Entrevistas

Sally Rooney contra el infierno de la fama: «No parece servirle de verdad a nadie»

En pocos años, una veinteañera Sally Rooney se transformó en la nueva celebridad del mundo literario: tras debutar con la novela «Conversaciones con amigos», la irlandesa publicó «Gente normal», obra que ya ha despachado un millón de ejemplares, ha sido adaptada en una exitosa serie de televisión y la ha convertido en la voz de la generación «millennial». Sin embargo, todo eso tiene secuelas que ella no está dispuesta a ocultar y ahora, sin abandonar su pulso generacional, las disecciona sin piedad en «Dónde estás, mundo bello». En ésta, una de las escasas entrevistas que ha concedido por la publicación de esta nueva novela, Sally Rooney revisita su rápido y fulgurante éxito, las raíces marxistas de su mirada del mundo, las implicancias nocivas del escrutinio público al que somete la menor notoriedad, su reivindicación de la ficción y el ejercicio de autodestrucción cultural que supone la fama para la sociedad.
20 minutos

Imagen realizada por Manshen Lo para la cubierta de Dónde estás, mundo bello.

Sally Rooney aparece delante de un fondo blanco desnudo, despojado incluso de los rasgos más fortuitos. Me hace gracia: en dieciocho meses de reuniones por Zoom, me he encontrado con personas en sus dormitorios y oficinas domésticas, delante de sus librerías y ventanas; entornos que, por insulsos o artificiosos que fuesen, siempre delataban algún pequeño detalle del contexto. Es evidente que la vacía puesta en escena de hoy es algo que Rooney, tras dos novelas de éxito y el rápido advenimiento de una fama indeseada, desea extender más allá de una videollamada. Más tarde, durante nuestra conversación, me dirá que la celebridad es una circunstancia que, en muchos casos, «se produce sin un verdadero consentimiento; la persona famosa ni siquiera quiso alguna vez serlo». Ahora, tras el intercambio de saludos, menciono la singularidad de las paredes blancas desnudas, y ella ríe y dice solo: «Sí».

Hay algunas buenas razones que explican la reticencia de esta escritora de treinta años. Sus dos primeras novelas, Conversaciones entre amigos y Gente normal, fueron publicadas con muy poco tiempo de diferencia, con una aclamación que situó a Rooney en una categoría de exposición pública más acorde con los actores que con los novelistas. En los libros aparecen unos personajes, entre los últimos años de su adolescencia y los inicios de su etapa adulta, bregando con sus primeras relaciones mientras tratan de organizar sus pensamientos sobre el mundo. Eran eruditos y seguros de sí mismos, escritos con un afecto irónico y llano, a menudo muy gracioso, y con unas descripciones breves y bien trabadas que infunden un virtuosismo relajado en cada escena. (Al principio de Conversaciones entre amigos, Frances, la heroína, se acuesta con Nick, un hombre casado, y, al subir al autobús para volver a casa después, se sienta al fondo, junto a la ventanilla, donde «el sol me daba de lleno en la cara y el tapizado del asiento despertaba toda clase de sensaciones sobre mi piel desnuda». La capacidad de Rooney de desentrañar un pensamiento o un sentimiento sin renunciar a la economía es uno de los puntos fuertes de su escritura.)

Gente normal vendió un millón de ejemplares y fue adaptada en una megaexitosa serie televisiva protagonizada por Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal. Y, lo que es más irónico: se convirtió en el tipo de novela emblemática, considerada como representativa del rito de paso a la adultez de toda una generación. «Yo no pienso en mis novelas como novelas millennials como tampoco pienso en ellas como novelas femeninas», dice Rooney. No obstante, es así como son percibidas.

