Lydia Cacho: «Para mí, la literatura fue un camino hacia la pertenencia al mundo»
Que Lydia Cacho haya convertido la escritura en una forma de resistencia no es una excepción sino una constante en una trayectoria marcada por la denuncia y el riesgo. Desde niña, cuando su madre le regaló su primer diario para escribir verdades, entendió que la palabra podía ser tanto arma como refugio. A lo largo de su carrera, ha publicado poesía, novela y múltiples libros de investigación periodística, centrados en la violencia y las redes criminales que la sostienen. Hoy es considerada una de las periodistas más valientes de su generación. Su compromiso le ha costado amenazas de muerte, torturas y un secuestro del que logró salir con vida y la obligó a exiliarse en España en 2019. Sin embargo, lejos de silenciarla, esa experiencia reforzó todavía más su escritura. Ahora (mayo de 2026) publica con Lumen «Un halcón bajo mi ventana», una novela que se adentra en el México de 1968 a través de la mirada de una adolescente ligada a las luchas feministas. La periodista y gestora cultural Andrea Mateos conversa con la autora para LENGUA.
Por Andrea Mateos
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Lydia Cacho. Crédito: archivo personal de la autora.
Estar cerca de Lydia Cacho no transmite la sensación de encontrarse con una figura moldeada por la exposición pública, sino con alguien que ha debido aprender a habitar el mundo en contextos donde escribir podía implicar un peligro tangible. En ella se entrelazan la periodista, la escritora y la activista de derechos humanos, aunque por encima de cualquier etiqueta emerge una mujer que ha convertido la palabra en una herramienta de lucha y supervivencia. En su caso, no existe una frontera clara entre el trabajo y la vida: su trayectoria se ha ido tejiendo en la intersección entre la investigación rigurosa y la denuncia.
Tras la publicación de Los demonios del Edén (2010), una investigación que destapó redes de explotación sexual de menores vinculadas a estructuras de poder en México, el nombre de Lydia Cacho quedó situado en el epicentro de una fuerte controversia. A partir de ese momento, su trayectoria pública pasó a estar acompañada de una carga que excedía el reconocimiento profesional. Amenazas, persecuciones, torturas y un secuestro marcaron una etapa en la que el ejercicio de escribir dejó de ser únicamente un trabajo periodístico para convertirse en un acto con consecuencias directas en su propia vida.
Detrás de ese contexto hay, sin embargo, una genealogía íntima que ha marcado su manera de estar en el mundo: una madre psicóloga y feminista, una abuela con una mirada también adelantada a su tiempo y una adolescencia atravesada por la necesidad de escribir para ordenar aquello que aún no comprendía del todo conforman ese trasfondo personal. Toda esa herencia se filtra en su trabajo y atraviesa su obra como un hilo que conecta lo personal con lo político. En su caso, la escritura no surge como un ejercicio aislado, sino como la continuidad de una memoria familiar que siempre ha entendido la palabra como una poderosa herramienta de transformación.
Ahora, con Un halcón bajo mi ventana, su nueva novela publicada con Lumen, esa mirada se desplaza hacia otro territorio: el México de 1968, un año atravesado por múltiples tensiones sociales y políticas, donde la historia oficial ha tendido a narrarse, en gran medida, desde una óptica masculina. Frente a esto, Cacho propone otra entrada: la de una adolescente, Julieta, que observa el mundo mientras intenta descifrarlo. A través de esta elección narrativa, la novela cuestiona los relatos establecidos y rescata aquellas experiencias que han quedado fuera del centro, especialmente la participación de las mujeres en los procesos de cambio. Así, memoria histórica y experiencia individual se entrelazan en un mismo plano, sin jerarquías fijas.
Ante la violencia del pasado reciente y la persistencia de las heridas, la autora insiste en una pregunta que atraviesa gran parte de su trabajo: quién cuenta la historia y desde qué posición se construye ese relato. En este contexto —y como si se tratara de un fragmento sacado del propio libro—, su rebeldía y mi asombro se funden en un abrazo colectivo que invoca a nuestras antepasadas.
