Pedro Carlos Lemus: «El amor nos convierte en lectores: todo adquiere un significado preciso a los ojos del enamorado»
Sobre si el amor y la pérdida son la misma cosa podrían escribirse ríos de tinta, pero para Pedro Carlos Lemus la respuesta es un rotundo sí: desde su más tierna infancia aprendió a asociar las relaciones sentimentales con la figura del hombre que se va. De esa conexión interiorizada nace «Lo llamaré amor» (Random House, 2025), un recorrido selectivo por los tiempos del impacto de la infancia y la juventud de este joven escritor colombiano en el que la distancia entre el que escribe y su alter ego es más lírica que fáctica: el peso está en las palabras.
Por Carmen Cocina
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Pedro Carlos Lemus. Crédito: Shadia Cure.
El amor (por Simón, ese cúmulo de casualidades ¿autosugestionadas? que, como el autor, conoce el sabor metálico de la sangre y el gozo de la palabra). Y la pérdida (la familiar de la madre deseada y el padre indeseado, y la del amante que, como aquel, se va). Estos dos pilares se bastan por sí solos para sostener las sugerentes tribulaciones del joven Pedro Carlos Lemus, cuya puesta de largo literaria se paladea con la misma devoción y arrebato con la que él la ha escrito: el rapto y la angustia son hijos del método, de una meticulosa y prolongada construcción que, si bien parte de una materia prima (una realidad) no poco común a la del resto de los mortales, ha sido orquestada hasta convertirse en una partitura exquisita. Como tantas veces ocurre en la literatura del yo, la articulación narrativa es tan sibilina, la autenticidad (o su simulación) tan convincente, que las fronteras entre el autor y el alter ego se antojan tan difusas que a la periodista no le queda más remedio que establecer una correspondencia absoluta al plantear sus preguntas: no hablamos del protagonista, hablamos de ti, Pedro Carlos. Un punto de partida por el que, a partir de una casualidad tan bien traída como aquellas que gustamos de ver en las personas a las que amamos, no tengo por qué excusarme, pues escribe Lemus al término de la novela: «Alcancé a arrepentirme de haberle contado que escribía sobre él, o sobre un personaje que lleva su nombre, que para mí es lo mismo». Mentes paralelas o veleidosas coincidencias, esa es la (eterna) cuestión.
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LENGUA: ¿Cuándo y cómo te decidiste a escribir este libro? ¿Qué es lo principal que querías contar con él?
Pedro Carlos Lemus: Como tantas veces sucede, empecé a escribir este libro con la idea de escribir otro distinto (ríe). En la novela cuento algo que es real: yo escribía horóscopos inventados sin saber nada de astrología. En un momento dado se me ocurrió enmarcarlos en una historia y tratar de escribir un libro sobre eso. Empecé y me di cuenta de que quería contar muchas otras cosas. Al escribir funciono mucho a través de asociaciones, así que empecé a leer sobre los astros y me di cuenta de que existe algo que se llama «casas». Sigo sin saber qué significa, pero en el momento pensé en dar un salto y hablar de las casas en las que yo he vivido, empezando por la casa de mi infancia. Ahí fue cuando me di cuenta de que el libro se iba hacia otro lugar. De eso hace ahora cuatro años, y con muchos cambios por en medio, el resultado ha sido Lo llamaré amor. El personaje tiene mucho de mí.
LENGUA: El grado de intimidad que destila esta novela es extraordinario. Cuando escribías sobre tu vida en este libro, ¿estabas inventándote un personaje o desnudándote sobre el diván? ¿Te ha condicionado pensar que el manuscrito se iba a leer?
