Jeremías Gamboa: «Ante el empobrecimiento brutal del lenguaje del debate político y de TikTok, escribir una novela de mil páginas es un acto delirante»
Tras el aclamado debut de «Contarlo todo», el escritor peruano Jeremías Gamboa regresa con «El principio del mundo» (Alfaguara, 2025), una ambiciosa novela que excava en las fracturas sociales, raciales y de clase del Perú contemporáneo. La historia, inspirada por la figura de su madre, una mujer andina que migró a Lima, sirve a Gamboa para reflexionar sobre su propia evolución. «Mi literatura se está "acholando"», confiesa, explicando su giro desde la aspiración de Vargas Llosa hacia la mirada de Arguedas. En esta conversación, el autor analiza cómo la educación en su país funciona como una herramienta de «blanqueamiento» y la dificultad de «desenredar» los mandatos heredados en una sociedad que «está rota» y que trata a muchos de sus ciudadanos como «animales».
Por Daniel Arjona

Retrato del escritor y periodista Jeremías Gamboa. Crédito: cortesía de Alfaguara.
«¿Hay un principio? ¿La punta de un cabo? ¿Es celeste? Digamos que cada vez que cierro los ojos y trato de encontrar ese inicio lo primero que aparecen son las luces. Me digo que todo podría empezar ahí. O desde ahí. Desde esas luces. Las del puerto del Callao entrevistas desde el cielo la noche de mi regreso al Perú». Así empieza El principio del mundo (Alfaguara, junio de 2025), la más reciente novela del escritor peruano Jeremías Gamboa (Lima, 1975), una apuesta narrativa impresionante de casi mil páginas que ahonda en las complejidades de la identidad, la memoria y las fracturas sociales del Perú contemporáneo.
Gamboa, que atesora lectores y elogios desde su aclamada novela debut Contarlo todo (2013), que lo catapultó a la fama literaria, regresa ahora con una historia ambiciosa y conmovedora. Tras estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima y obtener un máster en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Colorado en Boulder, el escritor se ha consolidado como una de las voces más importantes de su generación, con un estilo caracterizado por su profundidad psicológica y su aguda observación social.
El principio del mundo nos sumerge en la vida de un estudiante que ha acabado un postgrado en Literatura y que, a través de la reconstrucción de la historia de su madre, Candelaria, una mujer andina que migró a Lima, explora las tensiones entre el mundo andino y el costeño, la educación como herramienta de blanqueamiento y movilidad social, y la búsqueda de pertenencia en un país marcado por la desigualdad y el racismo. La novela, con una estructura compleja que entrelaza distintas voces y tiempos, reflexiona sobre la figura materna, la construcción de la masculinidad y la posibilidad de «desenredar» los mandatos heredados para forjar un camino propio.
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LENGUA: En Contarlo todo primaba una estructura torrencial, un monólogo que arrasaba con todo. Aquí, en El principio del mundo, optas por una novela dividida en partes bien diferenciadas, con saltos temporales y un ritmo que se toma pausas, que se fragmenta. ¿Responde esta arquitectura a una búsqueda formal o es un reflejo directo de la propia vida del protagonista, de sus rupturas y reconstrucciones?
Jeremías Gamboa: La estructura no fue preconcebida, sino que es un reflejo del material que surgió en la primera versión, que escribí sin un plan previo. La forma apareció sola cuando, al final de ese primer «magma», descubrí cuál era el motivo central. Inicialmente, yo estaba escribiendo otra novela, titulada Las aulas celestes, que debía terminar con la conversación entre un alumno y su profesora. Pero cuando ella le revela un secreto al protagonista, me di cuenta de que tenía material para una novela completamente nueva. Al revisar ese material, vi que se dividía en dos grandes bloques: una parte más masculina, protagonizada por los chicos Manuel Flores y Sabino Zárate; y otra más femenina, centrada en la profesora Marina Montemayor y en Candelaria Amaro Escriba. Tenía la parte de los hijos y la de las madres. Al final, todo decantó en la esencia de la historia: una madre y un hijo. Tengo la impresión de que la propia estructura del libro tiene esa forma; de hecho, en un momento pensamos que la portada debía ser, literalmente, una madre con un niño.
LENGUA: Las aulas celestes era el título que barajaba al principio.
