solari: Si hablamos de imágenes en libros, recuerdo una colección de revistas españolas que tenían un papel y una impresión estupendas. Representaban la historia de la humanidad en varios fascículos: los asirios, los caldeos, todo ese quilombo... Yo siempre me caractericé por la curiosidad, era como una tabula rasa. En casa —que había sido un hogar de clase media acomodada hasta que mi padre se quedó sin trabajo a consecuencia de la dictadura militar que surgió en el 55— había muchos libros de política y de historia, y discos de música clásica, pero no porque mis viejos fueran melómanos, sino porque les gustaba la música tranquila. Entonces medio que fui cociendo una sopa con todo eso, que desembocó en esto que hago. Por eso mismo de la curiosidad, siempre fui de probar suerte en las artes más que de dedicarme a aprender. En la escuela primaria dibujaba unos frisos muy bonitos —de romanos, del sistema digestivo o lo que fuera— que me ayudaban a salvar la nota a la hora de las calificaciones. (Las matemáticas nunca fueron lo mío: ¡es lo que quedé debiendo del secundario!). Recién empecé a leer en serio a los dieciséis o diecisiete cosas como El lobo estepario de Herman Hesse, que terminaban pagando el esfuerzo porque generalmente los títulos buenos los eligen los que escriben bien de verdad; y por supuesto arranqué ahí a escribir mis propias cosas. De adolescente y de joven me lancé a filmar con cámaras elementales, para aprender cine no en la academia sino haciéndolo. También estudié seis meses con un pintor de vieja escuela, cónsul de Uruguay en La Plata, que andaba siempre de traje con jacquet, con un sombrero grande... Pero no aprendí casi nada, por eso tampoco quise estudiar guitarra: no me gusta que me enseñen teoría, ¡porque lo que necesito siempre es arrancar rápido a tocar, a pintar!

Retrato del Indio Solari para la portada de su flamante libro La vida es una misión secreta, a cargo del artista gráfico Serafín.

«Uno se da cuenta de que hace las cosas razonablemente bien a partir de la mirada de los demás. Si a los que te rodean les gusta lo que hacés, empezás a creer en vos mismo, y a partir de esa fe ya no te importa más que a los demás les guste o no. ¡Así son los artistas!».

La canción Pajaritos, bravos muchachitos, en la interpretación visual de Serafín.

Marcelo Figueras: Siempre pienso que tus letras tienen un aspecto visual —que están construidas como quien pinta antes que como quien organiza un discurso verbal— que mucha gente no percibe.

Indio Solari: Mi método de escritura arranca siempre por el título: una imagen que se me aparece y de la que después me pregunto de dónde salió, qué leche puede darme... ¿Ves? Me sale decir «imagen» antes que «frase». Y eso me pasa también con la pintura. No parto de un plan preconcebido. Hago unas manchas iniciales, empleando la tonalidad, la paleta con la que quiero trabajar en ese instante, y a partir de ahí empiezo a buscar formas. Una vez que las encuentro, entro a desarrollarlas. Ahora me está saliendo algo con el estilo de un Jackson Pollock virtual, digital. Hoy en día lo digital es una maravilla. Yo no sé por qué la gente se queja de ese mundo; será porque lo invade todo, pero en lo que respecta al arte es una herramienta estupenda. Te ayuda a resolver las cosas artísticamente, sin la laboriosidad artesanal que era imprescindible antes. Está bien que aquel que ama lo artesanal proceda como artesano, pero el que quiere hacer obras de otro tipo no tiene por qué estar penando. El sueño original era concebir una especie de historia completa, un universo autosuficiente sostenido desde distintas disciplinas: un libro, un video, pintura o dibujo... Pero soy un haragán. Inmediatamente la curiosidad inicial es reemplazada por una nueva, se me arma una ansiedad de curiosidades sucesivas y voy saltando de una cosa a la otra. Tuve la suerte de contar con facilidad natural para ciertos registros de lo artístico: por eso escribo, dibujo, pinto, compongo... No me recuerdo puteando por meterme a hacer algo que no me salía. Uno se da cuenta de que hace las cosas razonablemente bien a partir de la mirada de los demás. Si a los que te rodean les gusta lo que hacés, empezás a creer en vos mismo, y a partir de esa fe ya no te importa más que a los demás les guste o no. ¡Así son los artistas! (Se ríe). No existió un momento puntual en el que se abrió el umbral del arte y me deslumbró. Fue un proceso, algo paulatino. Un músico me fue llevando a otro, un pintor me fue llevando a otro, un escritor a otro. Cuando leía a alguien que me gustaba, de inmediato quería descubrir quién había asombrado a ese muñeco durante su formación. Yo llegué al blues por los Beatles y los Rolling Stones, que en sus comienzos versionaban a clásicos del género. Me generaban un interés que necesitaba satisfacer. Lo mismo con las historietas. De chico me gustaban las ediciones mexicanas, y apenas pude moverme por las mías iba al centro de la ciudad a comprarme los álbumes de Hugo Pratt, Moebius, que ya tenían otro nivel de sofisticación. Un arte injustamente postergado, el cómic, cuando su excelencia es tan evidente en artistas como Moebius, pero también en otros más traperos, más sucios, pero que transmitían un mensaje contracultural, como Robert Crumb. El rol del artista es un invento extraño. Todo el mundo tendría que cantar, que pintar, que hacer estas cosas, porque son... iba a decir terapéuticas, pero, bueno, si todo el mundo lo hiciera sería una mala costumbre, nomás. ¡En los baños públicos hay muy buenos dibujos!