Pedro Carlos Lemus: Mientras escribía no tenía muy claro cómo iba a verse eso al final, y durante una parte del proceso tampoco si lo iba a leer alguien o no. Es el primer libro que publico y no creía que fuera a leerlo mucha gente, lo que me dio una sensación de irrealidad y me permitió escribir de una manera muy libre y despreocupada por la mirada externa, especialmente la familiar: en la novela abordé esas vivencias distanciándome mucho de esa preocupación. Al escribir un tema me llevaba a otro y el libro fue creciendo de forma muy orgánica, pero al mismo tiempo había algo muy controlado en la escritura, en el sentido de que aunque toco temas muy íntimos que son verdad, que son la historia de mi vida, la forma de contarlo está muy trabajada: hubo alteraciones, o mejor dicho énfasis y omisiones. Cuando vi el texto supe, o quizá sabía ya de antes, que lo que había escrito era necesariamente diferente de mi propia vida, por mucho que el personaje llevara mi nombre y de que habría muchas coincidencias entre la sinopsis del libro y cierta época de mi vida. Yo no sentía que me estuviera desnudando en el texto. Lo que sentía era que por íntimo que pareciera yo estaba mostrando lo que quería, porque había armado el texto según mi criterio. Por ejemplo, al contar cómo me ponía a cantar a Shakira no me sentía expuesto como lo estaría si alguien me hubiera sorprendido cantando a Shakira (risas). En un momento dado le dije a una persona que no sentía que me estuviera exponiendo demasiado porque estaba mostrando solo lo que quería, y ella me hizo ver de algún modo sí lo estaba haciendo, en el sentido de que ese texto era lo que yo había sido capaz de hacer. Ahí sí que hay un tipo de desnudez, pero creo que se da en todo tipo de escritura, tanto en la autobiográfica como en la que no lo es: ese «esto es lo que he podido crear con lo que tenía».
LENGUA: Al arrancar el libro, cuando descubres al que será tu amante, hablas de varias señales que te hicieron pensar que estabais predestinados: a ambos os gustaba el sabor de la sangre y vuestros nombres son los de un mismo hombre en la Biblia. ¿Estaríamos hablando de predestinación o de autosugestión? ¿Cabe la posibilidad de que tu destino fuera el que fue porque tú lo convertiste en tu destino desde la convicción de la relevancia de esas causalidades?
Pedro Carlos Lemus: La autosugestión y el autoconvencerse ocurren, sí. Me interesaba la figura del enamorado. Me marcó mucho el libro Breves fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, que trata su representación en la literatura. Una de las facetas más interesantes del enamorado es que se convierte en un lector de todo lo que le rodea. Por ejemplo, ante la clásica pregunta de «me quiere o no me quiere», el «qué querrá decir con esto que dijo», uno empieza a atribuir significados a absolutamente todo: al movimiento, a las palabras, a las miradas... Todo adquiere un significado preciso a los ojos del enamorado. El amor transforma, nos da una nueva actitud frente al mundo y nos convierte en lectores. Y también tiene sus riesgos, como es el de forzar ciertas ideas o coincidencias. Hay cosas que están esperando a ser leídas o descubiertas, y hay otras que a partir de la mirada del enamorado adquieren mayor relevancia de la que tienen. En la novela, eso que parece el destino por tener ambos nombres bíblicos y querencia por el sabor de la sangre también puede leerse de modo que esas coincidencias nos digan lo que queremos que nos digan. Ambas actitudes son válidas, pero si los elementos se lo permiten, el enamorado va construyendo a partir de ellos su propio destino, diciéndose lo que quiere oír.
«En la novela toco temas muy íntimos que son la historia de mi vida, pero la forma de contarlo está muy controlada y trabajada: hubo énfasis y omisiones».
LENGUA: Hablando de tu amante, Simón, escribes que cuando uno es frágil es mejor inventarse un personaje, con diálogos precisos, por si te quedas sin nada que decir, por si lo que se es por dentro no se corresponde con lo que se ve desde fuera. ¿Te ha pasado alguna vez?
Pedro Carlos Lemus: Creo que todos hemos percibido esa distancia entre lo que uno quiere mostrar y lo que no. En el caso de llevar diálogos preparados por si acaso, el cálculo se opone a lo espontáneo. El punto medio ideal sería ser más espontáneo, pero en el mero hecho de proponérselo ya hay un cálculo. Y es difícil actuar, precisamente, sin esas ideas de lo que uno quiere mostrar. Creo que si uno quisiera ser lo más natural posible ya estaría imponiendo, con esa actitud, un papel, pero a medida que uno se siente más cómodo se suelta más. En mi caso, yo reprimí mi homosexualidad durante muchos años y tenía muy claro cuánto quería mostrar, cuánto iban a revelar mi cuerpo y mis palabras. Pero llega un momento, o al menos es deseable que llegue, en el que uno calcula menos y en el que el cuerpo y la palabra fluyen más libremente.
