Lana Corujo: «Me encanta escribir, pero me da mucho miedo publicar: no estaba segura de querer hacerlo con "Han cantado bingo"»
En los minutos suspendidos antes de que la abuela regrese del bingo, dos hermanas convierten el miedo en rito y el volcán El Ahorcado en frontera simbólica de una infancia herida. Lanzarote, con su piel áspera y su magia negra cotidiana, no es solo paisaje: es una forma de estar en el mundo. Publicada por Reservoir Books en 2025, «Han cantado bingo» despliega una prosa juguetona y perturbadora, capaz de rozar la crueldad sin perder belleza. La relación entre esas dos hermanas (hecha de amor, rechazo y un secreto compartido) vertebra un relato sobre el duelo y la herencia emocional, sobre ese don que se transmite como una maldición familiar. Lana Corujo, su autora, que llega a la narrativa tras una sólida trayectoria como ilustradora, construye una novela de atmósferas densas y latido poético, donde la infancia se revela como territorio ambiguo y oscuro. Hablamos con ella, una de las voces más singulares de la nueva narrativa española, sobre la memoria, los volcanes, la culpa y las claves íntimas de su literatura.
Por Carmen Cocina

Lana Corujo en Madrid en enero de 2026. Crédito: Diego Lafuente.
A veces, los juegos infantiles contienen algo indiscutiblemente oscuro. De esa oscuridad, y de los volcanes de Lanzarote, parte Lana Corujo en Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025), su debut narrativo tras una curtida carrera como ilustradora. Vertebrada sobre el ambivalente sentimiento de una protagonista sin nombre hacia su hermana, a la que quiere y repudia al mismo tiempo, la novela transita los dolorosos senderos del duelo y la culpa desde la mirada desacompasada de una niña/mujer marcada por una infancia de apegos convulsos. Latiendo, al fondo, una lección de vida: la importancia de saber perdonarse, aunque la pérdida perfore el alma.
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LENGUA: ¿De dónde partió la idea para este libro?
Lana Corujo: Parte de una imagen y de una vivencia personal, que fue mi vuelta a Lanzarote desde Madrid, en 2021. Ese regreso a la isla supuso una reconciliación con ella. Mi generación creció oyendo aquello de «tienes que irte fuera» y la isla se vivía como un límite, no como una posibilidad. Cuando era chiquitita esos volcanes me fascinaban y me asustaban al mismo tiempo, y al volver tuve que gestionar esa contradicción que me provocaba la isla. Ese fue el germen de la novela: esos volcanes con los que tenía que reconciliarme, y también la noción de paisaje. Siempre miramos el paisaje, pero, ¿qué pasa si el paisaje nos mira a nosotros? Soy ilustradora, empecé a dibujar el volcán con ojos y me dije que ahí había una historia.
LENGUA: El volcán al que aludes, al que la protagonista y su hermana pequeña llaman El Ahorcado, tiene un relevante papel simbólico. ¿Por qué lo elegiste y a qué querías aludir con él?
Lana Corujo: Lanzarote es la isla de Canarias que más volcanes tiene, y me interesaba mucho reinventarlo. Esta isla tiene una tradición literaria magnífica: hay muchísimos autores que lo han resignificado y se reinventa cada vez que alguien la escribe o la pinta. Yo quise crear un Lanzarote en el que el volcán fuese el centro. Quería hacer una metáfora entre el paisaje insular y el paisaje de la familia, reflejando sus luces y sus sombras, desromantizando esos espacios y mirando también esa crudeza que lamentablemente tienen.
«Siempre miramos el paisaje, pero, ¿qué pasa si el paisaje nos mira a nosotros? Soy ilustradora, empecé a dibujar el volcán con ojos y me dije que ahí había una historia».
LENGUA: Siguiendo con los simbolismos, el título, Han cantado bingo, tiene un sentido literal y otro metafórico: por un lado alude a un pasaje protagonizado por la abuela de las niñas y por otro parece aludir irónicamente a la fatalidad. ¿Por qué has recurrido a ellos de forma tan fehaciente, uno para el título y otro para un elemento que funciona como un personaje imprescindible para la historia?
Laura Corujo: No se me dan bien los títulos, pero me hacía gracia ponerle a la novela el de un capítulo en el que la abuela juega al bingo. Pero ahora pienso que tiene un sentido más profundo, porque la vida es muy aleatoria; al fin y al cabo, no hay una fórmula mágica para ganar al bingo, sino que depende totalmente del azar. Creo que la vida tiene mucho de eso. Por otro lado, el juego de las edades en el título de cada capítulo permitía empacar todo eso. Como ilustradora recurro mucho a los simbolismos: siempre estoy pensando en qué metáfora o imagen utilizar para contar las cosas de otro modo. En mi escritura se cuelan de una manera muy natural.
LENGUA: ¿Por qué decidiste no ponerle nombre a la protagonista de la novela?
