Luciana de Mello: «En los barrios marginales de Buenos Aires a muchos hombres solo les queda la opción del crimen, organizado o no»
La violencia oficial, el abandono, el incesto, el despecho, las religiones afroamericanas y, por encima de todo, la resiliencia se funden y se retuercen en «Mandinga» (Yegua de Troya, 2025), el debut literario de esta joven periodista argentina.
Por Carmen Cocina

Luciana de Mello. Crédito: María Elgassi.
Nacer en la cara mala del mundo deja la marca del lado oscuro, que decía la canción. En el universo que retrata Luciana de Mello en Mandinga (Yegua de Troya, 2025), esa cara lleva las coordenadas geográficas de la frontera entre Argentina y Brasil, lugar de desarraigo y de lucha por la supervivencia para cambistas, contrabandistas, migrantes precarios y otros desheredados. Es allí, en el seno de una familia sin padre y sin afecto, donde crece la protagonista cuyo discurso vital, entremezclado con el de su volátil madre, arranca en la infancia y desemboca en la edad adulta tras una larga odisea de búsqueda y de resistencia. Un tour de force contra el peso de la herencia y el estigma colectivo que nos deja uno de los debuts más desgarradores de la literatura latina reciente, un bautizo de fuego lacerante y muy revelador que pone de relieve, una vez más, en la necesidad de dar voz a los sin voz.
LENGUA: Empecemos por el título, Mandinga. Los mandingos eran gladiadores procedentes de África en los Estados Unidos esclavistas. ¿Hay alguna relación o paralelismo entre el título de la novela y esta figura histórica?
Luciana de Mello: El título en Hispanoamérica es Mandinga de amor, que es un verso de una canción de Vinicius de Moraes. La novela trata de las formas y límites del amor: el materno, el romántico, el filial... Era un buen título, pero sentí la necesidad de cortarle el «de amor» para abrir la lectura hacia otros sentidos del término «mandinga», que viene de una región del África occidental donde capturaban a sus habitantes y los llevaban a América para esclavizarlos. Después, la palabra «mandingo» pasó a significar hechizo en portugués, refiriéndose a un trabajo que se hace en las regiones afrobrasileñas para cerrar el cuerpo a los males del exterior. Luego, llegando al Río de la Plata, el término se ha usado de forma peyorativa, vaciándolo de su contenido y convirtiéndolo en sinónimo de cosa del demonio. En Argentina se dice «cosa de mandinga» a lo que no se entiende, a lo confuso y a lo diabólico. Por eso me parecía importante reducir el título a esa palabra con todas estas acepciones. También significa afeminado, hombre que carece de valor. Que tenga un significado u otro en función del territorio dice bastante del mestizaje de la novela, también en los cuerpos cruzados por fronteras, geografías y formas del habla.
LENGUA: La novela alterna el discurso oral de la madre, incontenible, disperso y verborreico, con la prosa más ordenada y cronológica de la protagonista. ¿A qué responde esta decisión de estilo?
Luciana de Mello: La voz de la madre se impuso en la narración. Es la voz del inconsciente, de relatos que permean el cuerpo de la hija protagonista: lo innato, la herencia, los reproches... Va todo junto, la madre no hace distinción de temas cuando habla: cuando cocina una chocolatada o una feijoada mezcla tanto los condimentos como las partes de la historia y sus rencores. Con eso alimenta a la hija y la mantiene dentro de su territorio emocional y lingüístico. Quería que esta voz estuviera muy presente y que se diferencia de la voz más aséptica y desconfiada de la hija, sobre todo cuando se hace adulta. En la infancia los lenguajes de la hija y de la madre aún están muy mezclados, y luego, como ocurre en la vida real, la hija se va desprendiendo de esos discursos. En su recorrido físico, la narradora va releyendo las palabras que su madre le ha dejado e intentando descubrir lo que contenían.