LENGUA: Hablando de esa distancia, narras tus vivencias infantiles refiriéndote a ti mismo como «el niño», pero llega un momento en el que empiezas a narrar tu infancia en primera persona. ¿A qué se debe cada una de estas opciones, siendo ambas en la misma época de tu infancia, a la misma edad y en el mismo contexto?
Pedro Carlos Lemus: Me di cuenta de que necesitaba esa tercera persona para referirme a ese niño que era yo porque me empezó a parecer extraña la relación que tenía con mi propio pasado, con mi infancia. Hay muchas cosas de las que en realidad uno no tiene recuerdo, pero que le han contado que le pasaron y entonces empieza a contarlas uno mismo. Yo también hablo así cuando me refiero a mi niñez en una charla casual, pero al escribir me parecía inverosímil tratar de unir todas esas experiencias bajo la única persona del yo. Al acercarme a ese niño que fui yo me parecía que ese era otro, que todo eso le había pasado a otro. Al descubrir eso se me abrió el texto, porque los primeros escritos estaban todos en primera persona y de repente empezó a cobrar vida ese personaje niño que era y no era el mismo que el protagonista, que era y que no era yo. Hay partes que están contadas en primera persona y que ocurrieron cuando yo era niño, como cuando digo «yo viví en esta casa», pero a la vez surgió esa otra línea en tercera persona que va contando ciertos episodios que probablemente mi yo adulto no recuerda, y que para mí era más fiel a la memoria. Al margen de ello, llevaba mucho tiempo escribiendo esa historia en primera persona y me interpeló saber cómo sería narrar unos fragmentos en tercera persona y sin nombres, que no son importantes en esa parte del yo: el niño, la madre y el padre. Me gustaba la idea de esa familia no nombrada, casi como si fueran unos personajes arquetipo, aunque en el contexto de la novela se vea que son los mismos que después son adultos. Me gustaba que, a pesar de la distancia, el efecto era muy íntimo.
LENGUA: En los primeros pasajes estás muy unido a tu madre, llegando a empaparte de la alegría por el padre que tiene que llegar. Esa relación maternofilial radiante y cómplice apunta primero al complejo de Edipo, y después a la ausencia y al abandono. ¿Cómo veías a tu madre de niño?
Pedro Carlos Lemus: La visión que tenía en la realidad y la de la novela se pueden encontrar. Primero, imagino que la mirada hacia la madre es ese primer amor, y la relación del niño con ella hace que este aprenda a relacionarse por primera vez con muchas emociones, entre ellas el amor. Y también con la ausencia y el abandono. La relación entre ambos se arma primero a partir de una gran unión y después de una separación que no es la de ellos dos, sino la de la madre y el padre. Para mí es interesante cómo a partir de una ruptura se puede formar un vínculo y cómo también se puede cantar, como hacen madre e hijo con Shakira. En la novela, mi relación con mi madre está marcada por la ausencia del padre y la tristeza, que unen, y por el canto, que cambia esa tristeza y hace pasar de la inmovilidad al movimiento del baile.

Pedro Carlos Lemus. Crédito: D. R.
LENGUA: Hay un punto de inflexión importante en la relación entre madre e hijo, cuando ella le ve cantando y bailando solo y deja de poner las canciones de Shakira o empieza a hacerlo a escondidas. ¿Cómo viviste ese rechazo mudo, que tú llamas «educación en lo no dicho, en lo oculto»? ¿Cómo cambió tu relación con tu madre a medida que ella fue cobrando conciencia de tu homosexualidad?
Pedro Carlos Lemus: Esa escena en particular no tiene un referente exacto en mi vida real, pero me parecía interesante reflejar esa toma de conciencia en los niños varones, cuando se dan cuenta de que no deberían cantar las canciones de Shakira como hacen las mujeres. No recuerdo cuántos años tenía yo cuando lo vi claro. Si la mujer cantaba «estoy enamorada», el niño debía decir «estoy enamorado» o no decir nada. Y eso se extendía a la vigilancia de todas las maneras del cuerpo, casi como una persecución: por lo general, si unos padres notan que hay algo raro en un niño, que es un poco afeminado, saben que eso entraña un rechazo, así que se empeñan en señalarlo y perseguirlo para que el niño logre erradicar esa desviación. Por eso, para mí era muy importante hacer ese pasaje en la novela: el niño que canta canciones de mujer es una especie de monstruosidad. No encajan ni la voz ni el tono, pero lo más importante son los adjetivos en femenino, que no deben decir. En esa prohibición que aparece en la novela a través de las canciones está representado el afán por eliminar cualquier rasgo de desvío de los niños varones a tenor de esa idea de que si haces eso te vas a volver mujer.