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LENGUA: El inicio de la novela comienza con una frase muy poderosa: «Así fue como un día de 1968 descubrí que el gobierno había matado mi infancia y, a pesar de todo, seguí siendo niña. La inocencia la perdí más tarde». ¿Cómo se narra la violencia vivida en la infancia sin traicionar la mirada de quien aún no comprende el mundo del todo?
Lydia Cacho: Creo que la literatura que narra hechos concretos relacionados con problemáticas sociales, políticas y emocionales debe ser, ante todo, honesta. Sus personajes tienen que ser transparentes, es decir, deben reflejar las contradicciones naturales de todo ser humano y mantener la verosimilitud propia de la edad que tienen. Considero que, a partir de que se cumplan estas tres reglas básicas —que parecen muy elementales, pero que a menudo no lo son—, para mí es esencial huir radicalmente de las novelas que explican la violencia desde la pornografía del dolor. Existen obras incómodas que son necesarias. Por ejemplo, los libros de Margaret Atwood son fundamentales, precisamente porque evitan caer en esa explotación del sufrimiento. Sin embargo, también hay muchos otros autores que, aun siendo grandes escritores, recurren al dolor y a la rabia como principal materia narrativa. Yo, en cambio, quise situar a mis personajes en un lugar más cercano al sentir cotidiano de la mayoría. Podemos experimentar miedo ante lo que ocurre, pero la vida continúa y la única manera de sostener esa continuidad es a través de la ternura, el amor, los afectos y los cuidados. Buscaba que todo resultara tan verosímil que el lector pudiera sentirse dentro de la historia. De hecho, es algo que ya me está pasando con quienes la han leído, que creen que es de verdad. Y, en realidad, lo único estrictamente verdadero en esta historia es el escenario político en el que sucede.
«Podemos experimentar miedo ante lo que ocurre, pero la vida continúa y la única manera de sostener esa continuidad es a través de la ternura, el amor, los afectos y los cuidados. Buscaba que todo resultara tan verosímil que el lector pudiera sentirse dentro de la historia».
LENGUA: Yo lo pensé, de hecho, después de conocer un poco más a Julieta. A pesar de la diferencia de edad con ella —porque la sitúas como una adolescente, mientras que tú, en esos años, todavía eras una niña—, veo muchas cosas que podrían hacer creer al lector que se trata de Lydia con otro nombre. De hecho, en algunas entrevistas has dicho que tú también te reconociste feminista más o menos a la misma edad que ella, gracias a tu madre. En eso sí hay una similitud, aunque Julieta no seas tú. ¿Cómo crees que podemos distinguir nuestras propias convicciones de aquellas que hemos heredado? ¿Cómo se construye una identidad propia cuando muchas de nuestras ideas y valores proceden de figuras tan determinantes como nuestras madres, que de algún modo nos han moldeado?
Lydia Cacho: Creo que hay una necesidad de ruptura en todas las personas, salvo en los psicópatas, que no pueden experimentarla del mismo modo porque no establecen vínculos afectivos. Pero si no somos psicópatas y formamos parte del resto de la humanidad, hay un momento, precisamente entre la pubertad y lo que propiamente llamamos adolescencia, en el que se producen dos procesos paralelos. El primero es científico: la poda neuronal en la que el cerebro empieza a transformarse, una especie de reorganización interna que implica cambio, pero también ruptura. Y esa ruptura que ocurre a nivel biológico en el organismo sucede, al mismo tiempo, en la vida afectiva y familiar, especialmente con aquellas figuras con las que se ha establecido un vínculo más fuerte. En el caso de las madres, cuando han sido una guía fundamental, creo que lo que nos enseñan es a convivir con la contradicción. Y eso es durísimo, porque hay momentos en los que podemos sentir que estamos traicionándolas. Cuando somos niñas, rara vez nos preguntamos cómo fueron nuestras madres en su infancia. Solemos interrogarlas sobre su rol, su función, su apariencia, pero casi nunca las pensamos como niñas o como personas separadas de la maternidad. Hay un miedo profundo a que la madre desaparezca si la convertimos simplemente en una mujer, en una persona con una vida propia más allá del vínculo materno. Por eso, en muchos discursos la maternidad aparece casi deificada. Existe un temor a que, al humanizarla, desaparezca la figura idealizada de la madre y nos quedemos frente a una persona común. Y ese gesto puede generar un vacío.
