Un viaje por los grandes secretos arqueológicos...
Pedro García Cuartango: «La muerte de Dios fue dictada prematuramente»
Hay libros que se leen como si te dejaras mecer por las olas, cuyas páginas se beben como agua fresca, en los que aprendes casi tanto como disfrutas; si además esos libros se ocupan de las grandes preguntas que llevamos planteándonos los seres humanos desde que decidimos bajar de los árboles, el resultado no puede ser más óptimo. Es lo que ocurre con «El enigma de Dios» (Ediciones B), el último libro del periodista Pedro García Cuartango, un recorrido personal tan incrédulo y escéptico como curioso y apasionado por el jardín de senderos que se bifurcan de la creencia y la trascendencia.
Por Daniel Arjona

Pedro García Cuartango. Imagen cedida por el autor.
Al dar fe de su juventud descreída, Chesterton, el genial escritor inglés y, con todo, católico, recordaba que quiso ensayar alguna herejía por su cuenta «hasta que me encontré que mi herejía era la ortodoxia». Justamente lo contrario fue lo que le ocurrió al veterano periodista Pedro García Cuartango (Miranda del Ebro, 1955) que rompió con una una infancia ortodoxa y nacionalcatólica, como era habitual bajo el franquismo, para sumergirse en el escepticismo y la perplejidad sin dejar nunca de reflexionar sobre la religión. Ahora nos entrega una obra cautivadora, un regalo para el lector inquieto donde recoge los sabrosos frutos de sus cavilaciones: El enigma de Dios: de la fe a la incertidumbre (Ediciones B).
Se despliega aquí un itinerario valiente y profundamente personal que comienza con una rotunda declaración de intenciones «Escribo estas líneas porque quiero dejar constancia de mí antes de que la luz se apague». En sus páginas, el que fue jefe de opinión y director de El Mundo y hoy columnista de ABC entrelaza la evocación íntima de su propia vida con un riguroso recorrido por la historia de las ideas, creando un texto híbrido donde la memoria y el pensamiento se iluminan mutuamente para abordar la pregunta más persistente de la humanidad: la existencia de Dios.
Partiendo de su propia perplejidad, la obra se expande para dialogar con la ciencia, la política y la filosofía. Cuartango cuestiona las respuestas insuficientes de la física sobre el origen del universo, analiza cómo la política ha heredado los esquemas de la religión y reflexiona sobre la nostalgia de lo absoluto en un mundo lleno de ídolos sustitutivos. No estamos ante un libro de respuestas, sino ante un valiente mapa de dudas, una meditación honesta sobre la fragilidad humana, la contingencia y ese afán inagotable por buscar algo que nos trascienda, incluso después de haber dictaminado su muerte.
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LENGUA: «Escribo estas líneas porque quiero dejar constancia de mí antes de que la luz se apague». ¿Cómo catalogarías un libro tan peculiar como este? ¿Una biografía filosófica?
Pedro García Cuartango: La verdad es que me gusta mucho el término. A mí no se me había ocurrido, pero es cierto que hay en estas páginas un componente autobiográfico y de memorias, de evocación de mi vida, de mi infancia y mi juventud, de mis orígenes. Y hay otra parte que es un recorrido por la historia de la filosofía y de la idea de Dios. Esos dos aspectos están ensamblados en el libro deliberadamente.
LENGUA: Un domingo de otoño de 1972 decides no ir a misa y ya no vuelves más. ¿Tener una crisis de fe era un paso natural, casi obligado, para un joven hijo del nacionalcatolicismo en aquella España en vísperas de la democracia?
Pedro García Cuartango: Claro, lo que pasa es que yo soy obviamente producto de mis circunstancias. O sea, a ver, nací, como sabes, en una familia muy católica, fui a una escuela parroquial en Miranda del Ebro y luego a los jesuitas… He sido una persona con una intensa vocación religiosa. Iba a misa y rezaba el rosario todos los días en un ambiente muy cerrado. Ejercí de monaguillo acompañando al cura a visitar a los moribundos. Eso me impresionó mucho. Imagínate con siete u ocho años dar la extremaunción a un anciano que se está muriendo. Te puedes hacer una idea de cuál fue mi contexto hasta los 18 años. Fue entonces cuando vine a estudiar a Madrid al colegio San Juan Evangelista, que era un colegio mayor con unas señas de identidad muy progresistas, de rebeldía, de antifranquismo. Entonces, mi mundo, en cierta forma, se derrumba ante el shock de la libertad. De pronto, vivía en un sitio abierto donde todos los tabús en los que yo creía se derrumbaban y eso me produjo una conmoción y de ahí llegó la crisis, que no es tanto una crisis teológica o filosófica como una crisis vital.
LENGUA: No fue entonces la lectura la desencadenante, como creo que te han preguntado en alguna entrevista.