Parece que es cargar demasiado sobre los hombros de una mujer joven, muy menuda, a la que le ha crecido tanto el pelo durante la pandemia que le cae a ambos lados de la cara. Se da por supuesto que Rooney es difícil, al estilo de sus personajes: una intelectual irritable y complicada que, como dice de sí misma Alice, la heroína de su nueva novela, va por ahí «acusando a todo el mundo de tener opiniones equivocadas». De hecho, en el transcurso de nuestras dos conversaciones, por Zoom y por correo electrónico —donde hablaremos de cómo pasó de ser campeona de debate adolescente a novelista; de si pertenece lo suficiente a la clase obrera para que se le permita utilizar la palabra marxista; y de la nueva novela, Dónde estás, mundo bello, Rooney no es sino muy amable, aunque su sensibilidad ante la intrusión se dispara a veces de forma muy divertida. «¿Cómo sabes que estoy casada?», dice desconcertada cuando le menciono a John, su marido y profesor de matemáticas, su pareja desde la universidad. Le señalo que lo incluye en los agradecimientos del libro.

Como las otras dos novelas, Dónde estás, mundo bello está ambientada en Irlanda, donde Rooney creció y aún vive. En ella aparece un conjunto de personajes reconociblemente roonianos (rodean a Rooney, en el centro de la imagen, en la ilustración superior): Alice, una escritora de éxito, está saliendo con Felix, que trabaja en un almacén; la mejor amiga de Alice, Eileen, directora de una revista literaria, está obsesionada con Simon, un novio de la infancia que trabaja en la política (y también pasa mucho tiempo buscando en Google a su exnovio). Estas cuatro personas, todas cerca de la treintena, están perdidas, en un grado u otro: con demasiado éxito, o con demasiado poco, con heridas diversas de sus infancias y, a pesar de analizar sin cesar sus propias reacciones a las cosas, son incapaces de identificar qué quieren.

«El libro se me presentó por primera vez como una historia de cuatro personas —dice Rooney—, una historia sobre una amistad entre dos mujeres y sus respectivas relaciones con dos hombres. Pero me llevó un tiempo relativamente largo, y mucho ensayo y error, determinar cómo contar esa historia».

«La amistad intelectual entre dos mujeres es un enfoque poco habitual en la ficción, y ayuda a explicar por qué las admiradoras de Rooney sienten tal pasión por su obra: se toma en serio algo tan poco representado, que quizá algunos supongan que no existe».

La amistad entre las dos mujeres se cuenta de una forma poco convencional. La narración se intercala con largos y farragosos correos electrónicos entre Alice y Eileen. Una muestra de Alice: «Supongo que pensarás que todo esto es rudimentario en extremo, e igual hasta te parezco antidialéctica, pero son los pensamientos abstractos que he ido teniendo y que necesitaba poner por escrito, y de los que tú eres ahora la (gustosa o reacia) depositaria». Hablan sobre aspectos de la historia, la filosofía, la psicología y la política, así como de sus vidas amorosas y el deterioro de su amistad. «Me interesaba la interacción entre su amistad y sus vidas intelectuales —dice Rooney—; cómo sus ideas conforman la relación, y cómo las particularidades de su dinámica conforman el desarrollo de sus ideas». La amistad intelectual entre dos mujeres es un enfoque poco habitual en la ficción, y ayuda a explicar por qué las admiradoras de Rooney sienten tal pasión por su obra: se toma en serio algo tan poco representado, que quizá algunos supongan que no existe.

Hay algo más, también; las heroínas de Rooney son, invariablemente, las personas más listas del lugar. También son pretenciosas, pedantes, egocéntricas y arrogantes, condescendientes y movidas por la inseguridad. Me recuerdan, a veces, a gente que conocí en la universidad, a aquellos estudiantes que se paraban delante de sus asociaciones el día de las elecciones y gritaban «¡La apatía llevó a Hitler al poder!» a los estudiantes ajenos a la política que pasaban por ahí. 