LENGUA: El discurso de la madre se centra esencialmente en el pasado, en el que la figura de su cónyuge y padre de su hija tiene un papel preponderante. El sentimiento de la madre hacia él es especialmente ambiguo; se debate entre el agradecimiento y el despecho, entre la admiración y el reproche, como si fuera un ídolo caído. ¿De dónde surge esta ambigüedad?
Luciana de Mello: Es la ambigüedad de los amores fogosos, sufridos, traicionados y bastardeados que había sobre todo entre mujeres y hombres de esa generación. El discurso del amor heterosexual de esos tiempos y los de las abuelas pasa por esos vértices de la lealtad de la mujer hacia el hombre, pero esa devoción o atracción tiene también un correlato en la bronca y el reproche. No hay muchas mujeres que hayan podido zafarse de ese rencor por haber sido maltratadas de distintas formas, y sin embargo han querido quedarse ahí, siendo buenas mujeres, buenas madres, buenas amas de casa según el modelo cristiano. pero esta es una mujer que también tiene sus pasiones y sus furias incontrolables, no es completamente sumisa. Su gran traición es revelarle a la hija toda la historia y la mancha del padre. Y en ese discurso hay muchas contradicciones.
«Entre los hombres y mujeres de la generación que retrato en Mandinga los amores eran muy ambiguos: fogosos, sufridos, traicionados y bastardeados. El discurso del amor heterosexual en esos tiempos pasaba por la lealtad de la mujer hacia el varón».
LENGUA: Las pinceladas con las que la protagonista nos da cuenta de sus propias vivencias con su padre son escasísimas. ¿Por qué decides dejar el acceso del lector al personaje del padre casi enteramente en manos del discurso de la madre?
Luciana de Mello: Creo que la figura de los padres en esa generación era así. Luego ha habido un cambio en la concepción de las masculinidades y su rol como padres, pero en las crianzas tradicionales el padre es una figura misteriosa que no habla, que no cuenta su historia, que se llama al silencio con todos sus traumas y dolores. A diferencia de la mujer, el hombre no está habilitado para desbordar. La mujer carga con todo pero habla, llora, grita, se corta el pelo, monta un escándalo, se junta con sus comadres a hablar de los hombres... Y parte de esa censura impuesta al hombre pasa a la paternidad. La relación de esta niña con su padre está mediada por su madre, que es la que le cuenta su historia, como suele suceder. Por eso la protagonista tiene ese complejo de Electra tan fuerte, porque el padre se erige como un misterio: ¿Quién es este hombre del que vengo pero del que no sé nada, que es mi modelo masculino al que hay que obedecer, el que afirma o niega cosas sobre mí y es la palabra que queda y que tiene peso de ley? Son tan poderosos que pueden decidir borrarse y no hacerse cargo de sus hijos: si el amor no les sale bien, ahí se termina también el amor y la responsabilidad paterna. Ahora las nuevas generaciones ya tienen otras visiones, entendimiento y vivencias de sus masculinidades.
LENGUA: En la relación entre la protagonista y su padre hay una especie de complejo de Electra: frente al desdén que él le profesa, ella busca su aprobación y su aprecio a toda costa. ¿De dónde parte esta relación tan asimétrica?
Luciana de Mello: Sale del hombre de esa generación, que vive una desconexión total con su intimidad y su emotividad. Y sus hijos varones tenderán a repetir esos patrones: les están diciendo que tienen que ser fuertes, que tienen que imponer autoridad y marcar la ley. Frente a estos padres, las mujeres quedan buscando rastros de amor y de cariño y de aprobación distinta de la del varón: una mujer a la que se puede amar. Lamentablemente lo que nos queda a nosotras no es el éxito ni el coraje para plantar cara a la adversidad, sino que vale lo que la quieran. Es esta confrontación madre/padre lo que va a marcar la visión del amor de la protagonista y de lo que este le puede dar.

Luciana de Mello. Crédito: María Elgassi.
LENGUA: La profesión del padre y su devenir es crucial en la novela: su carrera como militar en Uruguay cae en picado y acaba trabajando como vigilante de seguridad. ¿Hasta qué punto este declive es relevante y sintomático en la novela?
