Entrevistas

Rosa Beltrán: las distintas maneras de vivir como mujer (en un país donde matan once por día)

De la píldora anticonceptiva a las cifras escalofriantes de feminicidios, «Radicales libres» es una novela que narra sesenta años de historia, pasando por tres generaciones de una familia para indagar en las maneras de ser mujer en México. En esta entrevista, Rosa Beltrán recorre esas corrientes profundas que forjaron el complejo presente de reivindicaciones, conquistas, atrocidades y deudas pendientes. Y, a la vez, las formas —de las brutalmente evidentes a las microscópicas— en que la violencia de una sociedad se descarga una y otra vez sobre el cuerpo de las mujeres.
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Detalle de velas en el suelo durante la protesta por el feminicidio de la activista Isabel Cabanillas de la Torre en Ciudad Juárez, Chihuahua, a las afueras de la representación del gobierno de Chihuahua en la Ciudad de México el 21 de enero de 2020. Crédito: Getty Images.

Los radicales libres son las moléculas inestables, rebeldes, que dan cuenta del paso del tiempo en los seres humanos. En la reciente novela de Rosa Beltrán, también se refieren a las mujeres que, a su modo, son radicales por querer vivir «afuera de la caja», sin obedecer patrones establecidos. «Eso siempre implica un costo, personal y para aquellos con quienes se relacionan», plantea la escritora, traductora y catedrática.

Publicada el pasado junio por Alfaguara, Radicales libres es la historia de tres generaciones de mujeres a lo largo de seis décadas. Mujeres que se cuestionan sobre la libertad, el erotismo, el machismo, la violencia y el feminismo, a través de una historia familiar que se desarrolla desde finales de los años sesenta hasta la actualidad y que es atravesada por la creación de la píldora anticonceptiva, la Matanza de Tlatelolco, la narcoviolencia, los feminicidios y el #MeToo.

Sylvia Georgina Estrada: Radicales libres es una novela íntima, una suerte de diálogo entre tres generaciones de mujeres. Es también una historia familiar, un tema que ha aparecido en algunas de tus obras.

Rosa Beltrán: Yo había escrito mucho sobre familia. La familia como un núcleo disfuncional donde sus miembros están obligados, por sangre, por mandato social o por algo que hemos internalizado, a convivir. Es un laboratorio extraordinario para saber cómo se vive en relación con los otros de manera extrema. Es la arena donde se ponen de manifiesto, a veces por razones inexplicables, las pasiones más terribles y negativas, pero también más sublimes. He escrito, sobre todo en mis cuentos, sobre familias y relaciones familiares o de pareja. De algún modo La corte de los ilusos, la primera novela que escribí, habla de una familia porque me interesó ver a un hombre público en el ámbito de la vida privada; analizar a Iturbide desde los escritos de las distintas mujeres que rodearon a la corte, de las tertulias a las que acudía, de los personajes que son los extras en la película de la historia, pero que juegan un papel importantísimo en la historia con «H» mayúscula. Y esta novela no es tan distinta, en el sentido de que la historia con mayúscula está transcurriendo a lo largo de seis décadas, pero no como una entidad externa, que ocurre sin que nos afecte y que luego aparece en los libros de texto, sino que altera nuestras vidas. Pensar en estos sesenta años ha sido pensar también de qué manera el país y el mundo han cambiado tanto que nos han obligado a ser, a quienes los hemos transitado, distintos cada vez, década tras década. Esa vida de barrio en las calles tan horizontal, conviviendo con el hijo del de la miscelánea o de la peluquería y solo metiéndote a tu casa para merendar en las noches, parece ya de fábula. Ahora que los niños estén, como decían los adultos, «sueltos y donde no los veas» es impensable.

Sylvia Georgina Estrada: En la novela vemos a un grupo de mujeres viviendo en un México que se transforma, y de alguna forma ellas son parte de este cambio. 

Rosa Beltrán: Aunque esto no fue un proyecto teórico, deliberado, sí quería hablar de las distintas maneras de haber vivido como mujer en un país donde ahora matan a once mujeres por día, según la estadística oficial. ¿Qué pasó? ¿Qué tiene el cuerpo de una mujer que provoca estas violencias y cómo han sido distintas? La novela comprende tres generaciones, a partir de las mujeres que en los sesenta conocieron la píldora anticonceptiva por primera vez y que se liberaron de uno de los yugos más determinantes que las mujeres vivieron a lo largo de la historia: vivir casi exclusivamente para maternar de maneras muy complejas y con problemas de toda índole, incluyendo los económicos, por tener ocho, diez, once hijos. Esa primera liberación me pareció importante mencionarla porque hizo que las mujeres participaran en la vida política y laboral. Pudieron preguntarse más allá de la maternidad qué querían, quiénes eran, cómo deseaban, cómo son sus cuerpos, cómo esa pasión puede también dirigir los actos de su vida.