Pedro García Cuartango: No, yo al descreimiento no llegué por la lectura y mira que he leído. Pero no fue la lectura. Al contrario. La lectura de Descartes o de Teilhard, por ejemplo, que a mí me influyeron mucho, no me empujó a abandonar la fe.
LENGUA: Y cuando la abandonas, escribes, te invade un sentimiento de orfandad, algo te falta.
Pedro García Cuartango: Es que cuando tú sientes algo que te hace absolutamente pleno, como la religión, algo que te realiza, de repente eso se te cae, quedas en el vacío. Es lo que me pasó a mí. Yo al principio tenía mala conciencia por dejar de ir a misa, de rezar, pero, por otra parte, experimentaba también una sensación de liberación. Era todo muy contradictorio, pero ciertamente lo viví como un gran vacío. Y lo sigo viviendo.
«Cuando sientes algo que te hace absolutamente pleno, como la religión, algo que te realiza, y de repente eso se te cae... quedas en el vacío».
LENGUA: También como un choque familiar.
Pedro García Cuartango: Sí, con mi padre, aunque no tanto por razones religiosas. Evidentemente, él no debía ver con buenos ojos mi apartamiento de la fe, pero eso no me lo reprochó nunca porque era una persona, digamos, tolerante. Fue más bien por política. Ten en cuenta que estamos hablando de los años 72, 73, 74, finales del franquismo. Yo era un militante de izquierda, antifranquista en la universidad y mi padre era una persona conservadora en el sentido además más profundo del término, un conservador en términos de costumbres, de su concepción de la vida a través del catolicismo y por supuesto se produjo un choque brutal con él del cual yo me arrepiento porque creo que no estuve a la altura y fui muy injusto. Me equivoqué.
LENGUA: Desde que dejaste de creer, no has dejado de pensar sobre Dios. ¿A los seres humanos nos obsesiona más lo que no existe que lo que existe?
Pedro García Cuartango: Curioso eso, sí. Bueno, porque yo creo que todo hombre tiene una dimensión trascendental. Hacemos preguntas y nuestra propia condición de seres arrojados al mundo, nuestra fragilidad, nos empuja a buscar algo que va más allá. Llámalo absoluto o Dios o Razón con mayúsculas. Entonces, nos debatimos en esa eterna contradicción, en nuestra contingencia, nuestra vulnerabilidad y nuestro afán de perseverar en el ser, el «conatus», del que hablaba Spinoza.
LENGUA: Pero, como dijo Chesterton, ¿cuándo dejamos de creer en Dios, no somos capaces de creer en cualquier cosa?
Pedro García Cuartango: Disponemos de un sesgo cognitivo en nuestro cerebro, en nuestro código genético. La muerte de Dios fue dictada prematuramente. Es verdad que los avances de la ciencia y de la tecnología nos han llevado muy lejos a la hora de explicar nuestra presencia en el mundo. Pero, en el fondo, la creencia en Dios es algo grandioso, algo que genera expectativas y nos colma. Y ese vacío dejado por Dios lo han llenado los ídolos, el dinero, la fama, el poder, que evidentemente son sustitutivos muy pobres. Hay una añoranza de la religión, una nostalgia de lo absoluto.

Pedro García Cuartango. Imagen cedida por el autor.
LENGUA: Esto es una curiosidad, casi un cotilleo. Pedro, en toda una vida trabajando en periódicos, ¿qué puedes decirnos de la religiosidad de los periodistas?
Pedro García Cuartango: Pues no lo había pensado nunca, pero sí te puedo contar que, después de pasar 50 años de mi vida en redacciones… nunca he hablado de este tema. Dios, lo absoluto, el sentido de la vida no son cosas que estén presentes en un periódico porque todo está polarizado por la vida política, por la actualidad. No hay tiempo para reflexionar acerca de la trascendencia. Yo no recuerdo ninguna conversación con ningún compañero sobre Dios. Eso sí te lo puedo decir. Y, no sé, lo mismo que me he pasado la tercera parte de mi vida durmiendo, la otra tercera habrá transcurrido en redacciones.
LENGUA: Esto que decías antes, lo de muerte de Dios fue anunciada demasiado pronto, me lleva a un asunto del que hablas también en el libro. Está teniendo lugar un fenómeno interesante en occidente, filósofos o científicos incrédulos que, sin embargo, quieren creer. ¿Cómo hemos pasado de los nuevos ateos como Dawkins y compañía a otros científicos que aseguran hoy que la ciencia demuestra la existencia de un creador?
