«Laberinto mar», de Noemí Sabugal: vida y muerte de nuestras costas
Noemí Sabugal nos sumerge en «Laberinto mar» (Alfaguara, 2024) en un viaje fascinante por las costas de España, entrelazando historia, cultura y humanidad. Inspirada en el poder y la brutalidad del océano, su obra recorre desde antiguas leyendas de naufragios en la Costa da Morte hasta las realidades contemporáneas de pescadores, biólogos y balleneros jubilados. En esta entrevista, la autora reflexiona sobre cómo el mar, temido y venerado, ha sido testigo de conquistas, migraciones y tragedias, pero también de la compasión de quienes viven en sus márgenes. Mucho más que un tratado sobre el océano, este libro de no ficción explora la vida en torno al mar, desde sus glorias y derrotas hasta los desafíos actuales como la turistificación y la crisis ecológica.
Por Daniel Arjona

Clotilde y Elena en las rocas, Javea. Joaquín Sorolla circa 1754. Crédito: Getty Images.
Escribió Joseph Conrad en El espejo del mar que «el océano no tiene compasión, ni fe, ni ley, ni memoria». Cuenta la leyenda que en las noches sin luna en que la tempestad arreciaba contra los graníticos acantilados de Costa da Morte, los aterrorizados marinos creían ver luces en tierra firme y reventaban contra las rocas cuando iban en su busca. Se trataba en realidad de las hogueras prendidas por los baqueiros, piratas del interior que colgaban farolillos en los cuernos de las vacas para atraer a los barcos a las zonas más peligrosas con el fin de hacerlos naufragar y quedase con el botín. Pero los mismos lugareños hambrientos que arramplaban con los restos del naufragio, recogían también a los supervivientes, los alimentaban y curaban sus heridas. Tal vez el mar, tantas veces temible, sí tenga también compasión.
España es casi una isla. Lo recuerda Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, León, 1979) porque a veces lo evidente se esconde entre los pliegues de lo real. La escritora que se mueve como pez en el agua entre toda clase de géneros disímiles, saltó de la novela negra al ensayo emocional con su magnífico Hijos del carbón (Alfaguara, 2020) en torno a la peripecia biográfica de su familia minera. Ahora dobla la apuesta con un libro torrencial que transita la historia, la geografía, el arte, la literatura, el pasado y el presente de aquello que siendo tan cercano nos permitió zarpar hasta lo más lejano: Laberinto mar: un viaje por la vida e historia de nuestras costas (Alfaguara, 2024).
Tres años de trabajo, un empeño documental obsesivo y un buen puñado de entrevistas a marineros, pescadores, biólogos marinos o fascinantes balleneros jubilados van abriendo a lo largo de estas páginas los baúles de la memoria que guardan todos los secretos de la vida azul. Los trabajos del mar, los restos y pecios de innumerables naufragios, la historia luminosa de las conquistas y la negra de la esclavitud o de los migrantes ahogados, los bálsamos que podrían sanar a unos océanos enfermos y las cicatrices de la turistificación fuera de control. Laberinto mar es una enciclopedia, un tratado, un inagotable botín de historias.
«Hay quienes necesitan empezar las cosas por la A, pasar a la B y tras esto la C y así todo», explica Noemí Sabugal. «Yo no creo que los libros tengan que ser así porque la vida tampoco lo es. Este libro escoge una navegación movida por los vientos y la curiosidad. No es una sucesión de puertos en los que atracar en un orden, sea este el que sea, ni mucho menos una serie de tesis. Meter en un libro el mar, los mares, es un empeño de locos».
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LENGUA: Tres años de trabajo para este libro inédito. «Un empeño de locos», lo llamas. ¿Cómo se echó a la mar la idea de este libro y cuán dura fue la travesía?
Noemí Sabugal: Fue una travesía larga y esforzada que requirió mucho trabajo, esfuerzo, documentación, viajes… Pero fue una travesía gozosa también. Ha sido un privilegio para mí escribir un libro como este. Laberinto mar surgió con la idea del descubrimiento de un país marino y de cómo nos han conformado sus mares y costas. Pero la motivación fue también personal. Nadie es ajeno aquí a lo que ocurre en nuestros mares, España es casi una isla.
LENGUA: Háblame de tu memoria sentimental del mar en Gijón.
Noemí Sabugal: Mi mar es el Cantábrico porque mi abuelo se fue a vivir a Gijón con mi abuela cuando se jubiló de la mina. Había allí muchos mineros porque aseguraban que el aire del mar venía muy bien a los pulmones de los silicóticos. Fue en la playa de San Lorenzo donde yo aprendí a nadar. Todos estamos aquí vinculados con el mar, aunque seamos de tierra adentro. Nunca nos es ajeno.