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Lydia Cacho. Crédito: archivo personal de la autora.
LENGUA: Relacionado también con la neurociencia, el otro día reflexionaba sobre el impacto emocional que puede tener una implicación tan intensa en el activismo. En un contexto donde la salud mental ocupa cada vez más espacio en la conversación pública, ¿qué hábitos o estrategias te ayudan a preservar tu equilibrio emocional?
Lydia Cacho: Tuve la fortuna de tener una madre psicóloga que nos enseñó, desde niñas, a cuestionarnos, a darnos permiso para pedir ayuda y entender la fragilidad de la psique humana. He sido siempre muy consciente del tema de la salud mental. Y ahora, de adulta, con todas las terapias que he hecho, he descubierto que tengo una neurodivergencia que desconocía, pero que me ha permitido entender muchas cosas. La gente tiende a percibirme como si fuese de hierro, supuestamente poco vulnerable, y es todo lo contrario. Yo no nací con un espíritu heroico ni con ganas de tener una vida épica. Cuando tomé conciencia de todo esto —de que, desde niña, necesitaba pasar mucho tiempo encerrada, escapar del ruido de la gente y de las grandes multitudes, y desarrollar herramientas para poder estar en ellas, porque después mi trabajo lo exigía—, encontré una respuesta en prácticas como la meditación, cuando todavía no estaba de moda. Empecé a hacer yoga hace treinta y cinco años, gracias a una mujer vietnamita que llegó a Cancún. No era una práctica para ponerse en forma ni para hacer posturas sofisticadas, sino algo más profundo: colocar el cuerpo sobre la tierra, mantenerlo anclado y conectado a algo más grande que una misma. Desde entonces, todos los días de mi vida, esté donde esté, siempre me tomo al menos media hora por la mañana para practicarla. Las personas que están cerca de activistas o periodistas creen que tenemos un poder que, en realidad, no tenemos. Y debemos recordárselo tanto a ellas como a nosotras: nuestro poder no es inagotable, nuestra energía no es infinita, y necesitamos que regresen el bienestar, la ternura, la atención, la bondad y el cuidado. No solo somos cuidadoras, también necesitamos ser cuidadas.
«Mi madre me llevó a tomar un café, como si ya fuera una persona adulta, y me regaló libros de Rosario Castellanos. Recuerdo que leerla me voló la cabeza. Pensé: "Qué maravilla, yo quiero escribir como ella". Hubo mujeres cuya escritura me hizo pensar: "Así se escribe". Por ejemplo, Marguerite Yourcenar».
LENGUA: Está claro que hay profesiones que se viven de una manera mucho más pasional, es decir, es más fácil dejarse desbordar en el activismo que si, por ejemplo, eres contable en una oficina. Esa necesidad de recogimiento que mencionas creo que es algo que también le has transmitido al personaje de Julieta. Y creo que ahí radica la importancia que tiene, para quienes fuimos «chicas raras», como ella, encontrar referentes en los que mirarnos en nuestros momentos de soledad. En la novela mencionas a Leonora Carrington, Oriana Fallaci o Elena Garro. Sabiendo que venimos de una historia de silencios, ¿a quién admiraba Lydia Cacho de adolescente?