Pedro García Cuartango: Supongo que te refieres a Dios, las pruebas, el libro superventas de los franceses que ha vendido cientos de miles de ejemplares… ¿Qué ha cambiado? Pues que la ciencia, como te decía, ha ido acotando el terreno de la religión hasta que, en un determinado momento, ese proceso en cierta forma se ha revertido. ¿Por qué? Porque hoy sabemos que el universo comenzó hace 13500 millones de años en un gran estallido, el Big Bang. Entonces, la pregunta es, ¿de dónde viene ese estallido, de dónde surge la materia? Yo se lo pregunté a Stephen Hawking, como cuento en el libro. Cuando él vino a Canarias a inaugurar un observatorio astronómico, nos dio la oportunidad en El Mundo de plantearle un cuestionario. Yo le hice una sencilla pregunta: ¿de dónde viene la materia? Y su respuesta literal fue: «De una leve oscilación de la nada». A mí esa respuesta no me convence, me parece absurda.
«La política tal y como es hoy en Europa, en Occidente, en cierta forma es una prolongación de la religión, de una forma de vivir que ha marcado la historia de Europa durante muchos siglos, hasta la ilustración».
LENGUA: La nada tembló, que dicen los físicos.
Pedro García Cuartango: Eso es, la nada tembló y generó el Universo. Pero eso es contraintuitivo y a mí no me despeja las dudas. Tampoco a muchos científicos como los franceses a los que nos referíamos antes que sostienen que el Big Bang fue producto de un Dios creador. En fin, la ciencia no ha zanjado aún todo esto y el debate está abierto.
LENGUA: La ciencia de lo que no nos puede proveer, y es algo de lo que estamos muy necesitados como especie, es de sentido, ¿verdad?
Pedro García Cuartango: Claro, la ciencia no nos provee de sentido, la ciencia nos provee de conocimiento y eso es necesario. Por ejemplo, las aportaciones de Darwin sobre la evolución, ¿no? Pues han iluminado eh el sentido de nuestra vida y el origen del ser humano. Pero no están en el libro porque el mío no es un libro de respuestas sino de perplejidades.
LENGUA: Pongamos que Dios existe. ¿Por qué debería ser bueno? ¿No sería más sencillo pensar, al contemplar el mal en el mundo, que si Dios existe debe ser, como creían los gnósticos, un ser maligno y vengativo?
Pedro García Cuartango: Bueno, eso sería altamente improbable, pero sí que existe una corriente deísta en la historia de filosofía en la que podemos citar a Voltaire que afirma que Dios existe, creo el Universo… y luego se retiró y todo lo que ha pasado después, como el terremoto de Lisboa, es producto de la naturaleza o de la acción humana. Hombre, si Dios existe, si Dios es un ser eterno omnipotente y creador de la materia, lógica y necesariamente, sería un Dios bueno. Y eso es lo que dicen todos los teólogos católicos desde Descartes a San Anselmo pasando por Santo Tomás. Yo en eso estoy de acuerdo. La cuestión es si existe o no.
LENGUA: Carl Smith, al que citas con fascinación en tu libro, creía ver en toda la política moderna una forma secularizada de la religión. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿la política es una continuación de la religión por otros medios? ¿Estamos de alguna forma en la política presos todavía de esquemas religiosos?
Pedro García Cuartango: Yo creo que sí, porque si estamos hablando de la cultura occidental, el cristianismo ha ejercido una enorme influencia en nuestra forma de ser, en nuestra cultura, en nuestra mentalidad. ¿Cuáles son los fines que persigue la política? Mejorar la condición humana, la igualdad, la justicia, la fraternidad. Esos son valores del cristianismo asumidos por la Revolución Francesa. Por lo tanto, sí, la respuesta es que la política tal y como es hoy en Europa, en Occidente, en cierta forma es una prolongación de la religión, es decir, de una forma de vivir que ha marcado la historia de Europa durante muchos siglos, hasta la ilustración. Creo, aunque la Ilustración y la Revolución Francesa marcan una ruptura, el mundo en el que seguimos viviendo, todavía tiene profundas raíces judeocristianas y también ahí está presente toda la cultura griega y romana. Somos una mezcla de esos pueblos y también del cristianismo.

Pedro García Cuartango. Imagen cedida por el autor.
LENGUA: En Silicon Valley están convencidos de que están a punto de lograr una inteligencia artificial superior a la humana. ¿Estamos a punto de crear a Dios?
Pedro García Cuartango: La inteligencia artificial es un salto cualitativo en la historia de la humanidad, nos introduce en una era en la que no sabemos qué va a pasar, cuáles van a ser las consecuencias. Además, la inteligencia artificial es una invención muy reciente y tú y yo hemos visto cómo cambia todo en apenas un par de años. Dentro de cien, ¿qué podrá hacer la inteligencia artificial? Imposible saberlo. O sea, la historia es esencialmente incierta. Nadie hubiera sido capaz de predecir a principios del siglo XX la realidad que vivimos ahora. ¿Cómo será el mundo en el 2125? Pues yo no tengo ni idea. Es cierto que estamos viviendo una crisis sistémica. Hemos asistido en las últimas décadas a una quiebra del modelo de los grandes partidos que nacieron de la Segunda Guerra Mundial y están creciendo por todas partes fuerzas populistas de extrema derecha y extrema izquierda. Todo eso ha conmovido los cimientos de nuestra sociedad, pero yo creo que es un fenómeno pasajero, no estructural.