Jeremías Gamboa: El título final fue mío, pero es cierto que surgió tras una conversación clave con mi editora, Pilar. A ella le gustaba el título original, Las aulas celestes, pero me hizo una observación muy aguda: me dijo que en él no se reflejaba el aspecto materno, el tema del cuidado, que es tan central en la novela. Eso me dejó pensando y, horas después, hablando con mi pareja, di con la idea de «origen», casi como en Courbet. Sin embargo, encontré la palabra principio, que me pareció mucho más potente. Principio incluye la idea de origen, pero también significa una regla universal que explica el mundo, como un principio físico, la gravedad. Por tanto, El principio del mundo me permitía una polisemia mucho más rica e interesante.
LENGUA: La relación del protagonista con su padre es uno de los motores emocionales del libro. Más allá del homenaje, ¿diría que esta novela es también un ajuste de cuentas con la figura paterna y con lo que esta representa en la construcción de la masculinidad en la sociedad peruana?
Jeremías Gamboa: Sí, estaría totalmente de acuerdo. Es un ajuste de cuentas. En algún momento, mi personaje se da cuenta de algo increíble: en la novela de su vida, la protagonista absoluta era una mujer. Esto contrasta fuertemente con la tradición literaria peruana, y latinoamericana en general, que ha sido escrita por hombres y protagonizada por hombres, a menudo en lucha contra mujeres. Aunque esta es una novela extensa que, por tamaño y ambición, quisiera sentarse en la misma mesa que las de Arguedas o Vargas Llosa, el principio desde el que se mira es radicalmente distinto. El eje aquí es el cuidado, la ansiedad ante la desaparición, ante la falta de educación o de abrigo; es decir, la ansiedad femenina, encarnada en Candelaria y la profesora Marina. Esa es una emoción central en la humanidad que ha sido sistemáticamente relegada en la literatura, que ha preferido las emociones masculinas: la guerra, la depredación, la dominación y la conquista. Fue al avanzar en la escritura cuando empecé a ver con claridad esa dimensión política y el diálogo que la novela establecía con la tradición.
«El eje es el cuidado, la ansiedad ante la desaparición, ante la falta de educación o de abrigo; es decir, la ansiedad femenina, encarnada en Candelaria y la profesora Marina. Esa es una emoción central en la humanidad que ha sido sistemáticamente relegada en la literatura, que ha preferido las emociones masculinas».
LENGUA: Más allá del homenaje íntimo, ¿qué decisiones tomó para escribir a Candelaria sin idealizarla ni convertirla en símbolo unidimensional de la «nana» andina?
Jeremías Gamboa: Fue un reto. Confieso que sentí un gran temor sobre cómo podía ponerme en el lugar de una mujer andina —quechua hablante, cabrera— sin serlo yo. Temía que me criticaran mucho en Perú por eso. La solución la encontré en el punto de vista: no es un narrador omnisciente el que cuenta la vida de Candelaria, sino su propio hijo, que recrea psíquicamente la imagen y los dolores de su madre, en parte para confortarse a sí mismo. Esto, además, me permitió salvar el problema del bilingüismo. Si fuera un narrador omnisciente al estilo de Arguedas, tendría que saber los dos idiomas. Pero este es un hijo al que su madre, precisamente, le negó el quechua. Es dramático que él intente recrear la infancia de ella usando el único idioma que tiene, que no es la lengua materna que ella debió dejarle. Es un acto de imaginación constante: él la escucha y la acompaña en su mente, intentando hacerse con su dolor para entenderla. Eso, creo, le da verosimilitud. Por supuesto, para construir esa parte andina tuve que releer a fondo las novelas indigenistas peruanas, para tomar apuntes de las palabras que usaban para referirse a los paisajes.
LENGUA: ¿Cómo fue su reencuentro con esas novelas? ¿Le han gustado más quizás que la primera vez?