La inteligencia de estos personajes es burlona, y una imagina que, para los lectores accidentales, también es ligeramente amenazadora: respuestas típicas a mujeres jóvenes e inteligentes que se han desviado hacia la propia Rooney. Tenía veintisiete años cuando se publicó Gente normal, y en la nueva novela inserta su experiencia como centro de atención a través de Alice, que, tras escribir dos exitosas novelas, ha huido a una apartada casa en la Irlanda rural. «Cuando mandé el primer libro a la editorial, lo único que quería era ganar dinero suficiente para escribir otro. No me vendí nunca como una persona psicológicamente fuerte, capaz de aguantar indagaciones públicas y exhaustivas en torno a mi educación y personalidad», explica Alice en un correo electrónico a Eileen. La fama literaria, escribe Alice, ha sido tan verdaderamente desagradable y desconcertante que, en su opinión, «la gente que se hace famosa de manera intencionada —me refiero a gente que, después de probar una gota de fama, quiere más y más— está, y lo creo con toda sinceridad, profundamente desequilibrada». 

Rooney se esfuerza en señalar que ella no es Alice. «No me interesa escribir sobre mí y sobre cosas que me han pasado de verdad», dice, en vez de tratar sus experiencias como una «biblioteca mental» en la que inspirarse al crear su ficción. Esta parece una forma complicada de preservar su intimidad, pero, en cualquier caso, resulta que el terror que siente Alice por el proceso publicitario es compartido totalmente por Rooney. Le digo que recuerdo que dijo que sería poco elegante quejarse sobre la fama, pero ella lo niega. «No me acuerdo de haber dicho eso. Y la verdad es que no lo creo en absoluto». Es todo lo contrario, de hecho. «Hasta donde yo puedo entender, el modo en que funciona la fama en nuestro actual momento cultural es que la gente entra muy rápidamente, con poca o nula preparación, en la vida pública, y se convierten en objetos de amplias conversaciones, debates y críticas públicas». Es irrelevante o no si la fama era parte del plan de estas personas. «De repente, resulta que tienen alguna habilidad o algún talento, y a las industrias con fines de lucro les interesa explotar esos talentos y convertir a la persona talentosa en una especie de mercancía».

Después de que Gente normal, la historia del triste romance entre Marianne y Connell, fuese incluido entre las posibles candidatas al Premio Booker de 2018, y fuese galardonada como novela del año en los premios literarios Costa, se hablaba de la escritura de Rooney como un portal místico a la mente de los jóvenes, con las inevitables reacciones negativas cuando no los representaba a todos. El infierno de la fama, dice ahora Rooney, es el de una persona «que soporta invasiones más o menos graves de su intimidad por parte de los medios, de los admiradores obsesivos y de la gente movida por el odio obsesivo». 

Dejó de publicar en Twitter, algo que echa de menos («Twitter puede ser muy divertido»). Y apartó la vista de la cobertura mediática todo lo que pudo. «No leo reseñas ni perfiles, y cuando utilizaba las redes sociales, incluso silenciaba mi propio nombre para tratar de evitar ver cosas por accidente». Nada de ello funcionó. «El mundo encuentra el modo de inmiscuirse. La cobertura mediática de la serie televisiva de Gente normal fue tan ubicua que fue imposible evitar encontrármela, aunque lo intentara. Y, por supuesto, la gente se me acerca en público de vez en cuando, casi siempre de manera muy cordial y simpática, y recibo cartas y correos electrónicos, y cosas así». No obstante, ha sido desagradable, y ella solo ve una única salida, muy poco atractiva. «Por supuesto, esa persona podría dejar de hacer aquello que se le da bien, y que así se le permita retirarse de la vida pública, pero me parece un gran sacrificio para ella y un ejercicio de autodestrucción cultural para el resto de nosotros, al obligar a una persona con talento o bien a soportar el infierno, o bien a reservarse su talento para sí». De modo que no, dice, «no creo que sea poco elegante que las personas en esas circunstancias hablen de lo tóxico que es este sistema. No parece servirle a nadie de verdad, excepto, presumiblemente, para algunos accionistas en alguna parte».

«Hasta donde puedo entender, el modo en que funciona la fama en nuestro actual momento cultural es que la gente entra muy rápidamente, con poca o nula preparación, en la vida pública, y se convierten en objetos de amplias conversaciones, debates y críticas públicas. Me parece un gran sacrificio para ella y un ejercicio de autodestrucción cultural para el resto de nosotros, al obligar a una persona con talento o bien a soportar el infierno de la fama, o bien a reservarse su talento para sí». 

