Luis García Jambrina: «El franquismo condenaba a Unamuno, pero, por otro lado, lo utilizó hasta después de muerto»
Tras «El primer caso de Unamuno» (Alfaguara, 2024), Luis García Jambrina continúa su saga de ficción histórica detectivesca sobre el escritor de la generación del 98 con «El último caso de Unamuno» (Alfaguara, 2026), donde, de nuevo, don Miguel se convierte en investigador de crímenes por pura cuestión de principios. Jambrina se planteó escribir esta colección por su admiración hacia Unamuno, pero también para poner en valor Salamanca, ciudad donde este zamorano de nacimiento vive y trabaja como docente en la universidad. «¿Cómo es que en las últimas décadas casi nadie ha escrito ficción situada en Salamanca, y mucho menos centrada en ella?», se pregunta. Y da la solución en estas dos obras, a las que, afirma, seguirán otras con Unamuno como pesquisidor. Pero, ¿dónde, si ya tenemos el primero y el último caso? «En medio, por supuesto», señala Luis García Jambrina con una unamuniana sonrisa de rebeldía.
Por Patricia Giménez
-Carmen-Borrego.webp)
Luis García Jambrina. Crédito: Carmen Borrego.
A través de sus dos novelas más recientes, Luis García Jambrina le da una nueva vida a Miguel de Unamuno.. y lo hace mostrando su temperamento, el de un ser siempre combatiente e irónico. En la primera entrega, El primer caso de Unamuno (Alfaguara, 2024), el literato del 98 indaga sobre el asesinato de un cacique local del municipio salmantino de Boada, después de que, curiosamente, el propio Unamuno hubiera escrito un artículo denunciando los abusos del terrateniente hacia los campesinos allí asentados. En su investigación le acompañan el abogado Manuel Rivera y la anarquista Teresa Maragall, personajes que recupera en el segundo volumen de la serie, El último caso de Unamuno (Alfaguara, enero de 2026).
En esta nueva entrega, Rivera y Maragall están solos en sus pesquisas, porque el libro toma como punto de partida la muerte real de don Miguel -la tarde de fin de año de 1936-. Esto no impide, sin embargo, que los lectores sean testigos de lo que vivió el rector de la Universidad de Salamanca durante sus últimos meses; en buena parte, una fotografía de lo que ocurrió de verdad. Jambrina se adentra de esta forma en los comienzos de la guerra civil española, el terrible escenario de las historias entrelazadas que brinda la obra. «Si quieres inventar, documéntate», insiste el autor. Siendo fiel a esa premisa, relata situaciones verídicas pero también nos regala ejemplos de cómo don Miguel, con la palabra, se podría haber enfrentado cara a cara al bando nacional tras el alzamiento franquista: «Pero, ¿saben ustedes qué es tener ideas? Váyanse, váyanse y déjenme en paz», se puede leer en el segundo tomo de la colección, en la recreación de una visita de jóvenes de la Falange a casa del filósofo.
En ambos casos, Jambrina reclama el constante inconformismo político de Unamuno, a la vez que el máximo rigor que le definía profesionalmente -y, en estas aventuras, como pausado pero hábil pesquisidor-. La trama de la historia deja así de estar en manos de actores anónimos y, como manifiesta el autor, «para mí eso tiene un gran atractivo. De hecho, de las 14 novelas que tengo, diez son sobre personajes históricos más o menos conocidos». Una de ellas, El manuscrito de piedra, le hizo recibir el galardón del Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza. En sus páginas, es el mismísimo Fernando de Rojas quien trabaja para desenmascarar a un asesino que aterroriza a los habitantes de Salamanca.
Luis García Jambrina no se cohíbe al retratar a gigantes de nuestra literatura como Rojas, o Unamuno en su serie, sino que los muestra al lector con naturalidad y hasta «con desparpajo, de tú a tú, humanizándoles», como él mismo describe. Esta visión cercana y renovadora del género histórico fue uno de los ejes centrales de su conversación con LENGUA, en una entrevista realizada tras su paso por el VI Encuentro de Novela Negra y Criminal de Los Llanos de Aridane, en la isla de La Palma.