«El rol del artista es un invento extraño. Todo el mundo tendría que cantar, que pintar, que hacer estas cosas, porque son... iba a decir terapéuticas, pero, bueno, si todo el mundo lo hiciera sería una mala costumbre, nomás. ¡En los baños públicos hay muy buenos dibujos!».

Arca Monster. Dibujo de Serafín.

Marcelo Figueras: ¿Cómo surgió tu colaboración con Serafín? 

Indio Solari: Cuando tenés popularidad te llegan ofrecimientos todo el tiempo. Un día Serafín me envió una muestra de sus trabajos. Pero al principio le dije que no. Yo tenía en mente otro tipo de dibujos, él hacía personajes de cuellos largos que estaban muy bien, pero para otro proyecto. Durante esa conversación le mencioné a Liberatore, a Moebius —ese tipo de dibujantes europeos— y también a algunos de acá, como Breccia y Pratt, que era italiano pero trabajó mucho en Argentina. Se ve que el tipo tenía hambre de trabajar en serio, porque modificó su línea, empezó a hacer personajes más realistas... y ahí me compró, porque esas ilustraciones se parecían a los fotomontajes que hago yo a veces.

Marcelo Figueras: Eso sirvió para el primer libro en el que colaboraron, Escenas del delito americano. Pero en este libro nuevo Serafín pone imágenes a tus letras. ¿Nunca te cuestionaste hasta dónde podían ser visualizadas tus letras?

Indio Solari: De eso estuve convencido todo el tiempo. Yo creo que el lenguaje futuro va a tender a armarse en base a ideogramas, grafogramas. A partir de su dedicación a los jueguitos online los chicos están desarrollando pensamiento lateral. Los padres reniegan, pero yo creo que mientras tanto están aprendiendo algo, desarrollando un código que a nosotros no nos va a servir, pero a ellos sí. Parece que los más jóvenes desprecian nuestra cultura, pero lo que están haciendo no es censurable. Hay algo que ya saben aunque no sepan que lo saben, que ya está en sus nervios, en su estructura mental. El mundo del futuro no va a ser tan fácil como el que yo tuve en mi juventud: el aire era gratis, entonces. Ahora todo va a ser más complejo, entonces quizá tengan la necesidad de resolver las cosas sin esa morosidad que da el lenguaje escrito. No sé cómo va a ser todo, pero estoy seguro de que están aprendiendo a lidiar con eso. Se están desligando de nuestra cultura y aprendiendo otra cosa. De hecho, no son tan canallas ni tan pícaros como éramos nosotros, al menos en mi caso. Tienen una manera de resolver las cosas muy templada. Yo lo veo por Bruno, mi hijo. Parece que no le interesa nada y en realidad le interesa todo. Hablo con él y sabe un montón de cosas que yo no ignoraba que sabía. No debe de ser fácil ser hijo mío.

«Parece que los más jóvenes desprecian nuestra cultura, pero lo que están haciendo no es censurable. Hay algo que ya saben aunque no sepan que lo saben, que ya está en sus nervios, en su estructura mental. El mundo del futuro no va a ser tan fácil como el que yo tuve en mi juventud: el aire era gratis, entonces».

Submarino soluble. Dibujo de Serafín.

Marcelo Figueras: Uno de los rasgos característicos de este tiempo es lo que llamás «oscurantismo». Hasta no hace tanto, saber más, conocer mejor, era un valor.