Estas zozobras están presentes en Dónde estás, mundo bello, una novela que tiene la imposible tarea de suceder a un libro tan exitoso como Gente normal, y la acomete presentando a una protagonista preocupada por la imposible tarea de cómo continuar a partir de sus exitosas primeras novelas. Alice analiza compulsivamente sus dos primeros libros, tratando de averiguar cómo lo hizo. Empieza a despotricar sobre la falta de honradez de los escritores que escriben novelas donde tratan de ocultar la realidad de la vida como novelista de éxito. «Y luego vuelven a casa después del fin de semana en Berlín, después de cuatro entrevistas en prensa, tres sesiones de fotos, dos actos con el aforo completo, tres largas cenas relajadas en las que todo el mundo se queja de las malas reseñas, y abren su viejo MacBook para escribir una novelita maravillosamente fiel sobre la vida corriente. No es un decir: me dan ganas de vomitar», escribe. Rooney es muy consciente de que esta trama es vulnerable a las críticas —¿a quién le importa una novelista que, con autocomplacencia, se angustia por su próxima novela?—, y es optimista al respecto. 

Para empezar, «a la gente que se queja de esto le gusta leer novelas, presumiblemente, pero no les gusta que les recuerden que los novelistas son necesarios para la producción de las novelas que les gusta leer. ¿No es eso raro? Es casi como ir a un partido de fútbol y quejarse de que todos los que están en el campo son futbolistas profesionales. Su trabajo es jugar al fútbol, no reflejar tus experiencias vitales». Además, dice: «No es mi trabajo poblar mis libros con tipos de personajes concretos que crea que a otras personas les perecerán cercanos. Mi trabajo es escribir sobre lo que me venga a la cabeza, en la medida de mis capacidades. Si, como lector, quieres ejercer el control sobre el tipo de cosas que se plasman en las novelas, intenta escribir una. Esto es lo que yo hice, y me funcionó. Si, por otro lado, simplemente no quieres leer novelas sobre escritores, o mujeres, o irlandeses, o lo que sea, no pasa nada —este es un momento muy rooniano—; no leas mis novelas. No me importará».

Crédito: Jonathan-Lloyd-Davies.

Rooney no proviene de una familia de escritores. Creció en Castlebar, en el condado de Mayo, donde su padre era un técnico de la compañía nacional de telecomunicaciones; su madre, tras formarse como maestra, trabajaba en un centro artístico de la localidad. No era un entorno «muy adinerado», dice, y se hablaba con frecuencia de política izquierdista durante la cena. Su familia —Rooney tiene un hermano mayor y una hermana menor— se situaba en el lado más «ruidoso y crítico, casi siempre jovial, cosa que no creo que les importe que diga. Sin duda, esto contribuyó al tipo de persona en que me convertí, y en el tipo de escritora que soy». 

Es muy aficionada a la polémica, dicho de otro modo, y a lo que ella calificó, en un ensayo para la Dublin Review acerca de su experiencia en los debates universitarios, de «agresión interpersonal ritualizada y abstracta». 

Rooney no era competitiva en la escuela. La carrera por la popularidad no le interesaba, y decidió abstenerse de ella, no sólo en términos sociales, sino también académicos, haciendo estrictamente lo mínimo para obtener los resultados deseados. El único lugar donde mostró alguna ambición fue en un curso de escritura. «¡No era un curso!», dice, cuando se lo menciono; era un «grupo de escritura» al que se unió con dieciséis años, donde todos leían en alto su trabajo y pedían a los demás que opinaran. Parece un entorno intimidante para una muchacha de esa edad, pero «no se me ocurría ponerme nerviosa por leer en alto mi trabajo a un grupo. No tengo un miedo natural a hablar en público, dice Rooney. Tras conseguir una plaza para estudiar inglés en el Trinity College, en Dublín, empezó a enviar piezas de ficción y poesía a pequeñas revistas literarias, y finalmente a escribir una novela.

