Manuel Jabois: «Siempre intento volver a la emoción de la primera vez»
En «La víspera» (Alfaguara, 2026), Manuel Jabois construye una novela oscura y precisa sobre la familia, la culpa y los vínculos que nos atan al pasado. En un solo día, mientras Amalia Constenla prepara su cumpleaños y un suceso paraliza el país, el escritor gallego convierte lo doméstico en territorio moral. En esta entrevista, realizada por la gestora cultural Cristina Consuegra, Jabois habla de literatura, memoria y de esa emoción primera a la que siempre intenta volver.

Manuel Jabois. Crédito: Patricia J. Garcinuño; Getty Images.
Con la publicación de La víspera (Alfaguara, 2026), Manuel Jabois exhibe una evolución significativa dentro de su trayectoria narrativa más reciente, paisaje acostumbrado a transitar por relieves que el gallego domina de manera orgánica y que han impregnado buena parte de su sentido como escritor: la exploración de la infancia como territorio literario y la preocupación por el vínculo que se entabla con el paso del tiempo; también las consecuencias de ese vínculo. Ambas características siempre se han exhibido en sus novelas de manera frontal, como se exhibe aquello de lo que uno se siente particularmente orgulloso; sin embargo, en la novela que nos ocupa ambas obsesiones hay que buscarlas bajo la página, meter los dedos en las oquedades sobre personas que huyen y personas que se paralizan, para encontrar ambas características particularmente hibridadas en La víspera, hibridación que construye una criatura mayor, más oscura y sofisticada: la familia como espacio claustrofóbico, nada emancipador, terreno con el que el periodista fusiona tradición y modernidad para ofrecer al lector una historia de heridas, de personas profundamente desamparadas que viven bajo la luz intermitente de la culpa.
La acción transcurre en un único día y bajo el músculo del personaje de Amalia Constenla, mujer acostumbrada a la respiración asmática de los ambientes domésticos donde los días, en realidad, son siempre el mismo día. Habitual en su narrativa, un suceso -la desaparición de dos niños en una carrera- se presenta como catalizador de una historia donde la densidad y la pesadumbre se apropia de la partitura de esta novela que pone en el centro de su reflexión la responsabilidad que implica el vínculo que asumimos con el pasado, cuestión que impulsa al autor a la exploración de las relaciones familiares, esos lugares usurpados, esos lugares impuestos. Una novela que concede una nueva piel a la literatura de Manuel Jabois.
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LENGUA: La infancia, una de tus obsesiones como creador, vuelve a estar presente, pero quizá con una carga de profundidad mayor. ¿Qué te concede para volver siempre a ella, incluso, de manera tan inquietante como en La víspera?
Manuel Jabois: Creo que es el origen de todo. Es donde nos encontramos en una tabla rasa, es decir, donde cierto aprendizaje todavía no se ha producido. Digamos que todavía no hay lugar para las complejidades de la vida adulta y, al mismo tiempo, tu cerebro más se parece al de un extraterrestre. Esto lo contaba Francisco Umbral cuando hablaba sobre su hijo. Esa forma de pensar de los niños es absolutamente disruptiva, una cosa absolutamente loca. Hay unas respuestas inimaginables que no obedecen a la secuencia de la dificultad de los adultos. Esa libertad de pensamiento de la que nosotros nos vamos alejando, que vamos perdiendo. En cualquier caso, es la segunda novela, bueno, la tercera novela si contamos A estación violenta (2008), en la que hay niños desaparecidos o en situación de desaparecer. En este sentido, esta característica me evoca mucho -sobre todo en esta novela- a los cuentos infantiles.
LENGUA: ¿Por qué?
Manuel Jabois: Bueno, por el terror que te produce la desaparición de un niño o el hecho de, por ejemplo -eso ocurría en Miss Marte (Alfaguara, 2021)-, de ver algo y que de repente no lo veas. Cuando pasa con un niño es como la peor de las pesadillas que puede haber. En esta novela funciona como una especie de motor narrativo, no principal, porque está al servicio de algo mayor, pero es un motor secundario que a mí me atrae mucho: el hecho de que dos niños hayan desaparecido en una carrera. Esos niños, en realidad, están huyendo. Están corriendo y están huyendo. Cuando te pierdes una carrera, ¿hasta cuándo puedes esperar? ¿Cuánto tiempo esperas a esos niños? En realidad, nunca llegan y se plantea la situación del tiempo perdido o ganado en esa espera.
«Conforme la vida pasa, conforme vamos perdiendo las primeras veces porque las vamos viviendo, esa emoción la vas perdiendo según pasa, ¿no? Los besos igual, los polvos igual. Los reencuentros, los amigos. Todo tiene más o menos un desgaste. Las primeras veces se van evaporando».
LENGUA: Hay una escena entre Amalia Constenla y su marido, Ramón, en el que él dice que «el pasado es una distracción». Lo sucedido y (aparentemente) dejado atrás vertebra las motivaciones de los personajes principales de La víspera, especialmente, a madre e hijo. Quizá de ahí la obsesión de Amalia por memorizar: «no hay que hablar, hay que memorizar». A la luz de esta historia, ¿dónde colocar el pasado para que tenga sentido en el presente?
Manuel Jabois: La necesidad de las consecuencias del pasado impregna todo. Hasta qué punto queremos estar condicionados por hechos terribles ya pasados, pero que, al mismo tiempo, no han dejado grandes lastres, no han dejado grandes consecuencias. Esto plantea una dificultad que, en realidad, es una imposibilidad. Para que algo terrible suceda en el pasado y no tenga grandes consecuencias, o que esas consecuencias no se perciban como un lastre, tendríamos que ser psicópatas. ¿Hasta qué punto ser psicópata nos hubiera ayudado a superar grandes traumas?