Jeremías Gamboa: Sí, Ciro Alegría me ha encantado mucho más esta vez. Creo que la primera vez que leí una novela como Los perros hambrientos, que empieza con una pastora y es un linaje claro de mi novela, yo estaba lleno de prejuicios. Estaba condicionado por el mandato de mi madre, por el mandato de ser limeño... yo quería ser como Vargas Llosa. Y Vargas Llosa había escrito en sus ensayos que la novela previa a la de su generación, la novela regionalista, se podría considerar «primitiva», así la llamaba él, frente a las de novelas de Fuentes o de García Márquez, es decir del boom, que él consideraba «de creación». Para mí, eso era el atraso, así que lo leí con esa prevención. Ahora, en cambio, que estoy en pos de ese origen como escritor y como persona, leo a Alegría y Los perros hambrientos me parece una novela absolutamente extraordinaria. Además, ahora siento que esos autores como Gallegos o Eustasio Rivera no están tan lejos del boom como los propios escritores del boom nos dijeron. Fueron parricidas y un poco demagogos al renegar de la novela previa, pero la verdad es que están muy, muy cerquita.

Jeremías Gamboa. Crédito: cortesía de Alfaguara.
LENGUA: Se ha dicho que esta es su novela más personal. ¿Cuánta distancia hay entre el Jeremías que escribía sus primeros textos, lleno de dudas y ambiciones, y el narrador de esta historia? ¿Es El principio del mundo también una forma de dialogar con el escritor que fue, de explorar las encrucijadas y renuncias que implica dedicarse a la literatura?
Jeremías Gamboa: He empezado a ir hacia atrás, pero con más herramientas que cuando empecé. Mi novela anterior, Contarlo todo, era una novela sobre el mandato, miraba hacia adelante: un personaje que intentaba encontrar su voz y un lugar en el mundo, y descubría que ese lugar era la literatura. Una vez que yo sentí que había ganado ese espacio, me dije: «Ahora sí me toca decir las cosas del pasado». Y me puse proustiano. Me fui hacia el pasado para desobedecer el mandato familiar, ese que te exige ser otro, olvidarte de tus orígenes, ocultar las señas indígenas. Cuando escribía Contarlo todo, «ser alguien» era, en mi aspiración, ser Vargas Llosa. Estaba intentando emular a Mario de forma literal, con novelas sobre periodistas y oficios. Ahora, en cambio, estoy mirando a Arguedas. Estoy reconociendo a otros «tíos» en mi árbol familiar literario. Lo estoy oscureciendo, «acholando», como se dice en Perú. Mi literatura se está acholando. Y ha sido central un escritor peruano, Miguel Gutiérrez, autor de La violencia del tiempo, una novela de 1200 páginas que no leí por años debido a prejuicios y que ha sido fundamental para este libro.
«Mi novela, sin ser militante, nace de un síntoma que hoy es global: la regresión de derechos. Y es que no puede haber democracia si la cancha no está mínimamente apisonada para todos».
LENGUA: Ha declarado que la novela pone la educación y la raza en el centro («la educación blanquea») y que es, en parte, un ajuste de cuentas con ese mandato. ¿Cómo dialoga su libro con debates actuales sobre movilidad social, racismo estructural y meritocracia en el Perú y en América Latina? ¿Hasta dónde puede la literatura desmontar ese mandato?
Jeremías Gamboa: Un periodista peruano me preguntó hace poco si esta novela podría cambiar a los peruanos. Yo diría que mi personaje es el primer «desenredado». Él emprende una larga labor de desenredo para integrarse, una invitación para que el lector en Perú empiece a mirarse, a mirar su parte indígena, y a darse cuenta de que negar esa zona de sí mismo es vivir en un malestar constante. No creo que una novela desenrede a nadie por completo, pero sí puede agitar la conciencia. Fuera de eso, la realidad es evidente. En Perú, los partidos políticos no son tales, son bandas delincuenciales, y muchas están asociadas al «lucro de educación». Son universidades lamentables que medran gracias a la desactivación de la SUNEDU, el organismo que ponía estándares mínimos de calidad. Los congresistas que representan a estos grupos han creado decenas de universidades más sin rigor, vendiendo a la gente el cebo de culebra de una supuesta buena educación. Obligan a muchos padres de sectores populares a comprometerse en préstamos difíciles por carreras mediocres que no sirven para nada y solo mantienen o amplían la brecha. En la novela hay una metáfora que lo explica: mi personaje se da cuenta de que su colegio público y las aulas de los niños como él van en un tren directo a una cámara de gas. Mientras tanto, los niños de los colegios bilingües van en otro tren hacia el capital social, a ser ministros y CEOs. La brecha es impresionante. Funciona como una sociedad de castas donde la escuela en la que te colocas define tu categoría, sin capacidad de movilización. Mi caso personal, o el de mi personaje, es el del sobreviviente que se escapa de ese tren. Yo estudié en una escuela pública, pero por un esfuerzo individual y una beca dolorosa me eduqué en una universidad privada y luego en una norteamericana. Desde esa posición, como un sobreviviente, mi personaje puede decir que no existen los méritos totales, porque el piso es absolutamente desigual. Yo he tenido acceso a las herramientas para escribir esta novela y estar hablando contigo en Madrid, pero los chicos de mi salón del colegio no han tenido esa suerte. Ni de lejos.