«Por un lado, todos los trabajadores comparten algunos objetivos políticos básicos y eso puede ayudar a generar una solidaridad de clase. Por el otro, trabajadores relativamente ricos y privilegiados —por ejemplo, los desarrolladores de software de las grandes empresas tecnológicas, o los novelistas de éxito— tienen vidas muy diferentes a las de aquellos trabajadores claramente peor pagados y explotados. ¿Tiene sentido decir que ambos tipos de trabajadores pertenecen a la misma clase? Tal vez la respuesta es: sí y no. Es complicado».

Rooney es exactamente lo contrario de la imagen popular del novelista balbuceante y caótico, que al hablar intercala sus palabras con frecuentes raptos de silencio atormentado. Su estilo retórico adquirió forma a partir de su experiencia en sus primeros años de veinteañera, cuando, según dijo en el ensayo en la Dublin Review, se convirtió en «el número uno de los campeonatos de debate en el continente de Europa». A Rooney no se le daban tan bien los debates cuando se unió al equipo universitario, pero entendió las reglas del juego y que, con la práctica, podría sobresalir. El ensayo fue publicado en 2015, y parece que fue la última vez que expresó sus sentimientos, sin inhibirse, en un formato de no ficción. «Tenía diecinueve años cuando empecé a competir en los debates —escribió—, y probablemente sea justo decir que la mayoría de las cosas que hice a los diecinueve obedecieron a una desesperación por agradar. No sólo estaba dispuesta a perder los debates: estaba dispuesta a contar todos mis secretos, a prestar dinero cuando no podía permitírmelo y a salir con cualquiera que mostrara interés por mí, por muy aburrido o agresivo que fuese. Tenía muy poca autoestima y una predilección por el culto a los héroes, y era sumamente decidida».

Como descripción, recuerda mucho a los queridos personajes de Rooney. ¿Por qué se volvió de pronto así de competitiva? «No había sido lo suficientemente buena en nada como para ser competitiva en ello —dice—. Con los debates, descubrí algo en lo que era bastante buena, y me dediqué a ello con el objetivo de convertirme en la mejor. Y cuando sentí que me había convertido en la mejor, perdí el interés y lo dejé. Ser muy bueno en algo es un reto divertido, pero una vez que todo el mundo coincide en que eres muy bueno en ello, hay más presión y menos diversión, al menos para mí. No creo que tenga la mentalidad correcta para competir en cualquier campo, a un nivel muy alto, durante mucho tiempo, aunque tuviese el suficiente talento para hacerlo, que no tengo».

El aspecto divertido de que se reconozca tu talento para algo parece ausente, también, en cómo habla Rooney sobre la escritura. En el ensayo, escribe sobre el abandono de los debates porque le parecía vacío y ligeramente ofensivo adoptar posturas en las que no se cree, sobre cosas —como la guerra en los Balcanes o la Primavera Árabe— que tienen consecuencias letales para personas reales. Una agente lo leyó, le preguntó si tenía algo más y Rooney le envió el manuscrito de una novela en la que había estado trabajando, Conversaciones entre amigos, que presentaba a dos personajes en sus años universitarios: Frances, que se sentía «sola e indigna de una verdadera amistad», y Bobbi, su amiga, más espontánea, también aquejada de varias deficiencias sociales.

Frances y Bobbi participan en animados debates políticos, como hacen Marianne y Connell, y Alice y Eileen, en sus posteriores novelas. El diálogo en estas secciones reproduce los principios de los debates universitarios hasta el punto de que los oradores agolpan las palabras a un ritmo que impide la interrupción, la digestión e incluso cierta introspección, y por las que se desliza, a pesar del evidente enfoque cómico de Rooney, un elemento de desazón. Sus personajes hablan de lo que significa ser parte de la clase obrera, de las deficiencias de los movimientos sociales —Bobbi despotrica contra el feminismo gay de pacotilla—, mientras se ríen de sí mismos por ser el tipo de gente que lo hacen.