Ver más
Ver más
LENGUA: Salamanca, donde transcurren sus dos libros de ficción histórica sobre Unamuno, es cuna de la cultura y la ciudad que acogió, y después vio morir, a Unamuno. ¿Qué significa para usted residir, trabajar y escribir en la propia fuente de inspiración?
Luis García Jambrina: Es un privilegio vivir en una ciudad renacentista que sigue ahí en su mayor parte, y que cuenta una historia tan vasta. Yo trabajo en el casco histórico, en el Palacio de Anaya, donde se encuentra la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad, que ya acumula 800 años de vida. Y me encanta ir caminando a dar clase, pasando junto a la catedral o por la Plaza Mayor, respirando cultura, literatura, historia… Pensemos que por la Universidad de Salamanca han pasado, desde la Edad Media hasta ahora, muchos de los grandes escritores e intelectuales de todos los tiempos. Algunos lo hicieron como alumnos, y otros como profesores (o como ambas cosas). Y no hay que olvidar a Miguel de Cervantes, que simplemente estuvo durante algunos días pero se empapó de la ciudad y, sobre todo, de la universidad, donde supongo que a él le habría gustado mucho asistir a clase, ya que no tuvo estudios universitarios. Por todo ello, sentía que tenía que hacer algo al respecto, y devolverle a esta ciudad enigmática todo lo que me ha dado desde que llegué desde Zamora a estudiar allí, en el 79. Primero me dediqué a escribir cuentos situados en Salamanca, y después novelas, como El manuscrito de piedra, que nació de una manera espontánea y luego se transformó en una serie. Pero después vino Unamuno, que es a quien verdaderamente tenía ganas de abordar.
«A Miguel de Unamuno lo que le obsesionaba era la inmortalidad; él sabía que la única inmortalidad posible era permanecer en la memoria y que se leyeran sus obras. Afortunadamente, así ha sido».
LENGUA: Usted es un estudioso de Unamuno, por lo que, pese a que al final de cada libro se pueden leer cuatro páginas de bibliografía, un gran número de los hechos y datos de no ficción que cuenta no habrá tenido ni que consultarlos. En esa línea, ¿le resulta difícil silenciar al estudioso para dejar hablar al autor de ficción?
Luis García Jambrina: Mi sensación es que ambas facetas fluyen y se entremezclan en mi mente de forma natural. Cuando acabé la carrera, iba cada mañana como becario a la Casa-Museo Unamuno a trabajar, a tocar sus papeles, y tras seguir estudiando me surgió la idea de su figura como pesquisidor. Así, El primer caso de Unamuno es una novela que tenía pensada desde el año 88. Y, efectivamente, puede que gran parte del material esté en mi cabeza, pero la bibliografía es para mí una deuda de gratitud a esas personas de las que he leído sus obras. Además, es muy importante reflejar que, cuando eres novelista y trabajas con la historia, hay que documentarse -para posteriormente, eso sí, dejar de lado la documentación-. La documentación no se debe notar, y además es necesario dosificarla para que el resultado sea verosímil. No obstante, la bibliografía también es para que los lectores que lo deseen puedan comprobar, por ejemplo, que en El primer caso de Unamuno el asunto que investiga don Miguel es real, basado en un pueblo que quería emigrar a Argentina, ¡el pueblo entero! Parece muy berlanguiano pero sucedió. Y en cuanto a El último caso de Unamuno, aproximadamente el 95% de los personajes del libro son reales; hay muy pocos inventados por necesidades narrativas. Donde hay más invención es, naturalmente, en la trama, pero siempre con una base real. Yo tengo un lema que es: «Si quieres inventar, documéntate». La invención, al menos para mí, no puede ser gratuita. Las historias tienes que saber verlas, tienes que saber leerlas y luego tienes que saber contarlas.
-Carmen-Borrego_1.jpg)
Luis García Jambrina. Crédito: Carmen Borrego.
LENGUA: En su tratamiento de los personajes, las fronteras entre vida y literatura, o entre realidad y ficción, se rompen para generar una atmósfera que puede ser muy cautivadora. ¿Qué es para usted lo fundamental en este planteamiento? ¿Planifica cuidadosamente cada paso o disfruta de la incertidumbre?