LENGUA: De hecho eso es lo que sucede con el padre, cuya relación con el niño es muy diferente: en la novela, al menos, para ti era el que sobraba y, de hecho, narras cómo abandonó a tu madre y tú no querías ser el hombre que se iba, incluso sentías culpa por haber deseado que no volviera. ¿Crees que esa experiencia del abandono y la empatía con el sufrimiento de tu madre te llevó a trasladar ese patrón a las relaciones heterosexuales?
Pedro Carlos Lemus: Quizá no lo he trasladado a las relaciones hereosexuales en particular, sino a las todas las relaciones sentimentales, que se rompen, que no duran. Quería dibujar ese espejo entre la relación de los padres y las del que fue niño cuando ya es adulto: en ella hay dos hombres que se van, el padre y el novio, uno en cada momento de la historia. El niño asocia el amor con ver a alguien irse, y para él el amor se convierte en la búsqueda del hombre que se va. Por fortuna esa no es la única manera de amar.
LENGUA: En la novela dices que empezaste a escribir porque, para evitar que te juzgaran, evitabas pensar en voz alta. ¿Es así como ocurrió?
Pedro Carlos Lemus: Es una construcción para la novela, pero me interesaba la idea de que la escritura puede dejar fijo algo que parece mucho más pasajero. Inventarse una canción o un libreto de telenovela, como hace el niño en el libro, adquiere mucho más peso si uno puede escribirlo. Algo que a mí me pasa con la escritura es que me permite soltar las cosas, en el sentido de que, al estar escritas en algún lugar, puedo dedicarme a pensar en otros asuntos. Aunque luego eso se transforme o quiera escribir tres cosas más distintas sobre el mismo tema, sí ayuda a dejar un registro de algo y a que personas como yo podamos descansar (ríe). Es una obsesión con materializar las cosas.
LENGUA: El libro está plagado de reflexiones sobre el acto de escribir, que informan la propia escritura: combinas la narración de la interrupción por la llegada de Simón a tu casa con el propio hecho de narrar esa interrupción, y lo haces con una magia lírica espléndida. ¿En su momento lo escribiste tal cual? ¿Esas reflexiones son fruto de la espontaneidad o son una orquestación sobre la que vuelves y vuelves hasta dejarla perfecta?
Pedro Carlos Lemus: Ese pasaje sucede solo en la fantasía del personaje: que su novio llegue e interrumpa la escritura, porque él mismo sospecha que parte de lo que le atrae a Simón de él es el hecho de que escriba. En general revisé mucho todo, reescribí mucho cada párrafo, pero traté de no avanzar mucho con el texto hasta que cada párrafo tuviera una forma casi definitiva. Aunque fue un buen método en su momento, no sé si en general es lo recomendable, porque yo avanzaba muy despacio. Creo totalmente en la reescritura y en la lectura: he trabajado como editor durante años, así que conozco el valor de leerse y releerse, de cambiar y ajustar, soy un obseso del cambio (ríe). Ese párrafo en concreto lo trabajé durante un día entero y luego pasé a lo siguiente, y más o menos eso hice con el resto de la novela. A posteriori lo revisé todo mucho de nuevo, pero fue durante la propia escritura cuando más me esforcé en que cada palabra estuviera en su sitio.
LENGUA: También describes la escritura como «un estado de rapto y de angustia». ¿Es así como lo vives?
Pedro Carlos Lemus: Puede ser que lo sintiera así en el momento, pero no sé qué diría ahora. Para defender la parte del rapto, diría que si uno se esfuerza lo suficiente, si uno se dispone a escribir con cierta frecuencia, de vez en cuando hay un día en que la cosa sale más inspirada, en el que parece que todo encaja. Cuando eso sucede te sientes muy afortunado y sientes ese rapto. Eso va pegado a la angustia de que dicho rapto se acabe o de saber que no has dado con la palabra precisa. En todo caso, la angustia es placentera en tanto que es preludio del momento en que por fin aparece esa palabra y uno se dice: «Bueno, por hoy puedo parar» (ríe).