«No creo que mucha gente pueda concluir que mi educación fue tan privilegiada que eso me descalifica para escribir libros. Pero una parte de mí sigue sintiendo que estos hechos sobre mi vida familiar no son asunto de nadie, para empezar. Mis padres no dirigieron sus vidas pensando que sus trabajos y sus ingresos serían un día diseccionados en internet por gente desconocida».

A medida que creció la fama de Rooney, fue inevitable que en internet los comentaristas la tomaran con sus orígenes, por no ser lo suficiente puros. Al final de Gente normal, Connell, un joven de clase obrera, se marcha a Nueva York tras aceptar una plaza en el programa de escritura creativa de la Universidad de Nueva York, y acaba siendo objeto de las burlas de los críticos por ser burgués. A menos que le enseñe a esta gente «la nómina de mi padre», dice Rooney, uno no puede hacer mucho por satisfacer este tipo de críticas; sobre todo, dice, porque la mayoría parten de errores de concepto sobre su propia terminología. «Desde el punto de vista marxista, la gente que trabaja para ganarse la vida, en vez de ganar dinero con el capital, son trabajadores, miembros de la clase obrera. Sin embargo, en su uso coloquial, el término clase obrera es mucho más acotado, y solo se aplica a comunidades concretas o a los trabajadores de sectores concretos. Estos usos del término no son en absoluto intercambiables. Significan cosas muy diferentes. Así que, por supuesto, cuando intentamos hablar sobre la clase utilizando esta terminología, nos topamos con la confusión y el desacuerdo», afirma Rooney. En la nueva novela, surge una discusión sobre si Eileen, directora mal pagada de una pequeña revista literaria, se puede considerar clase obrera.

«Por un lado, todos los trabajadores comparten algunos objetivos políticos básicos, y reconocer esos puntos en común puede ayudar a generar una solidaridad de clase. Por el otro, trabajadores relativamente ricos y privilegiados —pongamos, por ejemplo, los desarrolladores de software de las grandes empresas tecnológicas, o los novelistas de éxito— tienen vidas muy diferentes a las de aquellos trabajadores claramente peor pagados y explotados. ¿Tiene sentido decir que ambos tipos de trabajadores pertenecen a la misma clase? No lo sé. Tal vez la respuesta es: sí y no. Es complicado», dice Rooney.

El mayor problema para Rooney gira en torno a la personalización. En cualquier sector industrial, es útil saber de dónde procede la gente para arreglar los problemas de la infrarrepresentación, pero, al mismo tiempo, «¿por qué tendría alguien que revelarle al público información sobre su educación o su vida familiar, solo porque ha escrito una novela? ¿No se les debería permitir mantener un dignificante silencio sobre su vida personal? La intimidad de la persona parece enfrentarse a las demandas generales de esta cultura. Y no es una cosa fácil de resolver, o al menos yo no creo que lo sea».

Sospecho que el modo en que la mayoría de las personas con exposición pública resuelven estos problemas es no pensando tanto en ellos como hace Rooney. Para ella, el perjuicio no es tanto la invasión de la propia intimidad —son pocas las cosas que se tienen que contar para satisfacer las necesidades superficiales de la publicidad— como la suposición de que es en primer lugar algo debido. 

Dice: «No creo que mucha gente pueda extraer razonablemente la conclusión de que mi educación fue tan privilegiada que eso me descalifica para escribir libros. Pero una parte de mí sigue sintiendo que estos hechos sobre mi vida familiar no son asunto de nadie, para empezar. Presumiblemente, mis padres no dirigieron sus vidas pensando que sus trabajos y sus ingresos serían un día diseccionados en internet por gente desconocida. Parece algo grotesco y realmente inapropiado. Comprendo y acepto que tengo que convertirme, en cierto grado, en un objeto de escrutinio, a causa de mi trabajo, pero me cuesta mucho aceptar que otras personas de mi vida tengan que soportar eso. No han hecho nada para merecerlo. De modo que sí, pienso que el discurso en torno a la representación en los campos culturales es valioso, e incluso muy necesario. Y, al mismo tiempo, lo encuentro invasivo y difícil, y no sé cómo conciliar esas posturas». Todo esto es cierto, y justo, pero si el análisis estructural que hace Rooney de la fama tiene un defecto, es que no reconoce que, sin ninguna mala fe, la mayoría de la gente solo quiere saber más sobre aquellos a los que admiran. 