Lana Corujo: Quería hacer un símil con la isla, que tampoco se nombra. Sin embargo, a medida que leemos, todos podemos saber que estamos hablando de Lanzarote: es una isla que se puede definir sin nombrarla, simplemente aludiendo a esos volcanes. Siento que con nuestros nombres pasa lo mismo: qué nos define más que el nombre que nos han puesto. De la protagonista no conocemos su nombre, pero sí sus emociones, sus miedos, la rabia, la culpa... Todo eso dice mucho más de ella que su nombre.

Crédito: Diego Lafuente.
LENGUA: Lo que subyace tras una tragedia anunciada es el ambivalente sentimiento de la protagonista hacia su hermana: por un lado la quiere, pero también la odia y la envidia porque siente que la invisibiliza ante sus padres y que siempre la tiene encima. ¿Cómo dibujaste a este personaje y la frustración que la acompaña a causa de su hermana?
Lana Corujo: Quería que todos los personajes fueran ambivalentes, que ninguno fuera ni bueno ni malo, porque así somos los humanos. La mente es tan compleja que muchas veces se ve atravesada por sentimientos contrapuestos, no solamente uno. La novela es ficción, pero no es menos cierto que mi relación con mi hermana mayor me ha servido mucho a la hora de ilustrar la relación entre la protagonista y su hermana pequeña. Esa primera relación de nuestra vida es de lo más salvaje, tiene todo lo bueno y todo lo malo. Mi hermana es la persona que más sabe de mí y la la única persona que me ha visto hacer cosas como cantar y bailar. Yo soy muy tímida, pero con mi hermana encuentro otra cosa. Cuando somos pequeñas tenemos otra configuración del mundo. Y cuando aparece la violencia adulta, esa mirada infantil es la que nos completa.
LENGUA: La protagonista define a su hermana como una niña rara, pero tampoco explica por qué lo es. ¿Qué hay de raro en ella?
Lana Corujo: En el fondo, nada. Todas hemos sido niñas raras y yo sigo siendo rara a día de hoy. Para la protagonista su hermana es lo primero y casi lo único que ve. Los niños siempre andan buscando similares en los que reconocerse, y para la protagonista su hermana es su espejo. Y muchas veces las extrañezas le permiten separarse y significarse como una sola en lugar de como un pack indivisible. Cuando ya es adulta le dice a Clara: somos niñas raras que han vivido infancias diferentes. Lo que quería era honrar a esas niñas que buscan nombrar lo que son y aún no disponen del lenguaje para poder hacerlo. La palabra «rara» suple ese vacío.
«No hay una fórmula mágica para ganar al bingo: depende totalmente del azar. Y creo que la vida tiene mucho de eso».
LENGUA: El detonante de la tragedia es un arrebato de crueldad de la protagonista hacia su hermana: esa revelación que le hace y los improperios que le profiere. ¿Hasta qué punto pueden hacernos abyectos los celos fraternales?
Lana Corujo: A veces afilamos tanto las palabras que pueden convertirse en un arma horrible: el lenguaje tiene esa potencia que podemos llevar por un lado o por otro. En un determinado momento unas palabras mal dichas pueden desencadenar algo fatídico. También pienso mucho en los miedos: ¿qué es lo que da miedo, lo que está ahí fuera o lo que inventamos? En esa escena también era importante para mí no detallar con demasiada especificidad lo que le pasa a su hermana. No quería recurrir al morbo como espectáculo. Siento que es una novela que se construye en gran parte con los silencios, que narran tanto como lo que se dice. Es el lector el que tiene que completar la información que no se da de manera directa en la novela.
LENGUA: A raíz de ese arrebato, la protagonista acarreará un sentimiento de culpa que le es casi imposible expiar. ¿Cómo crees tú que repercute la culpa en nuestra personalidad y nuestra vida, y qué podemos hacer para librarnos de ella?
Lana Corujo: Para esto me entregué al misterio. Yo no sé lo que es perder una hermana, pero me he tenido que entregar a eso y tantear la oscuridad para ver qué forma tiene. En el caso de la protagonista, esa culpa, que también se menciona a través del concepto de la herencia, es transformable. Me interesaba mucho abordar el tema de las consecuencias: qué clase de adultos somos en función de la infancia que hemos vivido y cómo manejan la culpa esas edades adultas.

Crédito: Diego Lafuente.
LENGUA: Otro tema crucial en la novela es el duelo. ¿Qué experiencia tienes con ellos? ¿De qué herramientas disponemos para abordarlos?