Lydia Cacho: Para mí fue la poesía lo que más me marcó. Desde Emily Dickinson hasta Pizarnik, pero, sobre todo, Sylvia Plath. Tengo todos los tomos de Sylvia Plath; incluso, cuando pude, recuerdo que recorrí librerías de viejo hasta encontrar el facsímil de su primer poemario, escrito a mano y con todas sus correcciones. Hay algo en el acto de transformación que propone la poesía que no encuentro en ninguna otra forma literaria. También me marcó mucho el momento en que mi madre me regaló los libros de Rosario Castellanos, cuando cumplí quince años. Mis amigas en México, como en muchos lugares de Latinoamérica, celebraban fiestas de quinceañera: les regalaban joyas, las llevaban a un salón de belleza o hacían cualquier otra cosa especial. En mi caso, mi madre me llevó a tomar un café, como si ya fuera una persona adulta, y me regaló libros de Rosario Castellanos. Recuerdo que leerla me voló la cabeza. Pensé: «Qué maravilla, yo quiero escribir como ella». Hubo mujeres cuya escritura me hizo pensar: «Así se escribe». Por ejemplo, Marguerite Yourcenar. Todavía conservo los libros que mi madre tenía de ella. Empecé a leerlos hace años y algunos mantienen sus marcas y anotaciones, junto a otras que he ido añadiendo yo. Todos están subrayados. Muchas de ellas aparecen mencionadas en el libro porque me abrieron los ojos. Es como cuando nace un bebé y lo primero que buscamos es que respire, que llore y que abra los ojos. Creo que eso es lo que hace la buena literatura. A mí todas estas mujeres me hicieron precisamente eso: llorar y abrir los ojos. Uno renace cada vez que descubre una obra literaria en la que siente que pertenece. Para mí, la literatura fue un camino hacia la pertenencia al mundo.
LENGUA: Cuando se habla del exilio, solemos pensar en la familia que se deja atrás o en el territorio, en el lugar de origen. Pero existen muchas otras formas de pertenencia, más allá de lo material, y una de ellas son nuestras bibliotecas. Cuando leí hace unos días que habías pensado en llevarte la tuya, pero que el coste era demasiado alto y que finalmente decidiste regalarla, sentí que tenía que preguntarte por ello. Porque, de algún modo, una biblioteca también es una parte de nuestra historia, de nuestra memoria y de quienes hemos sido.
Lydia Cacho: Ahora estoy más tranquila porque, al final, lo que terminó sucediendo fue hasta divertido. Tenía un amigo en México que me dijo: «No te preocupes, vamos a ver si podemos donar todos esos libros a algún sitio». Entonces hizo las gestiones con varias de las personas que administran la cultura en México, la mayoría mujeres de izquierdas y algunas antiguas ex amigas mías —no por ningún conflicto personal, sino porque entraron en la política—, y todas dijeron que no, que yo no era lo suficientemente importante como para que mi biblioteca fuera acogida por alguna institución. Y eso que la estaba regalando, no vendiendo. Pensé: claro, es que mi biblioteca es insignificante. Tenía unos mil cuatrocientos ejemplares. Ya había regalado muchos, y al final quedaron alrededor de setecientos. Hicimos una selección con la gente que me estaba ayudando. Finalmente, la biblioteca se la quedó un amigo mío, y creo que muchos de esos libros siguen con él.
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Lydia Cacho. Crédito: archivo personal de la autora.
LENGUA: ¿Cómo ha cambiado tu relación corporal con los libros?
Lydia Cacho: En mi casa de Málaga no tengo prácticamente ninguno. Hace poco mi hermana me dio un par que habían quedado olvidados en una caja, junto con otras cosas: un poemario de Sylvia Plath y un libro de Galeano firmado por él, a quien tuve la fortuna de conocer. Incluso me dejó unas palabras para mi libro Esclavas del poder (Debate, 2010), que le gustó muchísimo. Esos son libros muy simbólicos para mí. Y luego está el de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, un tomo antiquísimo, casi de bolsillo, de las primeras ediciones en español publicadas en México. Ese, por suerte, lo llevaba siempre en la maleta cuando iba y venía de un lugar a otro. Es de los pocos que conservo y que todavía guarda, incluso, algunos papelitos que me dejó mi madre. Es uno de los poquísimos que siguen en mis manos. Me siento muy rara todavía. Es como si aún no supiera si este es realmente mi lugar. Además, vivo en una casa de alquiler, no tengo una casa propia aquí. Creo que tiene que ver con la sensación de provisionalidad, con una pregunta que a veces nos hacemos: ¿para qué traer más hijos al mundo si parece que todo va a destruirse? Con la biblioteca me ocurre algo parecido. En cualquier caso, supongo que ya llegará el momento.
