Rodrigo Rey Rosa: «En Guatemala las democracias siempre han sido de papel»
«Animal colonial» (Alfaguara, 2026), la nueva novela del escritor guatemalteco, parte de la división y distribución del trabajo de las colonias de microorganismos para articular una «sci-fi» carcelaria que pone en el punto de mira la arbitrariedad policial, la corrupción endémica y los tintes totalitarios de los precarios regímenes democráticos centroamericanos. Sálvese quien pueda.
Por Carmen Cocina

Rodrigo Rey Rosa en Francia, el 13 de enero del 2000. Crédito: Getty Images.
El escenario de la nueva novela de Rodrigo Rey Rosa es distópico se mire como se mire: 50.000 presos, casi todos encarcelados sin juicio previo, conviven en hacinada discordia en una megacárcel llamada el Infiernón para convertirse poco después en objeto (nunca mejor dicho) de un experimento biotecnológico que, conexión interneuronal mediante, los convertirá en elementos útiles para la sociedad, compensando con creces el coste que, de ordinario, su mera supervivencia en prisión genera día tras día al Estado. Ahora bien, donde usted ve una cosificación y un utilitarismo maquiavélicos, Rey Rosa solo ve beneficios: el objetivo de la iniciativa del doctor Rossignol, ideólogo del Interceph y mente regidora de esa red de cerebros conectados, no es convertir a esos parias de la sociedad en conejillos de indias para beneficio de los ciudadanos que sí tienen derechos, sino dotarles de la afectividad, conocimientos y cualidades que les han sido vetadas hasta entonces, y con ello, de experiencias mucho más enriquecedoras que las que les deparaba su (hasta entonces) ineludible destino en prisión. Inspirándose en las colonias de microorganismos del reino animal, en la que cada miembro asume una función específica necesaria para la supervivencia del conjunto, el escritor guatemalteco construye un inframundo maquiavélico con un trasfondo que está a la orden del día: la arbitrariedad de los cuerpos policiales, la corrupción y las carencias de los precarios regímenes democráticos de Centroamérica. Una lectura tan estimulante como ilustrativa.
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LENGUA: El título de la novela, Animal colonial, establece una analogía entre las colonias de microorganismos, colectivos en los que cada miembro cumple con una función específica necesaria para la supervivencia de la colonia, y el Interceph, la red de cerebros interconectados de los presos del Infiernón. ¿Cómo dio con esta noción biológica y por qué decidió convertirla en el eje de la novela?
Rodrigo Rey Rosa: Cuando empecé a plantearme escribir sobre esta megacárcel, en la que como en tantas otras prisiones y ejércitos de Centroamérica se han llevado a cabo experimentos médicos y psicológicos sin el consentimiento de los presos ni de los soldados, quise plantear que aquí se realizarían prácticas del mismo tipo, pero con otros medios, porque la tecnología ha cambiado mucho. Así que intenté imaginar cómo podrían ser. Casualmente, en esa época, cuando aún vivía en Guatemala, leí un libro del padre de la cibernética, que es la ciencia del control de la máquina y los organismos. Más tarde, cuando ya me había mudado a Atenas, asistí a unas conferencias sobre los misterios de la iniciación de los místicos en la Antigüedad, que se reunían clandestinamente en templos; su propósito era elevar la conciencia de quienes se iniciaban en el rito. A nivel personal, también tuve en mente a mi tío, que era médico y para su tesis conectó los corazones de varios perros a otro corazón externo; más tarde fue uno de los primeros en hacer trasplantes de este órgano en recién nacidos. De todo ello surgió la idea de que todos somos miembros de un organismo mayor, una especie de inteligencia superior que nos controla y de la que todos participamos sin saber qué hace con nosotros. Así es más o menos como funcionamos, como las abejas de un panal. El nombre de animal colonial, o de colonia animal, tiene su resonancia en los países de Centroamérica, justamente a raíz de estos experimentos.
«Así es más o menos como funcionamos, como las abejas de un panal. El nombre de animal colonial, o de colonia animal, tiene su resonancia en los países de Centroamérica, justamente a raíz de estos experimentos».
LENGUA: El Interceph es esencialmente jerárquico: los miles de cerebros conectados en la red están regidos por otro, el del doctor ideólogo del experimento. ¿Hasta qué punto era relevante, éticamente hablando, esta naturaleza jerárquica cuando concibió la novela?
Rodrigo Rey Rosa: En las colonias hay una división natural del trabajo y de las funciones. En el caso del doctor instigador del experimento, era necesario que alguien superior, con una mayor amplitud de miras, centralizara la comunicación para mejorar a los demás. Desde esta lógica, la horizontalidad no tiene cabida.
LENGUA: A través de la conexión de los cerebros de cada preso con el del doctor Rossignol, que ha vivido experiencias radicalmente diferentes a las de ellos en lo emocional y lo intelectual, cada presidiario interioriza un profundo aprendizaje que pronto despierta el interés de compradores para utilizarlos en distintas áreas, como la aviación o la astronáutica. ¿Es el beneficio económico el sino inevitable de la biotecnología?