LENGUA: Me interesa lo que haces con lo corpóreo, con la fisicidad. Un elemento narrativo que no ha estado particularmente presente en otros trabajos. ¿Tiene que ver con esa evolución que se percibe en esta novela?
Manuel Jabois: No lo sé, sí quería hacer algo que incomodara y que lo hiciera desde un plano realista. Distanciarme de ciertas posiciones literarias más amables. Quería abordar lo escatológico, aquello que nos da asco y que guarda relación con los cuerpos. Eso también forma parte de nosotros. La novela empieza con una escena muy desagradable -desmenuzar, despellejar, destripar un conejo-. Luego aparece la escena en la que Amalia le revienta el grano a Ramón. Entiendo que son escenas escatológicas, pero están en nuestra vida. Cagamos dos o tres veces al día, ¿no? Me interesa saber qué pasa con esa mirada que aparta la gente ante estas situaciones, por qué se evita. Obviamente, no es una novela escatológica, pero hay ciertos detalles que sé que pueden chocar e incomodar.
LENGUA: ¿Es por esto por lo que el sexo aparece bajo un contexto abyecto?
Manuel Jabois: Sí, porque además no tiene un papel protagónico. Chami Palmeira es ese perfil que combina adicciones, que cambia una por otra. Mucha droga, mucho sexo. Y da igual si con mujeres, hombres; o sea, es adicción. Una adicción por otra. Hay un punto muy sucio y hay un punto de persona desesperada. Chami tiene ese punto de sexo de bajado a los infiernos. Es decir, es muy habitual: el sexo es maravilloso, la actividad más placentera que puede hacer un ser humano. Pero hay un punto de bajada a los infiernos total cuando la cosa no funciona, la gente deriva parte de su mierda a este terreno.

Manuel Jabois. Crédito: Patricia J. Garcinuño; Getty Images.
LENGUA: «Vivía como si cada noche le hubieran robado el alma y cada mañana tuviera que fabricarse otra con restos. Por eso probaba todo. Por eso se metía cosas. Por eso podía entrar y salir de internet doscientas veces cada hora». La obsesión por recuperar la emoción de la primera vez. ¿Es esta la fotografía de nuestra incapacidad para evitar el vacío?
Manuel Jabois: Fíjate, es una constante absoluta en mi trabajo desde el principio de todo, desde A estación violenta: tratar de recuperar la emoción de la primera vez. De todo. Siempre. Escriba lo que escriba, siempre tiene algo de eso. Conforme la vida pasa, conforme vamos perdiendo las primeras veces porque las vamos viviendo, esa emoción la vas perdiendo según pasa, ¿no? Los besos igual, los polvos igual. Los reencuentros, los amigos. Todo tiene más o menos un desgaste. Las primeras veces se van evaporando. Siempre estoy intentando volver a esa emoción primigenia. O sea, yo quiero volver al estado de enajenación del enamorado, de esa primera vez. En realidad, todo es perecedero y ha de serlo porque, si no, no tendría magia. La magia consiste en que las cosas se acaban. Esa es la verdadera magia. Y ahora estás, haces esto y ahora ya no estás. Quizá por eso, en La víspera, no hay, a nivel de estructura, conejo en la chistera. Simplemente hay supervivencia frente a lo más terrible.
«En esta novela no estoy yo. Bueno, a ver, en realidad, estoy de muchas maneras, estoy en todas partes, pero, al mismo tiempo, no estoy en ninguna».
LENGUA: Me ha parecido muy interesante cómo te has escondido, literariamente. Hay que buscar tus obsesiones. No están evidenciadas.
Manuel Jabois: Sí. Mira, soy consciente de que, en cierto modo, estoy muy presente en medios y también de que soy un poco personaje. Esto es así y es normal. Mucha gente va a los libros a buscar a ese personaje. Y, entonces, se confunde todo. En esta novela no estoy yo. Bueno, a ver, en realidad, estoy de muchas maneras, estoy en todas partes, pero, al mismo tiempo, no estoy en ninguna.
LENGUA: La culpa. La de Amalia y el hijo, diferentes, pero relacionadas. Se comprende la relación con la culpa cuando se llega al epílogo.
Manuel Jabois: La culpa de Amalia le viene de todo lo que le pasa y lo que no le pasa. Primordialmente, de no asumir ese pasado. Ella en el primer capítulo dice que no piensa nunca en eso. Ni en los disparos. No piensa en lo que pasó y ya está. Mon tiene una relación con una culpa muy delicada, que es una culpa heredada: la culpa invisible. La culpa por las cosas que pasan en el mundo. Hay algo enfermizo en esto. Algo loco. Es una culpa que termina por convertirse en un dolor que asumes, en un malestar que te mereces. Que mereces.
LENGUA: También introduces una reflexión sobre la obsesión del periodismo por los sucesos.
Manuel Jabois: Es que he cubierto muchos sucesos y siempre me ha interesado el cómo se cubre el suceso. Cómo se mira. Desde qué lugar. Porque era, muchas veces, lo más llamativo. Todos somos un poco presa de esa pizca de audiencia que hay. Luego había cosas muy exageradas, siempre me ha escamado ese tipo de cobertura. Y ahí hago alguna crítica a eso.
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