Lana Corujo: Es fundamental la ayuda profesional. Yo pasé mi primer duelo a los diez años, cuando murió mi abuela. Para mí era una gran amiga, fue ella quien me enseñó a leer y a escribir. Me contaba historias que abrían una gran puerta a la imaginación, y creo que si ahora soy tan inventiva es porque ella lo alimentó. Cuando murió yo veía a mi madre tan triste que sentía que no debía mostrar mi propio dolor: nunca lloré la muerte de mi abuela delante de mis padres, sentía que no me correspondía hacerlo. Quizá fuera porque yo también me siento culpable muchas veces; además, soy muy tímida e introvertida. Creo que lo principal para curar el dolor es conversar: poner el duelo sobre la mesa y dejar que nos ayuden, tanto la gente que nos quiere como los profesionales. Por suerte cada vez está más normalizado ir al psicólogo, que nos brinda unas herramientas que no tenemos por qué conocer. Y no hay dos duelos iguales: cada persona, en función de sus circunstancias, los vivirá de una manera u otra.
LENGUA: El libro se estructura a través de continuos saltos en el tiempo, con un número al inicio de cada capítulo que indica la edad de la protagonista. ¿En qué orden lo escribiste y qué criterios seguiste para ordenarlos?
Lana Corujo: El esqueleto que esbocé se componía de tres capítulos: el primero, que narra las reglas del juego; el de la abuela cantando bingo y el último. A partir de ahí elegí las edades sobre las que iba a escribir y fui avanzando con capítulos sueltos. Tomaba muchas notas: tengo una libreta llena de esquemas y de ideas. Escribo por acumulación. A priori todas esas notas no tienen sentido, pero luego cohesiono y estructuro. Siento que no solo escribí la novela, sino que me esforcé mucho en mover sus huesos. Y no sabía qué iba a pasar. Me encanta escribir, pero me da mucho miedo publicar: no estaba segura de querer hacerlo con esta novela. Lo que quería era divertirme. En la ilustración, al ser mi profesión, he perdido parte del aspecto lúdico, así que para jugar, la escritura es lo que me queda. Así que, qué mejor que hacer lo que me dé la gana.
«Creo que lo principal para curar el dolor es conversar: poner el duelo sobre la mesa y dejar que nos ayuden, tanto la gente que nos quiere como los profesionales».
LENGUA: El formato del libro es curioso: has optado por subrayar algunas frases, poner en cursiva otras, en mayúsculas otras… ¿Hay alguna lógica interna común para cada una de estas opciones?
Lana Corujo: Sí. La cursiva se aplica a todos los diálogos: no podía escribirlos de la forma tradicional porque la hermana de la protagonista está muerta desde el primer capítulo. Por eso todos los parlamentos de la protagonista están en cursiva y todos los de la hermana van subrayados. Los parlamentos del resto de los personajes van entre corchetes. Para mí la cursiva simboliza la fragilidad y la duda; el subrayado, la importancia; y los corchetes, un muro de incomunicación entre la protagonista y el mundo que la rodea. Todo esto puede crear cierta confusión en la lectura, pero viene de un imaginario visual. Yo trabajo con carteles, y ahí el tipo y el tamaño de la letra vienen dados por el carácter de lo que se quiere comunicar. Decidí trasladarlo a la novela y creo que así es más transitable.
LENGUA: Además de escribir, eres ilustradora y has participado en varias exposiciones, también como comisaria. ¿Cómo describirías tu arte? ¿Cómo es el que te emociona?
Lana Corujo: La pintura y la escritura son mis lenguajes personales: los vivo con mucha libertad y hago lo que quiero. Y luego está mi trabajo: ilustración infantil y cartelería. Estoy muy agradecida por poder ganarme la vida con eso, y también es muy bonito trabajar con las ideas de otras y no depender siempre de las mías. Ahora que he escrito Han cantado bingo pienso mucho en lo que vendrá después, y ahora mismo abruma. Sé que habrá algo porque mi mente siempre está despierta, pero me gusta mucho trabajar con las ideas hermosas de otras personas en mi día a día y traducirlas a la imagen.
LENGUA: ¿Qué tienen en común el arte y la literatura?
Lana Corujo: Son dos lenguajes que durante mucho tiempo intenté separar, hasta que me di cuenta de que es imposible: ambos surgen de lo mismo. Un buen ejemplo es Lorca, que también dibujaba. Y uno de los cuadros más icónicos de Óscar Domínguez, el de dos caballos que se cruzan, parte de un poema. Si tenemos una idea del mundo y queremos traducirla, la imagen y la palabra se darán la mano muchas veces. Creo que la gente debería dibujar más: normalmente lo dejamos solo para los profesionales, pero es el primer lenguaje que aprendemos de niños.
LENGUA: ¿A qué escritores y artistas admiras?
Lana Corujo: Lorca es muy importante para mí, porque mi abuela me enseñó a leer y escribir con sus poemas infantiles. También me gusta mucho Silvina Ocampo: me fascinan su mente y su rareza. Y soy muy fan de Fernanda Trías, que el año pasado publicó El monte de las furias, una novela en la que también sitúa el paisaje en el centro.
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