Luciana de Mello: Es sintomático, pero en la novela es importante esa devaluación de la virilidad del hombre. Es como si hubiera sido castrado en su intento de ser la fuerza de la Marina. Él viene de un padre que también era policía y quiere ser más. Pero no pudo cruzar el límite que plantea la novela: el de torturar. No es capaz de ocupar ese lugar histórico de las dictaduras latinoamericanas. ¿Hay algo más inhumano y cruel que ser un torturador? En la novela no se termina de concretar hasta qué punto el padre participó o dejó de hacerlo en las fuerzas represivas de la dictadura uruguaya, pero sabemos que vuelve derrotado y acaba siendo vigilante de seguridad. Y la madre, por un lado, aprecia que no haya llegado al punto de torturar, pero por otro se lo reprocha porque eso les aboca a la precariedad material. Si se hubiese sacrificado y hubiese torturado, ellos habrían tenido otra vida. Su situación habla de la precarización del hombre en América Latina, o al menos Argentina, que es el espacio que yo más he habitado. En muchos barrios periféricos y marginales de la ciudad de Buenos Aires a estos cuerpos rotos solo les queda la opción del crimen, organizado o no: o policías o ladrones. El nivel de corrupción policial es enorme, especialmente en las cárceles.
LENGUA: ¿Por qué era relevante incluir el submundo de los cambistas, los contrabandistas y los migrantes en la novela?
Luciana de Mello: Tenían que estar porque son parte de esta zona, de esta región. Cuando de niña iba a Rivera mis tíos trabajaban de cambistas en estos puertos, con sombrillas, porque hacía un calor tremendo. Se sentaban con su fajo de billetes cambiando de una moneda a otra en la frontera que separa un país de otro, que tal como cuenta la novela es una calle poco más ancha que una avenida donde también se contrabandea con bienes de consumo, drogas, prostitución... Y también concentran el crimen, porque allí los prófugos pueden cruzar rápidamente de un país a otro. En el sur periférico de Brasil la asimilación costó mucho más que en el resto del país; incluso hubo intentos de independización. Esta frontera se determina como un tercer país que no es ni Argentina ni Brasil, y donde la gente no es ni de un lugar ni de otro; lingüísticamente también está en conflicto. Esa condición transfronteriza se vive como un estigma: desde una mirada purista no hablan bien ningún idioma. En la novela me interesaba la falacia de la pureza, de lo correcto, de ser una sola cosa, que se nos impone desde el pensamiento colonial.
«En las crianzas tradicionales el padre es una figura misteriosa que no habla, que no cuenta su historia, que se llama al silencio con todos sus traumas y dolores».
LENGUA: El tema del incesto (entre la protagonista y su tío) se trata aquí no desde la condena absoluta, sino desde la ambigüedad en la que la violencia y una iniciación sexual forzosa se solapan con una supuesta protección y consuelo, amén de con su faceta de proveedor, que hace que la protagonista se sienta en deuda con él. ¿Hasta qué punto es frecuente que todas estas facetas convivan?
Luciana de Mello: Me interesaba generar un texto que traspasara los juicios: cuando un autor juzga a sus personajes los resultados no son buenos. Lo trabajé con mucho cuidado para no caer tampoco en pedagogías ni lugares comunes, y fue lo más difícil de contar. Como mujer tengo un posicionamiento bien marcado sobre el incesto y la pedofilia, pero me interesaba mostrar lo que sucede comúnmente en el abuso intrafamiliar, donde los depredadores a menudo no ejercen la fuerza sobre los cuerpos de dominio, sino que son seductores y ocupan lugares y funciones que deberían asumir los padres ausentes, como los de la protagonista. Se filtran por esas grietas y van a por las presas más vulnerables de la familia, hacia las infancias desprotegidas, para acceder fácilmente. Y lo que se genera en la psique de un niño o niña desprotegida y no cuidada es el cariño, la admiración y el sentirse apreciado. La protagonista se siente elegida por un adulto varón, y por lo tanto, linda e importante. Se genera un cuadro psicológico completamente subvertido sobre lo que es el amor y el cuidado, y esa marca queda impresa y repercutirá en lo que aceptará de los hombres. Me interesaba explorar el personaje de ella en su relación con su tío. pero hay una diferencia muy grande entre cómo lo ve ella de niña y la que tendrá de joven, cuando empieza a entender y a procesar el abuso y el vínculo incestuoso que ella convirtió en lugar y pertenencia con un falso agenciamiento de su sexualidad. Eso es lo que se le va a revelar en su viaje.