«Quería hablar de las distintas maneras de haber vivido como mujer en un país donde ahora matan a once mujeres por día, según la estadística oficial. ¿Qué pasó? ¿Qué tiene el cuerpo de una mujer que provoca estas violencias y cómo han sido distintas?».

Sylvia Georgina Estrada: El feminismo es uno de los temas centrales de Radicales libres. ¿Cómo fue para ti explorarlo, y relatarlo, a través de las últimas seis décadas?

Rosa Beltrán: Yo soy parte de una generación que fuimos adolescentes y jóvenes a finales de los setenta. Teníamos mucha información para entonces, pero muy poca capacidad de utilizarla o de ponerla en práctica con nuestros pares masculinos porque vivimos en una sociedad llena de prejuicios, de una doble moral muy clara. Cualquiera de nosotras que se atreviera a poner en práctica todos esos conocimientos sexuales y anticonceptivos era reprobada de inmediato, no solo por la sociedad mojigata, sino por los propios hombres que nos gustaban. Las novelas de crecimiento casi siempre se han escrito desde el punto de vista de los hombres y no de nosotras, porque también estamos rodeadas de mitos en torno a la sexualidad. Esto también quería escribirlo. Y por otro lado está la generación más joven, las chavas del #MeToo que son tan radicales, las más radicales. No quiere decir que el feminismo naciera ayer ni que naciera siendo mansito. Muchas mujeres han sido encarceladas a lo largo de la historia, como las sufragistas del siglo XIX que fueron arrestadas o sufrieron violencia en sus cuerpos por pedir estos derechos. Aunque ha habido varias olas de feminismo, esta última me parecía muy interesante de analizar desde adentro de una chava que ha sufrido esas violencias y que dice «ni una más» y «se acabaron las formas de normalización del machismo». Tenía que haber un punto de vista que condujera todo esto de lo que quería hablar y que no sonara teórico, porque no quería hacer un ensayo, quería contar una historia de familia y cómo eso que está ocurriendo afuera nos transformó. También quería contestarme unas preguntas que sí me surgieron en la pandemia: ¿qué nos pasó?, ¿cómo es que llegamos aquí? Ya me las venía haciendo respecto de México y la violencia tan atroz que hemos vivido.

«Las mujeres que en los años sesenta conocieron la píldora anticonceptiva se liberaron de uno de los yugos más determinantes que las mujeres vivieron a lo largo de la historia: vivir casi exclusivamente para maternar de maneras muy complejas y con problemas de toda índole, incluyendo los económicos, por tener ocho, diez, once hijos».

Sylvia Georgina Estrada: La violencia y los micromachismos que sufren las mujeres son fundamentales en la novela. ¿Cómo haces este rastreo, que me parece detectivesco, de violencia a lo largo de los años y que va desde desestimar las opiniones de las jóvenes hasta los abusos sexuales y los feminicidios?

Rosa Beltrán: Qué interesante que hayas interpretado la búsqueda de estas microviolencias, que son macro si te tocan a ti, como una suerte de pesquisa. Me parece una observación muy fina porque es cierto, hay muchas búsquedas en este enigma de qué es la familia y qué es la sociedad. Uno de ellos es cómo nos explicamos esto que ocurrió y cómo lo verbalizamos, porque en los setenta, para la generación posterior al «hippismo», se trata de violencias muy fuertes que te quitan la inocencia, pero que no puedes compartir. Toda familia tiene siempre un secreto y llega un momento en que ese secreto se dice, o no se dice nunca, pero en ambos casos se asumen las consecuencias. Y aquí hay este secreto que comparten estas primas, en un capítulo que me costó mucho trabajo escribir, que es ambiguo, porque no sabes bien si le está pasando a una sola, a la otra de la que se habla, o a todo el grupo. En cualquier caso, todas, sin decirlo, han decidido guardar ese secreto porque saben que no van a ser escuchadas, incluso intuyen que podrían ser culpables. En la novela queda claro que no hay manera, siendo mujer, de no haber sufrido de alguna forma de violencia contra el cuerpo, pero que ha estado silenciada por distintas razones. Al final de la novela hay una mujer que tiene que exhibirse para obtener un puesto de trabajo, también está a la que golpean y se calla, y son mujeres de la generación del #MeToo, que hablan por otras, que salen, marchan, gritan y exigen explicación sobre las desapariciones y levantones —que es una palabra terrible que solo hay en México— de mujeres, pero de sus violencias no hablan porque sigue habiendo un tabú. Quería dejar constancia de cómo se sufre en distintas etapas, de cómo se enfrenta la violencia, pero a veces hablando de la violencia de otras, no de la propia.