Rodrigo Rey Rosa: Es así en la vida real, pero la motivación del doctor no es esa. Él actúa por altruismo, por elevar el nivel de conciencia, de educación y de formación de estos jóvenes, que son víctimas del sistema. El beneficio económico le llega después, rebajando, efectivamente, el valor de su descubrimiento. Precisamente de ello habló en varias conferencias el doctor que mencioné antes: que el gran problema de la medicina es que para muchos se convierte en una vía para enriquecerse, y no debería ser así. La medicina, de entrada, es una de las profesiones más altruistas que existen: se basa en la vocación de servicio, en aliviar el dolor, curar las enfermedades y, en definitiva, hacer el bien. El ánimo de lucro corrompe todos estos principios.
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Rodrigo Rey Rosa retratado por Cherie Nutting.
LENGUA: La detención de Esteban, periodista que rueda un documental sobre los mareros, no puede ser más arbitraria, y los cargos que se imputan a los presos son delirantes. ¿Son frecuentes este tipo de detenciones y encarcelamientos en Guatemala o es una licencia dramática?
Rodrigo Rey Rosa: Todo eso está pasando tal cual ahora mismo en El Salvador. Como bien dices, el mero hecho de tener un tatuaje te hace sospechoso y te lleva a la cárcel; tanto es así que el negocio de la eliminación de tatuajes se ha disparado extraordinariamente en este país. Cuando me documenté sobre el estado policial y las detenciones encontré noticias sobre jóvenes que desaparecían misteriosamente en barrios de mareros por el mero hecho de ser vecinos suyos; se cuentan por miles. Obviamente, está surgiendo un movimiento de repulsa contra estas detenciones arbitrarias e injustas. Esta parte de la novela es realismo puro.
LENGUA: La Dama, presidenta del país en que sucede la acción, justifica la represión arguyendo que el país «atraviesa un momento muy peligroso, con violencia por todos lados». ¿Hasta qué punto excusarse en la violencia externa, real o no, para ejercer la violencia institucional evidencia la debilidad de un régimen democrático, y hasta qué punto los ciudadanos se lo creen?
Rodrigo Rey Rosa: Desgraciadamente, eso también es una realidad: cuando Nayib Bukele, expresidente de El Salvador, anunció que iba a construir una megacárcel, su popularidad se disparó. Llevó cierto tiempo que la población empezara a darse cuenta de los efectos adversos de esta política. Y en Guatemala, una candidata a la Presidencia prometió construir una cárcel aún más grande que la de Bukele, lo que también le granjeó un gran apoyo electoral. Las maras ejercen un poder muy violento y aterrorizan a parte de la población; la gente que vive en sus barrios, o que tiene que desplazarse a ellos, está sumida en el terror.
«Cuando me documenté sobre el estado policial y las detenciones encontré noticias sobre jóvenes que desaparecían misteriosamente en barrios de mareros por el mero hecho de ser vecinos suyos; se cuentan por miles (...). Esta parte de la novela es realismo puro».
LENGUA: Uno de sus personajes afirma en las primeras páginas que, en el pueblo Democracia 22, «uno corrompe o se deja corromper». En su opinión, ¿existen escenarios en los que no tiene cabida una tercera opción?
Rodrigo Rey Rosa: Para los empresarios, comerciantes y funcionarios es muy difícil no entrar en esa espiral. Por ejemplo, para obtener un permiso de transporte de mercancías, o para importar y exportar, es casi imprescindible que sobornes al agente de aduanas o al que concede las licencias. De hecho, la probabilidad de que te pidan una mordida a cambio de la concesión de una licencia es altísima. Lo mismo sucede en muchos países africanos. Parte de la razón, quizá, estriba en que en todos estos países los salarios son bajísimos, lo que lleva a la gente a buscarse la vida ilegalmente.
LENGUA: El golpe de Estado se perfila como el único motor de cambio político: la novela arranca con uno y termina con otro. Personalmente, ¿cree que la democracia ha perdido el norte?
Rodrigo Rey Rosa: En Guatemala la democracia, cuando la hay, siempre ha sido de papel. Y eso se extiende mucho más allá de Latinoamérica. Muchas democracias son un chiste.
LENGUA: Volviendo a Esteban, presidiario de el Infiernón que hace una lista de las películas que vio como estudiante de Cine. Usted también lo fue, ¿cree que este bagaje ha influido en sus intereses y estilo como escritor?
Rodrigo Rey Rosa: Todo nos influye, sobre todo cuando somos jóvenes; con la edad, el cerebro se vuelve más rígido e impermeable. El cine es un arma muy poderosa, muy seductora; a lo largo del siglo XX, cine y literatura se han moldeado mutuamente. Como espectadores somos más pasivos que como lectores, y por lo tanto más influenciables.
LENGUA: ¿Qué opina de la literatura latinoamericana contemporánea? ¿Se siente identificado con ella?
Rodrigo Rey Rosa: Estamos en un momento de mucha actividad y visibilidad. Cuando yo empecé no era así: el panorama ha cambiado mucho en los últimos veinte años, tanto en la cantidad como en la calidad de los libros que se publican. No suelo leer muchas novedades, pero desde que vivo en Atenas me llegan muchas recomendaciones de escritores latinos. De todas formas, lo que más hago es releer. Me alegra que ahora seamos más visibles, aunque aún es muy difícil vivir de ello.
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