LENGUA: ¿Y cómo interviene en todo esto escribir en un sello como Alfaguara?
Jeremías Gamboa: Yo creo que el paquete entero de publicaciones en la cultura oficial puede hacer que te perciban como un escritor más mainstream, alejado de los márgenes desde los que escribes. Es una posición curiosa: en Perú hay muchos escritores que se la dan de muy marginales y ninguno viene de la escuela pública. Yo, que sí vengo de ahí, de pronto soy percibido de otra manera. Pero esa visibilidad te da también una responsabilidad. Yo me siento como el Ismael de Moby Dick que ha regresado de la ballena para decir: «Miren, es esto. Yo he estado allí». Y lo que he visto es que la clase política peruana, toda, está de acuerdo en que hay que educar mal. El Estado tiene que educar pésimo. Se habían dado pasos excelentes, como una carrera magisterial con evaluaciones, pero el presidente Pedro Castillo llegó con la bandera de «no queremos ser calificados», es decir, la mediocridad. Y en eso han estado de acuerdo todos, también los fujimoristas. Es así porque toda la gente que legisla no tiene a sus hijos en los colegios públicos. Todos los nuevos ricos, la gente con dinero ilegal de la minería, tampoco los mandan allí. Yo he dado clases en varias universidades privadas, nunca en una universidad estatal. Y hace unos años, desde la publicación de Contarlo todo, doy clases particulares. Tengo un grupo de lectura…
LENGUA: Creo que disfruta mucho releyendo a los clásicos junto a sus alumnos.
Jeremías Gamboa: Sí, leo clásicos y libros que van dirigidos específicamente a lo que estoy trabajando. Por ejemplo, últimamente hemos leído a Proust. He creado una forma que me lo permite: tengo mi propia escuela. Es una escuela de lectores, un grupo fantástico de profesionales —economistas, psicoanalistas, historiadores— que me acompaña. Algunos de ellos quieren escribir y, de hecho, han publicado libros estupendos. Otros son simplemente profesionales a los que les encanta conversar a ese nivel sobre los dilemas morales y los aspectos técnicos de las grandes novelas universales.

Jeremías Gamboa. Crédito: cortesía de Alfaguara.
LENGUA: Aunque la novela está anclada en una experiencia peruana muy concreta de finales de los 90 y principios de los 2000, aborda temas universales como la aspiración de clase, la búsqueda de identidad a través de la cultura y la sensación de no pertenecer a ningún lugar. ¿Ves paralelismos entre esa fractura social que describes y la polarización y el resentimiento que vemos crecer hoy en democracias de todo el mundo? ¿Puede tu novela leerse como una genealogía de ciertos descontentos actuales?