Y los lectores adoran a Rooney. La adoran por su ingenio, y por su legibilidad, pero la mayoría la adoran por la historia de Marianne y Connell; la tímida y torpe chica, desaliñada pero brillante, y el hermoso chico, igualmente brillante.

Cuando conocemos a Marianne, en su adolescencia, sufre el violento hostigamiento de sus terribles hermano y madre, gente rica con poder dentro y fuera de la casa. Rooney dice que no le interesa situar la violencia en el centro del escenario. «Antes pensaba que los maltratadores —y, en particular, los hombres que maltratan a las mujeres— eran aburridos. Y sigo pensando que hay algo de verdad en ello, y me sigue pareciendo agotadora nuestra fijación cultural con los hombres que violan y asesinan a las mujeres. Pero ya no estoy completamente segura respecto a la línea que divide a la gente maltratadora del resto de nosotros. Y la novela quizá interroga a esa división a veces. Probablemente nunca voy a escribir un libro desde la perspectiva de un asesino en serie, pero sí creo que muchas personas decentes han hecho cosas que ahora consideran profundamente injustas».

«Si tenemos suerte, pasamos relativo poco tiempo en situaciones traumáticas, pero las secuelas de esas experiencias duran toda la vida. Eso me interesa mucho. ¿Cómo siguen adelante las personas que han soportado ciertos tipos de violencia, traumas o crisis psicológicas?».

A ella le interesan más las resonancias del trauma —esto aparece en la nueva novela, también— que el hecho en sí, «porque son las secuelas lo que muchos experimentamos como la vida misma. Si tenemos suerte, en realidad pasamos relativo poco tiempo en situaciones profundamente traumáticas, pero las secuelas de esas experiencias duran toda la vida. Eso me interesa mucho. ¿Cómo siguen adelante las personas que han soportado ciertos tipos de violencia, traumas o crisis psicológicas?». Estos no tienen por qué ser extremos o fuera de lo común. «A mí me parece que casi todo el mundo ha padecido algún tipo de dolor o sufrimiento que le he cambiado la vida. Ese cambio puede adoptar la forma de un daño, o del aprendizaje y el crecimiento, o alguna combinación de los dos; una capacidad para adaptarse mejor en algunos aspectos y peor en otros». Naturalmente, cuando le pregunto de dónde bebe su concepto de estas dinámicas, rehúsa responder «a nivel personal». 

Referirnos a Rooney como la voz millennial por excelencia es, por supuesto, demasiado generalizado como para que signifique algo. Y ser etiquetada como la voz de una generación, aunque tenga sentido, siempre se acaba utilizando contra la voz en cuestión; que se lo pregunten a Lena Dunham. La identidad, dice Rooney, «puede ser muy productiva y útil cuando queremos hablar de cosas como el género, la raza y la sexualidad». Pero «¿es millennial una categoría identitaria? ¿En qué sentido? ¿Y qué utilidad tiene, en lo político, lo psicológico y lo social?», se pregunta.

Es el tipo de interrogante en el que a Rooney le encanta meterse de lleno, y que puede facilitar el olvido de otra cosa: aún es muy joven, sólo tiene treinta años. Al final de la llamada, le digo con incredulidad que el ensayo que dio comienzo a su carrera fue publicado hace sólo seis años, lo que para ella también es asombroso. «Mucho tiempo, ¿verdad?», dice, prescindiendo brevemente del registro intelectual, para retomarlo después por correo electrónico. Me quedo con sus frases, reflexivas, abstractas y generosamente largas, que ocupan un plano casi por completo teórico. Tal como ella quiere.

*Entrevista publicada originalmente en el diario británico The Guardian.



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