Indio Solari: Hoy en día eso está desprestigiado. Cuanto más animal sos, cuanto más bruto sos, parece más valioso. Total, hacen cualquier barbaridad y no pagan ningún precio. Todavía no vi a nadie del régimen que antecedió al gobierno actual que esté en problemas serios, a pesar de las cosas que hicieron. Y ni hablar de las que hacen ahora. Toda esta pelea contra la vacunación, contra las medidas del gobierno para que sea menos riesgosa la pandemia… ¡Mamita, los palos en la rueda que ponen todo el tiempo! Ves los noticieros, o los canales de televisión adictos a esa locura, y no podés entender con qué cara dicen esas cosas. Yo no soy un tipo muy formado en política, viví con la contracultura como estandarte, creyendo que había que cambiarlo todo. Porque el huevo de la serpiente existía desde antes. Cuando hablamos de los nazis pensamos en alemanes, pero también había nazis nacidos en Nueva York, en París... Toda gente que ya pregonaba el racismo en los términos más pavotes, diciendo que existe una raza especial… ¡Cuando está comprobado que venimos todos de una negrita que medía uno cincuenta y que vivía en África! Todos: los judíos, vos, yo, cualquiera. ¡Todos venimos de ahí!

«Alguien me decía hace poco: "Tus letras no se entienden". Yo le respondí que debía estarme agradecido por ayudarlo a sortear la aduana del entendimiento, que genera una pérdida de tiempo grande; que la fruta que yo mandaba no tenía que entenderla, tenía que emocionarse con ella, o no. Eso es lo que uno busca, la regla fundamental de la poesía: emocionar. Todas las demás reglas han sido hechas para que eso suceda».

Pabellón séptimo. Relato de Horacio. Dibujo de Serafín.

Marcelo Figueras: Hace poco vi un documental sobre la música del año 71, exactamente hace medio siglo. Y me sorprendió la cantidad de obras geniales que editó entonces gente como Bowie, Lennon, Janis, Leonard Cohen... Pero, claro, en esa época la música era mucho más que música, ¿o no?

Indio Solari: Era el hilo conductor de la revolución joven. El rock and roll vehiculizaba las ideas de mucha gente, que eran músicos y se hicieron freaks. Crosby, Stills, Nash & Young eran músicos y se hicieron freaks. Pero había otros que ya eran freaks y se hicieron músicos. Como Lou Reed, que un día se colgó una guitarra y aprendió dos tonos, pero hacía maravillas con eso... Y eso fue porque iba en serio. La contracultura fue en serio. Acá han dejado que las publicidades y la historia oficial haga pasar a los hippies como unos pelotudos, y no lo eran. Habría pelotudos entre ellos como los hay en todos lados, pero en general los que nos tomamos la cosa en serio la hicimos bien en serio. Y eso hacía que lo que decías con la boca, después lo pagases con el culo. Las cosas que yo he dicho han llevado a que alguna gente me odie, me amenace.

Marcelo Figueras: Ahora está el libro nuevo, pero la gente se pregunta siempre qué viene después... ¿Qué podemos esperar? ¿Habrá más canciones en el futuro?

Indio Solari: Yo sigo haciendo canciones. Con alguien las grabaré y las tocaré. Si puedo hacer un streaming, lo haré, y, si no, me limitaré a grabar. Trabajo mucho con las tabletas, hay programas y softwares maravillosos para desarrollar la veta artística. ¡Impresionantes! Puedo componer música y dibujar hasta en la cama. Ponés la guitarra que querés, el sonido que querés. Y lo mismo a la hora de pintar. Ahora hay una paleta que no sé cómo voy a representar si tengo que hacer una exposición: muy luminosa, no sería fácil de representar con elementos tradicionales, como el óleo y las acuarelas tradicionales. Probablemente haya que representarla con pantallas para que luzca, porque esos rojos intensos que uso ahora son luminosos, no llegan al neón pero casi. Hay otro software que te permite aplicarle a lo que tocás la sonoridad de los grandes teatros del mundo: la Scala de Milán, el Colón... Tomaron mediciones de sonido con público y sin público, y replican todo. Cada día hago por lo menos una canción, o dejo dos preparadas para el pistoletazo final. Además de Los Fundamentalistas, estoy desdoblando la banda para tocar también otro tipo de cosa. Con los mismos músicos, que eligieron nuevos alias: Ricardo, Rubén, Mabel, Susana, Carlos, Roberto, todos nombres comunes de los años sesenta, setenta. La banda se va a llamar El Míster y Los Marsupiales Extintos, y con ella voy a hacer la música más elaborada que tengo, cosas que no se sabe de qué género son. Algo que no dará tanto para bailar, será más bien lounge, pero a mi estilo: ¡mordaz! De cualquier manera, la única promesa que hago últimamente es la de seguir cantando. Me gusta mucho cantar mis letras, decir mis poemas con música. Soy más un rapsoda que un poeta. Y eso voy a seguir haciendo.



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