Luis García Jambrina: Siempre me ha atraído mucho poder crear historias con gran trasfondo literario sobre escritores, pero que fueran divertidas, amenas e intrigantes. Y mi forma de verlo es que hay que mostrar de carne y hueso a quienes fueron personas reales, también con sus debilidades y sus puntos oscuros. De hecho, otros proyectos futuros que tengo irán en esa dirección. Y sobre Miguel de Unamuno, la serie solo acaba de empezar. Con el primero y último caso ya tenemos las coordenadas, los límites, pero ya tengo proyectadas tres novelas en medio de estas dos. Quiero alterar el hilo temporal, volviendo atrás y rompiendo la cronología. En ese sentido, todos los títulos son y serán independientes, autosuficientes, autoconclusivos… En paralelo, y aunque parezca una contradicción, yo no planifico mucho las novelas. Me gusta que se vayan formando sobre la marcha. Esta es otra lección que aprendí de Unamuno, que hablaba de escribir sin plan previo, y controlando a los personajes pero dejándoles tomar la iniciativa. De alguna manera, hay cosas que se van forjando en la cabeza aunque no te des cuenta, y un día te sientas a escribir y todo va manando. El último caso de Unamuno, que es la más extensa de mis novelas, salía con absoluta naturalidad.
«Yo tengo un lema que es: "Si quieres inventar, documéntate". La invención, al menos para mí, no puede ser gratuita. Las historias tienes que saber verlas, tienes que saber leerlas y luego tienes que saber contarlas».
LENGUA: Respecto a El último caso de Unamuno, no podemos dejar de preguntarle, como experto, qué es lo que verdaderamente pasó en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca entre Unamuno y José Millán-Astray, cuando el primero, entre otras intervenciones, sentenció con el célebre: «Venceréis, pero no convenceréis».
Luis García Jambrina: Millán-Astray llegó a exclamar: «Muera la intelectualidad»; y: «Morirán aquellos que enseñen teorías averiadas». Con eso estaba poniendo a Unamuno en la diana. Pero la verdad es que a él no le dejaron hablar. Yo he querido ser muy comedido en esa escena porque existen muchas versiones de lo que aconteció aquel día, y algunas que incluso se han consagrado en libros de historia. Sin embargo, son invenciones. Por ejemplo, lo que aparece en el libro del hispanista Hugh Thomas es falso: que Unamuno lanzó un discurso perfectamente construido, lleno de frases para la memoria. Yo he querido ser fiel al único testimonio directo que tenemos, que apareció escondido en los papeles de un catedrático de Derecho que lo había presenciado, y que era, por cierto, del régimen pero muy ecuánime. Y parece ser que es verdad que tuvo que salir del Paraninfo del brazo de Carmen Polo, la mujer de Franco, porque había mucha tensión y cualquier exaltado podía haberle pegado un tiro. Lo importante en ese momento para ellos es que a don Miguel no le pasara nada, porque podía haber sido un escándalo internacional. Y eso lo mantuvieron hasta que finalmente fue imposible.
-Carmen-Borrego.jpg)
Luis García Jambrina. Crédito: Carmen Borrego.
LENGUA: Como plasma en esta nueva entrega de su serie, adentrándose en un terreno pantanoso, el bando nacional tenía con Unamuno una relación muy complicada, de respeto y enfrentamiento a la vez. ¿Cómo se transformó esa relación ambigua en puro enaltecimiento tras su muerte?