Luciana de Mello. Crédito: María Elgassi.
LENGUA: El silencio y los secretos familiares son otra baza importante. En un momento dado, la madre dice: «Lo que se calló es lo que cuenta». ¿Por qué decidimos ocultar los aspectos conflictivos del pasado, y qué consecuencias tiene ese secretismo visible en la psique de la protagonista?
Luciana de Mello: Lo dice la protagonista. En cuanto sucede el abuso sexual infantil y los niños tiene la valentía de contarlo, enseguida se les hace callar. El adulto que los escucha, el que les tiene que defender, les acusa y se subvierte el peso de la culpa hacia quien ha sufrido el abuso. Es lo que sucede en el ochenta por ciento de los casos. En Argentina sucede mucho y esta novela suscitó muchas conversaciones entre escritoras que me han dicho en voz baja: a mí me pasó. Por redes, por email, contaban por primera vez a alguien que habían sufrido abuso sexual infantil intrafamiliar. Fue tremendo escucharlas. Sus madres no las supieron defender y sus padres, ausentes, tampoco lo hicieron por miedo de romper la institución familiar, que tiene todavía más peso que la religión. Nadie quiere que se sepa que en la familia hay un pedófilo, así que se le protege desde todos los rincones, de la ley a la familia. Nadie quiere saber nada sobre el abuso sexual infantil: es un tabú. Aún estamos a años luz de darle la voz que se merece.
«En la mayoría de los casos de abuso sexual infantil, cuando el niño tiene la valentía de contarlo, enseguida se le hace callar. El adulto que les tiene que defender les acusa y subvierte el peso de la culpa hacia quien lo ha sufrido. Nadie quiere que se sepa que en la familia hay un pedófilo».
LENGUA: El terreiro y los ritos de la religión afrobrasileña permiten que la protagonista expíe sus propios demonios. ¿Cuál es su grado de conocimiento de estos rituales? ¿En que podría radicar su eficacia en este caso?
Luciana de Mello: Las religiones afrobrasileñas son una cuestión de supervivencia de la población esclavizada. Los barcos negreros traían a gente de diferentes procedencias y religiones y luego los mezclaban para quebrar su identidad cultural. En las senzalas o casas de esclavos fusionaron sus deidades para mantenerlas vivas, sincretizando figuras del catolicismo con la religión umbanda y las indígenas. En consecuencia, las religiones afrobrasileñas son una expresión de resistencia. Hoy en día siguen siendo perseguidas y difamadas por la iglesia católica, son lugares de fe clandestinos. Yo los conocí de niña, pero luego mi madre no quiso saber nada más del umbandismo. Yo me he acercado a mis ancestralidades afroindígenas, y me interesa mucho esa dicotomía entre el bien y el mal de Occidente. Por contra, las religiones afrobrasileñas creen que estamos compuestos de ambas cosas y que hay una fuerza que une a todas las criaturas vivas. Yo me identifico más con esta visión más orgánica. Por lo tanto, era natural que en la novela aparecieran los terreiros de la región y la santería. Tiempo después de escribir la novela entendí que Alba, la madre umbanda y el empoderamiento mestizo que aprecia en ella la protagonista debían tener más peso en la historia, como así sucede en la edición española de la novela. Es importante buscar nuestras propias formas de relacionarnos con lo espiritual y no hacerlo desde la imposición hegemónica de una institución genocida como ha sido la católica, sino desde nuestras propias búsquedas, especialmente en un continente tan arrasado y perseguido cultural y religiosamente como Latinoamérica.