Amigos y familiares de Fernanda Olivares se manifiestan en la Antimonumenta ubicada frente al Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México para exigir justicia por la muerte de Fernanda Olivares, debido a las graves lesiones que sufrió tras ser atropellada el 12 de junio por Diego Helguera. Crédito: Getty Images. 

Sylvia Georgina Estrada: En Radicales libres la narradora le está contando a alguien su historia, otra mujer es su interlocutora. Eso también abona esa sensación de intimidad en la novela.

Rosa Beltrán: La novela es un Bildungsroman y quien empieza a narrar tiene ocho años, pero va creciendo no solamente en experiencia, también en el uso del lenguaje. Va aprendiendo nuevos términos para nombrar lo que está ocurriendo y explicárselo de otro modo, porque cuando somos niñas no conocemos más que la literalidad de las palabras, la metáfora es algo que se descubre después, así que en esa etapa la explicación siempre tiene algo de fantástico, es ingenua desde la voz que enuncia, pero no para quienes la están leyendo, que entienden lo que está ocurriendo. Al final ya existe un lenguaje para verbalizar de un modo distinto lo que antes se llamaba «crimen pasional» y que ahora es una violencia contra el cuerpo de las mujeres, y así se lo enuncia. Esto no quiere decir que las mujeres estemos preparadas para hablar de ello abiertamente cuando se enuncia desde una primera persona. Para mí eso fue un verdadero descubrimiento: escribir una novela en primera persona del singular implica una forma de exposición distinta que cuando escribes en tercera y marcas una distancia, ese yo que está enunciando tiene el cuerpo en primer plano. Creo que no hay una novela, cuento o poema que escribamos, así acudamos a la ciencia ficción, que no tenga que ver con nuestra historia. Hay dos cosas en las que no creo: que puedas escribir sin ficción, incluso quienes escriben historia tienen que interpretar; y lo segundo que me hace mucho ruido es ese término tan de moda, la «autoficción», porque creo que todo lo que se escribe desde uno es autoficción. Aunque entiendo que con esta categorización se pretende distinguir de lo que es ficción pura, pero ya ni sé qué es la ficción pura. Vivimos en una época donde todos los géneros se entrelazan. Escribir en esa primera persona del singular me enfrentó a retos distintos y llegó un momento en que me di cuenta, por las voces que intervenían, que es una primera persona que es monólogo interior, monólogo, entrevista, un vocativo que le está hablando a un tú del que recibe refutaciones, réplicas, contradicciones y al que tiene que contestar. Es un yo medio tramposo, que es en realidad una tercera persona del plural: un, dos, tres, por mí y por todas mis compañeras.

«Hay muchas búsquedas en este enigma de qué es la familia y qué es la sociedad. Uno de ellos es cómo explicamos lo que ocurrió y cómo lo verbalizamos. En los setenta, por ejemplo, para la generación posterior al "hippismo", se trata de violencias muy fuertes que te quitan la inocencia, pero que no puedes compartir».

Sylvia Georgina Estrada: La novela muestra lo perturbadora que puede ser la libertad femenina para la sociedad. Arranca con el hecho de que la madre se va de casa y abandona a sus hijos. Después viene esa búsqueda de la libertad por parte de la narradora y del resto de las mujeres que aparecen en la historia.

Rosa Beltrán: En efecto, ha resultado muy perturbadora la primera escena. Me doy cuenta, por las reacciones de quienes han leído la novela, hombres y mujeres, que es mucho más perturbadora de lo que pensé. El abandono de la madre en la clase media es más brutal que suceda y probablemente nos violenta porque venimos del cine mexicano de la Edad de Oro de los años cuarenta, es decir, del discurso de la madrecita abnegada a la que le puede ocurrir lo que sea, menos abandonar a su sacrosanta familia. Estamos rodeados de grandes mitos familiares en Latinoamérica que tienen que ver con esta familia muégano. ¿Por qué heredar un discurso que tampoco es nuestro, que parte de una narrativa masculina, la freudiana, que siempre nos obliga a definir nuestra identidad a partir del abandono, del trauma, de la falta?, y además siempre señalando a los padres. Podemos definirnos a partir de un lugar distinto. Eso es lo que le pasa a quien está narrando la historia. Sin decidirlo conscientemente, conforme vive, se da cuenta de que la rebeldía de esa madre, el derecho de decidir sobre su cuerpo, la libertad enorme que tuvo en su erotismo, el haber optado por participar en movimientos políticos, todo es herencia, aprendizaje y algo que la hizo autónoma y fuerte. También es muy contradictorio hablar de feminismos cuando es un padre o un marido el que te mantiene. Había que mostrar un poco de coherencia. Lo que está por encima de todos los personajes de la novela, lo que permea, a veces chocando, otras imponiéndose, pero las más de las veces sugerido como el valor máximo, es la libertad.



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