«Todos hemos percibido esa distancia entre lo que uno quiere mostrar y lo que no. Yo reprimí mi homosexualidad durante muchos años y tenía muy claro cuánto iban a revelar mi cuerpo y mis palabras».
LENGUA: ¿Qué solías leer de niño y cuáles son tus escritores favoritos?
Pedro Carlos Lemus: De niño leí sobre todo colecciones de cuentos de hadas, cuentos infantiles típicos, fábulas... Y luego empezaron a llegar otras cosas. Me considero un lector tardío en ese sentido. Hubo una época en la que estaba fascinado con Gabriel García Márquez, Cortázar... Y en el colegio, con unos catorce años, leímos a Kafka. Eran lecturas muy canónicas, pero son mis primeros recuerdos de los clásicos de la literatura, cuando descubrí que existían esos libros. Luego descubrí a Roland Barthes, al colombiano Fernando Molano, a Anne Carson y a toda una generación más reciente de autores latinoamericanos que he leído con mucha atención, tanto por mi trabajo como editor como en calidad de lector interesado: Margarita García Robayo, Carolina Sanín, Giuseppe Caputo...
LENGUA: Hablas del trasvase del dolor y la herida de generación en generación: tu abuelo borracho, tu padre frío y ausente, tú mismo con tu fragilidad. ¿Crees que es inevitable? ¿Hay formas de escapar a esa maldición?
Pedro Carlos Lemus: Me imagino que sí se puede romper, hay personas muy valientes que logran salir de ahí. Pero las familias siguen siendo el lugar perfecto para reproducir esas heridas y traumas anteriores. Y no por una cuestión supersticiosa, sino porque cada miembro de ella trabaja, quizá sin saberlo, por seguir hurgando en esa llaga. Salir de eso suele ser muy difícil porque haría falta que alguien rechace a su familia, o que aprenda a relacionarse de otra manera, cosa que para muchos es difícil hacer. No es una condena inamovible, pero la familia es el sustrato perfecto para que renazcan las heridas transgeneracionales.
LENGUA: Teniendo en cuenta lo que comentabas sobre tu yo real y tu yo de la novela, ¿Cómo la calificarías, como memorias o como autoficción?
Pedro Carlos Lemus: Memorias definitivamente no, porque no pretendo contar toda una vida y porque me cuesta pensar que sean interesantes. El término autoficción me gusta unas veces más que otras, pero cuando uno se pregunta cómo contar algo necesariamente ya está en el terreno de la ficción. Esta novela está basada en muchas experiencias mías, pero creo que lo interesante para los lectores es encontrarse con esa atmósfera tan íntima y tan «real», entre comillas, y al mismo tiempo creo que esa verdad solo existe en la medida del texto. Por ejemplo, no viví el momento que narro en el que el padre le dice a la madre que va a volver marica al niño, pero puede haber una emoción que se traduzca en esa escena en particular. Un gran temor no ya de mi padre, sino de los padres en general, es que el hijo varón salga marica, y para mí hay cosas que se condensan mejor en ciertas escenas de la ficción que en las vivencias particulares de alguien.
LENGUA: En Lo llamaré amor escribes que de las telenovelas que veías de niño te interesaban más las conversaciones de las mujeres, que hablaban de amor, que las de los hombres, que hablaban de negocios. Y ahora, ¿te interesa más el amor que los negocios? ¿Cuáles dirías que son tus principales intereses, las cosas que te mueven, que te impulsan a actuar o a pronunciarte?
Pedro Carlos Lemus: A ver qué digo... (ríe). Los negocios desde luego que no. Mis conversaciones con mis amigos tienen que ver con los afectos y las emociones, con la libertad, con la posibilidad de dejar el cuerpo y la palabra ser, sin vigilancia ni control. Me importa cómo extender esa libertad sobre los cuerpos a que la gente pueda vivir más tranquila y mejor, corrigiendo la gran desigualdad económica de nuestros países, que a su vez produce otras desigualdades. Me interpela cómo podríamos hacer para que cada vez sean más las personas que puedan expresarse y sentir con espontaneidad, con confianza en el entorno y en los medios.