Jeremías Gamboa: No lo había visto así, pero tiene sentido. Mi novela, sin ser militante, nace de un síntoma que hoy es global: la regresión de derechos. Y es que no puede haber democracia si la cancha no está mínimamente apisonada para todos. No hay ni siquiera república cuando hay gente que, literalmente, no tiene ningún valor. En la Comisión de la Verdad de Perú, un hombre de Ayacucho —el pueblo de mis padres—, tras relatar las atrocidades sufridas por su comunidad, preguntó: «¿Ustedes creen que después de haber dicho todo esto ya pueda ser yo un peruano?». Esa pregunta lo resume todo. El racismo en Perú, el «choleo» constante, es en realidad un autodesprecio: proyectas el asco de tu propia parte indígena sobre otro para asegurarte a ti mismo de que eres blanco. Eso impide cualquier sentido de comunidad, es imposible ver al otro como un par. Y ese fenómeno de ver a «los otros» como «no gente» es lo que creo que está pasando ahora en Europa con la inmigración. Mi personaje, Candelaria, es tratada como un animal en las casas donde sirve; es una figura muy a la Toni Morrison. Solo es tratada como ser humano por unos palestinos, gente que está fuera de ese sistema. Porque todo esto es un remanente de la república doble y esquizofrénica del virreinato: una legislación para blancos y otra para indios. Esa locura intersubjetiva se ha mantenido. En América Latina, la verdadera democracia es inconcebible porque los privilegios solo se perpetúan si siguen existiendo «animales», como en las minas de Potosí. A diferencia de la novela social peruana clásica, que buscaba la revolución, aquí hay una madre y un hijo buscando una salida individual, más al estilo de la novela decimonónica francesa. Por eso La Mancha Humana de Roth o Ojos Azules de Morrison son tan importantes: me interesa observar la psique de las personas rotas por esta postcolonialidad no superada. Países como Perú están rotos; solo se unen para el Mundial o un campeonato de comida, después vuelve la sensación de que hay unos que no son de los nuestros. Frente a esto, la literatura tiene un papel. Ante el empobrecimiento brutal del lenguaje del debate político y de TikTok, escribir una novela de mil páginas es un acto delirante, pero también es poner ahí fuera un objeto lingüísticamente complejo. La gran responsabilidad de los escritores hoy es luchar para que el lenguaje no se banalice.
«Mi generación es la primera de mi origen que llega a la universidad y accede a las herramientas para escribir. Eso implica un peso muy grande, porque hay mucha gente detrás de ti. No sé si la IA podrá tener eso».
LENGUA: ¿Y qué hay de la inteligencia artificial? ¿Le parece que puede ser una amenaza no ya a su trabajo, sino al propio concepto de la creatividad humana o no hay lugar para algo así?
Jeremías Gamboa: Es una pregunta muy difícil y me la he hecho muchas veces. En lo práctico, me pregunto cuánto me podrá ayudar la IA para buscar referencias, aunque sé que por ahora falla mucho, delira e inventa citas. Pero la verdadera cuestión es otra: ¿Llegará a sentir? ¿Podrá tener, por ejemplo, huellas genéticas de dolor? Ese dolor racial, casi inexplicable, que hay en una escritora como Toni Morrison. Lo digo porque yo mismo he sentido un peso muy fuerte al narrar esta novela. Como le dije hace poco a Alfredo Bryce, este libro es como Un mundo para Julius pero narrado por la nana de Julius. Es «la palabra del mudo», una voz que no había tomado la palabra. Mi generación es la primera de mi origen que llega a la universidad y accede a las herramientas para escribir. Eso implica un peso muy grande, porque hay mucha gente detrás de ti. No sé si la IA podrá tener eso. Un epígrafe de Beloved, de Morrison, es «60 millones y más», un dato que desafía al Holocausto y con el que ella parece encarnar el dolor de toda la gente que murió, casi como un acto de magia negra, como un médium. Lo mismo ocurre con Han Kang. Dudo que la IA pueda llegar a eso, a ese lugar. Pero, en fin, probaremos. Habrá que verlo.
LENGUA: El título, El principio del mundo, sugiere un comienzo, una génesis. Tras cerrar este ciclo narrativo tan personal y que tanto tiempo te ha llevado, ¿qué viene ahora para Jeremías Gamboa? ¿Sientes que con esta novela has cerrado una etapa de tu proyecto literario, quizás la más autobiográfica? ¿Hacia dónde se dirige tu curiosidad como escritor?
Jeremías Gamboa: Sí, tengo la impresión de que ha terminado algo y ha empezado otra cosa. Siento que he terminado con un tipo de escritura, aunque es cierto que me queda pendiente la imagen del padre; de hecho, en las últimas páginas, los personajes se preguntan por esa historia que no ha sido contada. Ahora mismo estoy pensando en un personaje de la historia peruana que me gustaría novelar. Es un personaje histórico, sí, lo que ya me implica salir definitivamente de la zona autobiográfica. Como decía Philip Roth, los libros son dinamita que abren los espacios para los nuevos libros. El haber escrito en esta novela la historia de una niña que pastoreaba animales en 1955, veinte años antes de que yo naciera, y sentir que los lectores han conectado con ella, me ha dado una nueva confianza. Ahora digo: «Ya está, ya puedo narrar 1920, puedo narrar 1800». Y eso es extraordinario. Se están revelando nuevos caminos después de sacarme este peso tan grande de encima.