LENGUA: O sea, ¿no crees que esté el sistema liberal esté en riesgo de desaparición?
Pedro García Cuartango: Evolucionará. No será igual que ahora, es evidente. Pero hay muchos elementos de continuidad de cómo era el liberalismo, las sociedades europeas parlamentarias a principios del siglo XX, otros de cambio, o sea, es evidente que estamos también ante grandes cambios, pero si por el liberalismo entendemos división de poderes, una prensa libre, respeto a los derechos humanos, yo creo que eso no va a desaparecer a medio plazo, no va a desaparecer en 20 y 30 años.
«Hemos asistido en las últimas décadas a una quiebra del modelo de los grandes partidos que nacieron de la Segunda Guerra Mundial y están creciendo por todas partes fuerzas populistas de extrema derecha y extrema izquierda. Todo eso ha conmovido los cimientos de nuestra sociedad, pero yo creo que es un fenómeno pasajero, no estructural».
LENGUA: La implacable segunda ley de la termodinámica conduce necesariamente al universo a convertirse en un lugar oscuro, frío y sin vida. Y, sin embargo, un universo sin sentido ha originado por azar una inteligencia humana capaz de dárselo. ¿Todo esto es una gran broma macabra?
Pedro García Cuartango: Lo es. Lo has planteado de tal forma que no puedo sino asentir. La gran pregunta es esta: ¿cómo es posible que, a partir de esa explosión inicial —de esa explosión atómica primordial— haya surgido algo como la inteligencia humana? Hablamos de un universo con casi un billón de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas. ¿Cómo es posible que, en un rincón remoto del cosmos, haya emergido no solo la inteligencia, sino también la conciencia de nuestra propia finitud? Porque eso es lo más asombroso: que tengamos conciencia de ser finitos, de formar parte de un universo inmenso y, además, de vivir en un universo destinado a desaparecer. Esa es una verdad irrefutable, sostenida por la segunda ley de la termodinámica. Es un proceso inevitable. Claro que, a ti y a mí nos da igual —porque ocurrirá dentro de cientos de miles de millones de años—, pero sucederá. Es insoslayable: llegará un momento en que no quedará nada. Nada. El universo será una quietud absoluta, un bajamar cósmico. Nos estamos poniendo muy filosóficos, sí, pero es la verdad. Y lo importante de estas abstracciones es la conclusión que podemos extraer: somos finitos, contingentes, limitados en el tiempo. Habitamos una fisura diminuta en el flujo temporal, y no solemos darnos cuenta de lo efímero de nuestra existencia. En la escala del universo, no somos nada. No ocupamos ningún lugar relevante. Somos apenas un destello de luz que brilla durante una centésima de segundo… y nada más. Nada más.
LENGUA: Si la teología es, como escribió Borges, una rama de la literatura fantástica, ¿cuál sería tu personaje favorito?
Pedro García Cuartango: El primero que me viene a la cabeza es el doctor Faustus, de Goethe, todo un mito en Alemania. El hombre que vende su alma al diablo para conseguir la inmortalidad o para conseguir la creación, o para superar sus límites. El ser humano siempre quiere superar sus límites, sean temporales, intelectuales, lo que quieras, y por ello está dispuesto a vender su alma al diablo. Me parece que ese mito fáustico revela mucho la condición humana.
LENGUA: Una última cuestión, Pedro. Si ahora mismo te viniera un uno de estos señores de Silicon Valley que aseguran que no van a morir y te dieran una pastilla que te garantizara la vida eterna, tú que no confías en una trascendencia, en una vida después de la muerte, ¿la cogerías?
Pedro García Cuartango: Qué pregunta tan buena. No sé responderte. Sinceramente estaría tentado de hacerlo. Claro, ¿quién no quiere ser eterno? Pero tampoco deseo vivir si desaparece mi mujer, mis hijas, mis amigos. Si no puedo ir a cenar con mis amigos y no puedo irme de vacaciones con mi familia, pues no tiene sentido, ¿no? Y si he perdido a mis padres, a mis hermanos, a todos los que yo quiero, prefiero morir. Pero claro, esa tentación de la inmortalidad, que es precisamente la tentación fáustica es algo que nos atrae a todos los seres humanos. Pero no deja de ser una ensoñación porque nuestra esencia es la mortalidad, la contingencia. Lo que tú y yo somos es porque estamos aquí y hemos nacido en un tiempo y tenemos una familia y un contexto. Fuera de eso, no somos nada. No merece la pena existir en otro mundo.
De la fe a la incertidumbre