«Laberinto mar escoge una navegación movida por los vientos y la curiosidad. No es una sucesión de puertos en los que atracar en un orden, sea este el que sea, ni mucho menos una serie de tesis. Meter en un libro el mar, los mares, es un empeño de locos»
LENGUA: Y, sin embargo, qué contraste entre el interior y sus costas, ¿verdad? Recuerdo que mi abuela, de un pueblo de Ávila, vio el mar por primera vez a los 60 con su nieto.
Noemí Sabugal: Sin duda. Hay muchos mundos. No es lo mismo la vida en un pueblo minero de montaña como fue el mío, Santa Lucía de Gordón, que en uno dedicado a la agricultura, en una villa industrial o en un pueblo pescador y marinero. Pero vivimos en el mismo país. Del mar comemos y, cada vez más, bebemos y lo que le ocurre al mar nos implica a todos. Es cierto, sin embargo, que como le ocurrió a tu abuela, en el pasado mucha gente podía nacer y morir sin ver el mar. Nuestra relación histórica con el mar fue estrecha pero también complicada. Pensemos, por ejemplo, en las ciudades de Levante; la mayoría miran al interior. Y es que del mar llegaban también piratas, corsarios y otros peligros que arrasaban los enclaves costeros. Hoy, esas ciudades, como Barcelona o Valencia, se abren al mar, pero ha sido un proceso muy tardío.

Retrato de Noemí Sabugal. Crédito: Pablo J. Casal.
LENGUA: Un país de costas es un país de náufragos. ¿No hay nada más aterrador que una galerna en el Cantábrico?
Noemí Sabugal: Hablé para el libro con Aquilino Marín, uno de los supervivientes de la galerna que azotó el Cantábrico en 1961. Fue aterradora. El mar es un elemento natural ajeno a nuestra voluntad, sentimientos y deseos. No es nuestro elemento. El mar, para los pescadores, es su medio de vida, pero también está lleno de peligros, como nos recuerda el reciente naufragio del Villa de Pitanxo. En el libro habló una huérfana y varias viudas de los marineros naufragados. Hoy, cuando viajamos enormes distancias en avión, no nos damos cuenta de que hubo un tiempo en que esas distancias sólo se podían recorrer por barco. En la actualidad, los pecios de algunos naufragios históricos se han convertido en reclamos turísticos de nuestras costas, como en Cabo de Palos.
LENGUA: Galernas como la del Cantábrico del 61 que citabas, podía coger de improviso a cientos de personas que faenaban en el mar en aquel momento. Eso ya no es así. ¿Qué cicatrices ha dejado en la costa el abandono paulatino de la pesca?
Noemí Sabugal: Me contaban los pescadores que, más allá de las transformaciones económicas, lo que se está perdiendo hoy es gran parte de la cultura marinera. Tenemos menos pescadores y los que quedan se hallan cada vez más preocupados por el reemplazo generacional. Las sagas se rompen, el nieto de padre y abuelo pescador no quiere continuar la saga familiar. Los inmigrantes suplen en parte las necesidades de personal y encontramos, por ejemplo, muchos africanos en la pesca de bajura. Pero no es suficiente.
«Sin duda, la esclavitud es una de las grandes vergüenzas del comercio marítimo. Algunos de nuestros antepasados hicieron muchísimo dinero con el tráfico de esclavos africanos. España fue uno de los últimos países en abolir la esclavitud y, cuando lo hizo, aún siguió muchos años bajo cuerda».
LENGUA: Escribes sobre bateadoras o mariscadoras. ¿Los trabajos de la mujer en el mar son, una vez más, los invisibles?
Noemí Sabugal: En todos los sectores el trabajo de la mujer siempre fue el más oculto. En la pesca ellas siempre estuvieron ahí en trabajos durísimos como aquellas que en el País Vasco tiraban de las gabarras, mujeres muy pobres que trabajaban como bueyes y salían más baratas. O las rederas, cargueras, armadoras, conserveras… Labores esenciales, muy poco valoradas y que hoy merecen un reconocimiento.
LENGUA: ¿Podemos decir que la esclavitud es la gran vergüenza en la historia de las travesías marítimas?
Noemí Sabugal: Sin duda, la esclavitud es una de las grandes vergüenzas del comercio marítimo. Algunos de nuestros antepasados hicieron muchísimo dinero con el tráfico de esclavos africanos. España fue uno de los últimos países en abolir la esclavitud y, cuando lo hizo, aún siguió muchos años bajo cuerda. Muchísimos españoles hicieron así fortuna como, sin ir más lejos, María Cristina de Borbón, madre de Isabel II y gran esclavista. Aún dan nombre algunos de ellos a calles y plazas de toda España. Las Palmas, Sevilla o Cádiz eran puertos internacionales del esclavismo. Se compraban esclavos negros para que ejercieran como verdugos… En fin, la memoria vergonzante de nuestro país como tratante de carne humana está aún por recuperar.