«Tuve la fortuna de tener una madre psicóloga que nos enseñó, desde niñas, a cuestionarnos, a darnos permiso para pedir ayuda y entender la fragilidad de la psique humana. He sido siempre muy consciente del tema de la salud mental».
LENGUA: ¿Y qué hay de tu habitación propia? Ahora que se habla tanto de la vigencia de Virginia Woolf, me pregunto si ese concepto sigue siendo el mismo para las mujeres de hoy. Vivimos en una época muy distinta, en la que los espacios se fragmentan, viajamos constantemente y la idea de hogar parece cada vez más móvil. Si pudiéramos asomarnos a la habitación propia de Lydia Cacho, ¿qué encontraríamos? ¿Qué te veríamos haciendo? ¿Cómo es tu rutina cuando estás a solas contigo misma? Abramos una ventanita y echemos un vistazo...
Lydia Cacho: Fíjate que mi habitación propia, en realidad, es cualquier rincón del mundo donde tenga un bolígrafo y un cuaderno. Siempre ha sido así, desde niña: cualquier lugar podía convertirse en ese espacio. Íbamos a una casa de campo de unos amigos de mis padres o de mis abuelos, todos los niños estaban jugando, y yo me iba con mi libreta a dibujar y escribir en cualquier sitio, en algún rincón apartado. Era ahí donde encontraba mi silencio, ese refugio que sigo construyendo. Descubrí que soy capaz de aislarme por completo. Puedo estar en una fiesta, rodeada de gente, y sentarme en una esquina. Puedo estar sonriendo y, al mismo tiempo, estar en otro lugar. Es como si cerrara los oídos por un momento y luego los volviera a abrir para escucharlo todo.
LENGUA: De niña, uno de tus juguetes favoritos era un teléfono de plástico con el que fingías hacer llamadas importantes. Decías que eras la presidenta del planeta Tierra. Desde aquella niña hasta la mujer que eres hoy, ¿cambiarías algo en tu manera de involucrarte en el mundo?
Lydia Cacho: Francamente, no. Le he dado muchas vueltas a esa respuesta, no solo a si me arrepiento de la vida que elegí o de la vida que he construido, y la respuesta siempre es la misma: no. He cometido un montón de errores, pero ahora soy muy consciente de que de esos errores aprendí muchísimo, y no sería quien soy si no los hubiera cometido. He hecho con mi vida todo lo que he querido. Ahora que he cumplido sesenta y tres años, mis amigos me decían: «¿Vas a hacer una fiesta?». Y yo respondí: no, voy a celebrarlo sola en mi casa con mi perrita. Y pensé precisamente en esto: nací en el 63 y estoy cumpliendo sesenta y tres años. Según una amiga mística que me hizo una especie de análisis, es como pensar que he vivido dos terceras partes de mi vida. Es así. Y miro hacia atrás y pienso: todo lo que me propuse hacer desde niña, todo lo que soñaba, lo he hecho. He trabajado en ciento cuarenta y tres países. Ahora estoy preparando una película, haciendo un documental, he escrito una novela… Y siento que esta es mi nueva vida, y la estoy creando yo. Y eso es muy divertido. Porque me recuerda a esa niña terca, imaginativa, a ratos insoportable —muy cabezota, como dicen aquí— que fui. Desde muy pequeña pensaba que todo lo que empezaba tenía que terminarlo. Era casi una obsesión, y eso me ha permitido hacer muchas cosas. No me arrepiento de nada. Y, sobre todo, creo que a veces miramos nuestras vidas como si no las hubiéramos creado nosotros. Pero nadie las construye por ti, salvo que vivas en esclavitud, claro. En contextos de libertad, tú la construyes. Y sí, creo que, en gran parte, la que escribió este libro —aunque ese personaje no soy yo—, por momentos sí era Lydia, la del teléfono de plástico.
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