Luis García Jambrina: Entre otros muchos ejemplos que podría dar, no olvidemos que los falangistas le enterraron como uno de los suyos, como explico en la novela, y que hasta llegó a haber un campo de concentración llamado Miguel de Unamuno. Él, desde luego, se hubiera indignado muchísimo si hubiese podido verlo. Pero, aún en vida, el régimen usaba su figura por el gran prestigio que tenía, y por su gran autoridad moral. Pero, a la vez, se temía su palabra y por eso se le denigraba. También hay que tener presente que, en la Salamanca de la época, al comienzo de la guerra de España, entre los militares y los falangistas había tensiones, y Unamuno estaba en medio de ese conflicto. A eso se suma que era muy cabezota, y que al principio apoyó a los sublevados, pese a que poco más tarde se arrepintió muchísimo. Tenía muchas caras; él mismo decía «somos múltiples». Por esa razón intento mostrarle en toda su complejidad, no con trazo grueso. Era una persona que lo problematizaba todo, lo que es fantástico, porque esa actitud te hace someter todo a juicio, cuestionarlo todo, hasta a ti mismo. Por otro lado, en lo personal, tenía fama de serio, pero era un tipo divertido y su ironía era bestial, y cuando se ponía a satirizar y a insultar era sencillamente genial.
«Uno debe escribir, sobre todo, acerca de lo que sabe. Yo, personalmente, me encuentro muy cómodo haciendo esta clase de novelas, ese vértigo se mitiga gracias a un conjunto de circunstancias, formativas y de experiencia, que me aportan seguridad. Aplico, por ello, cierta osadía en la narración».
LENGUA: Usted comparte con Unamuno las aulas universitarias. ¿Siente sus mismas inquietudes o su enfoque de la vida y la muerte es más sosegado? ¿Cómo traduce esas obsesiones de Miguel de Unamuno a las nuevas generaciones?
Luis García Jambrina: Digamos que yo no me torturo tanto; soy de otra época y no tengo su capacidad tampoco. Entonces no llego a sus extremos, pero sí empatizo con él y lo tengo como referente en las cuestiones vitales que me planteo, como la religión, desde que era adolescente. Yo leí con 16 o 17 años dos ensayos suyos, que son los más importantes y que versan sobre la existencia y la muerte: La agonía del cristianismo y Del sentimiento trágico de la vida. Y fue así gracias a un gran intelectual que vivía en Zamora en aquel tiempo, Agustín García Calvo, quien acababa de volver del exilio. Este nos hablaba de Unamuno con mucho respeto, porque su padre había sido amigo de don Miguel. Desde ese momento comencé a sumergirme en su obra, que me ayudó a reflexionar sobre todos los problemas religiosos o existenciales que yo tenía en aquella época. Unamuno, en general, suele calar, y yo lo veo con mis alumnos. En clase imparto el siglo XX, o sea que empezamos con él. Pero trato de no forzar, de que lo vean precisamente como una persona que tiene mucho que decirnos. Y pasan de una idea muy estrecha sobre él a tener una concepción completamente distinta. Por otro lado, he de decir que no me considero exigente como profesor. Los fines no son aprobar o suspender; el objetivo es adquirir conocimiento, aunque, como diría el filósofo, replanteándose las cosas una y otra vez.
LENGUA: Por último, don Luis, partiendo de la idea de que escribir es una carrera de fondo, en su caso, ¿cómo convive con la constancia? Y en relación con ese esfuerzo, al acometer esta última entrega, sabiendo de antemano que formaría parte de una colección, ¿sintió el vértigo de mantener el nivel de la anterior o la estructura previa le sirvió de red de seguridad?
Luis García Jambrina: En el trabajo de escritor es muy importante la tenacidad, seguir adelante. Pero pienso que, además de ser constante, uno debe escribir, sobre todo, acerca de lo que sabe. Yo, personalmente, me encuentro muy cómodo haciendo esta clase de novelas, ese vértigo se mitiga gracias a un conjunto de circunstancias, formativas y de experiencia, que me aportan seguridad. Aplico, por ello, cierta osadía en la narración. La veo como un juego serio, de jugar con la historia, que en este caso, además, está llena de enigmas a explorar. No me quiero limitar a ser un cronista. El propio Unamuno hacía constantemente juegos literarios en algunas de sus novelas, donde los límites entre la realidad y la ficción no están claros, y los personajes acaban teniendo independencia y autonomía propia… No obstante, a Miguel de Unamuno lo que le obsesionaba era la inmortalidad; él sabía que la única inmortalidad posible era permanecer en la memoria y que se leyeran sus obras. Afortunadamente, así ha sido.