LENGUA: Por cierto que vemos hoy un nuevo tipo de esclavitud, la de los inmigrantes que llegan en cayucos y pateras. ¿Qué es lo que más te impactó de tus investigaciones sobre la evolución de los flujos migratorios a nuestras costas?
Noemí Sabugal: En el libro he intentado por mi parte refrescar la memoria de la gente. España fue hasta hace muy poco una nación de emigrantes. Nuestros antepasados fueron inmigrantes ilegales, sin papeles. No íbamos a otros países con contratos de trabajo en la mano sino a jugarnos el tipo como ocurre ahora. Muchas veces, por cierto, en barcos pesqueros. El abuelo se fue a Venezuela, a Cuba, a Brasil. Millones de españoles marcharon fuera y hoy somos un país de acogida, si es que verdaderamente estamos acogiendo. Y ni podemos poner puertas al campo ni podemos vallar el mar. Debemos tratar la inmigración con altura de miras, humana y política.

Un percebeiro busca crustáceos en Cabo Roncudo, A Coruña, el 26 de diciembre de 2022. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Balleneros y trabajadores del mar. El 21 de octubre de 1985 se cazó la última ballena en España, una hembra de rorcual común. Háblame de Miguel López Pérez, nuestro último arponero.
Noemí Sabugal: La pesca de la ballena fue una actividad que ocupó siglos en España, fundamental en los puertos atlánticos y cantábricos. Lamentablemente, salvo en País Vasco y Galicia, su memoria está muy olvidada y tiene mucho que enseñarnos. La desaparición de la ballena franca de nuestras costas fue culpa nuestra. Las ballenas tienen una reproducción muy baja y además nosotros las pescábamos cuando llegaban aquí a parir a sus ballenatos. Sencillamente, acabamos con ellas. Durante siglos nos quedábamos con la grasa de la ballena, despreciando el resto, no servía para iluminación o para pintalabios. Pero también las barbas nos servían para hacer varillas de paraguas, mecanismos de relojes… Pero la carne, salvo en raras ocasiones, no la consumíamos, hasta que empezamos a hacerlo en el siglo XX. La última factoría de ballenas que estuvo abierta en España y que yo visito en el libro, en la playa de Canelillas en Galicia, vio a los últimos pescadores de ballenas de Europa hasta que llegó la moratoria internacional de 1986. En toda esta historia hay malo y bueno, daño ecológico indudable y también una memoria muy importante a recuperar.
«España fue hasta hace muy poco una nación de emigrantes. Nuestros antepasados fueron inmigrantes ilegales, sin papeles. No íbamos a otros países con contratos de trabajo en la mano sino a jugarnos el tipo como ocurre ahora. Muchas veces, por cierto, en barcos pesqueros. El abuelo se fue a Venezuela, a Cuba, a Brasil».
LENGUA: Contaminación, cambio climático, microplásticos... ¿Nuestros océanos están enfermos?
Noemí Sabugal: Son los científicos y científicas, especialmente los biólogos marinos, quienes deben estar en el centro de este debate y yo me he dirigido a varios para recoger sus opiniones en el libro. El mar nos habla y debemos conocer su lenguaje. El coral rojo, por ejemplo, está en peligro en España desde 2020. Joaquin Barrabou y su equipo han comprobado como los picos altísimos de calor que estamos sufriendo afectan dramáticamente a los corales. O las Rías de Galicia, muy afectadas por el cambio climático y la desalinización del agua que afecta a los bivalvos. Pero yo intento ser optimista porque un catastrofismo exagerado nos anula. El tema de las depuradoras ha avanzado mucho, por ejemplo, en mares y en ríos, que a fin de cuentas son los que vertebran el mar.
LENGUA: Hoy nuestras preciadas costas son también el imán de hordas de turistas. ¿Qué hacemos con la turistificación?
Noemí Sabugal: No me gusta vender soluciones fáciles para problemas tan complejos. Nuestro turismo es verdad que es muy costero y en Laberinto Mar he buscado tratar este asunto desde diferentes ángulos: ecología, economía y, también, urbanismo. Estamos legolizando nuestras costas, acumulando gigantescas piezas de Lego de forma bárbara. Hay paseos marítimos que se han metido en el mar y, claro, cada invierno el mar se los come. La España fea, como diría Andrés Rubio, está por todas partes, pero especialmente rondando las playas. La vivienda se encarece, los servicios colapsan… Urgen medidas y, lo más importante, un debate colectivo.

